martes, 8 de noviembre de 2011

Cápsulas del tiempo, ¿una apuesta al futuro?





Algún día, dentro de muchos años -tal vez miles de millones de años, nadie lo sabe- seres extraterrestres podrían sorprenderse al encontrar una vieja nave procedente de la Tierra. La antigua sonda, situada probablemente a millones de kilómetros de su planeta de origen,  estará helada como el espacio que la rodea, su fuente de energía nuclear hace mucho que se habrá agotado, una antena blanca e icónica apuntará silenciosa hacia el vacío sin enviar dato alguno a la especie que la construyó. Pero aun así podrá hablar a quienes la encuentren,  y si un extraterrestre logra descifrar su contenido se emocionará porque la Voyager tiene una historia para contar. Una historia de amor.


Hace cuarenta y dos años,  el 16 de julio de  1969,  la  primera misión espacial tripulada a bordo de   la nave Apolo 11,  de la NASA,  llegó  a la superficie de la Luna. La tripulación, que  luego de ese espectacular viaje se inscribió en la historia,  estaba compuesta por Neil A. Amstrong de treinta y ocho  años, Edwin Aldrin, de treinta y nueve,  y Michael Collins, de treinta y ocho años.


Recuerdo como si fuera ayer la expectativa que causó en todo el mundo ese  primer y único viaje tripulado a la Luna. Expectativa que tuvo gran despliegue de prensa y uno que otro apunte  jocoso. Una de las muchas caricaturas publicadas por aquellos días en relación con el acontecimiento mostraba   la nave en el momento de alunizar y a un curioso desde la Tierra  preguntándose: “¿Será de miel?”.

Aunque los científicos habían afirmado fehacientemente que las condiciones de la Luna no eran propicias para la vida, la verdad es que prácticamente todos albergábamos la esperanza de encontrar alguna clase  de vida en nuestro romántico satélite.


Luego de la espectacular trasmisión televisada,  que el mundo entero presenció emocionado segundo a segundo, muchos sentimos una profunda  decepción a la vista de  la soledad infinita y  los yermos y desiertos arenales de la Luna que confirmaban lo que ya conocíamos. Nada. Ni una sola huella de un ser viviente. Ni un solo vestigio de alguna remota civilización. Continuábamos solos en el espacio.

La emoción había dejado paso a la desilusión. Después de esta hazaña las noticias acerca de  la conquista del espacio fueron ya mucho menos espectaculares. La carrera espacial no se detuvo,  claro está, pero en adelante su trasegar fue mucho más sosegado.

Por mi parte, la expectativa  que generó en mí ese primer escarceo espacial tripulado a la Luna no volvió  ya a repetirse sino varios años después, en 1972, luego del lanzamiento desde Cabo Cañaveral de las sondas Pioner de la NASA.  Y es que  una de ellas, la Pioner 10,  fue  enviada al espacio  con la misión no solo de observar a Júpiter y Saturno,  los dos gigantes gaseosos de nuestro sistema solar,  sino también de llevar un mensaje de la Tierra a  cualquier extraterrestre que se topase con ella durante su viaje a través de los complicados laberintos estelares. Y esa posibilidad me llenaba de emoción.

El mensaje de la Pioner 10 fue grabado en plaquetas ideadas por el científico Carl Sagan y dibujadas por su esposa Linda Salzman Sagan, con la intención de que fueran relativamente fáciles de descifrar por extraterrestres a los que les comunicarían de esta manera  ciertos aspectos básicos de nosotros.

En una de ellas aparece  una pareja desnuda, de pie y  en actitud pacífica,  para dar a conocer el aspecto físico de los seres humanos  y su intención de paz. En un  principio la pareja fue dibujada tomada de las manos,  pero se cambió esta idea porque se reflexionó en que  un observador extraño podía interpretar esa imagen como si se tratara  un solo cuerpo.  fanáticos religiosos  consideraron inmoral que se enviara al espacio la imagen de una pareja desnuda,  pero sus protestas no tuvieron eco.

En el centro de otra de estas plaquetas se trazaron  una serie de líneas que partían de un punto. Una especie de mapa que indicaba la ubicación de la Tierra en el Universo. El punto central en este mapa era nuestro planeta, y las líneas indicaban las direcciones hacia los pulsares más significativos cercanos al sistema solar; cada uno con su indicativo en numeración binaria.

Se hicieron llegar  copias de estas placas a varios científicos del mundo para que dieran su opinión al respecto, y lo curioso del asunto es que  la gran mayoría de ellos no entendió el mensaje. Y eso que tenían la  gran ventaja  sobre los alienígenas a los que iba dirigido de que pertenecían  a este planeta. Es de esperar que nuestros hermanos estelares sean un poco más listos.

La Pioneer 10  sigue actualmente viajando por el espacio. Hace dos años  la NASA intentó contactarse con ella pero fue un intento infructuoso. Se sabe sin embargo, que la nave continúa su marcha rumbo a la estrella Aldebarán, de la constelación de Tauro, a la que arribará dentro de 1.690.000 años, hora más, hora menos.

Y el tiempo siguió su marcha. Pasaron cinco años  durante los cuales no volví a tener noticias de las sondas espaciales. ¿Qué habrá sido de ellas?,  me preguntaba. Pensaba que ya nada me volvería a entusiasmar con respecto al espacio.

Pero en 1977 mi interés resurgió con fuerza  al conocer el lanzamiento de las sondas  Voyager  de la NASA con un nuevo y más completo mensaje para nuestros hermanos del espacio: un disco de oro con  profusa información sobre nosotros y sobre nuestro planeta. ¡Algo emocionante!

El equipo que armó este disco de oro estuvo también  dirigido  por Carl Sagan, y  conformado por  Frank Drake, Ann Druyan, Timothy Ferris, Jon Lomberg y Linda Salzman Sagan. Todos ellos estuvieron de acuerdo en que el disco contuviera una selección de la mejor música de la Tierra, una galería de fotos de nuestro planeta y de sus habitantes,  y un ensayo sobre sonidos terrestres, tanto naturales como tecnológicos, con soporte de audio.

Pero, ¿cómo guardar toda esa información? Era complejo y difícil escoger el mejor medio para trasmitir el mensaje.

“Después de varios intentos que no nos satisfacían del todo, finalmente decidimos diseñar un disco para que sonara a 16 2/3 revoluciones por minuto”, explicó luego Sagan y añadió: “Probablemente tendríamos algunas pérdidas respecto de la fidelidad del sonido, pero no serían extremadamente graves. Estábamos seguros de que quienes  encontraran el disco serían  tan listos como para saber manipularlo correctamente”.

Escoger el contenido del disco fue un proceso embriagante pero agotador. Aun con la velocidad de reproducción disminuida había apenas suficiente espacio para unos noventa  minutos de música y poco más de cien imágenes.

                                                                  El Condor Pasa - 

  

   La selección final contiene  entre otras la Quinta sinfonía, de Beethoven; Johnny B. Goode, de Chuck Berry; el Cóndor pasa, del Perú; Melanchooly Blues, de Luois Armstrong; Canto nocturno, de los indios navajos de Estados Unidos; la Consagración de la primavera, de Stravinsky; y muchas otras melodías de América y del mundo.

                                                                                         
Cuando todo estuvo dicho y hecho, las naves espaciales Voyager despegaron con ciento dieciocho fotografías, noventa  minutos de música,  saludos en cincuenta y cinco  idiomas humanos y un lenguaje de ballenas,  un ensayo con soporte de audio que contenía desde pozos de lodo burbujeantes hasta perros ladrando y el estruendoso despegue de un cohete Saturno V, un extraordinario saludo  poético  del Secretario General de las Naciones Unidas y... las ondas cerebrales de una joven mujer enamorada. De todas las selecciones hechas para el disco esta  última puede  ser la que quizá despierte más curiosidad en los extraterrestres que descubran la sonda.

“Me surgió la idea”, recuerda Ann Druyan,“de poner el electroencefalograma de alguien en el disco porque conocía que los patrones de los electroencefalogramas registran algunos cambios en el pensamiento. Y entonces me pregunté: ¿No sería posible que alguna tecnología avanzada, dentro de millones de años, pudiera descifrar los pensamientos humanos?”.

Sagan y los demás miembros del proyecto  aprobaron la idea y pidieron a Druyan que fuese  voluntaria para someterse al estudio de las ondas cerebrales.

El electroencefalograma fue programado para el 3 de junio de 1977. Ann Druyan preparó un libreto para guiar sus pensamientos: un itinerario mental de las ideas e individuos de la historia cuya memoria esperaba poder perpetuar. Pero algo sucedió  que tuvo la virtud de añadir  a ese encefalograma la emoción de una mujer locamente enamorada.

“El 1 de junio de 1977 Carl y yo mantuvimos una maravillosa e importante conversación telefónica”, recuerda Ann. Sin que hubiese una cita o tan siquiera un solo momento romántico previo los dos se habían enamorado durante los alocados apurones por terminar el disco de oro. “Decidimos casarnos. Para ambos fue simplemente un momento de esos en los que se exclama: ¡Eureka, lo encontré! ¡Encontré el verdadero amor!”.

Los ecos de aquel momento reverberaron en la mente de Ann durante la grabación. Su mente consciente pudo haber estado recitando cultura y filosofía, pero su subconsciente zumbaba con la euforia del amor.  La hora de grabación fue comprimida a un solo minuto que suena muy parecido a una tira de petardos en explosión.

“Mis sentimientos de mujer de veintisiete años, locamente enamorada están en ese disco”, dice Druyan. “Es para siempre. Será verdadero dentro de cien millones de años. Para mí, las sondas Voyager son una especie de alegría tan poderosa que me aleja del miedo a morir”.
Si los extraterrestres alguna vez encuentran las sondas Voyager y descifran su contenido, estarán brevemente en contacto con docenas de músicos, artistas, ballenas, perros, grillos, ingenieros y gente trabajadora común. Pero al único ser humano que tendrán oportunidad de conocer verdaderamente es a esa joven mujer. 

La sonda Voyager, cual una botella con un mensaje en su interior, es una apuesta al futuro que los habitantes de la Tierra  enviamos  al inmenso océano del espacio. Pero  pudiera  acontecer  que quienes luego de decenas o cientos de años encontraran las sondas Voyager fuésemos  nosotros mismos. El escritor Arthur C. Clarke reconoció esa posibilidad y sugirió añadir esta  nota al disco de oro: “Por favor, déjenme en paz;  permítanme continuar mi viaje hacia las estrellas”.
 

Actualmente se trabaja  en  Europa  en otro proyecto fascinante: el lanzamiento al espacio de la sonda espacial Keo, que  llevará en su interior mensajes de los habitantes de la Tierra  para  quienes la habiten dentro de cincuenta mil años, cuando la órbita del satélite vuelva a pasar por la Tierra. Este proyecto está  apoyado por la UNESCO, la Agencia Espacial Europea y otras instituciones.  

Se ha invitado a cada persona del mundo a que escriba un mensaje dirigido a quienes  habiten nuestro planeta dentro de cincuenta mil años.  Los organizadores han recolectado mensajes de niños, adultos, adultos mayores, profesionales, científicos y  analfabetas para representar cada sector cultural y demográfico de la Tierra. Keo también llevará un diamante que contendrá una gota de sangre del ser humano y muestras de aire, agua, mar y suelo. El genoma humano del ADN estará grabado en una de sus caras. Contendrá también un reloj astronómico que demostrará los índices actuales de la rotación de varios pulsares, fotografías de gente de todas las culturas y un compendio enciclopédico del conocimiento humano actual. Los mensajes y la biblioteca serán codificados en DVD hechos de cristal, resistentes a las radiaciones, con instrucciones simbólicas que mostrarán a buscadores futuros cómo construir un lector de DVD que muy probablemente no existirá dentro de cincuenta mil años. El proyecto Keo fue concebido en 1994 por el científico francés Jean- Marc Phillippe, pionero del arte espacial. Aunque su lanzamiento estaba previsto para el 2010, dificultades técnicas lo han postergado. Probablemente  la sonda será enviada al espacio en algún momento  del 2012. Así que todavía estamos a tiempo de enviar  nuestros mensajes a este link: Pagina oficial del proyecto KEO]

El envío de las  Pioner y las Voyager  al espacio con su mensaje a otros seres inteligentes  despertó en mi un gran interés por estas  cápsulas del tiempo, que no son solamente espaciales y mucho menos recientes como muchos pudiéramos creer. Desde hace siglos la humanidad ha preparado y preservado celosamente cientos de cápsulas del tiempo con sus  mensajes para el futuro. De hecho, en  La Epopeya de Gilgamesh, grabada en doce  tablillas de arcilla con inscripciones cuneiformes y considerada la narración escrita más antigua de la historia (siglo XXVII a.C.), se dan instrucciones para encontrar una caja de cobre oculta entre los cimientos de las murallas de Uruk. Gilgamesh, el mitológico heróe-rey,  dice  en uno de los versos algo así como: “Tenía monumentos de bronce e inscripciones de arcilla cocida, los deposité en los fundamentos y los dejé para tiempos futuros”.

En Colombia  también hemos tenido nuestra cápsula del tiempo.  El martes 20 de julio de 2010,  aniversario de nuestra independencia,  las autoridades municipales abrieron una urna metálica fabricada a principios del siglo XX  en Francia  en la cual el 31 de octubre de 1911 el Cabildo distrital de la época archivó, con motivo de los primeros cien años de independencia,  algunos documentos de importancia histórica con la premisa de que la urna fuera abierta luego de  cien años. Al abrirla se encontraron efectivamente algunos documentos interesantes  y  curiosos de la época. La Alcaldía de Bogotá realiza actualmente una convocatoria ciudadana para saber qué  se debería guardar  en la urna  que contendrá un mensaje para ser conocido por los habitantes de Colombia luego de un siglo,  el 20 de julio del año 2112.

De acuerdo con el historiador William Jarvis, considerado un experto en cápsulas del tiempo, la inmensa mayoría de estos artefactos contiene elementos de muy poco valor para los historiadores futuros. En general, dice Jarvis, se las rellena con “basura inútil, cosas que aportan muy poca información sobre la gente de la época”.

 En el fondo, las cápsulas del tiempo no son otra cosa que una muestra de la ambición de trascendencia del género humano. En las ultimas décadas se han creado miles de  ellas con el fin de ser abiertas sólo dentro de varios siglos. Sus constructores tienen la esperanza de que en el futuro habrá alguien aquí para abrirlas y maravillarse con su contenido. Independientemente de su efectividad, las cápsulas del tiempo proporcionan una interesante oportunidad para reflexionar sobre la fugacidad de la existencia  y la desaparición de las culturas.

Como es fácil imaginar, y con la memoria cada vez más frágil del ser humano para recordar sucesos del pasado, existe el riesgo de que su ubicación (o incluso su misma existencia) sea olvidada, por lo que se ha creado una organización, llamada  Sociedad Internacional de las Cápsulas del Tiempo, con el fin de mantener una base de datos mundial de todas las existentes.
  
Desde luego, no todos compartimos  el mismo interés por estas urnas portadoras de pasado y hasta hay quienes consideran peligroso incluir en las sondas espaciales placas que indiquen la posición de nuestro planeta  en el espacio porque, según alegan,  esta información  podría ser utilizada por alienígenas guerreros para llegar hasta la Tierra e invadirla.

Mi opinión al respecto es que no corremos ningún riesgo de ser invadidos.  Quizá en otros  momentos de nuestra historia pudimos  ser atractivos para los extraterrestres, pero debemos reconocer que las circunstancias han cambiado y  que actualmente el nuestro es un planeta con pronóstico reservado.

En el caso fortuito de que un  alienígena llegara  a la Tierra no tardaría mucho tiempo en observar nuestro insaciable instinto de depredación, nuestra agresividad, nuestros incontables conflictos, la contaminación, el calentamiento global, la deforestación y los innumerables problemas de todo tipo que  acosan al planeta y a su población.

 ¿Saben qué pienso? Que si este alienígena  tiene unos cuantos dedos de frente,  volteará inmediatamente  la cola y se alejará lo más rápidamente posible de este encantador planeta azul. 

¿ No lo creen así también, ustedes, amigos lectores?




Otros artículos de la autora:

El imperio de la entropía
                                                                                                              Serendipia, la chiripa científica