martes, 27 de abril de 2010

Por qué no puedo ser como Herta Muller



Por qué no puedo ser como Herta Muller 


Reina en el ambiente una refrescante placidez dominical. Un silencio interrumpido solo por el ruido fugaz de la moto del repartidor de periódicos y por el concierto de mis comensales plumíferos reclamando su desayuno. “Tendrán que esperar, amigos. Hoy es domingo y creo que puedo darme el lujo de holgazanear un poco”, les digo telepáticamente desde el mullido cobijo de mi cama. 

A través de las junturas de la cortina de bambú observo al vecino del tercer piso que se encamina juicioso a su paseo matinal. “¡Qué pereza! ¡Allá él! Por mí, hoy el cuerpo tiene derecho a un merecido descanso”.

De pronto, me sobresalto ante una inesperada llamada de teléfono. Alzo el auricular con un tanto de prevención.

-–Leonor, ¿Cómo está? ¡No me diga que todavía estaba durmiendo!

Es María Isabel, mi querida amiga y vecina. Su llamada me sustrae de una placentera modorra dominical que todavía me tenía arrebujada entre las sábanas. Quién sabe por qué motivo ayer me abandonó el sueño desde las doce de la noche y ya no pude volver a pegar los ojos sino hacia las cinco de la madrugada. Me sorprendo al ver el reloj y comprobar que ya casi son las nueve de la mañana. Un verdadero record para mí que suelo despertarme con la aurora.

-–¡Ah! ¡Hola María Isabel! Nooo… bueno, sí – le contestó y añado tratando de justificar un tanto mi molicie - Lo que pasa es que ayer en la madrugada me agarró el insomnio.

-–¿Siiii? ¿ Y eso por qué? - refuta María Isabel y sin darme tiempo a contestar añade - Dígame, ¿qué pensaba hacer hoy? ¿Tiene algún programa?

–Pues, programa, programa, lo que se dice programa, no – le contestó todavía un poco aperezada- Pero pensaba dedicarme a terminar unos cuentos que he dejado inconclusos y organizar también unos papeles. Además – añado con una sonrisa que mi amiga no puede ver- ya sabes que en una casa siempre hay cositas que hacer.

(Por algún extraño motivo yo tuteo a mi amiga, pero ella casi siempre me trata de “usted”).

–¡Ah, bueno! Pero todo eso puede esperar. Mire, pensamos ir con Gabriel, Jairo y Vilma hasta El Queremal. Allá están en festividades de la población y hay un bonito programa de folclor. Nuestra amiga Gloria es la presentadora ¡Anímese, Leonor!

–Está bien – respondo luego de unos segundos y añado sinceramente entusiasmada

-–Es algo muy tentador; no puedo negarme. ¿A qué hora salimos?

–Diez y media. Son las nueve, tiene tiempo de bañarse y arreglarse con calma.

–Hecho.

Me doy un rápido duchazo en agua fría (Desde un día que me cortaron temporalmente el gas por falta de mantenimiento me acostumbré a prescindir del calentador y ahora, el agua a su temperatura normal la siento tibia y hasta más agradable). ¿Qué me pondré? El mismo problema de siempre: qué ponerme que no haya sido visto ya infinidad de veces, que no me apriete y que resulte apropiado para este paseo informal. Me decido por lo que me parece más apropiado: pantalón, blusa ligera y zapatos cómodos. Debo llevar también una chalina. Por esos lados suele hacer frío, aunque ahora con esto del calentamiento global resulta que en todas partes hace calor. De todas formas es mejor estar segura.

Mis amigos me recogen a la hora convenida. Iniciamos el trayecto. En otro automóvil viajan Jairo y Vilma, nuestros amigos comunes. Para salir de la ciudad debemos atravesar la serie de conventillos apretujados y diversos que se han establecido en ese punto estratégico que lleva a la carretera al mar: gasolineras, restaurantes de poca monta, ferreterías, droguerías, tiendas, negocios varios. Avanzamos muy lento debido al embotellamiento de tránsito que siempre se forma en este punto. Poco a poco ascendemos por la carretera. El bullicio del sector va quedando atrás. En sus giros, la carretera nos va llevando hacia la cordillera. Franqueamos algunos barrios extramuros. Paulatinamente el paisaje se ensancha e impregna de verde. El aire que llega a nosotros por las ventanas del automóvil se siente más puro. Es un día espléndido. Caigo en cuenta que no traje las gafas de sol. “¡Y yo que tengo la vista tan delicada!”. Mando al diablo el neurolenguaje y la imprecación contra mí misma brota espontánea: “¡Qué idiota soy!”.

Ante nuestro ojos desfilan vertiginosas las montañas cubiertas de vegetación. En sus faldas y a lado y lado de la vía coquetas casitas de campo parecen sonreírnos. Mi amiga es una excelente conductora. Con ella una no experimenta esa sensación de inquietud que le asalta junto a otros conductores que manejan a gran velocidad, frenan, discuten, rebasan en curva, realizan peligrosos giros. Disfruto el paseo sin ningún sobresalto. Solamente me ocupo en observar el paisaje que fugazmente pasa ante mis ojos.

En el recorrido se suceden varias poblaciones veredales. Pueblitos improvisados a orillas de la carretera que fueron formándose y creciendo con la escala obligada de buses de pasajeros y de vehículos en general para cargar combustible, comer o adquirir algunos de los productos típicos de la zona. Poblados alegres, variopintos, llenos de energía. Aquí y allá hombres a caballo, ventas de toda clase, mujeres preparando melcocha, piezas enteras de cerdo colgadas de las perchas de las carnicerías, campesinos con su machete al costado y su carriel al hombro y bellas campesinas de piel clara y finas facciones que ostentan coquetas los modernos atuendos de la ciudad.

Pero no es este nuestro destino y luego de superar el embotellamiento de tránsito continuamos nuestro viaje. Mi corazón se ensancha al observar ambos lados de la vía y como colgadas de las lomas, encantadoras fincas campesinas. ¡Cuánto aman los colombianos a su tierra! Eso se refleja en los nombres con los cuales bautizan a sus terruños; en la coquetería con la que decoran los portones de sus fincas; en sus cercos y macetas llenos de flores.

El aire se torna cada vez más frío. Envuelvo la chalina en mi cuello. El paseo en carro completa ya hora y media. De improviso, al bordear una curva del camino llegamos a nuestro destino.

El Queremal se presenta al viajero como tantos otros poblados del Valle; unas cuantas casas modestas a la vera del camino de acceso y a lado y lado extensos sembrados y pastizales. Por la calle principal llegamos hasta la plaza. El lugar se encuentra repleto de turistas nacionales que han llegado como nosotros en busca de la alegría sana y auténtica de estas fiestas campesinas. El tránsito es lento; decenas de automóviles parqueados a lado y lado de la estrecha vía dificultan la marcha. Pero no tenemos prisa. Esto también hace parte del paseo.

La plaza semeja un panal multicolor. Es día de mercado. Los campesinos exponen sus productos, frutas, verduras, artesanías. Se siente la alegría y el bullicio. Huele a comida típica, fritanga, tamal, sancocho…Kioscos ubicados alrededor de la plaza exponen todas esas delicias. Se nos hace agua la boca pero ¡paciencia! todavía es un tanto temprano. Entre interesados y curiosos damos un recorrido rápido por la bullente plazuela y luego nos encaminamos a presenciar el programa de bailes típicos frente a una sencilla tarima situada a un lado del parque. Nos acomodamos en un graderío de cemento. Se percibe la calidez, alegría y hospitalidad de quienes nos rodean. A través de altavoces los aires típicos del altiplano inundan el ambiente. Al escucharlos mi espíritu se conmueve como sintiendo el llamado ancestral de la tierra. Mis ojos, mi mente y mis pies danzan alegres por el influjo de esa música nuestra que remueve mis adormecidos genes prehispánicos.

Saludamos con la mano a nuestra amiga Gloria que ya se encuentra en el proscenio animando el programa. Se emociona al vernos. Nos saluda a su vez calurosamente desde el micrófono con gentiles expresiones de admiración y cariño. Todas las miradas se vuelcan sobre nosotros. Siento un poco de rubor ante la fugaz notoriedad. Pero bueno, ya empieza el programa. Con música de alegres pasillos llega el desfile de los participantes. Desde niños de kinder hasta unos más grandecitos de quinto y sexto grado apropiadamente ataviados con sus trajes típicos. Las niñas, muy lindas, maquilladas, con arreglos de flores en el cabello, faldas largas y blusas de vuelos y encajes. Los varoncitos con pantalones y blusas blancas, sombrero y pañuelo rojo al cuello. Todos con alpargatas.

Danzan por turnos los aires de la tierra, bambucos, pasillos, cumbias. No son todavía muy duchos en el arte de la danza; falta coordinación y esa espontaneidad que paradójicamente solo se logra a través de una repetición continúa, pero en cambio poseen la autenticidad de algo que no es excepcional en su vida sino por el contrario, su vida misma. Me invade un sentimiento de pertenencia, de amor por mi tierra al observar esos niños campesinos que desde tan tierna edad aman y practican la música, las costumbres de sus ancestros. Es aquí, en estas poblaciones sencillas, entre estas gentes humildes que tan poco piden a la vida, donde sobrevive el alma de nuestro pueblo; donde se conserva todavía auténtica la fuerza de nuestras tradiciones. Nuestra amiga resalta también desde el micrófono esos valores. No puedo evitar emocionarme; siento húmedos mis ojos.

Los olores que despiden los guisos que se ofrecen en el lugar tienen toreadas hace rato mis papilas gustativas. Con alivio compruebo que llegó ya la hora de almorzar. Por mí me quedaría en uno de esos toldos pueblerinos saboreando feliz los platos típicos preparados a la mejor manera del lugar. Pero mis amigos deciden acudir a un restaurante más confiable. No hay que olvidar que por ahí ronda la muy promocionada gripe H1N1. No debemos correr riesgos. Nos encaminamos pues a un restaurante muy agradable situado a la entrada de la población.

Elegimos el plato típico de la localidad: un sancocho de padre y señor mío con formidable pechuga de pollo, ají, ensalada, tostada de plátano, arroz, guiso, ají y jugo. Damos gustosos buena cuenta de todo. A la llegada de los tintos disfrutamos una amenísima charla de sobremesa.

–¿Por qué crees que amas a Dios sobre todas las cosas?- me pregunta mi amigo Jairo en determinado momento de la conversación.

La pregunta me toma desprevenida. Creo sin embargo, que siempre lo he tenido claro.

-–Es difícil demostrar eso- contesto, y añado- Pero pienso que ese amor solo puede verse reflejado en el amor que yo misma dé a los demás. Siento sobre todo mucho agradecimiento por la cantidad de cosas buenas que he recibido en mi vida. A veces me parece que Dios me ha tenido predilección, que le caigo bien.

Sé que esto que expreso es cuando menos, irreverente. No se puede juzgar en forma tan elemental y familiar a Dios. Pero ese es un pensamiento que siempre me ha asaltado. ¿Quiere Él más a unas personas que a otras? ¿Más a mi? Preguntas cuya respuesta tendrá por fuerza que esperar.

Después de la agradable y filosófica sobremesa tomamos el camino de regreso. Cae una fina garúa. El clima se ha puesto bastante frío. Después de los tremendos calores que hemos soportado últimamente en Cali, esta temperatura debería agradarme pero no hay nada que hacer. No me gusta el frío, y peor aún , andar tan arropada.

El zigzagueo de las curvas del camino y la temperatura tibia dentro del vehículo me inducen a dejarme llevar por la modorra y por el sueño. Cierro los ojos por unos instantes. Pero me resisto a la tentación. Me gusta observar el panorama. Estos paisajes no los veo todos los días. Una vez más admiro la capacidad de conducción de mi amiga. Ha sido un viaje sereno, a una velocidad constante y sin ningún sobresalto. Al llegar al kilómetro 18 nos detenemos en un restaurante muy agradable a orilla de la carretera. Como fin de fiesta nos tomamos un chocolate caliente con mucho queso ¡Una delicia en medio del ambiente frío y brumoso de la cordillera!

Verdaderamente un paseo encantador. Y todo gracias a mis amigos que me tuvieron en cuenta y me rescataron durante unas horas de mi cartujo retiro.

Un gusanillo de remordimiento ante mis proyectos pospuestos, ante la irresponsabilidad del trabajo postergado una y otra vez, se abre paso poco a poco en mi mente. No escribí nada, las hojas en blanco siguen ahí esperando que las colonice; el desenlace de los cuentos empezados tendrá que esperar, todo lo planeado para este domingo quedó en veremos. "¡Pero valió la pena, qué Diablos!" – digo para mis adentros con rebeldía, y a manera de consuelo añado: "Total, estas cosas no pasan todos los días. Mañana es puente feriado y podré recobrar el tiempo perdido".

Entro a mi apartamento y ni bien acabo de cerrar la puerta, oigo el teléfono.

–Hola, Leonor ¿Cómo te fue hoy? ¿Qué hiciste?- pregunta mi hermana a modo de saludo.

La pongo al corriente.

-–¡Qué bien! Pero mirá, te llamaba porque quiero que vengas mañana al almuerzo.¿Te acordás de Ruby y Doris, mis cuñadas? Pues fíjate que en días pasados cumplieron años y les quiero hacer mañana una pequeña celebración. Va a estar bonito. En la tarde Guillermo, su hermano les va a traer una serenata ¿Venís?


¿ Y ahora sí entienden por qué no puedo ser como Herta Muller?