miércoles, 12 de enero de 2011

Las preguntas que pienso hacerle a Dios



   Durante mi prolongada residencia en Ecuador disfruté la maravillosa experiencia de ser propietaria de una extensa finca situada en lo que se conoce como bosque húmedo. Una lujuriosa selva poblada de frondosos guayacanes y gigantescos árboles de caoba, de canelo, de cedrón… Árboles centenarios habitados a su vez por una flora exuberante; compitiendo atropellada y silenciosamente en medio del tupido follaje, por su ración de luz; riachuelos de aguas cristalinas e incontaminadas,  bordeados de orquídeas, platanillos, heliconias, helechos; y uno de los más bellos y caudalosos ríos de que tengo memoria: el río Blanco, cuyo apropiado nombre se debe a la blanquísima espuma que deja a su paso el choque de sus aguas contra las piedras de su serpenteante cauce. Y en medio de esa naturaleza voluptuosa y salvaje una fauna sorprendente: tucanes, pájaros carpinteros, pavitas, gavilanes, zainos, comadrejas, guantas, armadillos, perezosos, nutrias, patos, tigrillos, hormigueros, serpientes… y la más asombrosa variedad de pájaros e insectos de todo tipo.

Acudir cada semana al encuentro con esa naturaleza feraz y primitiva tras recorrer una carretera elemental surcada de precipicios y derrumbes en un trayecto de más de seis horas –el cual realizaba impajaritablemente cada semana en compañía de mi esposo y de mis pequeñas hijas-  fue algo que disfruté con inmensa emoción y alegría durante muchos años, imbuida por ese entusiasmo y ese afán de conquista y amor por la tierra que sentimos tan apasionadamente cuando todavía nos acompañan el vigor de la juventud y la ilusoria sensación de que somos inmortales.

Cada viaje era una aventura. Empacar, todo un arte. Nada podía faltar. En ese idílico reducto estábamos casi completamente aislados de la civilización. ¡Qué drama olvidar por ejemplo, la sal, el azúcar, el arroz, la muda de ropa, las sardinas, el atún o, Dios no lo quiera, las botas pantaneras!

En un camino tan largo, al dejar la casa de la ciudad mi mente iba pensando durante la mitad del trayecto en lo que quedaba atrás: ¿cerraría las puertas, las ventanas? ¿Apagaría la plancha? ¿Dejaría de pronto encendida la estufa? … En fin, esa serie de pensamientos preocupantes que nos asaltan al emprender un viaje y alejarnos varios días de nuestra residencia habitual.

No obstante, y esto era lo curioso, al llegar más o menos a la mitad del trayecto ya la casa de la ciudad y sus avatares se perdían de vista y dejaban de ser objeto de mis pensamientos y de mi preocupaciones. Y empezaba entonces a pensar solamente en mi próximo destino: la finca. ¿Pondría en la maleta la ropa interior? ¿El repelente? ¿El pan? ¿El aceite? ¿Cómo encontraría las plantas que sembré? ¿Qué prepararía de comer?

Y algo similar ocurría al regreso. Al terminar el paseo y retornar de nuevo a la ciudad mi pensamiento continuaba fijo durante gran parte del recorrido en lo que dejaba atrás; en todas esas pequeñas cosas que conformaban la vida de la finca. Pero como por arte de magia al llegar a la mitad del camino dejaba de nuevo atrás todas esas preocupaciones y empezaba a pensar solamente en el hogar cercano y en la multitud de pequeños detalles que conformaban mi vida citadina.

Estas reflexiones, queridos lectores, vienen al caso porque tal parece que nuestra vida fuera también un constante viaje por variadas etapas y circunstancias. Últimamente, he notado -no sin cierto regocijo-  que aquellos de nosotros que ya rebasamos con creces la línea sutil de los cincuenta años empezamos a pensar con bastante preocupación en las próximas etapas,  en las limitaciones a que nos vemos sometidos en estas altas cumbres y  en los achaques y dolencias que poco a poco se van insinuando.

Y nos va como entrando, a quienes atravesamos este  trance, una apremiante obsesión por cuidar y tratar de conservar lo que queda de la otrora invencible salud. Esa salud de hierro, tan ignorada y tan poco valorada, de nuestros días juveniles en los que poco o nada nos preocupábamos por los torturantes achaques que acosaban sin tregua a los viejos amigos de la familia, a nuestros abuelos, a nuestros tíos y hasta a nuestros padres; alifafes que, estábamos seguros,  no íbamos nunca a padecer.

En esa nueva etapa, la muerte, antes tan lejana y extraña, se convierte en una realidad constante  e ineludible. Y, no obstante,  para muchas personas  la visita de la  Parca sigue siendo tabú, algo de lo que es mejor no hablar.

En un funeral al que asistí el fin de semana pasado una joven se acercó solícita a ofrecernos a una amiga y  a mí ventajosos y tentadores planes funerarios. Mi amiga no pudo ocultar su desazón y le dijo con angustia: “Por favor, no nos venga a ofrecer eso ahora que todavía no estamos pensando en esa posibilidad”. Al verla tan azarada me contenté con pedirle la tarjeta a la vendedora y le dije haciéndole un guiño: “Déjenos por ahora construir para arriba;  ya la llamaremos cuando nos parezca que es tiempo de  construir para abajo”.

Pero, aunque la soslayemos y evitemos pensar en ella, la muerte es una realidad consustancial a todos los seres vivos. Algo que nos está esperando ahí, al fin del camino. Lo que nace debe indefectiblemente fenecer.

Y luego de este paso,  viene otra etapa que pertenece ya al terreno de la fe o de la metafísica. Para aquellos escépticos que desconocen la existencia un ser superior y niegan la posibilidad de vida después de la vida, la muerte es la vuelta a la nada, la extinción absoluta; pero para quienes sí creemos en la inmortalidad del espíritu, esa postrera circunstancia a la que se verá enfrentado nuestro frágil empaque físico representa una posibilidad magnífica de trascender a una existencia mucho más grata. O cuando menos, a una mucho más interesante.

Así, pues, y como el supremo encuentro va aproximándose a pasos agigantados, creo que ya está cercano el momento en que podré absolver mis dudas sobre algunas cosas que siempre me han intrigado. Sí, amigos, hay varias cositas que quiero preguntarle a Dios apenas me dé un chance.

Pido disculpas de antemano porque no pienso preguntarle por qué hay pobres y ricos o por qué los seres humanos tenemos tendencia a ser mezquinos, egoístas, deshonestos y corruptos, como tampoco quiero averiguarle por qué a los malos les va mejor que a los buenos, ni por qué a veces hasta parece que son más inteligentes, ni por qué son siempre  los menesterosos  quienes sufren las peores catástrofes y calamidades y, créanlo o no, tampoco voy a preguntarle si alguna vez   habrá paz en la franja de Gaza o  si,  como se planteaba Einstein, tuvo otras alternativas al crear el universo. No. Mis preguntas versarán sobre cosas realmente importantes, cosas del día a día que nos afectan a todos. Cosas que de rectificarse nos harían a todos mucho más felices como las que le planteó a continuación:

¿Por qué razón resolvió que los triglicéridos se elevaran al degustar la deliciosa piel del pollo asado (lo más rico del pollo asado) y no al comer apio o espinacas?
¿Por qué razón decretó que el colesterol se incrementara y se cerrarán las arterias precisamente al consumir cosas tan deliciosas como los chicharrones, el jamón, el queso, los camarones, la mantequilla, el chocolate, la nata, la tocineta, el indescriptible gordito frito del lomo de aguja o de la costillita de cerdo, y no así con las múltiples variedades de pasto del mercado?
¿Por qué razón realizó un diseñó tan frágil de la rodilla y no pensó en un modelo mucho más resistente, quizá con grapas y tornillos ajustables?
¿Por qué si lo sano es caminar y lo perjudicial transportarse en carro, permitió que lo inventáramos?
¿Por qué estableció que fuera mala la vida sedentaria si es tan sabroso hacer pereza y no le hace mal a nadie?
¿Por qué nos puso a cambiar de dientes a los siete años si los dientes de leche son tan lindos y es a los cuarenta cuando verdaderamente necesitamos un recambio?
¿Por qué los ecologistas defienden todos los animales pero no dicen nada en contra de los miles de peces que diariamente se pescan? ¿Ser pequeño y hacer parte de un cardumen no da derecho a la vida?
¿Por qué el efecto de las feromonas dura tan poco tiempo? ¿No se habrían evitado muchos problemas en la vida de pareja si su efecto fuera más duradero?
¿Por qué cuando yo muera morirán también mis conocimientos, vivencias y experiencias y no podré legárselas a mis hijas?
¿Por qué Michel Jackson murió tan joven y nos dejó a sus fanáticos viendo un chispero?...

La lista es larga, pero creo que todavía tengo algo de tiempo para irla completando y ajustando. Aquellos de ustedes que tengan similares inquietudes sobre temas tan trascendentes como estos que aquí presento pueden hacérmelas llegar, que yo con mucho gusto las iré incorporando a mi lista.

Y, claro, les aconsejo a quienes se rehusan a creer en ese postrer encuentro que reserven (no está por demás) un espacio para la incertidumbre. Una duda razonable es -me parece-  algo aconsejable.

Leonor María Fernández Riva
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