jueves, 9 de abril de 2015

La apasionante vida del Almirante Byrd







Richard Evelyn Byrd, el personaje de quien voy a hablarles hoy, amigos lectores, ha sido bautizado como, "el hombre de la Antártida" porque es uno de los exploradores que más  ha contribuido con sus investigaciones  a conocer las características de esa gélida y apartada región del planeta.  Hay exploraciones suyas que todavía hoy, cincuenta y ocho años después de su muerte, continúan rodeadas de  misterio. 


Richard Byrd nació en Winchester, Virginia el 25 de octubre de 1888 en el seno de una adinerada  familia de colonos ingleses llegados al país americano a finales del siglo XVII.  Desde muy pequeño dio muestras de su espíritu inquieto y aventurero. 

 A los doce años se escapó de su casa con el pretexto de visitar un amigo que vivía en Filipinas.  A su regreso, luego de varios años, asombró a todo el mundo con el relato de  las  innumerables peripecias que vivió durante su  viaje alrededor de  medio mundo. 
 

En 1912, a los veinticuatro años de edad ingresó a la Academia Naval y dos años después durante un trayecto por el Mar Caribe salvó heroicamente a un hombre  que iba a ser devorado por los tiburones; una  acción por la cual recibió su primera condecoración. Ya desde ese momento empezó a dar muestras de su gran valentía y coraje.


 Aquejado por aquellos días de una salud más bien frágil, Byrd, fue destinado en la marina  a puestos administrativos que no le agradaban en lo absoluto por lo que aprovechó una lesión en un pie para pedir la baja militar. El ingreso de los Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial lo motivó a volver al ejército. Se alistó en la aviación de la marina donde vio mayores posibilidades de dar rienda suelta a su espíritu intrépido y valeroso. Preveía  ya la extraordinaria importancia de la aviación en todos los niveles, tanto militares como comerciales. 

En 1918 fue nombrado aviador naval y  tarde oficial de las Fuerzas Aéreas  estadounidenses en Canadá.


Se sucedieron después una serie de éxitos en su carrera como aviador:
 En 1925   fue jefe de una exitosa  expedición a Groenlandia. El 9 de mayo de ese año se elevó desde la base de Spitzberg, en la bahía del Rey, a bordo de su monoplano Fokker bautizado con el nombre de “Josefina Ford”, en compañía de su copiloto Floyd Bennet. Cubrió con éxito la misión en tan sólo 15 horas y 30 minutos, tras recorrer 1.600 km. Por semejante hazaña, fue condecorado con la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos de América. 


Al año siguiente, Byrd logró cruzar el Atlántico, junto con tres compañeros más, transportando el primer correo transatlántico de Nueva York. 

En 1925   fue jefe de una exitosa  expedición a Groenlandia. El 9 de mayo de ese año se elevó desde la base de Spitzberg, en la bahía del Rey, a bordo de su monoplano Fokker bautizado con el nombre de “Josefina Ford”, en compañía de su copiloto Floyd Bennet. Cubrió con éxito la misión en tan sólo 15 horas y 30 minutos, tras recorrer 1.600 km. Por semejante hazaña, fue condecorado con la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos de América. 

Bennett, Floyd En 1929 encargado de cartografiar 388.300 km2 de tierras inhóspitas, partió con su avión, acompañado de tres componentes más de la expedición, con intención de dar la vuelta completa al Polo Sur, hazaña que se logró con total éxito. La expedición realizó descubrimientos geográficos interesantes, tales como la Mary Bird Land, la cordillera Edsel Ford, las montañas de Rockefeller y de Charles Boho, y la exploración completa de la tierra de Eduardo VII. En 1930, a pesar de encontrarse retirado de la marina, fue ascendido al grado de comandante.

A partir de 1930, Byrd dio comienzo a una larga serie de expediciones a la Antártida, en total seis, que fueron las que verdaderamente le reportaron la fama y aureola de gran explorador y descubridor.
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La Antártida tiene una extensión de 13.000.000 km3. Mucho más grande que Australia o Europa. Es el único continente sin población humana aborigen y la vida queda restringida a las aves, las plantas primitivas y los microorganismos. A mediados del siglo XX el sesenta por ciento  de la Antártida nunca había sido vista por ojos humanos. Solamente después de la II Guerra Mundial se completó el mapa del contorno aproximado del continente.

En la primera expedición de Byrd  preparada minuciosamente y llevada a cabo entre los años 1928 a 1930, instaló en la punta norte de la isla de Roosevelt, en la bahía de Whales (bahía de las ballenas) un campamento  al que llamó “Little America" al cual dotó de  laboratorios, almacenes, talleres, estación de radio y hospital.

El  resultado de esta expedición científica no pudo ser más fructífero y asombroso: además de los estudios realizados por  Byrd, el resto de la expedición inspeccionó un vasto territorio de 1.165.000 kilómetros cuadrados y acometió investigaciones científicas de muy diversa índole.

 Su segunda expedición, realizada entre los años 1933 y 1935, fue todavía más espectacular. Un extraordinario ejemplo (tal vez el más pasmoso de la historia de los descubrimientos) de amor a la ciencia, voluntad de sacrificio, fe inquebrantable y desprecio por la propia vida en aras del conocimiento.  
Me voy a extender un poco en algunos de los pormenores  de esta hazaña porque las condiciones en las que el almirante Byrd la llevó a cabo fueron particularmente difíciles. Aunque en esta expedición estuvo acompañado a distancia por un nutrido y calificado grupo de científicos, debió permanecer durante ocho meses, completamente aislado en Base Avanzada, una cabaña situada en medio de la Antártida, a 200 km de “Little America”, el campamento más cercano, a fin de llevar a cabo una serie de investigaciones meteorológicas y aurorales. Durante  todo ese tiempo Byrd tan sólo pudo comunicarse con el resto de su equipo por medio de la radio.


Su misión y aislamiento  comenzaron el 28 de marzo de 1934; a los dos días de su llegada el sol se hundió en el horizonte. En ese momento, Byrd supo que tendría que continuar sus investigaciones en medio de una noche perpetua pues solo después de varios meses el sol retornaría.

 En su diario Byrd  dejó consignadas  las cruentas dificultades que tuvo que soportar  y que en muchas ocasiones pusieron en riesgo su vida y hasta lo tuvieron al borde del suicidio al caer preso de la depresión.

Es ese, desde luego, un diario muy extenso y prolijo, pero me ha parecido conveniente, amigos lectores, compartir con ustedes algunos de sus apartes en los que narra  la sucesión de graves obstáculos y problemas de salud que debió superar Byrd para llevar a cabo su misión pues solo así podremos comprender la magnitud de su hazaña:

"En la mañana del 19 de mayo, al dar mi paseo acostumbrado, la temperatura era de 54°C. De las profundidades de la oscuridad venía el frío. Por primera vez, mis botas se demostraron incapaces de proteger mis pies. Se me había congelado un talón y me vi obligado al regresar al interior y ponerme mis botas de piel de reno. Estaba en medio de la noche polar: el morboso rostro de la Edad de Hielo".

Byrd había, en efecto, pecado de exceso de confianza. Aparte de la congelación del pie, su cuerpo comenzó a retorcerse bajo la agonía de miles de punzantes dolores. El experimentado almirante identificó de inmediato los síntomas como los del principio de asfixia.


Tenía razón: a la mañana siguiente revisó el tubo de salida de los gases, descubriendo con horror que estaba completamente obstruido con escarcha. El tubo de entrada estaba tapado hasta los dos tercios de su diámetro.

El 20 de mayo la temperatura cayó aún más. Estaba a  58 grados bajo cero. El termógrafo interior  marcaba -59 grados, y en la cabaña hacía incluso menos, porque el suyo estaba completamente soldado por el frío y ya no funcionaba. La tinta, aún mezclada cuidadosamente con glicerina, estaba congelada en un bloque sólido, y el lubricante de las piezas móviles estaba duro como el acero. Cuando Byrd intentó encender la estufa, el aire en el interior del tanque de combustible se dilató en forma tan violenta que el aceite salió disparado en todas direcciones. El termógrafo necesitó horas para que Byrd consiguiera descongelarlo y hacerlo funcionar de nuevo. El combustible, sólido como una piedra, se negaba a fluir de los tambores. En un arranque de desesperación suicida, el marino llevó uno de los grandes tanques a la cabaña y descongeló la nafta sobre la estufa. Para evitar que el problema se repitiera, tuvo que dejar encendidos los dos Primus durante todo el día en el túnel de combustible.

El 20 de mayo era día de radio. Podrán, amigos lectores, imaginar los padecimientos que tuvo el almirante para encender el equipo electrógeno. Además del problema de la gasolina congelada, el motor frío se negó a arrancar durante más de una hora. La falla estaba en el carburador; los dedos de Byrd se congelaron de tal modo durante su lucha con las aletas de admisión que cuando por fin logró hacerlo andar sus manos estaban tan rígidas que no podía operar el manipulador telegráfico.

 Cuando logró comunicarse con Haines,  el meteorólogo jefe de la expedición, le explicó lo mejor que pudo sus problemas con el termógrafo.

"Seguro que se le ha congelado el aceite, le comentó Haines. Haga lo siguiente: lave todo el instrumento con gasolina para eliminar hasta el último vestigio de lubricante. Luego enjuáguelo con éter. La única solución para el congelamiento de la tinta es agregarle más glicerina".

Más tarde ese día, Byrd tuvo que subir a la torre del anemómetro. El hielo de los soportes de hierro en que se apoyaba atravesó las suelas de las botas y le provocó congelación en las plantas de ambos pies. Su aliento hacía ruido al alejarse en el viento, y sus pulmones quemados por dentro sufrían lo indecible a cada bocanada que inspiraba.

Byrd tenía la lengua hinchada y quemada de tanto beber té hirviendo; su nariz se había congelado de nuevo. Como el viento siempre seguía al frío, comprendió que debía prepararse. Llevó tambores de agua hasta la parte superior de la cabaña y la vació por los cuatro bordes. El agua se congelaba apenas abandonaba el balde: en pocos minutos, el techo de Base Avanzada quedó cubierto por una gruesa capa blindada de hielo.

"Esa noche, cuando salí a la superficie para realizar la observación auroral, sufrí una violenta reacción de asfixia en el preciso instante en que saqué los hombros y la cabeza a través de la trampa. No pude lograr que el aire entrara a mis pulmones. Perplejo y tal vez un poco asustado, me dejé hacer por la escalera y me refugié en la cabaña. En el aire más caliente, la sensación pasó tan rápido como había llegado. Mientras leía en mi saco de dormir se me heló un dedo, pese a que constantemente cambiaba el libro de una mano a la otra, colocando la que no usaba al calor en la bolsa".

Byrd comenzaba a resentirse por el intenso frío; acostumbrado como estaba al Ártico, a Groenlandia y a su anterior expedición  antártica, su experiencia no lo había preparado para el monstruoso invierno polar. El día 21 el barómetro comenzó a bajar. Se aproximaba una tormenta con ventisca. Por eso, al día siguiente, el solitario explorador decidió trabajar en el túnel de escape y no salir a la superficie. Ese día lo extendió hasta los siete metros, y nunca más avanzó. Por la noche, mientras la tempestad aullaba y rugía en la superficie, Byrd aseguró la puerta trampa de Base Avanzada y se dispuso a pasar la noche al abrigo de su refugio.

Pero algo andaba mal. ¿Qué sería? A poco de pensar, se dio cuenta de que en el interior de la cabaña hacía más frío del que debía. La estufa se había apagado. Revisó el tanque de combustible: estaba medio lleno. Richard pensó que inadvertidamente había cerrado la válvula antes de salir. Intentó encender el quemador de nuevo, pero una ráfaga helada que bajaba por el tiro de la chimenea le apagó la cerilla. El viento se colaba por todos los tubos, incluyendo el de la estufa, y eso era lo que le había apagado la calefacción. "El viento estaba soplando con fuerza", escribe el prisionero. "La Barrera se estremecía con las sacudidas que ocurrían en lo alto, y el ruido era tan terrible que parecía que la totalidad del mundo físico se estuviera destrozando en pedazos".


Tenía que limpiar los contactos del anemómetro  antes de que dejase de funcionar. Luego de cierto esfuerzo -el viento rasante de superficie mantenía la trampa pegada al suelo como si le hubieran echado cemento-, Richard consiguió levantarla lo suficiente para salir, pero fue golpeado por una cellisca enceguecedora. Caminando a cuatro patas como un animal (porque la fuerza del viento no le permitía ponerse de pie), dejó caer la trampa para que el aire, saturado de nieve, no cegara su veranda de entrada a la cabaña. "Era imposible ver nada. Millones de pequeñas bolas de nieve hacían explosión contra mis ojos y rostro, con la fuerza de proyectiles BB (se refiere a perdigones o pequeños balines de plástico utilizados en las armas de aire comprimido; cualquiera que por accidente haya recibido un balín de plástico en la espalda o en un brazo sabe lo que debe haber sentido nuestro héroe al recibir millones de impactos similares en el rostro). Respirar era aún más difícil: la nieve obstruía la boca y las ventanas de la nariz ante el menor intento de inhalar. "No pude ver el poste del instrumento hasta que me golpeé la cabeza con él. Comencé a trepar, mientras millones de demonios intentaban sacarme los ojos, reventarlos con los pulgares. Pero todo era inútil. La ventisca congelaría los contactos del anemómetro tan rápido como yo los limpiara... Además, los brazos del instrumento giraban tan deprisa que no podría detenerlo sin perder algunos dedos".


Desalentado, ciego, enloquecido de dolor, Byrd regresó gateando a donde se suponía que estaba la trampa. Pero no pudo encontrarla. En los escasos minutos que había pasado arriba, la cantidad de nieve transportada por el viento la había sepultado de nuevo. Desesperado, hurgó con sus guantes hasta que consiguió encontrarla. Limpió de nieve la superficie de la puerta trampa, tomó la manija y tiró.

Nada.

Nada.



Tiró con más fuerza, pero la hoja no se movió. La nieve había vuelto a soldar la puerta a su marco, junto con los goznes y los pernos. Es de imaginar el supremo horror de aquel instante: "A horcajadas sobre la escotilla, tiré con todas mis fuerzas. Tanto hubiera dado que estuviese tratando de levantar la Barrera de Ross".

Si no conseguía abrir la puerta de su refugio, en menos de diez minutos estaría muerto. Sólo tenía puesta su parka de lana y pantalones, y sobre ellos un overol. Había salido completamente desprotegido. Las tormentas de nieve atacan en la Antártida con una crueldad absolutamente imposible de comparar con nada: un viento que en el Polo Sur se considera "moderado" tiene fuerza superior a la del huracán Katryna en las regiones tropicales. Como bien lo expresaba Byrd, “no se puede ver, no se puede respirar. No se puede caminar erguido, no se puede meter aire en los pulmones una vez que se ha exhalado, y el ruido de la tormenta es tan intenso que hace perder la calma aun a los más valientes”.

Por si esto fuera poco, la velocidad del viento helado arranca el calor de los tejidos humanos mucho más  de lo que el organismo puede generarlo, y la hipotermia, el coma y la muerte son consecuencias inmediatas y necesarias, acaso al cabo de tres o cinco minutos. Tenía que conseguir abrir la compuerta, y tenía que hacerlo de inmediato.
Tiró con más fuerza, pero la hoja no se movió. La nieve había vuelto a soldar la puerta a su marco, junto con los goznes y los pernos. Es de imaginar el supremo horror de aquel instante: "A horcajadas sobre la escotilla, tiré con todas mis fuerzas. Tanto hubiera dado que estuviese tratando de levantar la Barrera de Ross".

"El pánico se apoderó de mi mente, debo confesarlo. Perdí la razón. Como un demente, rasguñé la compuerta de madera; la golpeé con los puños tratando de soltar la nieve y, cuando incluso eso fracasó, me puse boca abajo y tiré de la empuñadura hasta que el frío y el agotamiento hicieron que los dedos dejaran de obedecerme. ´¡Imbécil! ¡Imbécil!´, me grité una y otra vez. Había pasado todo ese tiempo temiendo quedar encerrado en Base Avanzada, había trabajado como un poseso en el túnel de escape, y allí estaba ahora, atrapado en el exterior. Nada podía ser peor, porque sólo medio metro debajo de mí estaba la vida y estaba la salvación... medio metro, todo lo necesario para sobrevivir, y yo no podía obtenerlo, y moriría con la seguridad al alcance de mi brazo".
Pero Byrd estaba determinado a sobrevivir: no, él no moriría. Tenía que hacer algo. No pudiendo destrabar la puerta, caminó como un borracho sobre el techo de su cabaña, hasta tropezar con uno de los tubos de ventilación, más precisamente el de salida. Dando la espalda al viento, miró por la cañería. Sólo se percibía un vago resplandor más abajo, un retazo de luz y un poco de calor. ¿Podría romper los tragaluces del techo? Era bastante improbable, porque estaban sepultados bajo 60 centímetros de nieve cristalizada, translúcida pero tan dura como el vidrio. Además, estaban reforzados con alambre tejido. Aferrado al cañón del tubo, pensó en arrancarlo y golpear con él la nieve, romper las ventanas y dejarse caer al interior de su refugio. Intentó forzarlo para arrancarlo de su base, pero no se movió. Tiró con todas sus fuerzas, pero es obvio que un tubo capaz de sostenerse de pie en medio de esas brutales ventiscas no sucumbiría a los esfuerzos de un hombre agotado, desesperado y asustado. Por más que hizo, no pudo moverlo.

Debía pensar en otro sistema. La muerte se cernía sobre él como un millón de pájaros blancos; la temperatura huía de sus insuficientes ropas. La nada y el olvido venían a por él.

Entonces recordó la pala.

¡La pala! La había tenido en la mano la semana anterior, y estaba seguro de no haberla llevado abajo. "Después de emparejar la nieve luego del último ventarrón, la había dejado clavada en la nieve, con el mango hacia arriba. Ella representaba mi salvación, mas... ¿Dónde estaba? No podía ver nada. Me tendí en la nieve, y, sin soltar el tubo de ventilación, estiré los pies todo lo que pude y describí un círculo completo, esperando tropezar con el mango de la pala. No pude encontrarlo. Me dirigí a la trampilla y repetí mi exploración circular. Nada. No podía soltarme de una cosa hasta que no encontrara otra, por miedo a perder mis puntos de referencia. Mi pie dio entonces contra el segundo tubo de ventilación (el de entrada de aire). Tomándome de él, volví a tenderme en la nieve y describí un círculo... ¡hasta que mi pie golpeó algo duro! Sólo podía ser el mango de la pala. Cuando lo palpé y lo recorrí con los dedos, tuve ganas de besarlo".

Abrazado a su herramienta de salvación, Byrd se arrastró de vuelta a la compuerta. Pasó el mango de la pala bajo la manilla de la puerta Byrd y tiró hacia arriba -su sentido normal de apertura-, pero no pudo moverla. Entonces, una idea le iluminó la mente, impulsada por el ingenio que da la desesperación: "Me tendí boca abajo y coloqué la espalda bajo la pala. Poniéndome en cuatro patas, hice fuerza hacia arriba con la columna vertebral. Entonces la puerta se abrió de golpe, rodé por el hueco y caí de cabeza a la veranda inferior, justo frente a la puerta de la cabaña, que me ofreció la luz y una bocanada de calor. ´¡Qué maravilloso!´, pensé. ´¡Qué visión divina y maravillosa!".

El reloj de pulsera de Byrd, con su mecanismo congelado, se había detenido a los pocos momentos de quedar aislado en el exterior; sin embargo, los cronómetros de Base Avanzada decían que había permanecido fuera menos de una hora.

La estufa se había apagado por el viento que entraba por el cañón de la chimenea; sin molestarse en encenderla, agotado, el marino se desvistió y así, sin comer, se metió en la bolsa de dormir.

A la mañana siguiente, a las 7, despertó confundido. Estaba duro y rígido por el frío. Sus ropas, heladas, crujían mientras luchaba con ellas para colocárselas. Habiendo aprendido de la experiencia del día anterior, Byrd pensó que la trampa estaría soldada otra vez. Era exactamente lo que había sucedido. Sin preocuparse por pelear con ella, caminó tranquilamente hasta el extremo del túnel de escape, perforó un orificio en el techo y, provisto de una larga varilla con una bandera, abandonó su refugio. Ató una cuerda a la varilla, luego de clavar aquella junto al orificio y, rodeando su cintura con el otro extremo, anduvo a trompicones hasta encontrar el poste del anemómetro.


La ventisca aún rugía y forcejeaba con la estructura. Con la linterna encendida, Byrd obtuvo una visibilidad de dos metros, la cual era sin embargo suficiente para el trabajo que debía hacer. Cargados de hielo, los vasos del anemómetro giraban mucho más lentos de lo que debían, entregando lecturas erróneas. Además, los contactos eléctricos llevaban una noche entera congelados. "La tarea de limpiarlos fue abominable, pero luego de haber sobrevivido a mi experiencia de la noche anterior, no creí tener motivos para quejarme", escribió Byrd en su diario. Selló la abertura del túnel de escape colocándole encima dos cajones de alimentos; de este modo podría encontrarla con más facilidad si se veía en problemas otra vez.

Esta vez había sobrevivido, pero aún le faltaban junio, julio y agosto. Las dificultades y problemas seguirían presentes día tras día en medio de su completo aislamiento  y bajo temperaturas que bordeaban los 50 y 60 grados bajo cero. El frío era difícil de soportar. El hielo había conquistado absolutamente toda la  Base Avanzada: no quedaba un solo rincón libre de él. Cubría el piso, las cuatro paredes y el techo. El sol tardaría aún 27 días en volver a salir.


Al finales de julio, hacía ya sesenta  días que Byrd estaba enfermo. Su gran debilidad lo obligó a interrumpir sus observaciones sobre la aurora, porque ya no podía  permanecer en la superficie más de cinco minutos. No reveló sin embargo a sus compañeros de equipo de "Litle America"  su crítica condición por temor a que éstos decidieran acudir en su rescate  afrontando en el largo trayecto hasta su refugio los evidentes peligros del invierno ártico y poniendo también fin a sus investigaciones. No obstante,  y  pesar del silencio de Byrd acerca de sus problemas, sus compañeros  de equipo empezaron a percibir señales preocupantes en su salud  y sin pensarlo dos veces, se aprestaron a acudir en su ayuda. 

El 8 de agosto Byrd se enteró de que ya sus amigos habían salido con dirección a su refugio. Esta noticia y su inminente llegada  despertaron en aquel hombre recluido desde hacía ya seis meses en medio de la soledad y del frío,  una jubilosa expectativa. La noche  del 10 de agosto,  comprobó jubiloso que la expedición de Litle America estaba  ya a 149 kilómetros. Al paso que iba, llegarían a Base Avanzada en las próximas horas.

“Sabía que todavía demorarían en llegar, pero me consumía la impaciencia. A las 5 de la mañana salí a la superficie. El cielo se había despejado, pero la falta de luz mostraba una Barrera negra y vacía. Encendí una lata de gasolina, pero no obtuve respuesta. Bajé y dormí una hora. A las 6 estaba de nuevo en la escotilla... ¡y esta vez realmente vi algo! Un rayo de luz se elevó verticalmente desde la Barrera, se alzó directamente al norte y luego cayó, tocó una estrella y se apagó. No había duda: era el reflector del tractor de Poulter, a no más de dieciséis kilómetros del refugio"
.
Comprensiblemente feliz, Byrd volvió a remontar la cometa, esta vez con una bengala atada a la cola. Tirando con fuerza, logró remontarla a 25 metros de altura. Con el aparato volante en el aire, se sentó en la barrera para escudriñar el norte. Habían transcurrido ciento cuarenta y siete días desde que se quedó solo en la Base Avanzada y hacía ya setenta y cinco días que estaba enfermo. Era hora de acabar con su tormento.

A las 8:30 aún no se veía nada. Byrd estaba agotado. Bajó a la cabaña y se quedó dormido hasta las 10 de la noche.  Armado con una bengala y un gran trozo de alambre, subió entonces por la escotilla. Ató el cable a la bengala, lo arrojó sobre la antena, y lo elevó hasta el punto más alto. La luz lo deslumbró, pero cuando se extinguió, miró hacia la oscuridad del norte y pudo ver, con lágrimas de agradecimiento en los ojos, el haz de un reflector que se movía lentamente, subiendo y bajando sobre el horizonte. Esforzando la vista, observó otra luz abajo, fija y más débil que la primera: el faro delantero del tractor. "Encendí otra lata de gasolina -con lo que sólo me quedaron dos- y mi penúltima luminaria de magnesio y bajé a la cabaña".

Su alegría lo movió a prepararse para la llegada inminente de sus tres amigos. Preparó sopa, la puso al fuego y volvió a subir a la superficie.

El farol del tractor era ahora muy visible, aunque  aún estaba  a 8 kilómetros de Base Avanzada. Byrd se sentó en la nieve y al poco rato pudo escuchar el ruido de los eslabones de las orugas y el alegre sonido de la bocina.

Pocos minutos antes de medianoche, el tractor se detuvo a 100 metros de la escotilla de entrada a Base Avanzada.  Fue tanta la emoción de esos momentos y estaba Byrd en condiciones anímicas tan lamentables,  que  apenas si recordaría más tarde los pormenores del encuentro. Estrechó las manos de sus amigos y les dijo: "Hola, muchachos. Bajemos. Tengo un tazón de sopa esperándolos" y  luego, se derrumbó al pie de la escalerilla. Eso ocurrió poco después de la medianoche del 11 de agosto de 1934.

Debieron pasar  dos meses y cuatro días antes de que Byrd pudiera regresar en el tractor  a “Little America” pues las  condiciones climáticas eran muy difíciles y  Poulter, el capitán del grupo de rescate decidió que el almirante no estaba en ese momento en condiciones físicas ni mentales para enfrentar el duro trayecto de vuelta.

Tenía razón: el almirante era solo un espectro  de lo que había sido, hambreado, envenenado, congelado y quemado, no hubiera sobrevivido al viaje de retorno. Por otro lado, el clima era malo y no tenía sentido arriesgar a la tripulación de uno de los aviones para que  fuera a recogerlo.

El 14 de octubre llegó el Pilgrim desde “Little America”, piloteado por Bowlin y Schlössbach. Poulter embarcó en él con el almirante Byrd, que abandonaba de esta forma y en esta fecha el mísero refugio subterráneo que había sido su único universo desde el 28 de marzo. Waite y demás se quedarían en Base Avanzada para concluir las últimas tareas.

"Salí por la escotilla y no di una sola mirada atrás. Una parte de mí se quedó para siempre en aquellos 80°08´ de latitud sur: lo que me quedaba de juventud, mi vanidad y mi escepticismo. Por otra parte, me llevé algo que no había tenido antes: el arrobamiento ante la maravillosa belleza de estar vivo y una pequeña colección de valores morales".

Los nombres de quienes conformaron  esta segunda expedición de Byrd han quedado en la historia de la ciencia y la exploración y también en la mente de los amantes de la aventura del descubrimiento humano. De mil formas se los ha tratado de homenajear: como es lógico, la mejor de ellas es bautizando con sus nombres distintos accidentes geográficos.

Así, dieron el nombre de Paul Siple a un volcán de la Antártida y a una isla en la costa del Mar de Amudsen; otro volcán apagado fue bautizado  Monte Murphy, así como un grupo de rocas semisumergido y una pequeña bahía; el risueño Petersen (aquel que profetizara la muerte de Byrd en su "tumba helada") tiene su banco y su isla; existe también la Isla Dyer. El marino Bob Young ha perpetuado su nombre en los Nunataks Young y el Pico Young, el piloto Bailey tiene su península y su grupo de rocas costeras y su colega Bowlin dio su nombre a un plateau. Hill, el chofer de uno de los tractores, tiene sus Nunataks y su islote. Hay también unos Nunataks Black y unas Rocas Black. Existe un Monte Waite... y así...Luego de su epopeya en Base Avanzada; Byrd comandó todavía dos enormes expediciones antárticas: la Operación Highjump (1946-47) y la Operación Big Freeze. Esta última (1955) estableció tres bases permanentes que aún existen y están habitadas: la Base Bahía de las Ballenas, la Base McMurdo Sound y la Base Amudsen-Scott en el Polo Sur.




En 1946, un año después de que finalizara la segunda Guerra Mundial,  Estados Unidos organizó una expedición a la Antártida llamada Operación Highjump,  al mando del Almirante Byrd.  Si bien esta operación tuvo un carácter científico con 300 investigadores que abarcaban casi todas las disciplinas científicas, contó  también con un importante despliegue militar. Byrd dispuso de toda la ayuda posible para la ocasión: 13 barcos, varias escuadras de aviones y 4.000 hombres. La misión tenía también un objetivo  secundario muy importante para la Administración estadounidense: la localización de yacimientos minerales bajo el hielo, especialmente de uranio necesarios para la elaboración de armas nucleares. La misión terminó en abril de 1947. Se cartografiaron unos 325.000 km2 (1/3 de estos territorios era incluido por primera vez en los mapas). 

El 19 de febrero de ese año, Byrd escribió un sorprendente diario de viaje que actualmente se encuentra en la Universidad del Estado de Columbus, Ohio, EE. UU en el cual relataba con lujo de detalles, lo sucedido en aquella cuarta expedición al Polo Sur.

Según Byrd, mientras se hallaba volando  en su avión Pratt & Withney, en compañía de su copiloto, observó de pronto que por debajo de ellos, en plena zona antártica, se veían valles verdes y zonas boscosas. La temperatura marcaba increíblemente 24 grados centígrados y al descender a menor altura alcanzaron a ver un animal pastando. Se trataba según Byrd de un mamut. En determinado momento el avión pareció flotar, los controles no respondían y se vieron rodeados de otros aparatos metálicos que lo invitaron a descender, cosa que hicieron atraídos por una fuerza desconocida.  Una vez en tierra, fueron recibidos por seres intraterrenos que los condujeron a él y a su copiloto hasta la  presencia de un personaje extremadamente amable, una especie de Maestro, que les explicó detalladamente el porqué de su visita a ese mundo subterráneo. La preocupación de los habitantes del interior de la Tierra estaba centrada en las explosiones atómicas que el ser humano estaba realizando, las cuales ponían en peligro a todo el planeta. Les aconsejó que hicieran conocer esto a los responsables del mundo. Al final, volvieron  a acompañarlos hasta su avión para despedirlos. Una vez más impulsados por fuerzas desconocidas, el aparato emprendió el regreso.

Byrd dice que tal como se le había pedido trasmitió esa experiencia  al Presidente de EE.UU. pero que luego de hablar con él fue citado al Pentágono, para ser rigurosamente investigado por el Servicio Secreto y por un cuerpo médico y luego quedar  al cuidado de los medios de Seguridad de los Estados Unidos con la orden perentoria  de callar todo lo vivido, por el bien de la Humanidad. 

Permaneció amenazado y  en silencio forzado durante muchos años hasta que, como legado, decidió dejar por escrito su experiencia. Completó su diario de viaje apelando a la memoria y la última de sus anotaciones data del 30 de diciembre de 1956. Su historia no es muy conocida por el común de la gente y ha sido vapuleada desde todos los ángulos, pero también  ha dado pie a la teoría nunca comprobada científicamente, de que nuestro planeta sería hueco, tendría dos enormes entradas en los polos y en su interior viviría una civilización mucho más adelantada que la nuestra, alimentada por un pequeño sol y basados en un permanente estado de paz.
 
Qué les parece este relato, amigos lectores? ¿Inquietante, verdad? Sobre todo por venir de alguien de tanta prestancia como el Almirante Byrd. Pero, desde luego, siempre cabrá preguntarse: ¿Demencia? ¿Invención? ¿Alucinaciones?  


En 1955,  el Almirante Byrd fue designado jefe del programa antártico organizado por los Estados Unidos de América, conocido con el nombre de Operación Deep-Freeze, con motivo de la celebración del Año Internacional Geofísico (1957).

Pero, después de sobrevolar por tercera vez el Polo Sur, Byrd tuvo que abandonar el proyecto de su sexta expedición a la Antártida al caer gravemente enfermo. Murió en Boston mientras dormía, el 11 de marzo de 1957.  Tenía sesenta y nueve años. 
Durante su vida recibió veintidós condecoraciones, menciones y citaciones en despachos navales. Nueve de las condecoraciones fueron al coraje, y dos de ellas por salvar las vidas de otros. También se le dedicaron en vida tres desfiles en su honor. Entre las medallas recibidas por Byrd se encuentran la Medalla de Honor de la Marina, la Cruz de Servicio Distinguido (dos veces), la Medalla del Congreso al Rescate de Vidas, la Cruz de Vuelo Distinguido, la Legión al Mérito (dos veces) y la Gran Cruz Naval de los Estados Unidos.
En vida de Byrd, su ciudad natal bautizó con su nombre al Aeropuerto Internacional de Richmond, Virginia. La biblioteca de Springfield, Virginia lleva el nombre de "Biblioteca Richard E. Byrd". Además de la Tierra de Marie Byrd, que Richard descubrió y bautizó en honor a su esposa, se lo ha homenajeado asimismo llamando Monte Byrd a una montaña de 810 metros en la Tierra de Marie Byrd y a un cráter de 93 km. de diámetro en la Luna.




Tanto su vida, como sus aventuras y descubrimientos, fueron plasmados por el propio Byrd en varios libros de su autoría:
 Hacia el cielo (1928), Little America (1930), Descubrimiento (1935), Explorando con Byrd (1938), y, por último, Soledad (1938).




Una vida en verdad apasionante. ¿No lo creen así, amables lectores?



Incluyo aquí, amigos, el Diario secreto del Almirante Byrd para aquellos de ustedes que no estén cansados con este relato y se animen a leerlo.



DIARIO
1957




Prefacio 
Debo escribir este diario a escondidas y en absoluto secreto. Se refiere a mi vuelo al Ártico del 19 de febrero del año 1947. Vendrá un tiempo en el que la racionalidad de los hombres deberá disolverse en la nada y entonces se deberá aceptar la ineludible Verdad. Yo no tengo la libertad de divulgar la documentación que sigue, quizás nunca verá la luz, pero debo, de cualquier forma, cumplir con  mi deber y relatarla aquí con la esperanza de que un día todos puedan leerla, en un mundo en el que el egoísmo y la avidez de ciertos hombres ya no podrán suprimir la Verdad...

-Tenemos considerables turbulencias. Ascendemos a una altitud de 2.900 pies (aprox. 885 metros).
-Las condiciones de vuelo son de nuevo buenas. Se pueden ver enormes masas de nieve y hielo bajo nosotros.
-Notamos en la nieve bajo nosotros un tono amarillento. Ese cambio de color sigue un patrón preciso.
-Descendemos para poder observar mejor este fenómeno.
-Ahora podemos reconocer distintos colores. Vemos también patrones rojos y lila.
-Sobrevolamos la región otras dos veces, y después volvemos al curso en que estábamos.
-Volvemos a chequear la posición con nuestra base.Transmitimos todas las informaciones referentes a los patrones y a los cambios de color del hielo y la nieve.-Nuestras brújulas se han vuelto locas.-Ambas, la brújula giroscópica y la brújula magnética, giran y vibran.
-Ya no podemos comprobar nuestra posición y dirección con nuestros instrumentos. Sólo nos queda la brújula solar. Con ella podemos mantener la dirección.
-Todos los instrumentos funcionan titubeantemente y extremadamente lentos.
-Sin embargo no podemos determinar una congelación. Podemos distinguir montañas ante nosotros.
-Nos situamos a 2.950 pies (aproximadamente 900 metros). De nuevo tenemos fuertes turbulencias.
-Hace 29 minutos que hemos visto las montañas por primera vez. No nos hemos equivocado. Es toda una cadena montañosa.
-No es especialmente grande. Nunca antes la había visto.
-Entretanto estamos directamente sobre la cadena montañosa.
-Seguimos volando en línea recta, siempre en dirección norte.
-Tras la cadena montañosa hay un pequeño valle.
-A través del valle serpentea un río.
-Estamos asombrados: aquí no puede haber un valle verde. Aquí hay cosas que no concuerdan.
-Bajo nosotros debería haber masas de hielo y nieve.
-A babor las pendientes de las montañas arboladas con altos árboles.
-Toda nuestra navegación ha dejado de funcionar.
-La brújula giroscópica se balancea continuamente en un ir y venir.
-Desciendo ahora a 1.550 pies (aprox. 470 metros).
-Hago girar acusadamente al avión hacia la izquierda.
-Ahora puedo ver mejor el valle bajo nosotros. Sí, es verde. Está cubierto de árboles y zonas de musgo.
-Aquí dominan otras condiciones de iluminación.
-En ningún lado puedo ver el sol.Hacemos de nuevo una curva a la izquierda.
-Ahora divisamos bajo nosotros un animal adulto.
-Podría ser un elefante. ¡No! Es increíble, parece un mamut.
-Pero de verdad es así. Tenemos bajo nosotros un mamut adulto.
-Ahora bajo aún más.-Ahora estamos a una altura de 1.000 pies (aprox. 305 metros). Observamos al animal con los prismáticos.
-Ahora es seguro, es un mamut o un animal que se le parece mucho al mamut.
-Radiamos las observaciones a la base.
-Sobrevolamos entretanto otras montañas más pequeñas.
-Yo estoy mientras tanto totalmente asombrado. Aquí hay cosas que no concuerdan.-Todos los instrumentos vuelven a funcionar.
-Empieza a hacer calor.
-El indicador nos dice que estamos a 74 grados Fahrenheit
(aprox. 23º C)
-Mantenemos nuestro curso.
-Ya no podemos localizar a nuestra base, puesto que la radio ha dejado de funcionar. El terreno bajo nosotros se vuelve cada vez más plano.
-No sé si me expreso correctamente, pero todo da una impresión de completa normalidad, ¡¡¡y ante nosotros se levanta con absoluta claridad una ciudad!!!
-Esto sí que es imposible.
-Todos los instrumentos dejan de funcionar.
-¡¡¡Todo el avión empieza ligeramente a tambalearse!!! ¡¡DIOS mío!!!
-A babor y estribor aparecen a ambos lados extraños objetos voladores. Son muy rápidos y se nos acercan. Están tan cerca que puedo ver claramente su distintivo. Es un interesante símbolo sobre el que no quiero hablar. Es fantástico. No tengo ni idea de dónde estamos.
-¿Qué nos ha pasado? No lo sé.
-Manejo mis instrumentos, pero siguen sin funcionar en absoluto.
-Entretanto hemos sido rodeados por los discos voladores en forma de plato.
-Parece que estamos prisioneros. Los objetos voladores irradian un brillo propio.
-Nuestra radio emite unos chasquidos. Una voz nos habla en lengua inglesa.
-La voz tiene acento alemán:“¡¡¡BIENVENIDO A NUESTRO TERRITORIO, ALMIRANTE!!!
-”En exactamente siete minutos les haremos aterrizar. Por favor relájese, almirante, está usted en buenas manos.”
De aquí en adelante nuestros motores dejan por completo de funcionar. El control de todo el avión está en manos ajenas.
-El avión gira en torno a sí mismo.
-Ningún instrumento reacciona ya.
-Recibimos precisamente otra comunicación por radio, que nos prepara para el aterrizaje.-A continuación empezamos sin demora con el aterrizaje.
-A través de todo el avión pasa un suave temblor apenas perceptible.
-El avión baja hasta el suelo como en un inmenso e invisible ascensor.
-Levitamos de manera totalmente suave hasta ahí.
-El contacto con el suelo apenas se nota. Sólo hay un ligero y corto choque.
-Hago mis últimas anotaciones de abordo a toda prisa.
-Viene un pequeño grupo de hombres hacia nuestro avión. Todos ellos son muy altos y tienen cabellos rubios. Más atrás veo una ciudad iluminada. Parece resplandecer en los colores del arco iris. Los hombres están aparentemente desarmados. No sé lo que ahora nos espera. Claramente, una voz me llama por mi nombre y me ordena abrir. Obedezco y abro la portilla de carga.
Aquí terminan las anotaciones en el libro de abordo. Todo lo que sigue lo escribo de memoria.
Es indescriptible, más fantástico que toda la fantasía, y si yo mismo no lo hubiera vivido, lo calificaría de completa locura. Nosotros dos, mi operador de radio y yo, somos conducidos fuera del avión y saludados con suma amabilidad. Entonces nos conducen a un disco deslizante, que aquí utilizan como medio de locomoción. No tiene ruedas. Con enorme rapidez nos acercamos a la brillante ciudad.-El esplendor de colores de la ciudad parece provenir del material parecido al cristal en que está construida. Pronto nos paremos ante un imponente edificio. Semejante arquitectura no la había visto hasta ahora en ninguna parte. No es comparable con nada. La arquitectura es como si proviniera directamente de la mesa de dibujo de un Frank Lloyd Wright, o bien podría estar sacado de una película de Buck Roger. Nos dan una bebida caliente. Esta bebida sabe diferente a todo lo que yo haya disfrutado. Ninguna bebida, ninguna comida tiene un sabor comparable. Sabe sencillamente distinto, pero sabe de maravilla. Han pasado unos diez minutos, cuando dos de estos extraños hombres que tenemos por anfitriones se acercan a nosotros. Se dirigen a mi y me comunican sin lugar a dudas que debo acompañarles. No veo otra alternativa que cumplir su orden. Por tanto nos separamos. Dejo a mi operador de radio y sigo a los dos. Poco después llegamos a un ascensor, en el que entramos. Nos movemos hacia abajo. Cuando nos detenemos, la puerta se desliza silenciosamente hacia arriba. Caminamos por un pasillo largo en forma de túnel e iluminado por una luz color rojo claro. La luz parece emanar de las paredes mismas. Llegamos ante una puerta grande.

Ante esta gran puerta nos paramos y permanecemos así. Sobre la gran puerta se encuentra un letrero acerca de cual nada puedo decir. Sin ningún ruido se desliza la puerta a un lado.

Una voz me exhorta a entrar. “No se preocupe, Almirante”, me tranquiliza la voz de uno de mis dos acompañantes, “¡el Maestro va a recibirle!” De manera que entro. Estoy deslumbrado. La multitud de colores, la luz que llena la habitación, mis ojos no saben a dónde mirar y tienen primero que acostumbrarse a las condiciones. Pasa un rato hasta que puedo reconocer algo de lo que me rodea. Lo que ahora veo es lo más bonito que he visto nunca. Es más espléndido, más bonito y más suntuoso de lo que yo podría describir. Creo que ningún idioma puede resumir con palabras lo que puede ver. Creo que a la Humanidad le faltan palabras para ello. Mis observaciones y reflexiones fueron interrumpidas por una voz melodiosa y cordial:

–Le doy la bienvenida. Sea usted de la forma más cordial bienvenido en nuestro país, Almirante. 

Ante mi está un hombre de gran estatura y una fina cara marcada por la edad. Está sentado a una imponente mesa y me da a entender con un movimiento de la mano que debo sentarme a una de las sillas. Le obedezco y me siento, después junta sus manos de forma que se tocan las puntas de los dedos. Me sonríe.


–Nosotros lo hemos hecho venir, porque tiene usted un carácter consolidado y arriba en el mundo goza de una gran fama.

–¿Arriba en el mundo? –me falta el aliento.

–Sí, contesta el Maestro a mis pensamientos– Usted está ahora en el imperio de los Arianni, en el interior del mundo. No creo que nosotros tengamos que interrumpir su misión mucho tiempo. Usted pronto será conducido a la superficie de la Tierra. Pero antes le voy a comunicar por qué yo le hice venir, almirante. Nosotros seguimos los acontecimientos que se producen arriba sobre la Tierra. Nuestro interés fue despertado cuando ustedes lanzaron las primeras bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. En aquella mala hora fuimos a vuestro mundo con nuestros platillos volantes cuando expedimos sobre vuestro mundo de superficie nuestros medios voladores: los Flugelrads.

Teníamos que ver personalmente lo que hizo vuestra raza. Entretanto ya hace mucho de eso, y vosotros diríais que es historia. Pero es para nosotros significativo, por favor déjeme continuar. Nosotros no nos hemos inmiscuido en vuestras escaramuzas y guerras. Vuestras barbaridades las hemos consentido. Pero mientras tanto habéis empezado a experimentar con fuerzas que en realidad no estaban pensadas para los hombres. Esto es la fuerza atómica. Ya hemos intentado algunas cosas. Hemos hecho llegar mensajes a los estadistas del mundo  pero ellos no creen en la necesidad de escucharnos. Por este motivo fue usted elegido. Vd. debe ser nuestro testigo, testigo de que nosotros y este mundo en el interior de la Tierra existimos, que nosotros aquí realmente existimos. Mire a su alrededor, y usted pronto comprobará que nuestra ciencia y nuestra cultura están varios miles de años por delante de las vuestras. Mire usted., almirante.”

–Pero, interrumpí al Maestro– ¿qué tiene esto que ver conmigo, señor?

 El Maestro pareció sumergirse dentro de mi, y después de examinarme durante largo rato, me contestó:

–Vuestra raza ha alcanzado un punto de no retorno.  Tenéis a personas entre vosotros que estarían dispuestos a destruir la Tierra entera antes que perder su poder,  el poder que ellos creen conocer. 

Le di a entender con un movimiento de cabeza que entendía sus explicaciones. El Maestro continuó hablándome: 

–Desde hace varios años hemos intentado una y otra vez contactar con vosotros. Pero todos nuestros intentos son contestados con agresividad. Nuestros platillos voladores son perseguidos por vuestros aviones de combate, atacados y disparados. Ahora debo decirle, hijo mío, que una enorme y nefasta furia se levanta, que una poderosa tormenta barrerá su país, y durante mucho tiempo lo arrasará. Desconcertados ante ello estarán vuestros científicos y ejércitos y no podrán ofrecer ninguna solución. Esta tormenta tiene poder de aniquilar toda la vida, toda la civilización de ustedes de forma que toda cultura podría ser destruida y todo podría hundirse en el caos. La gran guerra que acaba de terminar es sólo un preludio de lo que puede venir sobre vosotros. Para nosotros aquí esto se hace patente hora tras hora de manera más clara. Parta de la base de que me equivoco.

–No, ya vino una vez la época oscura sobre nosotros, y duró 500 años –le repliqué yo al Maestro.

–Así es, hijo mío –me contestó– los tiempos sombríos cubrirán vuestro país de cadáveres. Y sin embargo parto de la base de que algunos de vuestra raza sobrevivirán a esta conflagración. Lo que después ocurrirá no puedo revelarlo. Nosotros vemos en un futuro lejano surgir una nueva Tierra, que será construida con los escombros de vuestro viejo mundo, y os acordaréis de sus tesoros legendarios y los buscaréis. Y mira, los tesoros legendarios estarán aquí con nosotros. Nosotros somos aquellos que los mantenemos a salvo. Cuando haya comenzado ese futuro, nos presentaremos a vosotros, ayudaremos a los hombres a revivificar su cultura y su raza. Quizá hayáis aprendido entonces que guerra y violencia no conducen al futuro. Para el tiempo que entonces seguirá, se os harán accesibles antiguos conocimientos. Conocimientos que ya tuvisteis una vez. De usted, hijo mío, espero que vuelva a la superficie con estas informaciones.

Con esta exigencia terminó el Maestro su exposición y me dejó muy desconcertado, pero para mi estaba claro que el Maestro tenía razón. Por consideración o por humildad, no lo sé, me despedí de todas formas con una ligera inclinación. En ese momento aparecieron los dos acompañantes,  que me habían conducido hasta allí.  

Me volví hacia el Maestro. Había una cálida y amistosa sonrisa en su vieja y noble cara:

–Le deseo a usted un buen viaje, hijo mío–  dijo haciendo por último el signo de la paz y entendí que  nuestro encuentro había llegado  a su fin.

Volvimos rápidamente hacia el ascensor y nos movimos hacia arriba. Tras finalizar la conversación con el Maestro tenía prisa de verdad por volver a la nave. Era importante que yo llevase inmediatamente el mensaje recibido a mi raza, me aclaró uno de mis acompañantes. A todo esto yo no dije nada. Fui conducido hasta donde aguardaba mi operador de radio. Por su expresión vi que  estaba presa de temor. 

–Todo está en orden –le dije intentando tranquilizarlo – no hay de qué preocuparse.  Junto con nuestros acompañantes, ingresamos de nuevo al disco deslizante, que, velozmente, nos devolvió a nuestro avión.

Ingresamos inmediatamente a bordo. Los motores ya estaban en marcha.  Había una atmósfera de tremenda prisa, la necesidad de actuar rápido era evidente. Al cerrar  la portilla, nuestro avión fue elevado a las alturas por una fuerza inexplicable para mi. Volvimos a encontrarnos a 2.700 pies (aprox. 825 metros). Estábamos acompañados por dos de sus platillos que se mantenían no obstante, a una cierta distancia de nosotros. El velocímetro no indicaba en todo el tiempo velocidad alguna, a pesar de que ésta había aumentado enormemente. Nuestra radio no  funcionaba, pero recibimos un último mensaje de los objetos voladores que nos acompañaban.

–A partir de ahora puede usted volver a utilizar todos sus equipos, Almirante, sus instrumentos vuelven a ser funcionales. Nosotros le dejaremos ahora. Hasta la vista. 

Seguimos con nuestros ojos a los objetos voladores hasta que se perdieron en el cielo azul pálido. De inmediato tuvimos a nuestro avión de nuevo bajo control. No hablamos entre nosotros, cada cual estaba demasiado ocupado con sus pensamientos.

Última anotación en el libro de abordo:

-Nos encontramos de nuevo sobre vastas regiones cubiertas de nieve y hielo.

-Estamos todavía aproximadamente a 27 minutos de vuelo de la base. Podemos enviar mensajes por radio, y nos responden. Radiamos que todo es normal. La base está contenta de que vuelva a haber comunicación.
-Tenemos un aterrizaje suave.
-Yo tengo un encargo.
Fin de las anotaciones en el libro de abordo.

El 4 de Marzo de 1947 acudo a una reunión en el Pentágono. Informo detalladamente sobre mis descubrimientos y sobre el mensaje del Maestro. Todo es grabado y escrito. El presidente también fue informado. Fui retenido aquí durante varias horas (exactamente fueron seis horas y treinta y nueve minutos). Fui interrogado minuciosamente por un equipo de seguridad y por un equipo médico. ¡Un infierno!

Fui puesto bajo la estricta supervisión de la Previsión Nacional de Seguridad de los Estados Unidos de América. He recibido la orden de guardar silencio sobre todo lo que he vivido  por el bien de la Humanidad. ¡Increíble!

Se me recordó que soy un oficial y que por tanto debo obedecer órdenes.

30 de Diciembre de 1956: Última anotación: Los años posteriores a 1947 no fueron muy agradables para mí… Hago ahora la última anotación en este diario especial.

Quisiera mencionar que me he callado los descubrimientos que hice, tal y como se me ordenó. ¡Pero eso no es lo que tengo en mente! Noto que pronto llegará mi hora. Pero no morirá este secreto conmigo, sino que será difundido – como toda verdad. Y así será.

Sólo así puede existir la única esperanza para la Humanidad. Yo he visto la verdad. Ella me ha hecho despertar y me ha liberado.

 

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