lunes, 9 de enero de 2012

¿VISITANTES ESPACIALES?


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¿Visitantes espaciales?
Leonor Fernández  Riva

El año  que estamos iniciando llega cargado de premoniciones, profecías  y  gran cantidad de creencias populares que van desde la posibilidad de que ocurran en el mundo  grandes transformaciones espirituales hasta un apocalíptico fin de los tiempos. Tal parece que los mayas, principales causantes de todo este revuelo,  tuvieron colaboración foránea en la  sorprendente exactitud de sus cálculos astronómicos. Y eso pone una vez más en el tapete la pregunta: ¿Fuimos visitados en épocas remotas por seres espaciales?  

 Hace pocos días los noticieros y periódicos nos sorprendieron con la noticia de que en  las montañas de  Quispicanchi, provincia del Cuzco,  en el  Perú, se había realizado el hallazgo de un par de momias cuyas características hacían suponer que se trataba de seres  extraterrestres. Los restos  fueron encontrados hace dos años, pero hasta ahora no se había querido  decir nada sobre el asunto. Las momias tienen una estatura  de cincuenta centímetros y el cráneo con una extraña deformación en forma triangular.  Desde que se anunció el hallazgo y se exhibió en el Museo Privado de Ritos Andinos numerosos visitantes  hacen larguísimas colas para acceder al lugar y contemplarlas.

Quienes nos apasionamos por este tipo de hallazgos  nos sentimos emocionados y creímos tener por fin el eslabón que hacía falta para comprobar la realidad acerca de los visitantes espaciales. Nuestra ilusión, sin embargo, duro poco.
Varios expertos que tuvieron acceso a estos restos aclararon que corresponden a los cuerpos de unos “infantes prehispánicos de entre tres y cuatros años de edad”. La deformidad de sus cráneos la atribuyen a un extraño ritual que se realizaba en las civilizaciones Pukará y Tiahuancota,  en las cuales a los niños pertenecientes a la nobleza  se les vendaba la cabeza con el fin de alargarla.
 A pesar de tan decepcionante aclaración  creo que muchos de ustedes estarán de acuerdo conmigo en  que un ritual de deformaciextraño ritual  aciño ritual de deformaciio? manipulaciron sometidos nuestros antepasados a manipulación física tan extraño da qué pensar,  porque muy bien podría tratarse de un intento de esas culturas prehispánicas por lograr en determinados individuos de la realeza características físicas diferentes a las humanas que se querrían imitar.
  
Otro hallazgo similar pero que ocurrió trece años antes,  en Egipto,  fue el realizado por Louis Caparat, un egiptólogo francés,  en un cuarto secreto de la gran pirámide de Keops.  Pues bien, en esta pirámide Caparat habría encontrado en 1988 una momia que según la publicación correspondería a un humanoide extraterrestre. El ET se hallaba en un cofre  de cristal y  parecía estar en un estado de animación suspendida. Junto al cofre se encontró un papiro atribuido al faraón Khufu que dice, entre otras cosas: “Mis descendientes llegarán a las estrellas”.

El cuerpo fue llevado, por orden de la inteligencia egipcia, a un laboratorio de máxima seguridad. Y hasta allí se supo. Nadie nunca más volvió a dar ninguna información. Esa especie de ley del silencio que oculta, ridiculiza o desvirtúa sin mayor investigación este tipo de hallazgos es  algo que  siempre me ha intrigado.  Muchos de ustedes se preguntarán, al igual que yo,  ¿por qué tanto misterio?

Hay no obstante, científicos que contra corriente y arriesgándose a convertirse en mofa del gremio científico  han dedicado su vida a realizar profundas y exhaustivas investigaciones acerca de muchos de estos enigmas. Uno de  ellos es el  controvertido arqueólogo, escritor e investigador ruso  Zecharia Sitchin, quien ha dejado testimonio de sus asombrosas conclusiones acerca de visitantes espaciales  en varias sagas literarias, entre las que se destaca  Las Crónicas de la Tierra.

Zecharian Sitchin, nació en Baku, Azerbaijan, en 1922. Desde muy pequeño adquirió conocimientos sobre  hebreo antiguo y  moderno y más tarde en   lenguas semíticas y europeas, y muy especialmente en el sumerio.

El interés por el tema de los visitantes espaciales comenzó  para  Zecharian cuando estudiaba en el colegio; le intrigaba la palabra “Nefilim”, que significa “aquellos que bajaron” (del cielo a la tierra) que fue traducido en la Biblia en el capítulo 6 del Génesis, como gigantes. Un versículo que,  bien mirado, no deja de tener su misterio, porque lo que allí dice textualmente es: “Cuando los hombres empezaron a multiplicarse sobre la tierra  y les nacieron hijas, los hijos de Dios se dieron cuenta de que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron por esposas de entre todas, aquellas que les gustaron”. Y más adelante continua este pasaje:  “En ese entonces había gigantes sobre la tierra , y también los hubo después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y tuvieron hijos de ellas. Ellos  fueron los héroes de la antiguedad”.  Estos gigantes, según la Biblia,  fueron los Nefilim, los hijos nacidos de los hijos de Dios y las hijas de los hombres.

Pero, ¿existieron realmente esos gigantes, esos Nefilim? Zecharian nos dice que sí.  Responder afirmativamente  le llevó treinta años de investigación: los Nefilim fueron los hijos de los Anunnakis, los dioses  de la mitología sumeria.  Cuando lo entendió  y tamizó  escribió  El 12º planeta. A partir de allí  su búsqueda se expandió. Viajó a prácticamente a todos los lugares del Antiguo y Nuevo Mundo; observó monumentos, esculturas y símbolos; dedicó años a la traducción e interpretación de miles de tablillas cuneiformes sumerias y acadias, inscripciones hititas, jeroglíficos egipcios y otros documentos de la zona para esbozar su teoría acerca  de los visitantes estelares y relacionó  todo a la vez con el Antiguo Testamento. Estudió astronomía   genética y comenzó a comparar todos los datos que ya tenía con los descubrimientos actuales y   abordó la historia de la humanidad y de nuestro planeta de una manera como nadie hasta entonces lo había hecho.

Se conocía ya dónde se inició  la civilización y cómo se desarrolló; pero la pregunta que seguía sin ser respondida era: ¿Por qué? ¿Por qué apareció la civilización?

Como muchos estudiosos admiten hoy con frustración, todos los datos indican que el hombre debía de estar todavía sin ningún tipo de civilización. No existe ninguna razón obvia por la cual debiéramos estar más civilizados que las tribus primitivas de la selva amazónica o de los lugares más inaccesibles de Nueva Guinea. Suele aducirse que si estos indígenas viven aún como en la Edad de Piedra es porque han estado aislados. Pero, ¿aislados de qué? Si ellos han estado viviendo en el mismo planeta que nosotros, ¿por qué no han adquirido el mismo conocimiento científico y tecnológico que supuestamente nosotros hemos desarrollado? Sin embargo, el verdadero enigma no estriba en el atraso de los hombres de la selva, sino en nuestro avance, pues se reconoce ahora que en el curso normal de la evolución el hombre debería de estar tipificado por los hombres de la selva y no por nosotros.


 Al hombre le llevó dos millones de años avanzar en su «industria de la herramienta», desde la utilización de las piedras tal cual las encontraba, hasta el momento en que se percató de que podía despostillarlas y darles forma para adaptarlas mejor a sus propósitos. ¿Por qué no otros dos millones de años para aprender a utilizar otros materiales, y otros diez millones de años más para dominar las matemáticas, la ingeniería y la astronomía? Y, sin embargo, aquí estamos, menos de cincuenta mil años después del hombre de Neanderthal, llevando astronautas a la Luna.


¿Cómo pudimos  dar un salto tan grande en la evolución? Esta pregunta, que no tiene respuesta científica, Zecharia Sitchin la contesta diciendo que este salto evolutivo se logró a través de un cruce genético. Según  él,  los Anunnakis nos ayudaron  por medio de la manipulación genética a adelantar nuestro proceso evolutivo.

 La teoría de la manipulación genética, aparentemente descabellada,  tiene,  sin embargo,  algunos datos que parecen sustentarla. Los cromosomas, portadores del material genético,  condicionan la organización de la vida y las características hereditarias de cada especie. En la especie humana, tales características están codificadas en veintitrés pares de cromosomas. Contrariamente a las teorías de Darwin,  no se ha podido demostrar científicamente  que tengamos que ver genéticamente con los primates pues estos poseen una cantidad distinta de cromosomas de  la que tenemos los humanos. Y lo sorprendente es el hecho de que dos de nuestros cromosomas ( uno y dos) parecen haber sido  fundidos para poder ocupar un mismo espacio y encajar genéticamente. Esa fusión no es posible naturalmente; la naturaleza no hace eso jamás. Los cromosomas determinan la condicionalidad de las especies a sus necesidades de sobrevivencia.  Es por demás extraño  que el hombre, a diferencia de otras especies vivas,  tenga la capacidad de hacer muchas más cosas de las que necesita para sobrevivir.


Aunque el Hombre de Cromagnon no construyera rascacielos ni utilizara metales, no hay duda de que la suya fue una civilización repentina y revolucionaria. Su movilidad, su capacidad para construir refugios, su impulso por vestirse, sus herramientas manufacturadas, su arte, todo ello compuso una repentina civilización que venía a romper un interminable comienzo de cultura humana que venía alargándose durante millones de años y que avanzaba a un paso sumamente lento y doloroso.

La marcha del hombre hacia la civilización se confinó, durante los primeros milenios a partir del 11000 a.C, a las tierras altas de Oriente Próximo. En el lapso de no más de tres mil seiscientos años -una noche para los periodos de ese comienzo interminable-, el hombre se hizo agricultor, y  domesticó a las plantas y a los animales salvajes. En todos estos casos, la domesticación se inició en Oriente Próximo. Después, como no podía ser de otro modo, vino una nueva era, que ha sido llamada  la Edad de Piedra Nueva (el Neolítico), un nombre poco apropiado, pues el cambio principal que tuvo lugar alrededor del  7500 a.C. fue el de la aparición de la cerámica.

El descubrimiento de los múltiples usos que se le podían dar a la arcilla tuvo lugar al mismo tiempo que el Hombre dejó sus moradas en las montañas para instalarse en los fangosos valles.
Sobre el séptimo milenio antes de Cristo la civilización de Oriente Próximo estaba inundada de culturas de la arcilla o  ceramica las cuales elaboraban un gran número de utensilios, ornamentos y estatuillas. Hacia el 5.000 a.C, en Oriente Próximo se realizaban objetos de arcilla y cerámica de excelente calidad y diseño.


Pero, una vez más el progreso del hombre  se detuvo, y hacia el 4500 a.C, según indican las evidencias arqueológicas, hubo una nueva regresión. La cerámica se hizo más simple, y los utensilios de piedra -una reliquia de la Edad de Piedra- volvieron a predominar. Los lugares habitados revelan escasos restos. Algunos de los sitios que habían sido centros de la industria de la cerámica y la arcilla comenzaron a abandonarse, y la manufactura de la arcilla desapareció. Según James Melaart (Earliest Civilizations of the Near East), “…hubo un empobrecimiento generalizado de la cultura”. El hombre y su cultura estaban, claramente, en declive.



Después, súbita, inesperada e inexplicablemente, el Oriente Próximo presenció el florecimiento de la mayor civilización imaginable.
Una mano misteriosa sacó una vez más al hombre de su declive y lo elevó hasta un nivel de cultura, conocimiento y civilización sorprendentes.
 Y este admirable desarrollo tuvo lugar  a un mismo tiempo en varias regiones alrededor del mundo desde África hasta América.  Para Zecharia Sitchin esto no fue algo fortuito: visitantes del espacio intervinieron nuevamente  en el desarrollo de la especie humana.



L
a civilización sumeria apareció, sin precedentes, hace seis mil años, en lo que hoy conocemos como Irak meridional. El florecimiento sumerio tuvo  que ver con prácticamente todos los principios esenciales en una civilización avanzada: tecnología, artes, estructuras sociales...
 Uno de estos conocimientos y no el menos importante fue la escritura. Los sumerios registraban absolutamente todo en tablillas de arcilla: las bodas y divorcios, las transacciones comerciales, las ofrendas a los templos. Y en otras más grandes escribieron literatura (cuentos heróicos, poemas, proverbios), así como también  registros históricos y prehistóricos. Uno de los textos más largos, escrito en varias de estas tablillas, es el llamado Enuma Elish,  o La Epopeya de la Creación el cual narra la historia del primer asentamiento en la Tierra de  los primeros  seres inteligentes. Es esta una impresionante saga no menos inspiradora que el descubrimiento de América o la circunnavegación de la Tierra.



Este sello cilíndrico de la cultura sumeria que se encuentra en el  museo de Berlín es asombroso por varias razones: muestra al fondo a mano izquierda,   el sistema solar con el Sol en el centro y diez planetas alrededor, un hecho que se descubrió en Europa hace solo 300 años. También consta en ese grabado el planeta Plutón que no se descubrió sino hasta 1930 y también el planeta Niburo del cual según los sumerios venían los Anunnaki o visitantes celestiales.

Los resultados que Zecharian Sichtin  obtuvo de sus investigaciones lo proveyeron de suficientes pruebas como para  exponer públicamente  su teoría que,  a grosso modo, viene a ser la siguiente:

Existe un planeta llamado Nibiru, que orbita, como el nuestro, alrededor del sol, pero que tarda tres milenios en hacer una pasada completa. Este planeta está  habitado por unos seres que nos han visitado varias veces  a lo largo de la historia y han contribuido a nuestra evolución y desarrollo. Nos visitaron al principio de los tiempos, etapa en la cual nos manipularon genéticamente para acelerar nuestra evolución,  y volvieron siglos más tarde, tal como se cita en el pasaje bíblico a tomar por esposas a las hijas de los hombres. Un buen día,  sin embargo, se marcharon  y quedó en la memoria colectiva de muchos pueblos el recuerdo de aquellos señores que bajaron del cielo y que los sumerios  llamaron Anunnakis.

La Epopeya de la Creación de los sumerios narra que cuando  los Anunnakis  llegaron a la Tierra, hace unos cuatrocientos cincuenta mil  años, alrededor de la tercera parte del suelo firme estaba cubierto de capas de hielo y glaciares. Al llegar a la Tierra en mitad de una situación climática y geográfica como está,  ¿dónde iban a establecer su primera morada?



¿Usaban los Anunnakis relojes? Tal parece que sí como podemos observar  en esta curiosa imagen.



Según deduce Zecharian, buscaron un lugar que tuviera un clima relativamente templado, donde unos simples refugios fueran suficientes y donde se pudieran mover con ropas ligeras, y no fueran necesarios sus pesados trajes aislantes. 
Sólo una estrechísima zona templada de la Tierra reunía todos estos requisitos,  a la vez que  ofrecía  grandes terrenos llanos necesarios para los aterrizajes de sus naves. Así,  pues, nuestros visitantes espaciales centraron su atención en los tres principales sistemas fluviales y en sus llanuras: el Nilo, el Indo y el Tigris-Eufrates, regiones  que reunían las condiciones necesarias para la primera colonización. Con el tiempo, cada una de ellas se convertiría en el centro de una antigua civilización. Después de descender en el Mar Arábigo, los primeros seres inteligentes en la Tierra se trasladaron a Mesopotamia. Y allí, al filo de los pantanos, establecieron el primer asentamiento en nuestro planeta. Lo llamaron Eridu (casa construida en la lejanía),  nombre por demás  apropiado.

Nuestra comprensión del universo ha avanzado enormemente en los últimos años;  paradógicamente,  sin embargo, a medida que el Universo se torna más comprensible se torna también más extraño.

 Algunos conceptos parecen sacados de ciencia ficción: la sorprendente calibración precisa de fuerzas en el cosmos; la materia oscura, elemento misterioso e invisible  mucho  más abundante en el universo que la materia que podemos ver; la energía oscura, que permea todo el espacio y  parece ser la responsable de la expansión acelerada del cosmos; la estrella Némesis, aún no avistada que,  según algunos científicos es la causante de las extinsiones masivas que ha sufrido nuestro planeta desde sus inicios. Y, así como estas, muchas, muchísimas  otras incógnitas siguen rodeando de un halo de misterio al Universo,  nuestro sistema solar y  nuestro propio planeta.  ¿Qué había antes del Big Bang?  ¿Cómo empezó todo? ¿Cómo empezó la vida inteligente en nuestro planeta?  ¿Fuimos en el pasado un campamento espacial? 

Zecharia Sitchin cree tener algunas de las respuestas. Sus libros son realmente apasionantes, y sus planteamientos,  bien expuestos y soportados. ¡Fantásticos!,  dirán probablemente con escepticismo muchos de ustedes,  y no les falta razón para pensar así, pero cuando estamos iniciando un año de tanta expectativa como lo es este 2012 quizá  vale la pena  tener abierta la mente a nuevas y sorprendentes realidades y pensar que,  tal como dijo  Pierre Teilhard de Chardin,  religioso, paleontólogo y filósofo francés que aportó a la ciencia una muy personal y original visión de la evolución:  “A escala de lo cósmico solo lo fantástico  tiene posibilidades de ser verdadero".







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