martes, 27 de abril de 2010

¿Quién es más romántico, el hombre o la Mujer?





¿Somos menos románticas las mujeres que los hombres? ¡Indiscutiblemente! Nosotras -aun estando enamoradas- somos el pie a tierra en la relación de pareja. Nos gusta, ¡cómo no nos va a gustar! el galanteo, el flirteo, el enamoramiento masculino. Nos halaga, ¡cómo no nos va a halagar! verlos rendidos a nuestro encanto, saber que entre ese profuso espectro de otras posibles parejas, él nos escogió a nosotras.


Pero, ¿somos acaso las mujeres menos apasionadas que los hombres? No, desde luego que no. Nuestras hormonas, claro está, también se desordenan ante el acoso amoroso. También hacemos versos, también cantamos (generalmente las canciones que ellos nos dedican) y también anhelamos su presencia, su contacto varonil. El mandato de la naturaleza debe cumplirse. Y su consigna es que la mujer se sienta atraída por el sexo opuesto, que elija entre sus pretendientes, el candidato más apropiado para concebir y mejorar la especie. El deseo, tanto en el hombre como en la mujer es la poderosa trampa que despliega la naturaleza para mantener la especie. Pero en la mujer, siempre ( o casi siempre) este deseo está circunscrito por su sentido común. Antes que el romance y el deseo, prima en ella su anhelo de compañía, el propósito de formar un nido donde sus futuros hijos encuentren apoyo y seguridad. En otras palabras, más que querer, nos dejamos querer… y proteger.

Obligado a jugar el papel de seductor, el sexo masculino ha tenido necesariamente que desarrollar a través de la historia, una especial habilidad para la palabra bonita, para el verso de amor, para la conquista y el enamoramiento. Lo suyo es el romance. Debe con sus mejores armas, conquistar la plaza. Y a la mujer se la conquista por el oído. Como dato curioso, ayer, consultando el número de poetas y poetisas de un portal de poesía caí en la cuenta de que habían 79 poetas hombres y solo 11 poetas mujeres. Y algo similar ocurre con los compositores de música romántica, con las novelas de amor.


¿Está acaso reñido el romanticismo masculino con su innegable tendencia a la liviandad, a la infidelidad? Por supuesto, que no. La naturaleza le ha dado al macho de la especie humana un mandato claro: Procrear. Debe pues sembrar su cimiente en el mayor número de parejas posibles para permitir la supervivencia de la especie. Una misión que, no se puede negar, ha llevado a cabo con bastante éxito.

A la mujer la naturaleza le ha designado una misión muy distinta aunque claro, sustentada en la anterior: concebir, dar a luz un hijo, criarlo y protegerlo hasta una edad en que pueda valerse por sí mismo. Y para cumplir con esta misión la mujer no requiere ser promiscua, es más, esa circunstancia sería un obstáculo. Solo necesita una pareja fértil. Y claro, conseguir con base en sus encantos, que su pareja no abandone el nido ni a sus crías.

En ninguna otra especie animal el mandato maternal es tan claro como en la especie humana. Es el ser humano quien nace más indefenso y quien continúa siéndolo por un periodo más prolongado de su crecimiento y formación. De ahí porque la mujer tiene menos desarrollado el sentido del romance y mucho más el de la maternidad, el de la responsabilidad y el de la sutil inteligencia para conformar un hogar estable con un buen proveedor que pueda brindarle seguridad y protección a sus críos. Lo ideal es que consiga que el macho se torne monógamo y ayude a criar a sus hijos, pero aun en el caso de que el editor responsable abandone el nido, la mujer lleva en sí un intenso sentido maternal que no desaparece cuando desaparece el amor de pareja y que la hará luchar y hasta dar la vida para proteger el fruto de sus entrañas.

En el galanteo humano es el macho quien debe mostrarse entusiasta, conquistador, romántico. La mujer joven, como una bella flor en edad de merecer ( léase: edad de concebir) , solo tiene que desplegar con la ayuda de la naturaleza y de su juventud, sus más cautivantes feromonas, dejarse querer y escoger con sabiduría a cuál de sus pretendientes brindará sus favores.

Pasado este trámite la mujer procurará con su innata sabiduría domesticar a ese ser cerrero -que aun estando ya unido a una pareja no pierde el deseo y atracción por otras féminas- para que desista de sus loables propósitos, olvide el mandato de la naturaleza y se ocupe responsablemente de sus hijos y de su hogar. Debe pues la mujer desplegar toda su inteligencia para lograr vencer la innata tendencia del hombre a ser un picaflor y a olvidarse de sus obligaciones.

Los celos en la relación de pareja responden a distintos factores: en el hombre se producen por un instinto primario que rechaza criar hijos ajenos; exige por tanto fidelidad. Este es un factor muy importante para los hombres. Y las mujeres lo sabemos. Antes de que la moral, los principios, los mandamientos religiosos y la ley dictaran sus normas, las mujeres ya sabíamos que la fidelidad era una muy especial regla en las relaciones de pareja. Una regla muy peligrosa de transgredir.

Por obvias razones, las mujeres no corremos el riesgo de ser engañadas y criar hijos ajenos. Nuestros hijos, siempre son nuestros hijos. Nuestros celos responden más bien, al temor de perder el editor responsable, a perder la pareja ganada a otras, en franca lid. Una pareja que no es fácil reponer y que aun en el caso de hacerlo no podrá suplantar el papel de padre ante nuestros hijos.

La era moderna ha producido, un arquetipo de mujer que no se encuadra en los patrones que rigieron durante tanto tiempo el comportamiento femenino. La mujer parece haber perdido, al menos en gran parte, el imperioso impulso hacia la maternidad. Hoy muchas jóvenes escogen conscientemente no tener hijos. La mujer, liberada por la ciencia de la posibilidad de quedar embarazada luego de la relación sexual, tiene ahora la oportunidad cierta de experimentar en su vida varias parejas sin necesidad de una relación estable y sin el peligro de concebir. Hoy, las mujeres reclamamos el derecho a alcanzar el placer. Algo que la madre naturaleza, ¿quién sabe por qué artilugios? nos concedió en forma mucho más complicada que al hombre. Empeñadas en esa búsqueda de placer, hacemos del lance amoroso una especie de juego aeróbico que para nada toma en cuenta los embriagadores vericuetos del alma y nos tornamos aun más pragmáticas.

Todo va cambiando sutilmente y el romanticismo, esa característica que el varón ha debido perfeccionar a lo largo del tiempo para la feliz consecución de sus pretensiones amorosas, ha venido un tanto a menos ante la facilidad que encuentra en la actualidad para abordar y conquistar al sexo opuesto. Las cosas ahora se dan sin mayor empeño y así, en el ambiente relajado y promiscuo que le ofrece la sociedad moderna, el hombre encuentra más que en ninguna otra época la oportunidad de cumplir sin mayor esfuerzo de su parte con el poderoso llamado de la naturaleza.

La mujer moderna ha invocado su derecho a la libertad en todo sentido y esto ha producido un tipo de relación más efectiva en el plano amoroso, pero desde luego, ha suprimido casi completamente de la relación de pareja la etapa del enamoramiento y del galanteo en la que los hombres desplegaban todo su romanticismo. Ahora solo se piensa en la consumación amorosa. Y desde luego, una vez tomada la plaza, cuando el hombre se casa o se une a una pareja, su romanticismo, que ya no tiene biológicamente razón de ser, sufre un bajón sustancial o se anula definitivamente.

Todo ese juego amoroso, eso que llamamos amor, lo vivimos intensamente los seres humanos creyendo que somos completamente autónomos en nuestras decisiones, que hemos descubierto caminos no recorridos.¡Qué equivocados estamos! Somos solo entes sumisos y maleables en el intrincado y repetitivo engranaje de la naturaleza y de sus normas.

En días pasados en una reunión observaba regocijada a un amigo. Ya peina canas, tiene una barriguita cervecera y  caminar pausado y sin embargo, sus hormonas todavía se desordenan ante la posibilidad de un nuevo romance, de una nueva aventura. Todo su ser entra en alerta, se prepara y se afina ante una posible conquista. El cazador divisa a su presa y la fuerza de la naturaleza lo incita a tener contacto con en ese animal joven que está allí cerca y con el cual hay (al menos en teoría) la posibilidad cierta de procreación. Y allí entra en juego su lenguaje, su comportamiento galante. Al jugar ese agradable juego el hombre cree firmemente que es completamente autónomo, que tiene la sartén por el mango. Pero está equivocado, es solamente un peón de la naturaleza...


Y un romántico incorregible.




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