lunes, 16 de mayo de 2011

Eterno mientras dure


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Eterno mientras dure
Leonor Fernández Riva


Confieso, queridos amigos lectores, que fui una de las personas que el viernes 29 de abril vio en directo la boda del príncipe Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton. ¿Y saben qué? La disfruté.

Fue realmente grato hacer un alto a las noticias de crímenes, corrupción, secuestros, atentados, violaciones… que atiborran nuestros noticieros, para observar en la pantalla del televisor las incidencias de este evento romántico ocurrido a miles de kilómetros de distancia en la bellísima ciudad de Londres. Una ceremonia sobria, celebrada en la imponente Abadía de Westminster y cronometrada con la ya emblemática puntualidad inglesa. Un espectáculo multicolor tanto dentro como fuera de la abadía. Y con un final de cuento de hadas: el himno Jerusalem, de William Blake coreado por todos los presentes.

Ahora, acalladas ya las críticas, el sensacionalismo mediático, la curiosidad y la consiguiente expectativa generada por este matrimonio principesco, subsiste el hecho sui géneris de las disímiles y contradictorias circunstancias que se producen constantemente en este loco, loco mundo en que vivimos.

Repasemos unas pocas: el hambre de Angola y los preocupantes problemas de sobrepeso en los Estados Unidos; las casas reales de Europa y la desgastante dictadura de los hermanos Castro en Cuba; los carnavales de Río y el tsunami de Japón; la pobreza del Tercer Mundo y los Mundiales de Fútbol; las impactantes fotografías del telescopio espacial Hubble y la guerra en Afganistán; las nuevas tecnologías y el recalentamiento de las plantas nucleares en Japón; la dictadura de Kim Jong en Corea y las revueltas en los países árabes; los incendios de California y las inundaciones en Colombia. Y en este panorama de hechos interesantes, dramáticos, paradójicos o curiosos, algo amable: el matrimonio de Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton.

A muchos les pareció inaudito que cuando tantos problemas acosan a nuestro planeta un hecho aparentemente frívolo como este acaparara durante varias semanas la atención mundial.  Pero es que nuestro multifacético mundo no es de ninguna manera plano como algunos quisieran. En él, gracias a Dios, todo cabe y es eso precisamente lo que lo hace único e incomparable. Si no fuera así ¿cómo podrían germinar de un mismo suelo plantas tan disímiles como la aromática rosa, la venenosa cicuta y el curativo diente de león?

A pesar de las críticas de quienes se empecinan en ver el mundo en blanco y negro y desaprueban enérgicamente el dinero invertido en esta boda y la expectativa que generó , es innegable que la figura de la monarquía confiere a Gran Bretaña un especial sentido de pertenencia, orgullo y señorío, cualidades que la hacen única. Y por otra parte, ¿quién tiene derecho a cuestionar su forma de gobierno? La mayoría de los ingleses respetan y aman a su reina y miran estos acontecimientos como parte fundamental de su tradición y de su historia.

Inglaterra es una nación que admiro profundamente. Mientras esto escribo, rememoro mi inolvidable visita a ese gran país: el enigmático conjunto megalítico de Stonehenge a pocos kilómetros de Salisbury, un lugar en donde el corazón se sobrecoge; la misteriosa y sombría Abadía de Canterbury, en la cual reposan el sueño eterno personajes como Eduardo Plantagenet, el Príncipe Negro y Santo Tomás Becket, asesinado en la misma abadía; los innumerables castillos esparcidos por sus campos y poblados, muchos de ellos embrujados como el de Chillingham, situado al norte en la frontera con Escocia y convertido actualmente en un acogedor hotel a pesar de las historias de espantos y fantasmas que lo pueblan. Y ya, en la señorial Londres, sus museos, sus abadías, sus centros comerciales, el ambiente de sus pubs, el color del Támesis… sus casas, el paseo obligado por Abbey Road o por el mercadillo de Portobello Road, más conocido como Notting Hill después de la famosa película protagonizada por Hugt Grant y Julia Roberts;  los deliciosos recorridos por Baker Street, Oxford Street, Soho street, Regent Street, Piccadilly Circus…, sus bosques con colores de gamas impensables y sus parques, ¡qué maravilloso concepto de las zonas verdes! Hyde Park, St. James Park,  Regents Park, Kensington Garden con la encantadora estatua de Peter Pan, y otros más pequeños como Richmond Park todos permanentemente verdes y florecidos porque Londres es una ciudad de parques, de hermosos parques. Gracias a Dios existe Inglaterra y su incomparable capital, su historia, sus maravillosas leyendas, el espíritu y valor de su gente... ¡y su monarquía!

Pero volviendo a Guillermo y a su boda, probablemente sea él y no Carlos, su paciente padre, quien herede más adelante el trono de Inglaterra. Un trono que ya no le deparará como a sus antepasados poderes omnímodos sino, por sobre todo, una gran responsabilidad. Por ahora puede, sin embargo, seguir tranquilo disfrutando su luna de miel pues tal parece que su abuela Isabel tiene todavía cuerda para rato. Ha reinado ya cincuenta y nueve años y solo le faltan cinco para igualar a la reina Victoria quien llevó su corona durante sesenta y cuatro años, el reinado más largo de la historia de Inglaterra. Con cuánta razón mi padre solía afirmar que con el pasar del tiempo solo sobrevivirán las cuatro reinas de la baraja y la reina de Inglaterra.

En los tiempos que corren, cuando las uniones libres están en boga y tal parece que nadie, a excepción de los homosexuales, reclama para sí el derecho de contraer matrimonio, es conmovedor ver parejas como la conformada por Guillermo y Kate que sobreponiéndose a los engorrosos protocolos que de seguro debieron cumplir al preparar su boda, llegan ilusionados hasta el altar para jurarse amor eterno. Un hecho tanto más emotivo por tratarse de una pareja conformada por un príncipe de cuento de hadas y una hermosa plebeya.

Una aprensión, no obstante, me invade al pensar en el futuro de los felices contrayentes; detalles aparentemente insignificantes pero que pueden complotar más adelante para desequilibrar tan hermoso romance: la fugacidad de sus hoy ardientes feromonas, las dificultades de su complicada convivencia y el estrés que de seguro les generará el constante asedio de los paparazis. Y claro, una amenaza que siempre está presente incluso en enlaces de mucho menos turmequé: el peligro de que alguna de las Camilas, que nunca faltan les juegue a los dos una mala pasada.

Pero entre tanto, y hasta que los chismes del jet set no murmuren otra cosa, pienso que es hermoso creer en el amor y apostar, ¿por qué no?, a que el amor de esta pareja sí va a ser eterno.

¿Ustedes qué creen?

                                                            
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