martes, 27 de abril de 2010

Un precioso regalo del pasado






El ambiente está cargado de magia. La música acompaña los giros imposibles de la trapecista; su silueta delgada, casi etérea, cubierta por brillantes lentejuelas, no gira, vuela alrededor de la pista. Los ojos maravillados de los espectadores la seguimos fascinados. Después de un giro prodigioso, asciende con agilidad de libélula hasta un balancín situado en lo más encumbrado de la carpa. Desde allí continúa sus osadas y rítmicas cabriolas y entonces, en un acto que nos deja a todos paralizados, mientras el tambor aumenta el suspenso, desciende vertiginosa y grácil hasta el suelo. La emoción comprimida estalla en estruendosos aplausos. Ella, feliz y agradecida, curva su bella figura en una graciosa reverencia.

Es la magia del circo. Ese fragmento encantado del pasado que anclado en la historia se resiste a ser arrastrado por el viento inclemente del progreso. Ese gran ensueño multicolor y variopinto que continúa brindándonos, a través del tiempo, su viejo pero siempre nuevo y deslumbrante espectáculo. Con cuánta alegría asistí en días pasados a la carpa colorida y gigante del Circo Ruso sobre hielo. Allí, sobre una gran pista congelada, los campeones mundiales de patinaje recrearon con sus increíbles giros emocionantes escenas de cuentos encantados; pero también hicieron presencia los malabaristas, los prestidigitadores, los trapecistas y, claro, los payasos.

¡Qué maravilla que la tecnología moderna no haya logrado todavía relegar los circos al olvido y que en pleno siglo XXI podamos continuar ingresando a su carpa por los senderos de aserrín, para aplaudir emocionados desde el graderío –desde donde la función es más rica y más emocionante – a los artistas circenses! Esa especie de gitanos errantes, sobrevivientes del medioevo, que peregrinando incansables por el mundo con su carpa y sus aperos a cuestas llegan de tiempo en tiempo a nuestras ciudades para iluminar nuestras vidas con el refrescante y mágico espectáculo del circo.

Creo firmemente que todos los niños del mundo tienen derecho a vivir un encuentro personal e inolvidable con el circo. A sentir el olor, la magia y la fuerza de ese espectáculo ingenuo y romántico sin el cual le quedaría faltando algo a su infancia. Porque cuando se encienden las luces y desfilan las bastoneras y el elenco del circo hace su aparición, el corazón -no importa la edad que tengamos- vuelve a latir desprevenida y jubilosamente. Y entonces, ese mundo virtual que nos ha ido atrapando a través de la tecnología moderna desaparece vencido por la energía y el encanto de un espectáculo milenario que nunca envejece.

¡Cuán cercana parece la distante niñez cuando vuelvo a vivir esa experiencia, tantas veces repetida, pero siempre fresca y excitante! Aún recuerdo la ilusión con la que llegaba a casa cuando niña después de la función y pretendía imitar con naranjas o limones el acto del malabarista, y cómo aprendí entonces, tras sucesivas frustraciones, que la cosa no era tan fácil como parecía. Que solo con gran perseverancia y disciplina había logrado realizar el artista su increíble acto. Una lección de tenacidad que he debido tener presente una y otra vez a lo largo de la vida.

Creo que la mejor definición de lo que representa el espectáculo del circo para el alma infantil la escuché en cierta ocasión en la que le preguntaron a un payaso circense por qué repetía siempre los mismos chistes, los mismos golpes de bolillo, las mismas tortas en la cara, las mismas caídas., a lo que él con gran sencillez y espontaneidad respondió: "Porque siempre hay nuevos niños, y para ellos nuestro acto es siempre nuevo y gracioso." Y seguirá siendo nuevo, gracioso y fascinante no solo para todos los niños que puedan disfrutarlo sino también para aquellos de nosotros que sepamos valorar este precioso regalo del pasado y asistamos al circo con el alma dispuesta, permitiendo así vivir al niño que continúa existiendo en nuestro interior.

Antes de cerrar esta nota un amigo me comentó que en días pasados intentó asistir con su esposa y su pequeña hija de apenas dos años de edad a una de las últimas funciones del circo. Como nos suele suceder a tantas personas por estos difíciles días, mi amigo disponía en ese momento solamente del efectivo necesario para comprar la boleta suya y la de su esposa. Creía de buena fe que los encargados de recoger la boletería no exigirían tiquete a su pequeña hijita. No fue así. Debió pues, retornar a su casa con la consiguiente frustración. Estoy segura de que tan inflexible comportamiento se debió solamente a la estupidez del encargado de la boletería que no tuvo la inteligencia de entender que es en los niños precisamente en quienes se cimienta el futuro del circo. Que mantener en las mentes de las nuevas generaciones la ilusión y la magia del circo es precisamente lo que lo mantiene vivo en el tiempo.


Los organismos municipales deberían legislar a fin de que cuando nos visiten este tipo de espectáculos se comprometan a realizar varias presentaciones gratuitas para nuestros niños de escasos recursos que no solamente necesitan alimentarse, crecer sanos y estudiar, sino también asombrarse, reír y muy especialmente, atreverse a soñar.

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almaleonor@gmail.com