sábado, 31 de marzo de 2012

Newton, el alquimista



No sé lo que el mundo pensará de mí, 
pero a mí me parece ser tan solo un muchacho que juega en la playa y que se divierte al encontrar un canto rodado o una concha más hermosa que de ordinario, mientras el gran océano de la verdad yace ante mi completamente desconocido.
                                                         Sir Isaac Newton



Voy a hablarles en esta ocasión,  amables lectores,  de una faceta sorprendente  de quien es considerado por la ciencia como el  científico más grande de todos los tiempos:  Sir Isaac Newton. Un hombre que al  igual que Charles Darwin y Albert Einstein ha trascendido el ámbito académico para convertirse en una figura familiar aun para aquellas personas del común, como la que esto escribe, que nada tienen que ver con la investigación científica. 



Hace relativamente muy poco tiempo Newton pasaba por ser solamente el tipo serio de melena blanca en cascada  y cerebro octogonal que procreó el cálculo diferencial, la ciencia óptica y las leyes de la mecánica y la gravitación que cohesionaron el universo de la física hasta Einstein.

No obstante, la aparición hace cinco años de algunos  manuscritos  inéditos  conocidos por muy pocos después  de su fallecimiento para ser luego rápidamente ignorados ha causado desazón en los medios científicos.

Pero no, no vayan ustedes a imaginarse que aquellos manuscritos encierran algo  reñido con la moral o con las buenas costumbres.  No, amigos. Newton fue un hombre que no tuvo colaboradores, ni amigos, ni mujer ni amantes conocidas. En ese aspecto su vida es cristalina, o para decirlo más apropiadamente,   gris. Es más, hay  quien hasta asegura que se fue a la tumba tan virgen como había nacido.

Símbolo masónico rosacruzLo que tiene en ascuas al ámbito científico es comprobar esa gran pasión que sintió Isaac Newton por la teología y la alquimia,  aficiones a las que dedicó, aunque parezca increíble, mucho más tiempo y esfuerzo  que a la ciencia tradicional en su afán por entender y explorar el mundo natural y descubrir los entresijos del proyecto cósmico divino.


 Esta inclinación por la alquimia formaba parte de la convicción que Newton tenía de la existencia de un plan maestro en la naturaleza. Pensaba  que   la vía alquímica defendida por los rosacruces le aportaría el mecanismo para   desvelarlo y a ese propósito  utilizó   muchos de los conceptos del Themis Aurea del adepto rosacruz Michael Mayar.

Frases  como la que transcribo a continuación y  que parecen  obra de un desquiciado fueron escritas,  junto a miles de otras  por el estilo,  con el puño y letra de Isaac Newton en manuscritos que recién ahora empiezan a salir a la luz pública:
Nuestro esperma crudo fluye de tres sustancias, de las que dos se extraen de la tierra de su natividad por la tercera y después se convierten en una pura Virgen lechosa como la naturaleza obtenida del Menstruo de nuestra sórdida ramera. Estos tres manantiales son el agua, la sangre (de nuestro León verde totalmente volátil y vaciado de azufre metalino), el espíritu (un caos, que se aparece al mundo en una vil forma compacta, al Filósofo unida a la sangre de nuestro León verde, del que así se hace un león capaz de devorar a todas las criaturas de su clase...).

Estas retahílas indescifrables rebosan el hermetismo de una disciplina medieval cuyos adeptos revestían sus secretos de códigos para no revelar sus avances en el camino hacia la Piedra Filosofal, la sustancia capaz de transmutar plomo en oro y de curar al ser humano de sus dolencias; la panacea, el elixir de la vida. Cuando Newton hablaba de la "sórdida ramera", se refería a la estibina, el mineral del que los alquimistas extraían su "menstruo", el antimonio.

Discrepo, sin embargo, de la opinión negativa de algunos científicos al calificar de aberrante  la afición de Newton  por la alquimia y por el ocultismo, porque a mi parecer su interés por estas materias en vez de empañar su imagen  la rodea de un   misterio y un atractivo singular.

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La imagen que las personas comunes y corrientes hemos tenido siempre de Newton es la de un hombre sentado bajo un árbol  y golpeado por una manzana.   Y no estamos  muy desencaminados al imaginarlo  así porque ese  hecho aparentemente tan nimio y que para cualquier  otro mortal no habría tenido más connotación que el sobresalto causado por el impacto del fruto, se convirtió en la mente prodigiosa de Newton en el acicate  para iniciar una investigación  que daría como resultado uno de sus mayores logros y el motivo para ser mayoritariamente recordado: la ley de  la gravitación universal, más conocida como la Ley de la Gravedad.

 Esta  ley sostiene que la fuerza gravitatoria entre dos cuerpos (por ejemplo, entre la Tierra y la Luna) está relacionada a la masa de los cuerpos  y su distancia entre sí. Con este postulado científico, Newton fue capaz de dar explicación a los fenómenos físicos observables en el universo.

A pesar de que sus descubrimientos en los campos de la mecánica y la óptica fueron  superados en el siglo XX por Albert Einstein y  por Max Planck, a Isaac Newton se le sigue considerando la mente científica más portentosa de todos los tiempos.

Y no es para menos. En 1687 publicó el tratado científico más influyente jamás escrito:
Philosophiae Naturalis Principia Mathematica,  en el cual desarrolló un sistema dinámico basado en tres leyes del movimiento. Tres libros que contienen los fundamentos de la física y  de la astronomía escritos en el lenguaje de la geometría pura. La humanidad nunca volvería a mirar el universo como lo había hecho hasta entonces.

Como suele suceder con muchos genios, la niñez de Newton no estuvo marcada por ningún hecho inusual que hiciera presagiar su portentosa inteligencia. Nació en el seno de una familia de agricultores de Licolnshire (Inglaterra) en 1642. Era un muchacho enfermizo y  tímido,  y en un principio, más bien retrasado en sus estudios. Su madre quería dedicarlo a la agricultura pero él consiguió convencerla de que le permitiera estudiar,  y así,  a los dieciocho años ingresó en el Trinity College, plantel en el cual  se consagró al estudio de las matemáticas. En 1665 consiguió su grado de bachiller en artes sin ninguna distinción especial.


A mediados del verano de 1665 la Gran Peste cayó sobre Londres, y dada la proximidad al centro de la plaga, la Universidad de Cambridge a la cual pensaba ingresar Newton cerró sus puertas y éste se vio forzado a permanecer en casa de su madre durante  dieciocho meses. Una temporada sumamente fecunda en su vida,  porque en ese periodo  descubrió la ley del inverso del cuadrado y la ley de la  gravitación; desarrolló su cálculo de fluxiones; generalizó el teorema del binomio  y puso  de manifiesto la naturaleza física de los colores. Hacia 1666 descubrió los principios del cálculo diferencial e integral y durante el decenio siguiente elaboró  al menos tres enfoques diferentes de su nuevo análisis. En 1667 reanudó sus estudios en Cambridge.
En 1689 fue elegido miembro del Parlamento,  escaño que mantuvo   durante varios años sin mostrarse muy activo durante los debates. En este periodo de su vida se dedicó también  a construir telescopios, a  sus trabajos de química y  al estudio de la hidrostática y de la hidrodinámica. En 1696 fue nombrado Director de la Moneda; para ocupar ese cargo abandonó el puesto de profesor en el que había permanecido durante treinta años.


En 1703 fue elegido presidente de la Royal Society, institución en la que seguiría siendo  reelegido cada año hasta su muerte. Durante los últimos treinta años de su vida se consagró casi por entero a los estudios religiosos.


En 1705 fue hecho caballero por la reina Ana, como recompensa a los servicios prestados a Inglaterra. 


Newton gozó de buena salud hasta los últimos años de su larga vida, pero a principios de 1722 una afección renal lo tuvo seriamente enfermo durante varios meses y en 1724 se produjo un nuevo cólico nefrítico. En los primeros días de marzo de 1727 el alojamiento de otro cálculo en la vejiga marcó el comienzo de su agonía. Newton murió en la madrugada del 20 de marzo, tras haberse negado a recibir los auxilios finales de la Iglesia, consecuente con su aborrecimiento del dogma de la Trinidad. Tenía ochenta y cinco años. Fue enterrado en la abadía de Westminster en medio de los grandes hombres de Inglaterra.

A su muerte, todos sus documentos fueron heredados por su sobrina Catherine Barton; varios miles de papeles que encerraban  el mundo interior de uno de los mayores genios de la humanidad. En los años posteriores se publicaron las partes consideradas útiles, y el resto, la mayor parte de los documentos, fueron olvidados, ya que se consideró que podrían manchar el buen nombre y la fama intachable del gran sabio. 
Posteriormente, en el siglo XIX los científicos victorianos  descubrieron incómodos con qué rellenaba Newton los huecos de un cerebro donde aún le sobraba espacio después de encajarse el universo entero: la alquimia. Achacaron aquellos devaneos a  los efectos de trastear durante años y años con mercurio y decidieron que aquel pecadillo del mayor físico británico estaba mejor donde lo habían hallado: enterrado en el armario.

Pero, ¡sorpresa! Como se ha podido comprobar ahora, aquella afición no era simplemente un "pecadillo". Solamente una pequeña parte de aquellos manuscritos trata de la ciencia tradicional,  la mayoría  se enfoca  en  la alquimia, las profecías bíblicas y otros muchos asuntos teológicos. 

 En 1936, doscientos años después de su muerte,  la casa Sotheby's de Londres reabrió la caja de los truenos al subastar los papeles de Portsmouth, la colección de manuscritos inéditos de Newton que dormían en el archivo familiar de la única mujer a la que el físico misógino admitió en su vida: su sobrina Catharine Barton. Sin embargo, y pese a lo que pudiera pensarse, luego de la subasta no pasó nada y los manuscritos de Newton continuaron inéditos otros setenta años.


Pero hace cinco años la Royal Society de Londres –institución que un día estuvo  presidida por Newton- sacó sorpresivamente a la luz parte de ese archivo. Fue entonces incuestionable para todos  la dedicación de Newton a la alquimia y a la teología. Entre sus estudios alquímicos se encontraron profusión de temas esotéricos como la transmutación de los elementos, la piedra filosofal  y el elíxir  de la vida.
 El estudio de sus manuscritos  ha revelado que el verdadero Newton es el alquimista y el teólogo, pues  de estas disciplinas nacieron los métodos y motivaciones que luego utilizó para producir los Principia. Su dedicación al estudio de la alquimia y la teología ya no puede tenerse hoy día como algo menor en  su vida. Newton dedicó grandes esfuerzos a la alquimia,  a la vez que estudió profecías apocalípticas escritas en la antigüedad como llave para unir ciencia y religión y como medio para entender y explorar el mundo natural y descubrir los entresijos del proyecto cósmico divino. Esta inclinación por la alquimia formaba parte de la convicción de Newton de la existencia de un plan maestro en la naturaleza.  Su método para volver a recuperar el antiguo saber perdido se basaba en la experimentación y a la vez en el análisis de textos de la antigüedad, tanto alquímicos como teológicos.

Como dato curioso y en un momento como el actual en que existe tanta expectativa con respecto a las profecías mayas y otra serie de premoniciones con respecto al periodo del mundo en que vivimos y más concretamente al año 2012,  es interesante conocer que entre los manuscritos de Newton existe  uno en el que basándose en las profecías del  libro del profeta Daniel en el Antiguo Testamento  llega a la conclusión de que el fin del mundo  se producirá en el año 2060.

La mayor parte de estos estudios nunca se vieron publicados en vida de Newton, ni como ya dijimos, tras su muerte y esperan todavía un análisis en profundidad. Muchos fueron escritos solamente para estudio personal, ya que su publicación hubiera condenado sin duda a su autor por hereje, con temas tan delicados como la búsqueda de la piedra filosofal, las interpretaciones del Apocalipsis o la negación de la trinidad, llegando a identificar a la Iglesia católica con la Bestia del Apocalipsis.


La Universidad de Cambridge se quedó con los papeles científicos en 1872, el resto como ya lo hemos mencionado lo subastó Sotheby´s, sin mucha publicidad ni interés en 1936, quedando desperdigado por el mundo. Gran parte de estos escritos malditos los adquirió en esta subasta el gran economista John Maynard Keynes, quien tras estudiarlos los donó al Kings College de Cambridge, universidad a la que perteneció Isaac Newton. Multitud de otros manuscritos se encuentran en diferentes bibliotecas de Inglaterra y Estados Unidos, y los de temática teológica, muy denostados, se localizan principalmente en Israel, ya que fueron adquiridos por el erudito A.S. Yahuda quien los cedió a la Universidad de Jerusalén, tras el rechazo a hacerse cargo de ellos de varias universidades norteamericanas.

 A pesar de que es apenas ahora cuando comienza e investigarse seriamente este legado,  por lo que ya ha trascendido  podemos hacernos una idea más precisa de quién fue realmente Newton: un heterodoxo, bastante alejado de la visión racionalista idílica que nos dibujaron sus biógrafos y científicos de siglos pasados, sobre todo del XVIII.

Ante  testimonios tan irrefutables, el ámbito científico se ha visto obligado a reconocer que Newton no fue un científico jugando a mago en sus ratos de ocio, sino que fue, por encima de sus demás ocupaciones y en palabras de su biógrafo James Gleick: "el alquimista más completo y erudito de su época". Vale acotar que teniendo en cuenta sus grandes aportaciones a la ciencia los  académicos  han procurado juzgarlo con benevolencia y exculpar sus coqueteos con el ocultismo.  

El economista John Keynes  principal compilador de los escritos de alquimia del físico nos dice: “Sir Isaac Newton fue Copérnico y Fausto en uno. El primero de la Edad de la Razón y el último de los magos. El último de los babilonios y los sumerios. La última gran mente que miró al mundo visible e intelectual con los mismos ojos que aquellos que comenzaron a construir nuestro mundo intelectual hace menos de diez mil  años".

Me pregunto: ¿Estaba reñida drásticamente con la ciencia la afición de Newton a la alquimia? Pienso que no. Newton hizo una aproximación a estos estudios con la misma meticulosidad que demostró en su trabajo científico,  e hizo una aproximación a la ciencia con el fervor religioso que lo llevó a ser considerado una suerte de profeta.

Hoy sabemos  que los elementos químicos no son distintos en esencia, sino que todos están construidos con los mismos corpúsculos. Sólo tres protones separan el plomo del oro, así que  teóricamente es posible transformar unos en otros, como hacen los aceleradores de partículas o los reactores nucleares. Los científicos han producido diamantes a partir de cenizas humanas, de residuos orgánicos e incluso de tequila. En 1941 se transmutó por primera vez mercurio en oro mediante bombardeo de neutrones...

 Entonces: ¿Desencaminado o adelantado a su época?

Sir Isaac Newton descansa en la abadía de Westminster, en la Cámara de Jerusalén en la que tantos reyes fueron coronados. En 1731 se erigió un monumento en su tumba. En él aparece reclinado junto a una mujer sentada y llorando  que representa a la Astronomía,  la reina de las ciencias. 

Leonor María Fernández Riva
Aquí descansa
Sir ISAAC NEWTON, caballero
que con fuerza mental casi divina
demostró el primero,
con su resplandeciente matemática,
los movimientos y figuras de los planetas,
los senderos de los cometas y el flujo y reflujo del Océano.
Investigó cuidadosamente
las diferentes refrangibilidades de los rayos de luz
y las propiedades de los colores originados por aquellos.
Intérprete, laborioso, sagaz y fiel
de la Naturaleza, Antigüedad, y de la Santa Escritura
defendió en su Filosofía la Majestad del Todopoderoso
y manifestó en su conducta la sencillez del Evangelio.
Dad las gracias, mortales,
al que ha existido así, y tan grandemente como adorno de la raza humana.
Nació el 25 de diciembre de 1642; falleció el 20 de marzo de 1727.

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