domingo, 12 de diciembre de 2010

De brazos, calaveras y fundaciones





En días pasados, la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño, Programa de Arte y estética  de la Universidad San Buenventura de Santiago de Cali y la Fundación  Ekolectivo Arte Público presentó la interesante propuesta estética “¡Le cortamos el brazo a Sebastián de Benálcazar!”. Una propuesta de amputación virtual al fundador de la ciudad con el fin de  “propiciar un choque emocional y plantear una transformación del espacio donde se encuentra la estatua de Sebastián de Benálcazar a fin de posibilitar otras formas de construcción social”.

 La propuesta en cuestión suscitó diferentes opiniones a favor y en contra tanto de la Academia de Historia del Valle del Cauca como de otras personalidades. Como mi buen amigo el historiador fráncés  Ives Monino trajo  mi nombre a este debate al recordar otro muy esclarecedor y agradable que sostuvimos hace un tiempo acerca de un tema relacionado me sentí motivada a  participar en tan interesante polémica con las reflexiones que expongo en la siguiente columna.

De brazos, calaveras y fundaciones
Leonor Fernández Riva

Si con la amputación -virtual o física- del brazo de Sebastián de Belalcázar o con las ochocientas calaveras y otra serie de actos simbólicos organizados por los entusiastas alumnos de la Universidad San Buenaventura y la Fundación Ekolectivo  pudiésemos reivindicar el sufrimiento de las diferentes etnias indígenas a las que les tocó en suerte recibir el embate de los conquistadores españoles, en buena hora. Comparto, no obstante, el pensamiento siempre lúcido de Carlos Vidales en el sentido de que mutilar o derribar una estatua es casi lo mismo que destruir un libro. Algo así como volver a los tiempos en los que el Index librorum prohibitorum et expurgatorum (creado en 1559 por la Sagrada Congregación de la Inquisición y gracias a Dios descontinuado desde 1966) marcaba el límite de nuestras lecturas y hasta de nuestros pensamientos.

Creo, no obstante, que la historia ya en parte hizo justicia porque tal como afirma Ives y lo ratifica Carlos en contundente frase, con los conquistadores ocurrió algo similar a lo que pasó con la monarquía durante la revolución francesa: “…los conquistadores fueron la principal causa violenta de muerte de los conquistadores”.

Es irónico que a pesar de la rigidez de las ideas religiosas de aquella época, la conquista de América se haya realizado prácticamente sin Dios ni ley. Y es que aquellos eran tiempos violentos y los hombres que vinieron al Nuevo Mundo -con honrosas excepciones- no fueron precisamente humanistas.

Pero lo curioso es que América tampoco era por aquellos días una isla de paz. Los indígenas de América eran a su vez víctimas de la crueldad, la violencia y las ansias de conquista de otros imperios precolombinos. El cacique Petecuy, por ejemplo, no fue de ninguna manera una pera en dulce. Los testimonios que han quedado de su crueldad y ferocidad dan buena cuenta de ello. Y tampoco se distinguieron por su mansedumbre otros gobernantes precolombinos. Huayna Capac -sin duda uno de los más grandes gobernantes del Imperio Inca- se caracterizó también por las sangrientas luchas con sus vecinos y por sus crueles actos de venganza. La lucha fratricida en que se enzarzaron a su muerte sus hijos Huáscar y Atahualpa dejó sembradas imborrables semillas de rencor y venganza en el ánimo de los vencidos. Durante el reinado de Huáscar y más tarde en el de Atahualpa, se inició la decadencia del imperio inca. El relajamiento de la nobleza en una sociedad donde los pobres trabajaban como esclavos ya no solo para el Inca y el Sol sino también para las familias de los nobles, era síntoma de que ya algo andaba mal en un imperio que había crecido desmesuradamente rápido. Un ambiente de descontento, de ansia de venganza y de revancha recorría América a la llegada de los españoles.

No es, pues, del todo descabellado suponer que quizá los pueblos de América no hubieran necesitado el concurso de España para extinguirse. Ellos mismos habían dado ya los pasos necesarios para su propia desaparición. Sucedió con los Mayas en México y con las culturas Chavín, Mochica, Nazca, Tiahuanaco y muchas otras, en el Perú.

Por otra parte, la conquista de América por un puñado de españoles no podría haberse dado si no hubieran existido acá por esos días gobiernos indígenas en franca decadencia y un descontento muy grande entre los pueblos gobernados, circunstancia esta última que propiciaría la aparición de informantes y traidores entre los mismos conquistados.

Un testimonio de la época lo expresa así: "… si la tierra no huviera estado dividida, si Guaynacaba no huviera muerto, no la pudiéramos entrar ni ganar". Pero para desgracia de los conquistados esta tierra estaba dividida y ya no existía un gobernante de la talla de Huayna Capac. La desunión de los aborígenes americanos favoreció su exterminio.

Y sin embargo, a pesar del sufrimiento, el avasallamiento y la sangre derramada en América, a la Conquista siguió la Colonia y a la par de ella tuvo lugar ese fecundo periodo de mestizaje que, a manera de mágica alquimia, cinceló en los descendientes de aquella gesta un cúmulo de características propias tanto de los conquistadores como de los antepasados indígenas. Es del todo inútil querer ahora renegar de cualquiera de nuestras dos razas e intentar sacar de nuestros células lo que hemos heredado a través de una historia compartida porque al hacerlo corremos el riesgo de perder el propio corazón.

Sé, desde luego, que un historiador tiene que tener sus ojos puestos en el pasado. Respeto y admiro ese profundo y dedicado estudio que nos permite conocer a cabalidad nuestra historia y saber sin eufemismos de dónde venimos. Pero en lo personal no suelo ver el pasado -por doloroso o injusto que haya sido- con sentimientos de rencor o de retaliación. No creo que sea sano utilizar un pasado afrentoso para justificar un presente inútil y frustrante. No se trata de ignorar nuestra historia - desde luego que no- pero pienso que solo mirando hacia adelante podremos dejar atrás un ignominioso pasado e imprimir una huella positiva en la arena del tiempo.

Pero volviendo al tema de la estatua, del brazo y las calaveras (¿calaveradas?) de Sebastián de Benalcázar, pienso que quizá podría llegarse a un justo medio y conciliar a la Academia de Historia del Valle del Cauca con los estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la Universidad San Buenaventura que han presentado tan original propuesta de reflexión histórica al permitir al Fundador de Ciudades conservar su brazo extendido pero con la salvedad de señalar quizá a una placa en la que constaría la historia de la Fundación de Santiago de Cali. Un relato verdadero y fidedigno con todos los crímenes, atropellos, abusos … y prolíficas consecuencias de lo que en esta villa in illo tempore acaeció.

Y claro, considerar también la posibilidad de levantar en un futuro cercano una estatua al inefable cacique Petecuy en alguno de los bien cuidados parques de nuestra pintoresca capital.
Y, ¿por qué no?, pensar también en la posibilidad de incursionar con similares propuestas virtuales en otras estatuas como, por ejemplo, en unita que han levantado en nuestra fraterna Venezuela a un eximio prócer de las FARC. 

Son realmente admirables las posibilidades que esta singular propuesta depara a nuestra imaginación y espíritu cívico.
 ¿No lo creen así, amables lectores?
                              




                                               
Visita mis otros blogs:
Te invitamos a visitar  también el siguiente blog  donde encontrarás temas literarios de actualidad y  la actividad cultural del Valle del Cauca y de Colombia:
http://ntcblog.blogspot.com/