viernes, 24 de junio de 2011

Serendipia, la chiripa científica

Leonor Fernández Riva
Amigos: Creo que todos hemos tenido en alguna ocasión  esa especie de suerte que llamamos chiripa. En el colegio, por ejemplo, a quien no le pasó que  le  tomaron en un examen  precisamente la única lección que se sabía de memoria ¡una chiripa! Vamos por la calle y de pronto nos encontramos con esa persona que tanto andábamos buscando ¡de chiripa! Y en la cocina, mientras preparamos alguna receta, cuántos de nosotros cambiamos  por necesidad o por error algún ingrediente y obtenemos un éxito inesperado  y sorprendente.


Así, de chiripa,  han nacido muchas recetas. Las famosas papas a la francesa son un ejemplo. Aunque existen varias teorías acerca de su origen (algunos dicen que fueron inventadas en Bélgica, y otros que en los Estados Unidos), la versión más convincente para mí es la que aquí les cuento. 
Resulta que en París, en 1800, estaban esperando a Napoleón luego de su campaña en Egipto y le habían preparado, como era natural, una cena con amplia variedad de platillos. Entre ellos, papas fritas, muy de su agrado. Pero como el emperador  demoró en llegar más de lo previsto las papas se enfriaron, y ya sabemos que las papas fritas se tornan desagradables cuando están frías. Pues bien, para recalentarlas las volvieron a poner en la manteca bien caliente. Y entonces, sorpresivamente, tomaron esa consistencia crocante tan agradable que hace únicas a las papas a la francesa, y cuyo secreto está precisamente en los dos tiempos de cocción. Una chiripa gastronómica.
Estos casos fortuitos de la vida común y corriente solemos llamarlos chiripas, pero sucede que cuando el hecho casual ocurre en el ámbito científico y va unido a la sagacidad,   la humilde chiripa se convierte en serendipia. Sí, amigos, serendipia.
Algunos de ustedes me preguntarán: “¿Y cuál es el origen de esta palabreja?”. Pues bien. Su origen se remonta a un antiguo relato. En uno de los cuentos de Simbad el Marino, que hace parte de las Mil y una noches, se habla de un exótico reino oriental: el reino de Serendip. Tres príncipes de aquel reino debieron en algún momento emprender un largo viaje y durante él solucionar diferentes problemas para que en el futuro supieran gobernar bien su reino. Pero sucedió que al tratar de llevar a cabo su cometido encontraron de manera sorpresiva la solución a otros grandes problemas que ellos ni siquiera se habían planteado.
En 1754 el escritor inglés Horace Walpole escuchó en uno de sus viajes por Asia el citado relato y quedó prendado con la alegoría. Inmediatamente acuñó el término serendipity para calificar los descubrimientos o hallazgos obtenidos por accidente; al principio lo utilizó para referirse a sus propias creaciones literarias, pero poco a poco el término fue trascendiendo su círculo personal y popularizándose en el ámbito científico, y en 1955 la revista Scientific American lo adoptó definitivamente con la acepción del descubrimiento científico casual. Serendipia es, pues, encontrar algo magnífico mientras se busca otra cosa; descubrir algo valioso por casualidad; realizar por azar algo sobresaliente. 
Esta palabra forma parte ya de la lengua inglesa y está en todos sus diccionarios, pero todavía no ha sido aprobada por nuestra parsimoniosa Academia, razón por la cual el corrector automático del computador me la está señalando como error desde el inicio mismo de este artículo.
Está claro que para descubrir una nueva verdad científica hay que tener formación, perseverancia y un gran sentido de observación. Pero hay circunstancias en las que la suerte viene en ayuda del científico, y este  encuentra casualmente algo superior o diferente a lo que estaba investigando. Son innumerables los ejemplos de serendipia, pero en honor a la brevedad voy a citar solo unos pocos:
Uno de los casos más conocidos aconteció en el siglo III a.C. cuando el rey Hierón de Siracusa encargó al matemático griego Arquímedes que investigara si el orfebre que le había fabricado su corona lo había engañado al no utilizar todo el oro que le había proporcionado. Arquímedes se devanaba en vano los sesos tratando de hallar solución al problema, pero cierto día, cuando se encontraba en los baños públicos metido en una bañera, se dio cuenta de que el agua se derramaba por los bordes, y de forma serendípica descubrió que su cuerpo experimentó un empuje hacia arriba, que después pudo comprobar que era igual al peso del agua que se derramaba por la bañera. Percibió entonces claramente,  que ese efecto le serviría para determinar el volumen de oro que el orfebre había utilizado en la corona del monarca, porque la densidad de la joya sería menor si otros metales menos nobles que el oro le hubieran sido añadidos. Preso de la emoción salió corriendo desnudo por las calles de Atenas gritando “¡Eureka!” (en griego antiguo: ¡Lo he encontrado!). Arquímedes tenía razón para estar emocionado; en el principio que lleva su nombre se basaría el peso específico de los cuerpos.
Algunos fármacos han sido también descubiertos por serendipia. La aspirina fue creada en principio como un antiséptico interno. Aunque no resultó efectiva para este propósito se descubrió,  en cambio, que era un potente analgésico y antipirético (que baja la fiebre), y actualmente es recomendada para prevenir los ataques al corazón. Desde su entrada en el mercado, en la década de 1890, la gente ha usado la aspirina más que cualquier otro medicamento.
La píldora anticonceptiva tuvo su origen en un descubrimiento que se hizo inesperadamente en las selvas tropicales de México en los años treinta. Allí, el profesor de química Russel Marker, quien se encontraba de vacaciones, estaba experimentando con un grupo de esteroides vegetales conocidos comosapogeninas, que en el agua producen una espuma parecida a la del jabón, cuando descubrió un proceso químico que transformaba la Sapogenia diosgenina en progesterona, es decir, en la hormona sexual femenina.
La utilización de la nitroglicerina en medicina es otro ejemplo de serendipia.  En el siglo XIX un médico que atendía a los trabajadores de una fábrica de nitroglicerina, cuyo propietario era Alfred Nobel, se dio cuenta de que ninguno de ellos padecía hipertensión. Así descubrió, de forma accidental, que la nitroglicerina es útil para reducir la tensión arterial. Hoy día se sigue utilizando en forma de parches adhesivos.
Los dos descubrimientos del médico escocés Alexander Fleming se deben también, en parte, a la serendipia. En 1922 estaba analizando un cultivo de bacterias cuando derramó accidentalmente una lágrima sobre el plato que lo contenía. Al día siguiente descubrió que donde había caído la lágrima se había formado un hueco en el cultivo, lo cual le hizo sospechar que las lágrimas tenían alguna extraña propiedad. De hecho, consiguió extraer de la lágrima una enzima que eliminaba las bacterias sin dañar el tejido humano. Había descubierto sin querer la lisozima, un antibiótico que mataba las bacterias pero no atacaba los glóbulos blancos (a diferencia del fenol, usado en esa época). Seis años después, en 1928, dejó expuesta toda la noche la placa de un cultivo de bacterias que estaba investigando. Al día siguiente observó que la placa se había contaminado con un hongo que reconoció como el Penicillim notatum, y que, curiosamente, alrededor de él las bacterias habían muerto. A partir de ese hongo obtuvo un principio activo que llamó penicilina. La serendipia jugó, ciertamente, un importante papel en estos descubrimientos, pero sería torpe no reconocer que Fleming era bacteriólogo y llevaba más de diez años investigando estas materias.
En París, hacia 1835, Louis Daguerre estaba tratando de fijar una imagen mediante productos químicos. Desalentado porque no obtenía los resultados que esperaba guardó todos los materiales de su estudio en un armario.  Días después resolvió continuar con su trabajo y al retirar las placas del  armario observó con sorpresa que  la imagen que había tratado de fijar aparecía ahora clara y nítida: el mercurio de un termómetro se había derramado accidentalmente sobre las placas y había obrado el milagro. Su descubrimiento accidental de las propiedades de dicho elemento lo condujo a la invención del daguerrotipo, el primer tipo de fotografía.
El joven Charles Goodyear se había hecho el propósito de fabricar un caucho sintético resistente a los cambios de temperatura. Sabía que si lograba su cometido su invento  tendría múltiples aplicaciones. En  este empeño consumió su salud y sus escasos recursos económicos. Llegó al extremo de ir a la cárcel en varias oportunidades y de tener que depender de sus familiares para comer y vestir, pero no abandonó su propósito. Después de muchos intentos sin el resultado esperado ocurrió un hecho fortuito. Se encontraba combinando azufre y caucho cuando accidentalmente una porción de la mezcla cayó en una superficie caliente. Para su sorpresa el caucho no se fundió, sino que se carbonizó lentamente. Goodyear inmediatamente comprendió el significado de este accidente. Mediante pruebas adicionales determinó la temperatura óptima y el tiempo preciso para estabilizar el caucho. En 1844 obtuvo la patente por u proceso que denominó “vulcanización” en homenaje a Vulcano, el herrero de los dioses. Hoy día todo el caucho que se utiliza está vulcanizado.
Pero no sólo grandes descubrimientos científicos tienen raíces serendípicas, sino también pequeñas (aunque muy rentables) contribuciones tecnológicas.
George de Mestral observó un día, después de un paseo por el campo, que su chaqueta estaba cubierta de pequeños cadillos. Cuando comenzó a quitarlos se preguntó por qué se adherían tan tenazmente a su ropa. Su curiosidad lo llevó a usar el microscopio para conocer los cadillos más a fondo. Descubrió que estas incómodas parásitas poseen cientos de miles de ganchitos con una forma particular que los hace adherirse muy eficientemente a otras superficies igualmente irregulares. Pensó que con base en ese principio podría concebirse un sistema de cierre práctico y firme. Todo esto ocurrió en Suiza a comienzos de los años cincuenta, y lo que sigue es historia conocida. Hoy el cierre velcro es utilizado en todo tipo de ropa, zapatillas, equipos médicos, bolsos, etc. El nombre elegido deriva de velvet (terciopelo) y crochet (enganche).
Hay muchos otros ejemplos de descubrimientos serendípicos, como las vacunas, la insulina, el cristal de seguridad, el teflón, el LSD, el nylón, algunos hallazgos arqueológicos...

 Y  por supuesto, también hay algunas serendipias literarias. En el libro Futility, or the Wreck of the Titan se narra el naufragio de un barco llamado Titan. Dicho libro fue escrito en 1898, catorce años antes del naufragio del Titanic, y las coincidencias son asombrosas: el nombre de los dos  barcos; el hecho de hundirse ambos  en su viaje inaugural; sus dimensiones (75.000 toneladas contra 66.000; 243 metros de eslora contra 268), y el apellido del capitán: Smith, en ambos casos.
Julio Verne, por su parte, dijo un día: “Todo lo que un hombre pueda imaginar otros podrán hacerlo realidad”. Y así ocurrió en efecto con sus novelas futuristas De la Tierra a la Luna (1865) y Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), escritas en una época en la que esos hechos sólo cabían en la imaginación o en la intuición, pero que con el transcurso del tiempo se convirtieron en  realidad.
Espero, amables lectores, que quienes no conocían esta palabra la hayan descubierto de forma serendípica al leer este artículo. De la misma forma en que, lo confieso, la descubrí yo también hace ya algún tiempo. Como no podía ser de otra manera, ¿verdad?




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