lunes, 3 de octubre de 2011

Nobleza obliga


                                    


Siempre me ha parecido una gran prerrogativa haber podido disfrutar el entorno y los descubrimientos que han caracterizado  los dos últimos siglos. Por una parte, todas esas cosas amables que distinguieron al siglo XX: la calidez de la vida familiar,  la sencillez de las costumbres, un medio ambiente aparentemente indestructible, la seguridad de nuestras ciudades y una vida coloquial y  tranquila en la que casi todo era previsible.  Y luego, al aproximarse  y transcurrir el siglo XXI,   esa  sorprendente revolución de la tecnología y sobre todo,  de las comunicaciones que tornaron  más pequeño nuestro mundo, borraron las distancias, acercaron  a todos los seres humanos, dejaron sin piso   los correos tradicionales  y llenaron nuestra vida de información,  cultura y entretenimiento.


La computación no llegó  temprano a mi vida,  pero como suele ocurrir con ciertos amores tardíos, mi encuentro con ella fue absorbente, fascinante. Como muchas otras personas que ya pasan de los cincuenta, yo ignoraba  las ventajas que traería a mi vida adentrarme por los caminos de la computación. Tenía una especie de prevención ante esa nueva y desconocida tecnología. 

Cuando un hermano me aconsejó que estudiara computación para realizar con mayor facilidad mi labor de corrección de textos, lo escuché un tanto escéptica. Sin embargo, y pese a mis dudas,  acudí juiciosa  al instituto a recibir mis clases. Al observar mi envaramiento ante el computador, mi instructor  me tranquilizó: “ No tenga miedo de utilizarlo. Es  un aparato muy fuerte. Prácticamente tiene que cogerlo a golpes para que se dañe”.


Fue la última vez que dudé en utilizar esa maravilla. De allí en adelante  mi deslumbramiento por aquella nueva tecnología fue total. Mi querida máquina de escribir Olivetti quedó relegada a partir de ese instante.

Y desde ese momento mi vida cambió ciento ochenta grados. Primero me atrapó el Word. Era increíble poder escribir en el tipo de letra  y en el tamaño que yo escogía, borrar, copiar, cortar, pegar textos. Ya no necesitaba el papel carbón ni el antes indispensable liquid paper para borrar erratas. Podía archivar mis textos, retomarlos y trabajarlos en el momento en que quería. Las copias salían perfectas y al instante en la impresora adjunta. Nada que hacer: me entregué  incondicionalmente a esa nueva tecnología.

Pero aún me faltaba descubrir el Internet,  y cuando lo hice, mi arrobamiento fue total. No salía de mi asombro. Me preguntaba cómo  era posible consultar tantas cosas interesantes en Google y Wikipedia,  observar  por Terra cualquier lugar del mundo, recibir correos de todas partes en cuestión de segundos, comunicarme por Skype  gratuitamente y en cualquier momento con mis hijas y amigas residentes en el exterior; editar mis propios blogs (gracias a la asesoría desinteresada e inteligente de mi amigo Gabriel Ruiz),  estudiar variedad de cursos y participar  en conferencias a distancia; anunciar mis servicios de corrección, bajar música y libros y  publicar mis libros en Amazon; usar el Facebook y  el Twiter;  archivar mis fotos en Picasa,  ver videos y cosas interesantes en Youtube… Y lo más sorprendente: ¡todo gratis, completamente gratis!

¿Cómo no pensar, entonces,  con agradecimiento y admiración en la serie de genios que lograron que esta apasionante tecnología se desarrollara y pudieran disfrutarla  gentes del común como yo y como tantos otros? ¿Y cómo no volver la mirada hacia ese pasado remoto en el cual uno o varios hombres desconocidos originaron  esta historia?

Para llegar al origen de la computación debemos trasladarnos con los ojos de la imaginación al pasado remoto,  allá, en los albores de la historia.  


A medida que la vida del hombre primitivo se iba complicando, ya no le resultaban suficientes los dedos de las manos y los pies, ni las marcas en la tierra, ni las semillas para realizar sus trueques. Y tampoco le bastaban las piedras -de las cuales la palabra cálculo tomó su nombre-  para efectuar  de forma rápida sus cuentas.

 Y así,  hace aproximadamente cinco mil años  surgió  el ábaco, el artefacto más antiguo utilizado por el hombre  para realizar cómputos matemáticos. Se cree que el ábaco es originario de China,  donde el uso de este instrumento aún es notable al igual que en Japón,  país en el cual se sigue utilizando tanto en las escuelas como en la vida diaria.

Aunque parezca difícil de creer, en muchos casos los cálculos matemáticos efectuados con el ábaco son más rápidos que los realizados con una moderna calculadora electrónica, como quedó demostrado en una sorprendente competición ocurrida en Tokio el 12 de noviembre de 1946 entre el japonés Klyoshi Matsuzaki, del Ministerio Japonés de Comunicaciones, que utilizó un ábaco japonés, y el estadounidense Thomas Nathan Wood de la Armada de Ocupación de los Estados Unidos, con una calculadora electromecánica. Matsuzaki resultó vencedor en cuatro de las cinco pruebas. Perdió  solo en la prueba con operaciones de multiplicación.

 Y pasó el tiempo. Transcurrieron más de cuatro mil años antes del siguiente avance importante. El uso de los números romanos obstaculizó la invención de aparatos mecánicos de computación.  Luego, en el año 1200 de nuestra era  y con la aceptación de los números arábigos se favoreció el progreso pero no apareció ningún aparato mecánico de cálculo  sino muchos años después. En el interín hubo, por supuesto,  muchos intentos por mecanizar los cálculos matemáticos: Leonardo Da Vinci, por ejemplo, diseñó una sumadora mecánica cuyo funcionamiento no llegó a desarrollar. Pero es solo a partir del siglo XVII cuando la carrera hacia la computación electrónica se tornó imparable.

En el año 1617 John Neiper desarrolló los logaritmos. Este sistema proporcionó un método eficaz para abreviar los cálculos al convertir la multiplicación, la división, la potenciación y la radicación en simples sumas y restas. De ahí  también derivó la invención de la inolvidable y complicada  regla de cálculo.

Veinticinco años después, en el año 1642  Blaise Pascal inventó la  máquina de calcular mecánica, precursora de la computadora digital. Aquel dispositivo utilizaba una serie de ruedas  conectadas de tal manera que podían efectuarse sumas haciéndolas avanzar el número de dientes correcto. Veintiocho años después, en 1670,  el filósofo y matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz perfeccionó esta máquina e inventó una que también podía multiplicar.

Pero fue el  inventor británico Charles Babbage, ingeniero inglés del siglo XIX, profesor matemático de la Universidad de Cambridge e inventor de  una serie de máquinas tales como la máquina diferencial, diseñada para solucionar problemas matemáticos complejos,  quien elaboró entre los años1833 y 1842 los principios de la computadora digital moderna. Una de sus invenciones, la máquina analítica, ya tenía muchas de las características de una computadora moderna. Incluía una corriente o flujo de entrada en forma de paquete de tarjetas perforadas, una memoria para guardar los datos, un procesador para las operaciones matemáticas y una impresora para hacer permanente el registro. Si Babbage hubiera vivido en la era de la tecnología electrónica y de las partes de precisión seguramente habría adelantado el nacimiento de la computadora electrónica por varias décadas. Muchos historiadores consideran a Babbage y a su socia, la matemática británica Augusta Ada Byron (1815-1852), hija del poeta inglés Lord Byron, como los verdaderos inventores de la computadora digital moderna.

De allí en adelante los logros se sucederían: el teléfono por Alexander Graham Bell en 1876; la máquina de Hollerith diseñada para el censo de los Estados Unidos de 1880; la primera computadora que utilizó código binario, producida por Konrad Zuse en 1938; las Mark I, II, III y IV, en 1944; la Eniac, en 1945, para la cual el matemático Von Neumann propuso el sistema de numeración de base dos (binario) en vez del sistema tradicional, algo que sentaría las bases de la computación moderna.

En 1949 se construyó en la Universidad de Manchester, la Edvac, el primer equipo  con capacidad de almacenamiento de memoria. Sus dimensiones eran sorprendentes: ¡pesaba aproximadamente 7.850 kg y tenía una superficie de 150 metros cuadrados! Le siguió en 1951 la Univac, la primera computadora diseñada y construida para un propósito no militar.  Podía hacer sumas de dos números de diez dígitos cada uno, unas cien mil veces por segundo.


 Pero todo eso es ya es historia. Los vertiginosos cambios producidos luego en la computación  y la llegada del Internet han sido  vividos por muchos de nosotros: el primer disco duro de la IBM,  en 1956; la primera copiadora Xerox,  en  1958; la creación del mouse y los primeros juegos de video,  en  1962; la creación en los Estados Unidos de ASPARNET, con el fin de cubrir la comunicación en tiempo de guerra, en 1968;  la primera conexión internacional  y la primera microcomputadora de uso masivo, en 1972;  la fundación oficial de Microsoft  Bill Gates y Paul Allen,  en 1975; la fundación de  Apple Computers  por Steve Wozniak y Steve Jobs,  en 1976 y  en 1981 la creación de Lisa, de Apple,  la primera computadora con interfase gráfica y un mouse;   la Macintosh  de Apple,  en 1984,  y  en el mismo año el debut del  CD-rom y el Nintendo;  el desarrollo de Windows para IBM por Microsoft,  en1985; el supernintendo,  en 1990 y  en 1996,  los DVD…

  El desarrollo de la tecnología de la comunicación es asombroso y sería largo y tedioso seguir enumerando sus logros y sorprendentes creaciones, pero como no los quiero cansar (¿ya lo hice?!),  cierro esta lista con el asombroso  Ipad de la Apple, un dispositivo electrónico que se sitúa en una categoría entre un teléfono inteligente y una computadora portátil y  que nos permite no solo el uso del teléfono sino también el acceso al  entretenimiento:  películas, música, videojuegos,  libros electrónicos y  una capacidad de almacenamiento de libros  superior a la de la biblioteca de Alejandría.

 24 de agosto de 2011  Steve Jobs,  fundador de Apple  y creador de esta maravilla, dejaba su cargo debido a sus graves problemas de salud.  Fue esa una fecha triste porque con su retiro  se iba uno de los grandes talentos de nuestro tiempo;  un hombre complejo y contradictorio, pero con una inteligencia poco común. Steve Jobs, el genio que reinventó dos veces la computación y que creo una nueva generación de dispositivos móviles táctiles que enriquecieron nuestra vida,  falleció en su casa de California a las 3 de la tarde del 5 de octubre de 2011, a los 56 años, a consecuencia de un paro respiratorio derivado de las metástasis del cáncer de páncreas que le fue descubierto en 2004, por el que en 2009 había recibido un trasplante de hígado. Quienes somos amantes de esta tecnología extrañaremos las presentaciones espectaculares que daba Jobs tres o cuatro veces al año. Y extrañaremos también al personaje público. 

Pero Steve Jobs no era un robot,  y el día  de su fallecimiento debido a sus problemas de salud tenía que llegar. Será difícil reemplazarlo. Quizá imposible. Pero la historia nos demuestra que los seres humanos somos pasajeros y que el progreso y la tecnología no se detienen.

Hace solo cinco décadas, en 1943, Thomas Watson, presidente de la junta directiva de IBM, afirmó: "Creo que en el mundo hay un mercado para alrededor de cinco computadoras" (¡¡!!). Gracias a genios de la informática como Bill Gates, Steve Jobs, y muchos otros,  hoy podemos contar otra historia.

Día a día nuevas y maravillosas experiencias nos esperan en la web,  porque el  mundo de Internet es prácticamente infinito. Se dice que en la World Wide Web,  o Malla Mundial,   ochocientos millones de páginas esperan nuestra visita.  Si nos propusiéramos  leerlas dedicando a ese empeño una jornada laboral normal, pero sin festivos ni vacaciones,  tardaríamos veinte mil años. Así que mejor nos ponemos pronto a la tarea.

Aunque lo habitual es que nos olvidemos de quienes con su esfuerzo nos brindan bienestar y progreso, pienso que tal como solían decir  nuestros padres: “ nobleza obliga”, y que es apenas justo reconocer y agradecer  a tantos genios  su creatividad, talento y dedicación.


Esta columna ha sido un homenaje a Steve Jobs y a todos esos hombres, muchos de ellos anónimos -como ese  desconocido que inventó el ábaco-,  que de escalón en escalón,  a través del tiempo y las dificultades, nos han deparado con su  talento, creatividad, esfuerzo y perseverancia la maravilla siempre renovada de la computación y el Internet. Una maravilla sin la cual, a mí personalmente,  ya me sería difícil vivir. 

Amigos lectores, si  han tenido la paciencia de acompañarme hasta aquí, de seguro comparten como yo esta cautivante adicción por la Internet,  gracias a la cual pude hoy  llegar virtualmente hasta ustedes.  Así que solo me resta decir:  ¡Enhorabuena!


En este link puedes apreciar el  famoso discurso pronunciado por Steve Jobs en la Universidad de Stanford el 26 de febrero de 2009:




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