martes, 6 de noviembre de 2012

Javier Fernández Riva, mi hermano



Javier Fernández Riva, mi hermano
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Parece imposible pensar en Javier Fernández Riva sin pensar también en la Economía, esa gran pasión que colmó su vida. Y no obstante, cuando pienso en mi hermano, no recuerdo al economista ni al brillante conferencista, ni tampoco al reconocido asesor económico. No. Yo recuerdo al hermano incomparable y todas esas vivencias que compartimos a través de la vida. Y sobre todo, esos pasajes deliciosos de nuestra infancia, cuando lo verdaderamente importante era solo jugar, jugar hasta agotarnos. Sí. La mente de Javier Fernández Riva, mi hermano, no siempre estuvo poblada de números, de cálculos, de complicadas operaciones y análisis financieros. No.
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Una vez, hace muchos años, compartimos junto con su hermano mellizo Ernesto y junto con nuestro hermano mayor Claudio, ya fallecido, una maravillosa niñez. Maravillosa por nuestros sueños y por un mundo poblado en nuestra rica imaginación infantil de miles de aventuras y hechos fantásticos. Teníamos increíbles doce, ocho y siete años, y ¡cómo nos divertíamos! 
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Era el año 1950. La Casa Diocesana en donde funcionaba la imprenta de la Diócesis de Cali era también nuestro hogar. Allí, José Fernández Morgado, nuestro padre, se ocupaba de editar semanalmente La Voz Católica y otras publicaciones particulares. En el inmenso patio de esa acogedora casona, conformado por más de dos manzanas, disfrutamos los pequeños Fernández Riva una etapa intensamente feliz. 
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¡Teníamos tantas cosas que hacer! Caminábamos en zancos hechos por nosotros mismos con un palo largo y latas vacías de tinta de imprenta; dábamos unos increíbles saltos en garrocha para caer felices y expectantes sobre grandes montículos de arena; hacíamos casas de ladrillos sobrepuestos, intentábamos enseñar a hablar a nuestra lora y a un guacamayo, y fumar, a un pobre murciélago despistado que un día olvidó levantar temprano el vuelo en la mañana; nos trepábamos a los frondosos árboles de níspero y cogíamos cantidades de fruta que cuando veíamos muy verde poníamos a madurar enterrada entre la arena, para con intenso placer desenterrarlas a los pocos días y saborear el néctar de los nísperos maduros; ayudábamos los fines de semana a nuestro padre a trabajar la huerta casera donde para nuestro asombro iban germinando como por arte de magia rábanos, tomates, lechugas, zanahorias, espigadas matas de choclo y enormes repollos, que nuestra madre convertía después en deliciosos potajes; toreábamos a nuestra pequeña mascota, un chivo juguetón que más de una vez nos dio tremendo revolcón, y en las horas de más calor nos bañábamos felices en una pequeña poceta donde lo que menos importaba era la asepsia pues a ratos compartíamos el baño hasta con los pequeños patos. 
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Cómo nos divertíamos observando subidos en el muro de ladrillos sobrepuestos que dividía nuestro inmenso patio, los estupendos circos a los que la curia arrendaba durante su estadía en la ciudad la mitad de nuestro patio. Con cuánto placer y expectación veíamos a los payasos, a las bastoneras, a los elefantes, jirafas, caballos, trapecistas… Cuán intenso fue nuestro regocijo al encontrar cierta vez, después de la partida de uno de esos grandes circos, uno de esos garrotes con los que los payasos se daban aparentemente tremendos garrotazos. Cómo gozamos simulando los mismos garrotazos hasta que el pobre implemento terminó su vida útil por físico agotamiento.
Javier Fernández Riva
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Sí. Éramos felices. En aquellos días era posible la felicidad. Quizá porque también por aquellos días alcanzar ese estado de espíritu no hacía parte de nuestras preocupaciones o anhelos. Ser felices no era algo que nos preocupaba. Lo éramos. 
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Y luego vino esa inolvidable estadía en Popayán. La ciudad amable y sanfranciscana de aquellos días fue para nosotros, los pequeños Fernández Riva, fuente inagotable de aventuras y de travesuras. Realizábamos con Claudio, nuestro hermano mayor, unos paseos de kilómetros y kilómetros, siguiendo la bocatoma del acueducto. A nuestro paso cogíamos de los cercos piñas, aguacates, naranjas, limones… Pero el asombro y la alegría más intensa los tuvimos el día en que descubrimos el guayabal más grande que ojos humanos jamás hayan visto. Cientos de árboles de guayaba cargados de guayabas. Era como un paisaje de un cuento de hadas. Ese inmenso guayabal fue desde ese momento nuestra meta de cada paseo. Cargábamos en nuestros sacos decenas de guayabas y con ese peso, grande para nuestra edad, hacíamos el camino de regreso. Nuestra madre transformaba luego ese dulce cargamento en cascos de guayaba, mermelada, jugo… ¡Una delicia! .....

Sin embargo, creo que ni Javier ni ninguno de nosotros experimentó nunca una emoción tan grande como la que sentimos la vez que descubrimos en una cueva del campo un cargamento asombroso de revistas Peneca Y Billiken. ¿Cómo habían llegado allí? ¿Quién las había dejado? No nos detuvimos mucho a saber las respuestas. Partimos raudos con tremendo equipaje literario caído como del cielo; algo infinitamente superior que el hallazgo de un verdadero tesoro pirata para nuestras mentes infantiles ya atrapadas en la dulzura de las letras y la palabra.
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De estos y muchos, muchos otros recuerdos maravillosos se pobló nuestra infancia. Luego, casi sin darnos cuenta, nos convertimos en adolescentes. Crecimos y nos fuimos volviendo serios y responsables. La vida y su indeclinable transcurrir nos fue atrapando entre sus normas. Al terminar su bachillerato, Javier, sin dudar, escogió la carrera de Economía, que cursó en la Universidad del Valle en donde se destacó como estudiante y se graduó con honores en 1971. 
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Y empezó así esa brillante etapa de su vida que tanto le apasionó. Los cargos y los éxitos se sucedieron: Ingeniero Comercial de la Universidad de Chile y doctor en economía de la Universidad de Minesota; Premio de Economía Banco de la Republica, Presidente de Anif, Catedrático Universitario, Viceministro de Hacienda, Presidente del Fondo Andino de Reservas, Presidente de la Junta Directiva y socio de empresas familiares como Feriva … 
Javier Fernandez Riva, economista vallecaucano - Foto: Ivan Velandia, archivo Cromos.
Sin embargo, y a pesar de todos los logros obtenidos en su vida, Javier continuó siendo un hombre sencillo, cálido, generoso, humano, buen hijo, buen hermano, buen padre, buen patrón, buen ciudadano, excelente colombiano. Un hombre que disfrutaba intensamente a sus nietas, a sus hijos. Que participaba feliz en las reuniones familiares, que gozaba con cosas sencillas como la lectura de un buen libro, una obra de teatro, una buena película, una tarde junto a los suyos, una noche de pesca junto a sus pequeños hijos; un hombre transparente que se reía abierta y gozosamente de un buen chiste, de algo gracioso. Estoy segura, no obstante, que en ese incomparable corazón, en esa mente curiosa e inquieta de niño que siempre conservó a pesar de los años, debe haber guardado siempre como un tesoro muy valioso esos recuerdos inolvidables y únicos de nuestra infancia. 
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Javier Fernández Riva, ese ser incomparable con el que compartí tantas vivencias a través de mi vida; ese hermano que me dio tantos motivos de orgullo a lo largo de su fructífera y brillante carrera; que fue para nuestra familia y para todos quienes le conocieron un ejemplo de honestidad, esfuerzo, inteligencia y dedicación, ya no está con nosotros. La muerte, ese insondable arcano que nos visita tantas veces a través de la existencia llenándonos de ausencias, nos deja ahora este infinito dolor. Como cristiana sé, no obstante, que este adiós no es definitivo. Sé también que la vida de los muertos se encuentra en la memoria de los vivos y por eso estoy segura que mi inolvidable hermano Javier seguirá como tantos otros seres queridos que se marcharon antes, viviendo en mi memoria hasta el fin de mis días.
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