miércoles, 26 de enero de 2011

La carne, ese viejo enemigo del hombre





A mediados del siglo XX -ayer no más- la situación del planeta y las costumbres del diario vivir eran muy diferentes de las actuales. No eran por ejemplo, conocidos todavía -por el común de la población- los triglicéridos o el colesterol, y no existía tampoco demasiada preocupación por el sobrepeso o la dieta. Nunca nadie te decía en una invitación “No puedo comer esto o aquello porque tengo el colesterol o los triglicéridos altos”, o “porque estoy muy gorda (o)”, o “porque ayer empecé la dieta de Perucho”. No. Esos pensamientos no perturbaban a nadie por aquellos días.

Las personas no sufrían derrames cerebrales o infartos; a lo más, “patatús”, “cólicos misereres” o indigestiones agudas. Fue esa una época verdaderamente feliz, precisamente porque éramos absolutamente inconscientes. Acababa de concluir la Segunda Guerra Mundial y parecía que el espectro de la guerra había sido definitivamente abolido del planeta; los problemas ambientales ni siquiera se avizoraban; el calentamiento global era todavía ciencia ficción, y los recursos de la Tierra, aparentemente inextinguibles.

Me cupo la suerte de nacer y crecer precisamente en esa época; un instante del mundo desprevenidamente feliz. En cuestiones de nutrición, nada parecía ser nocivo En los almuerzos y comidas la invitada de honor era la carne; de res o de cerdo, guisada en mil preparaciones; todas exquisitas y apetitosas. Las sopas requerían por lo menos cuatro o cinco libras de costilla o de hueso blanco o carnudo. No habían llegado todavía a las cocinas las rápidas ollas a presión ni los concentrados de gallina. Los caldos hervían y hervían por horas, y horas, durante toda la mañana. Al final, las carnes quedaban tiernas y jugosas (¡una delicia!), y en el exquisito condensado, resultante de ese prolongado hervor mi madre preparaba unos opíparos caldos “levantamuertos” que hacían las delicias de toda la familia. De esas cálidas y amables costumbres de la niñez conservé por años una fuerte tradición carnívora.

No obstante, y a pesar de tan maravillosos recuerdos, el tiempo y la llegada de los años lograron persuadirme que un tipo de dieta semejante a una edad en la que el ejercicio se había reducido significativamente, no le hacía ningún bien ni a mi travieso corazón, ni a mis congestionadas arterias. Y así, de forma paulatina, los deliciosos bistecs, los asados, los hígados encebollados, las sopas y demás potajes preparados con suculentas piezas de carne fueron quedando relegados para muy especiales… y espaciadas circunstancias.


Muchos de mis contemporáneos adoptaron también similares medidas correctivas en sus hábitos alimenticios y me parece que esa es la tendencia actual de la mayor parte de la población. Sin embargo, creo que es tiempo de que todos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, nos concienciemos de que este problema no es solamente un asunto particular de nuestras arterias, ni de un grupo reducido de personas de edad: ha llegado el momento de entender que el consumo desmedido de carne es una grave amenaza para la humanidad.

Un nuevo informe de la FAO señala que la producción pecuaria es una de las causas principales de los problemas ambientales más apremiantes del mundo: el calentamiento del planeta, la degradación de las tierras, la contaminación atmosférica y del agua, y la pérdida de la biodiversidad. El informe estima que el ganado es responsable del 18% -un porcentaje mucho mayor que el del transporte- de las emisiones de gases que producen el efecto invernadero debido a la fermentación entérica y de óxido nitroso del estiércol, uno de los gases más nocivos entre los que generan el calentamiento global y cuyos efectos son 296 veces mayores que los del bióxido de carbono. Por otra parte, el pastoreo ocupa ya el 26% de la superficie terrestre y la producción de forrajes requiere cerca de una tercera parte del total de la superficie agrícola. Un 70% de los bosques amazónicos se usan como pastizales, y los cultivos forrajeros cubren una gran parte de la superficie restante. El número de animales criados para consumo humano también representa un peligro para la biodiversidad de la Tierra ya que el ganado constituye un 20% del total de la biomasa animal terrestre y la superficie que ocupa hoy en día era antes hábitat de muchas especies silvestres.

En este, como en otros temas, debemos ser conscientes de que nuestro propio bienestar no puede ir en contravía del bien común y que la salud del planeta requiere que modifiquemos muchos de nuestros hábitos. Con el incremento de la producción pecuaria en el mundo nos enfrentamos a una seria amenaza contra el medio ambiente, bombardeado ya de múltiples formas por el desmedido avance de la tecnología y el “progreso”. Varios gobiernos del mundo están legislando ya a este respecto. Por ejemplo, en la aplicación del estiércol a las tierras de cultivo y a los mismos potreros se debe tratar de reducir al mínimo la contaminación del agua, evitando utilizarlo cerca de los arroyos y pozos al igual que en aquellos cultivos de verduras y hortalizas que no requieran cocción. Y como éstas, otra serie de medidas encaminadas a disminuir los riesgos de esta actividad.

La solución no es acabar definitivamente con la ganadería, la porcicultura y hasta con la avicultura y convertirnos en vegetarianos a rajatabla. No. Pero es indudable que el tema del medio ambiente nos compete a todos y que debemos actuar con gran responsabilidad en todos los órdenes porque no hacerlo es un grave acto de inconsciencia. El mundo del mañana es el mundo que legaremos a nuestros hijos y nietos y su bienestar dependerá de lo que construyamos o destruyamos en este momento.



Para concluir, creo que no es descabellado afirmar que ese viejo enemigo del hombre, la carne, ha cobrado vigencia, y que su desmedido consumo representa un peligro evidente no solo para nuestra propia salud, sino también para la salud y para la supervivencia del planeta.

Ya no se trata de si podemos hacer algo para evitar el calentamiento global, sino, de si podemos darnos el lujo de no hacer nada.


Leonor Fernández Riva



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