viernes, 30 de diciembre de 2016

¡¡Muy Feliz Año, queridos amigos!!





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Sí, queridos amigos

¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!

Que en el 2017 Dios derrame sobre todos ustedes muchas bendiciones  y disfruten de salud, amor y bienestar.

¡Ah! Y de muchas buenas lecturas.

 Comparto con ustedes esta canción del inolvidable canta autor argentino Luis Aguilé. Una canción  que refleja como pocas el verdadero sentido de la Navidad y de estos días festivos. 

¡¡Felicidades!!
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VEN A MI CASA ESTA NAVIDAD - LUIS AGUILE -

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Para los nostálgicos...




martes, 9 de febrero de 2016

Abelardo y Eloisa Un amor que trascendió el tiempo y la distancia




Abelardo y Eloísa, un amor que trascendió el tiempo y la distancia


Amigos: próximos al 14 de febrero una fecha en la que en muchas partes del mundo se celebra el Día de  San Valentín, dedicado al amor y a los enamorados, traigo para ustedes la apasionada y trágica historia de amor de Abelardo y Eloísa, dos de los más grandes amantes de la historia. Su inmenso amor siempre me ha conmovido. Comparto su vida para aquellos de ustedes que quizá no la conozcan. Espero la disfruten.

Pedro Abelardo nació, en el año 1079, en el seno de una familia noble de la Bretaña menor. Su padre, poseía un castillo feudal en la ciudad de Le Pallet, próxima a Nantes. Como todos los señores de la época ejercía el oficio de las armas aunque había recibido cierta educación en su juventud y decidió no privar de ella a sus hijos. Pedro, el primogénito, seducido por las Letras y el estudio cedió sus derechos de progenitura sobre tierras y vasallos a su hermano menor y dedicó su vida al aprendizaje y posterior enseñanza de la Filosofía y de la Teología, única profesión liberal de la época. Pasando así a convertirse en Pedro Abelardo; nombre, éste último, tomado de la palabra Habelardus (abeja francesa), en recuerdo del escritor de la Antigüedad llamado Abeja Ática, y unió al estudio de los de San Agustín y de otros Padres de la Iglesia a algunos de clásicos como Cicerón. Anheloso del saber frecuentó escuelas y después de dominar el Trivium y el Quadrivium, y con veintiún años se dirigió a París donde se encontraban las más famosas escuelas de la época. Pronto él mismo impartía enseñanzas y a partir de 1102 lo hizo en Melum y Corbeil,  adquiriendo gran fama pese a los enfrentamientos que tuvo con algunos de sus maestros. En 1113 le encontramos nuevamente en París enseñando la lógica peripatética, y planteando doctrinas contrarias a las de su antiguos maestros el realista Guillermo de Champeaux y el nominalista Roscelin en cuestiones capitales de la Escolástica como Los Universales. También disentió de las enseñanzas de Anselmo de León.

 En 1118 conoció a Eloísa cuando esta sólo contaba 17 años. 

Poco o nada se sabe de la familia de Eloísa. Únicamente un nombre sin apellido ha llegado hasta nosotros, por lo que desconocemos su origen. Las crónicas dicen que nació en París y que recibió una primera educación en el convento de Argenteuil, lo que permite intuir una cierto nivel económico familiar; allí recibiría, sin duda, una formación adecuada a su sexo y al papel que debía asumir cualquier mujer decente de la época: el de esposa y madre; aunque, al parecer, ella supo aprovechar bien el tiempo y las ocasiones dedicándose con ardor al estudio lo que le permitió adquirir la formación intelectual que le dio tanta fama como su singular belleza, siendo conocida en todo el reino por su talento e instrucción.

En 1118 se encontraba en París bajo la tutela de su tío, el canónigo Fulberto, quien conocedor de sus grandes dotes intelectuales y su inclinación al estudio consiguió para ella el mejor de los maestros posibles: Pedro Abelardo.

Este, en su obra Historia Calamitum l Epístola Prima narra el momento en que la conoció. Habla de ella como de una niña que no estaba mal físicamente pero sobre todo, de la gracia que a esto añadía su dominio en las ciencias literarias, don imponderable y extremadamente raro por aquel entonces en una mujer.

Prendado de la joven, Abelardo urdió una trama para conseguir llegar hasta ella y enamorarla. Se sabía famoso y atractivo para las mujeres por lo que no albergaba temor al rechazo. Solo su lascivia le movía a tratar de conquistarla. Su primer paso fue acomodarse en su casa como huésped objetando cercanía a su cátedra y ofreciendo por ello una buena suma que excitó la avaricia del canónigo. Su otra debilidad casi  no tuvo que despertarla pues no encontró dificultades en convencer al canónigo de la necesidad de profundizar en la esmerada educación de la joven.

Su asombro no tuvo límites cuando Fulberto, sin dar muestra de ninguna sospecha, le permitió ejercer sobre ella su magisterio, tanto de día como de noche y con total autoridad para reprenderla si la encontraba negligente.

De esta manera  Abelardo consiguió mantener un trato más familiar con Eloísa lo cual propició sus conversaciones y facilitó su intimidad. Poco a poco en el transcurso de los repetidos encuentros, los libros pasaron pronto a un segundo plano y profesor y alumna empezaron a practicar la ciencia del amor. Los besos comenzaron a ser más frecuentes que las sentencias y pronto las manos del filósofo andaban más cerca de los senos de la joven que de los textos.

Primero convivieron  bajo un mismo techo y luego,  bajo una sola alma. Ningún grado del amor fue ajeno a los amantes. Aunque en un principio otras fueran las intenciones de Abelardo la realidad es que acabó enamorado profundamente de Eloísa. La joven lo absorbía tanto que le hacía desatender sus ocupaciones;  en las clases, le costaba concentrarse y sus alumnos lo notaban. Su mente estaba más con su amada que en sus enseñanzas.







Pero su pasión y sus encuentros eran tan evidentes que  no podían quedar en secreto. De un momento a otro, Fulberto se enteró de sus relaciones y los amantes tuvieron que separarse estrechándose, sin embargo, aún más sus corazones.

Pronto conocieron que sus amores iban a dar su fruto, y Pedro Abelardo raptó a Eloísa llevándola a Bretaña a casa de su hermana donde nació su hijo, Astrolabio. En él quedó reflejado el espíritu romántico e intelectual de Eloísa que quiso bautizar a su hijo con el nombre de ese mágico instrumento utilizado antiguamente por los marinos para medir el cielo.

Las noticias sobre el niño son confusas, algunos historiadores indican que murió a edad temprana, otros, que al hacerse mayor profesó como religioso llegando a ser abad del convento suizo de Haurterive.  
EloisavidamonásticaLaurentXIX 
El rapto de Eloísa colmó el vaso y Fulberto enloqueció no teniendo pábulo su dolor ni sus ansías de venganza. El filósofo comprendió que debía hacer algo para paliarlo y como reparación se ofreció a contraer matrimonio con Eloísa, aunque manifestó su deseo de que este se mantuviera en secreto ya que pensaba que podía perjudicarlo profesionalmente.

Contrariamente con lo que se supone debería pensar cualquier mujer en su sano juicio, Eloísa no fue partidaria de este matrimonio y al parecer así se lo expresó a su tío y a su amante y futuro esposo dando, con ello, pruebas de una heterodoxia impropia de una mujer, y sobre todo de una mujer de esa época.

Planteó desde el principio, y el tiempo demostraría que tenía razón,  que Fulberto, su tío, no calmaría su sed de venganza con el mero hecho de que Abelardo se casase con ella por lo que su matrimonio no  solucionaría su situación. Por otro lado, su matrimonio perjudicaría profesionalmente a Abelardo. Ella no quería privarle de la gloria, ya que  veía a su amante en camino de convertirse en el gran pensador de su tiempo; no quería ser una carga para él. Además, la vida de casado era prosaica y los deberes que exige le impedirían a Abelardo dedicarse a lo que realmente le interesaba:  la filosofía. A estos argumentos, Eloísa añadió que una vida en común, como la del  matrimonio, podría acabar con su amor que, sin embargo, se mantendría vivo si los encuentros  se hacían a intervalos haciendo sus gozos más henchidos y agradables.

Cuando a pesar de todos sus razonamientos Eloísa comprendió que no había convencido a Abelardo quién está decidido a casarse, aceptó hacerlo con una frase que fue como una premonición: “Una sola cosa resta, para que el dolor que siga a nuestra ruina sea mayor que el amor que la precedió”.

Tras el nacimiento de su hijo éste quedó bajo la tutela de su hermana y Abelardo y Eloísa regresaron a París donde, en presencia del canónico, contrajeron matrimonio. Abelardo consideró que con esto saldaba la afrenta pero insistió en mantener el matrimonio en secreto. Conforme a lo dispuesto, tras la ceremonia cada uno, oculta y separadamente, se fue por su lado.

 Sin embargo, para Fulberto la situación no había cambiado pues los amores del filósofo con su sobrina al no conocerse su matrimonio seguían siendo motivo de murmuración y el honor familiar continuaba en entredicho. Por todo ello hizo correr la voz de que eran marido y mujer, afirmación que era negada por Eloísa recibiendo por esto del canónigo  innumerables ultrajes.

 Ante esta circunstancia, Abelardo la lleva a la Abadía de Argenteuil de la que Eloísa había sido alumna, haciendo parecer que había tomado los hábitos. Esto empeoró la situación pues Fulberto creyó que quería  dejarla en el convento y desentenderse de ella.

CastraciónAbelardoIlustración Comenzó entonces el canónigo a tramar la desgracia de Abelardo.  Con la ayuda de algunos amigos sobornaron  a uno de los sirvientes del filósofo y llevaron  a cabo su terrible venganza. Como luego lo describiría el mismo Abelardo “Me castigaron con cruelísima y vergonzosísima venganza que recibió el mundo con estupor, amputándome aquellas partes de mi cuerpo con las que yo había cometido lo que ellos lloraban.”

Abelardo se sume en una profunda confusión pareciéndole, a veces, su dolor inferior a la vergüenza que siente ante el castigo recibido: ¿cómo podrá continuar con su vida y presentarse ante el mundo y ante Eloísa?.

Poco después de haber sufrido la castración,  ambos amantes toman los hábitos, Eloísa en Argenteuil y Abelardo en Saint Denis. Eloísa cumplía así lo que Abelardo deseaba: tomó los hábitos y se apartó del mundo. Si no era de él sólo sería de Dios. 

En este sentido Abelardo reconoció después que tras su mutilación no podía soportar la idea de que ella lo olvidara y se consolara con cualquier otro; los celos le obligaron a pedirle no sólo  que se retirara de la vida mundana, sino  que tomara los hábitos y esperó a que ella lo hiciera para después hacer él lo mismo. Las dudas de Abelardo sobre su fidelidad mortificaban a Eloísa ya que su amor era incondicional y así se lo dice claramente en una de sus cartas: “Me he aborrecido a mí misma por mostrarte mi amor y he venido aquí a perderme para que vivas tranquilo”. De esta manera, Eloísa entra como monja al convento y vive para Abelardo fingiendo que vive para Dios.

Esta situación supuso largos años de separación y de silencio entre los amantes hasta que en 1135, cayó por casualidad en manos de Eloísa el manuscrito  en donde Abelardo relataba sus desventuras; algo que  desconocía. 

Su lectura provocó en ella una gran conmoción y fue el detonante para que se decidiera a romper su silencio y a expresarle en sus cartas todo el amor y la pasión que seguía latiendo en su corazón por él.

El relato de Abelardo no se limitaba a contar sus desventuras en aspectos de su vida personal como pueden calificarse sus amores con ella y a las crueles consecuencias que estos tuvieron para ambos; sino que incluía un detallado informe sobre los enfrentamientos que había tenido y, todavía tenía, con algunos filósofos y teólogos de la Iglesia los cuales habían deparado consecuencias muy negativas en su vida profesional aumentando más,  si cabe,  sus calamidades.

¿Qué puede hacer la realidad frente al deseo? Las cartas que intercambiaron los amantes, tras la lectura de Eloísa del manuscrito de Abelardo, demuestran lo dolorosa que la realidad resultaba para ambos y cómo la sobrellevaron habitando en la memoria; en ese sentido la frase de Eloísa: “Me acuerdo (¿acaso se olvida algo a los amantes?) del instante y del sitio en que por primera vez me declaraste tu ternura, jurando amarme hasta morir. Tus palabras, tus promesas y juramentos, todo está grabado en mi corazón”. De ese momento, Eloísa guardaba como precioso recordatorio de su amor una pluma blanca que llegó hasta ellos volando en el viento.

 Abelardo reconoce entonces que su amor por ella también sigue vivo: “Tus cartas me conmueven. No puedo leer con indiferencia las letras que ha escrito tu querida mano. Lloro y suspiro y apenas logro ocultar mi debilidad ante mis alumnos. Esta, infeliz Eloísa,  es la miserable condición de Abelardo. El mundo que suele equivocarse en sus apreciaciones cree que vivo en paz. Se imaginan que mi amor por ti buscaba solo la gratificación de los sentidos y que te he olvidado ¡Cómo se equivocan!”. 

Abelardo llega incluso a decir que habría podido hasta agradecer la crueldad de Fulberto si al menos cuando le puso en la imposibilidad de satisfacer su pasión, le hubiera sido dado dejar de amarla. Pero los deseos que no pueden contentarse son más violentos: “Soy más culpable abrasándome por ti bajo del saco y de la ceniza consagrada a los altares, que lo era por los crímenes que me han acarreado mis desdichas”, reconociendo así que su pasión por ella es ahora incluso más ardiente que antes.

El deseo de Eloísa de que Abelardo viviese tranquilo durante muchos años más, no se cumplirá. Abelardo muere en 1142 y su cuerpo es enterrado en la Iglesia de San Marcelo. Eloísa debió pedir ayuda al Abad de Cluni, Pedro el Venerable, para que sus restos fueran trasladados al Paracleto, tal cómo el filósofo deseaba, y una vez allí, Eloísa, veneró sus restos y rogó por su alma hasta su muerte ocurrida veinte años después (1163).

En sus últimos momentos, Eloísa pidió le alcanzaran un crucifijo que tenía en una repisa de su cuarto. Quienes la rodeaban en esos instantes, admiraron compungidos esa muestra de santidad, pero solo hasta ver sobrecogidos como la agonizante abadesa sacaba del interior del Cristo una pluma blanca, la apretaba contra su pecho y tiraba lejos el crucifijo. Terminaba la farsa.

Cuenta la leyenda que cuando abrieron la tumba de Abelardo para depositar junto a él el cuerpo de su amada Eloísa, éste abrió los brazos para recibirla quedando abrazados en la muerte como no pudieron estarlo en la vida.

Así permanecieron los esposos durante quinientos años sepultados en las naves del Paracleto, hasta que en 1792, tras la Revolución Francesa, el Monasterio fue vendido como bien eclesiástico siendo trasladada la tumba de Abelardo y Eloísa a Nogent. En 1800 Luciano Bonaparte inspector de las cartas y monumentos antiguos encargó al artista Lenoir para que transportase el féretro al Museo de Monumentos franceses de París, quién, tras la apertura de la tumba realizó un Álbum con dibujos de los amantes recreados por el artista partiendo de los restos conservados con el objeto de realizar dos estatuas para la nueva tumba parisina, que quedó instalada en los jardines del museo. En 1815 bajo el gobierno borbónico se intentó trasladar la tumba a la Abadía de San Dionisio; pero la opinión pública protestó ya que el monumento era muy frecuentado por los parisinos y estaba considerado como algo integrado en la ciudad. Finalmente sus restos fueron trasladados al mausoleo erigido en su memoria en el cementerio parisino de Père Lachaise donde actualmente  pueden visitarse.

  El Epitafio de Abelardo y Eloísa en el Paracleto rezaba así:

Aquí, bajo la misma losa, descansan el fundador de este Monasterio: Pedro Abelardo y la primera Abadesa, Eloísa, unidos otro tiempo por el estudio, el talento, el amor, un himeneo desgraciado, y la penitencia. Esperamos, que una felicidad eterna los tenga ahora juntos.
Pedro Abelardo murió el 21 de abril de 1142
Eloísa, el 17 de mayo de 1163Un





 Al visitar hace unos años el  cementerio de Pere Lachaise, en París, mi más profundo deseo fue llegar hasta el mausoleo de los dos famosos amantes.  Así lo hice, y sobre su tumba, deposité emocionada una rosa símbolo de mi profundo sentimiento de admiración por un  amor tan grande que trascendió el tiempo y la distancia y que nada pudo destruir.  Abelardo y Eloísa  reposan ahora uno al lado del otro como no pudieron hacerlo en vida.

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miércoles, 2 de septiembre de 2015

Las sorprendentes momias vivientes del Japón

 

Amigos lectores:

Voy a hablarles hoy en este artículo, de los Sokushinbutsu, antiguos monjes budistas del Japón, quienes a través de un doloroso  y sacrificado proceso se provocaban lentamente la muerte con el propósito de convertirse en momias mientras aún estaban con vida.

Aunque fueron cientos los monjes que intentaron auto momificarse ( no todos tuvieron éxito) hasta la fecha solo han sido descubiertas unas veinticuatro momias.

Para intentar comprender la filosofía que les llevaba a estos monjes budistas a practicar en sí mismos un proceso tan doloroso y letal, es necesario dar una mirada fugaz a la filosofía que regía sus vidas.

Existen gran cantidad de creencias religiosas a lo largo del planeta, y una cantidad aun mayor de disciplinas mediante las cuales un creyente aspira demostrar su lealtad a un credo determinado. Algunas de ellas, son realmente extrañas.

En casi todas las tradiciones sagradas sólo después de la muerte es posible alcanzar el “cielo”, la recompensa suprema. Para los budistas, esta recompensa es el Nirvana y no es preciso morirse para disfrutarlo porque puede alcanzarse en esta vida.

Cuando el deseo, y las causas relacionadas con él finalizan, también finalizan el miedo, la frustración y el sufrimiento…y se alcanza el Nirvana, la meta última de la enseñanza budista que, desde hace siglos, no ha cesado de suscitar las exégesis más diversas.

Desde tiempos inmemoriales, los atajos para acortar el camino hacia el Nirvana han estado disponibles. En la India, miles de personas adoptan esa vía rápida. Por lo general quienes lo hacen, viven solos, al margen de la sociedad y pasan los días en la devoción de su deidad elegida. Algunos realizan rituales mágicos para hacer contacto con los dioses, otros, practican intensas formas de yoga y de meditación. Todo en pro de aumentar sus poderes espirituales y adquirir el conocimiento místico.

Hay, por ejemplo, quienes realizan el voto de no sentarse ni acostarse durante doce años. Se trata de una disciplina muy dolorosa. Las piernas y los pies se hinchan y tienden a desarrollar várices y úlceras persistentes. A quienes la practican les está permitido caminar sin romper sus votos, pero su único medio de descanso consiste en un cabestrillo para apoyar una de sus piernas. En ocasiones, cumplen sus votos junto a un árbol y allí, sus pies hinchados llegan a semejar raíces. Otros, someten su cuerpo a los más estrictos ayunos: diariamente no beben más que unas gotas de agua e ingieren solo una taza de leche y un banano. Quienes escogen seguir este camino de privaciones y sufrimientos, son muy respetados. Todo eso hace parte de esa larga tradición de “locura divina” que es el Hinduismo. 

Durante cientos de años, los seguidores, primero, del hinduismo y luego, del budismo, han llevado a cabo las más severas formas de vida en procura de alcanzar la iluminación y llegar al anhelado Nirvana. Llevados por el intenso deseo de emular a Buda, miles de sus seguidores adoptaron en el pasado y siguen adoptando aun hoy, formas de vida y de sacrificio, verdaderamente desmesuradas.

El dominio físico que llegan a poseer estas personas por medio de la meditación es tan fuerte que logran realizar prodigios sobrehumanos, como por ejemplo, paralizar a voluntad su corazón, levitar varios centímetros sobre el suelo, o permanecer hasta diez minutos bajo el fuego sin que les ocurra la menor cosa. La técnica de meditación yoga Tum Ho, utilizada por muchos de ellos, es tan poderosa que científicos de Boston estudian la posibilidad de utilizarla en algunos casos médicos.

Lo paradójico es sin embargo, que Buda, al alcanzar la iluminación, comprendió que a ella no llegaba quien estuviera entregado a los placeres, pero tampoco quien se sometiera a un exceso de  sufrimiento y dolor.  Lo correcto era vivir la vida en el justo medio: el pensamiento correcto; el actuar correcto; el medio de vida correcto; el esfuerzo correcto; la meditación correcta. En otras palabras, una vida equilibrada.

No obstante, y como ya dijimos, muchos de sus seguidores se impusieron de manera voluntaria, padecimientos sin nombre a fin de emularlo y alcanzar el anhelado Nirvana.

Los monjes Sokushinbutsu, del Japón, han sido probablemente quienes han llevado más al límite ese camino de sufrimiento y de martirio.

Como todos sabemos, la momificación fue una práctica habitual en numerosas culturas del pasado, las cuales usaron diversas técnicas de conservación para preservar a sus muertos. Todas, no obstante, tenían una base común: momificaban a personas ya fallecidas. Pero en Japón, hace casi novecientos años, un grupo de monjes budistas desarrolló su propia técnica, para convertirse por medio de un largo y doloroso proceso, en auténticas momias vivientes. 

Todavía es un misterio el porqué estos monjes se sometían a tan rigurosa práctica. Seguidores del budismo, vivían existencias marcadas por el ascetismo y la total mortificación, pero aquel ritual de muerte era visto por ellos como algo superior: la culminación y razón de su existencia.

La suya era ya de por sí una vida muy austera, plena de ayuno, penitencia, rezos y cánticos.  Algunos monjes, sin embargo, que ya se encontraban cerca de alcanzar su grandeza inmortal, escogían además, voluntariamente, realizar en sí mismos un escalofriante ritual que los momificaba en vida a lo largo de un doloroso suicidio ritual.

El término Sokushinbutsu, significa literalmente, Buda viviente. Un ritual reservado para unos pocos elegidos, que trataban así de preservar su carne de la putrefacción en un largo proceso de autodisciplina hasta perder toda la grasa corporal y quedar convertidos en apenas hueso y pellejo y sin fuerzas para moverse. Ese proceso mediante el cual se auto momificaban, podía durar de tres a diez años y era, como ya lo hemos dicho, extremadamente doloroso. 

Aunque el ritual se modificó algunas veces a lo largo de los nueve siglos de los que se tiene constancia histórica, las tres fases principales nunca variaron. Cada una de ellas duraba mil días.



 La primera fase consistía en un periodo de mil días en el cual el monje comía solo pequeñas cantidades de harina de trigo, nueces, avellanas y nuez moscada. Esta dieta tenía como propósito reducir de manera drástica su grasa corporal debido a que la grasa se descompone más rápido después de la muerte y solo reduciendo su nivel se lograba evitar la descomposición. Esta etapa era crucial ya que si el monje la realizaba correctamente  aumentaba de manera considerable su probabilidad de éxito en su camino hacia la momificación.

En la segunda fase, que tenía también una duración de mil días, la dieta del monje se volvía aun más limitada, debido a que sólo se alimentaba de raíces y de la corteza del pino. Día por día, se iba demacrando más y más porque el agua y la grasa corporal de su organismo eran ya casi nulas. En un estado por demás débil y con una apariencia esquelética, se dedicaba con gran fervor a largos periodos de oración y al canto de los mantras sagrados. En esta etapa bebía continuamente un té preparado con la savia venenosa del árbol urushim a fin de que su cuerpo también se volviera venenoso para gusanos y escarabajos que de otra manera, consumirían su carne después de su muerte. Los efectos de este té venenoso eran terribles: el monje sufría una grave deshidratación, vomitaba, sudaba y orinaba de continuo por lo cual se reducían aún más sus fluidos corporales y su cuerpo se convertía en un amasijo de piel y huesos.

Al llegar a la tercera fase, el monje estaba ya severamente debilitado y padeciendo un gran dolor físico por el veneno del té que ingería. Entraba entonces en el último periodo de su camino sagrado. Prácticamente, ya se había  convertido  en una momia viviente. 

A partir de ese momento los monjes le construían un refugio subterráneo, tres metros bajo el suelo y elaboraban para él un ataúd de madera con espacio apenas suficiente para que pudiera colocarse en posición de loto y continuar allí su meditación y sus mantras.

El monje continuaba respirando por medio de un tubo de bambú y hacía  sonar una campana mientras estaba todavía con vida. 

 Cuando la campana dejaba de sonar los monjes sabían que había muerto; removían el tubo de bambú y procedían a enterrar al monje por completo. Pasados mil días, lo desenterraban. Si el cuerpo estaba incorrupto y no presentaba ningún signo de descomposición, el ritual se había realizado correctamente. El monje se había momificado de forma “natural” y se había convertido en un Sokushinbutsu.




                                         Templo  Kaikoji en Sakata 

 Su momia era llevada entonces con mucho respeto  hasta el templo Kaikoji, ubicado en la región Sakata. Un monasterio donde por generaciones, los monjes Ato San  se ocuparon de atender  a las momias  de los Sokushinbutsu   con solícito cuidado. 


De acuerdo a la leyenda, los monjes que hacían su ritual de momificación en las parte baja del Monte Yudono, debían su éxito a una de las fuentes de esa montaña a la cual se le atribuían poderes místicos. Beber de su agua estaba reservado solo para los monjes que buscaban convertirse en Sokushinbutsu.

                      Monte Yudono                                                                                                                                                                         


Las pruebas científicas que se han hecho actualmente del agua de esta fuente, demostraron altos  niveles de arsénico, un químico altamente venenoso, que al ser ingerido produce falla de algunos órganos y la muerte de las células del cuerpo, pero que es también, un preservativo muy poderoso. Es muy probable que esta fuera la razón por la  que los monjes que bebían el agua de esa fuente tuvieran mayores probabilidades de preservar incorruptible su cuerpo. 



                                           
                                                Kochi

En las montañas de Honshu, que pueden ser vistas desde la costa norte del mar de Japón, hay un pequeño templo budista en el cual se encuentra Kochi, tal vez el más antiguo de los Sokushinbutsu encontrados. Está protegido en un santuario de vidrio y es reverenciado como una deidad. Practicó el ritual de auto momificación en el año 1363 a la edad de sesenta y seis años. Su cuerpo está bien preservado. Sus dedos son similares a garras torcidas hacia adentro y la piel de su cara no posee grasa por lo que está bien templada. Kochi, viste sotana ceremonial y está sentado en posición de loto. En el siglo XIX fue inmortalizado en la novela de Bokushi Susuki Snow Country Tales, publicada en 1841 y se convirtió en una celebridad.


Maestro Kukai, también conocido como Kobo Daishi, fundó la escuela Shingon de budismo japonés. 

Existen varias teorías acerca del origen de esta inquietante práctica. La más aceptada es la de que fue iniciada en el Japón por el maestro budista Kukai, fundador de la escuela Shingon, quien trajo esas enseñanzas de China como parte de la disciplina secreta tántrica que  allí había aprendido y que en la China habían  olvidado.

Vale decir, que a mediados del siglo XIX, la auto momificación fue prohibida en Japón y que en la actualidad, ya ningún monasterio o grupo budista la practica. 

Pese a ello, estos monjes momificados que todavía se conservan en algunos templos, son venerados como auténticos Budas, quizá como recompensa a lo mucho que se sacrificaron para conseguir ese estado.


Empero, la mayoría de los Sokushinbutsu son desconocidos. En el propio Japón muchos de sus habitantes no están al tanto de la existencia de estas auto deidades. Quizá por esa misma razón, las momias disfrutan de un sereno anonimato en los oscuros templos de las montañas donde residen, protegidas de la curiosidad y guardando en su cuerpo descarnado y seco, el secreto de su extraordinaria historia.




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