miércoles, 19 de mayo de 2010

La esquiva y caprichosa felicidad




LEONOR FERNÁNDEZ RIVA


En días pasados, una reconocida presentadora de los medios de comunicación de nuestro país tomó la decisión de terminar trágicamente con su vida. Mucho se ha elucubrado sobre los posibles motivos que llevaron a esta joven a tomar tan irreversible y fatal determinación.


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A una persona como yo, eminentemente positiva, este hecho no puede menos que asombrarla porque la protagonista de este drama aparentemente lo tenía todo para ser feliz. Parece, no obstante, que afrontaba un momento difícil. Había pasado ya por dos fracasos matrimoniales y un negocio que había montado hacía poco tiempo no respondió finalmente a sus expectativas. Pero no puedo menos que preguntarme: ¿Esas circunstancias completamente superables influyeron tan negativamente en su psiquis como para que decidiera terminar tan fatídicamente con su vida?

Si colocamos en una coctelera los maravillosos activos que esta joven poseía (juventud, inteligencia, belleza, familia, futuro promisorio, aceptación en los medios…) el resultado debía ser un cóctel llamado “ Felicidad”. No fue así.

Según Shopenhauer, “el instinto de conservación del individuo (la agresividad) y el instinto de conservación de la especie ( el sexo) son las principales características de la voluntad de sobrevivir de los seres vivos”. “El mundo no es sino voluntad, deseo insatisfecho, anhelo insaciable”, concluye el filósofo alemán.

El miedo a la muerte es, pues, parte primordial del sentido de conservación de la especie. Si no existiera ese factor genético, los suicidios serían por millones. Dejar de existir se convertiría en muchos casos en una alternativa mucho más atractiva que la vida. La muerte, no obstante, está allí, misteriosa, amenazante, aunque aparentemente lejana y extraña a nosotros. Son muy pocos los que se atreven a verla de frente y encararla, y muchos menos, los que tienen la osadía de desearla y propiciarla.

¿Cuál es el poderoso detonante que impulsa a una persona a trasponer con éxito la protección genética de su organismo y acabar con su vida? Es preciso estar sumido en una insondable oscuridad interior y embargado por una desesperanza infinita para lograr anular los potentes mecanismos genéticos de conservación de la especie y ocasionarse la muerte por propia y violenta decisión. No soy quién para juzgar la angustia o el profundo dolor de otro ser humano. Según el dicho popular, “solo la cuchara sabe lo que hay en el fondo de la olla”. Hay algo, sin embargo, que tengo claro acerca de la muerte de esta modelo: Lina Marulanda no planificó su suicidio. El suyo fue un acto desesperado, repentino y profundamente trágico.

El suicidio es una interrogante aun por resolver en el mundo desarrollado. Se tiene la impresión equivocada de que un país con una elevada tasa de suicidios es un lugar donde se vive mal. No es así. Países supuestamente prósperos ocupan posiciones significativas en el índice de suicidios, y por el contrario, países paupérrimos registran en esa estadística los últimos lugares.
A manera de información cito a continuación los primeros veinte países en el mundo (hasta el año 2008) con mayor índice de suicidios: 1.- Lituania 2.- Bielorrusia- 3.- Rusia.- 4.- Kasajistán- 5.- Eslovenia.- 6.- Hungría.- 7.- Letonia.- 8.- Ucrania.- 9.- Japón.- 10.- Sri Lanka.- 11.- Bélgica.- 12.- Finlandia.- 13.- Estonia.- 14.- Croacia.- 15.- Servia y Montenegro.- 16.- Suiza.- 17.- Cuba.- 18.- Austria.- 19.- Corea del Sur.- 20.- Francia.-

Como podemos observar, Lituania -país que por razones que todos conocemos está de moda por estos días en Colombia- ocupa un preferente primer lugar. Para que nos hagamos una idea, el suicidio es allá la primera causa de muerte violenta y el número de muertos por este motivo supera al de muertos en accidentes de tránsito. Es comprensible entonces que a muchas familias lituanas les haya dado por emigrar hacia lugares más sensatos, al menos en ese aspecto.

China merece una mención especial en esta trágica estadística por ser el único país del mundo donde se suicidan más mujeres que hombres. Y esto es tanto más grave si tenemos en cuenta que en el planeta el número de suicidas masculinos es cincuenta por ciento más elevado que el de las mujeres suicidas. Cuba ocupa también en esta lista un nada despreciable decimoséptimo puesto; es el único país de clima caribeño que se encuentra en lugar destacado. Venezuela, ocupa el puesto sesenta y ocho; Ecuador, el setenta y Colombia, el setenta y cinco. O sea, que en tan ingrata estadística estamos ligeramente mejor ubicados que nuestros deferentes vecinos.

Existe, sin embargo, otra cara de la medalla, una mucho más positiva: la de la gente feliz, de la cual, como acontece con casi todas las cosas buenas de la vida, no se lleva ninguna estadística. Gente del común que toma la vida como viene y que afronta las contrariedades y dificultades del día a día con estoicismo, fortaleza y alegría. Una actitud optimista que se manifiesta de manera sorprendente en personas que pertenecen a un estrato no precisamente privilegiado de la sociedad. Seres que nacieron con saldo en contra y que a pesar de su precaria existencia no sufren recurrentes crisis existenciales, no deben afortunadamente -porque no podrían pagarlas- asistir a tediosas sesiones siquiátricas ni se plantean el tipo de cuestionamientos que llevan a tantos seres más favorecidos que ellos a terminar con su vida.

Ancízar, un humilde empleado de nuestra empresa familiar, es uno de ellos. De unos cincuenta años, apariencia humilde, rasgos poco sobresalientes y cara perennemente iluminada con una amplia sonrisa, Ancízar es uno de esos seres que a uno, de entrada, le caen bien. Es un hombre sencillo que presta sus servicios como portero y vigilante del parqueadero en donde, ágil y comedido, está siempre atento a la llegada o salida de cada auto para guiarlo en su desplazamiento. Y no lo hace por una recompensa. No. Él es así, jovial, amable, sencillo, respetuoso y siempre dispuesto a ayudarte. Sin necesidad de pedírselo, te revisa el agua del vehículo, te brilla el auto, te ayuda con los paquetes, te abre la puerta del carro. Y claro, recibe uno que otro estímulo monetario por su comedimiento. Pero Ancízar no tiene una actitud mercenaria. Es amable por naturaleza con quienes le rodean.

Hace un tiempo tuve oportunidad de observarlo en una reunión del Fondo de Empleados a la que asistió con su esposa. Una mujer humilde como él, de similar edad y muy sencilla. No precisamente una modelo. Y sin embargo, creo que fueron ellos los que más disfrutaron del convite. Bailaron felices toda la noche. Ancízar no se distrajo con otras parejas. No le hizo pasar a su esposa el mal rato tan usual en otros esposos que dejan sentada a su esposa y van a buscar parejas más atractivas. Nada de eso. Esa era su noche. Y la disfrutaron alegremente juntos.

Este hombre humilde, nada favorecido por la fortuna ni por la vida, que trabaja por un jornal mínimo, con varios hijos a quienes mantener, entre los cuales tiene una niña especial; este hombre, que si se pusiera a analizar sus difíciles circunstancias tendría seguramente muchos motivos para estar amargado, es, créanmelo, amigos lectores, un hombre feliz. Un ser transparente que no se cuestiona por el pasado, que no se mortifica por el futuro y que vive con alegría y con entusiasmo su presente.

Una paradoja y una enseñanza de vida para muchos de nosotros que gozamos de tantos privilegios sin por eso sentirnos más felices ni dejar de perseguir inalcanzables y frustrantes utopías.

Quizá la felicidad está reservada solo a los espíritus simples. Para homologar este aserto viene a mi mente la profunda sabiduría del cuento “La camisa del hombre feliz” que relato a continuación brevemente para quienes no lo conozcan:

“- Érase un rey que padecía una pesadumbre infinita que nadie ni nada ni nadie podía aliviar. Los médicos y brujos más famosos del reino se reunieron y diagnosticaron que el monarca solo podría curarse poniéndose la camisa del hombre feliz. Dicho y hecho, empezó la búsqueda de ese hombre excepcional por todos los confines del reino hasta que en una choza muy humilde situada en un paraje solitario, lo encontraron. Y sí. Después de tratarlo se dieron cuenta de que aquel hombre a pesar de su sencillez era un hombre feliz. Desgraciadamente, aquel infortunado rey no tuvo cura porque el hombre feliz no tenía camisa- ”.

Sí, amigos. Los hombres felices no tienen en muchos casos camisa ni muchas cosas que nos parecen indispensables para ser felices. Y sin embargo, ellos lo son.

Como Ancízar hay muchos hombres humildes en Colombia que despiertan cada día con optimismo, con deseos de vivir y de servir. Que tienen siempre una actitud afable y una sonrisa a flor de labios. Son ellos quienes con su valor, con su alegría, con su positivismo forjan la cara amable de nuestro país. Mi homenaje a esos miles de colombianos que a pesar de sus dificultades y de sus inevitables momentos de dolor, tienen el valor de elegir la vida, que viven su presente con alegría y que son –no nos quepa duda- quienes nos hicieron ubicarnos hace algunos años en una gratificante encuesta como el país ¡más feliz del mundo!



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 Comentarios:
                 Hey, I am checking this blog using the phone and this appears to be kind of odd. Thought you'd wish to know. This is a great write-up nevertheless, did not mess that up.

- David