domingo, 22 de julio de 2012

LAS PÓCIMAS DE LA INMORTALIDAD


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LAS PÓCIMAS DE LA INMORTALIDAD


Se fueron el padre, la madre, el amigo, el amante, el hermano; se fueron también el enemigo y el indiferente. Murió la vecina de los cabellos claros y el viejecito que detrás de la  ventana frontal de su pieza contemplaba con aire absorto y cansado la lenta sucesión de los crepúsculos postreros. Se fue para siempre nuestra querida mascota. Murió el canario entre las zarpas  de un gato pirata de la vecindad. Pero la cotidiana existencia continuó como si nada.

El dolor vive en cada cual, como una atmósfera ineludible, en su doble condición de bruma nostálgica y premonitoria fatalidad. Sabemos que tarde o temprano correremos la misma suerte de quienes nos precedieron en la partida;  que cada día que pasa la distancia se acorta y se reduce en sus equívocas proporciones, acercándonos a quienes se nos anticiparon. Y sin embargo, muy dentro de nosotros mismos nos negamos a aceptar esa realidad. Nos gusta pensar que la muerte es algo opcional; algo que no nos sucederá. Llevamos impresa en nuestra alma el ansia de inmortalidad. Todos, de una u otra manera, estamos influenciados por esa esperanza, aunque a veces no tengamos conciencia de ello.
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Éstas, y muchas otras  reflexiones, vinieron a mí luego de leer el ensayo de una compañera de taller en el que se trasluce ese temor inherente de los seres humanos por la vejez, la enfermedad y la muerte, tres grandes sufrimientos del hombre que propiciaron el despertar espiritual de Buda.

A través de los siglos la ciencia, la alquimia y  la hechicería se han empeñado en encontrar las fórmulas milagrosas para prolongar la juventud, recuperar la salud y retardar la muerte. Los progresos logrados últimamente por la ciencia en estos aspectos de la existencia humana son tan grandes y sorprendentes que a veces me pregunto si esas tres causas de sufrimiento del ser humano seguirán vigentes  indefinidamente. En lo que toca a la muerte la ciencia no solo ha logrado retardar su llegada sino que ya hasta se está planteando si existe un límite biológico para la vida o si la mejora de las condiciones de vida llegará algún día a derrotar el envejecimiento y postergar por muchos años la tan temida hora postrera.

 Michael Rose, profesor de Biología Evolutiva de la Universidad de California e          investigador de los genes responsables de la longevidad, acaba de publicar con otros colegas un artículo polémico en el que plantea que hemos llegado a un nuevo estadio de la evolución de la especie.

La polémica surge porque, en teoría, la supervivencia máxima de una especie es algo predeterminado biológicamente y en ella nada influyen por tanto  las mejoras de las condiciones materiales de vida que pretenden retrasar la mortalidad. Lo que sabemos al respecto es que la máxima longevidad de cada especie viva está determinada por su patrimonio genético: una mosca vive tres días; un ratón, tres años; una ballena azul, ochenta años; una secuoya, cuatro mil años; una tortuga marina, doscientos  años; y una persona –si nos atenemos al testimonio de Jeanne Calment, la francesa que ostenta el récord de mayor longevidad humana demostrada-, 122 años. Empero, Rose y sus colegas postulan precisamente lo contrario: que las condiciones actuales del mundo en que vivimos  pueden estar modificando los determinantes  genéticos y propiciando una duración de la vida más allá de los límites establecidos hasta ahora por la naturaleza.

Ilusionados con tan prometedora premisa, todos, de una u otra manera, hemos ido paulatinamente ingresando en esa ilusoria carrera hacia la inmortalidad. Día por día los incautos aprendices de inmortales continuamos añadiendo nuevas y sorprendentes pócimas alquimistas a la dieta cotidiana e introduciendo un sinfín de normas y preceptos a nuestra, hasta hace tan poco, disipada y desprevenida existencia.


Como tengo una hija que distribuye medicamentos naturales, algo conozco de la variedad de vitaminas y remedios de toda clase que en forma de pastillas, inyecciones, malteadas, jaleas, elíxires, polvos, esencias y demás presentaciones se ofrecen al público para calmar, prevenir y curar todo el espectro imaginable de las dolencias y problemas de salud, y para adelgazar y conservar la juventud y belleza indefinidamente. Que estitos alimentos aumentan el colesterol bueno; que estotros, el malo; que ocho vasos de agua al día; que si la fibra; que cero gaseosas; que azúcar idem;  que el café hace daño; que la sal poquita y de lejitos; que jugo de piña con avena para la digestión; cloruro de magnesio para las articulaciones; omega 3 para arterias nítidas; glucosamine para mantener eternamente jóvenes nuestros cartílagos; vitamina E para detener las arrugas y preservar la cada vez más escurridiza líbido; gotas de esencia floral para vencer la depresión… Y al fin algo agradable: una copa de vino tinto diariamente para potenciar todo lo anterior. La lista es larga y crece día a día.

Debemos levantarnos de madrugada para caminar de prisa por caminos desolados;  forzar nuestra reacia garganta con afrecho y espantarnos ante la vista de un huevo frito; bañarnos en agua bien fría; desayunar frugalmente; desterrar definitivamente de nuestra dieta los suculentos platillos criollos y los deliciosos potajes de la abuela (ya el cuerpo no está para esas licencias); aficionarnos a los sustanciosos jugos de apio, perejil y berenjena y comer diariamente en ayunas un ajo crudo, aunque de vez en cuando nos preguntemos extrañados por qué ya no desean conversar con nosotros  nuestros  antes inseparables amigos. Todo con la esperanza piadosa de que la muerte echará una mirada a nuestras arterias limpias y a nuestros firmes músculos abdominales y buscará una víctima más fácil.


El país del Sol Naciente ostenta el primer puesto en las tablas de longevidad del planeta y por este motivo  se ha puesto de moda imitar el régimen alimenticio de los japoneses, pero su expectativa de vida -si bien alta- no difiere mucho de la de otros países industrializados: setenta y nueve años para los hombres, ochenta y seis para las mujeres. Al final del sendero todos acabamos diciéndole adiós a esta vida. Por diferentes causas, es cierto, pero más o menos a la misma edad.

En los Estados Unidos se llevan a cabo periódicamente interesantes estudios entre personas  con diferentes hábitos tanto en su alimentación como en su ritmo de vida. Los resultados en algunos casos han sido paradójicos. Sucede que lo que es bueno para una cosa no lo es tanto para otra. Robin Motz,  de Columbia University,  señala en algunas investigaciones una relación entre niveles bajos de colesterol con el cáncer del colon. “ Es poco usual, dice,  encontrar una enfermedad cardiológica seria y un cáncer del colon en el mismo paciente”. En una publicación de hace unos años se afirmaba que un colesterol muy bajo podía llegar a causar cáncer del colon. Los médicos coinciden, desde luego, en que gente gorda que tiene presión arterial elevada y una historia familiar de casos de dolencias del corazón debe bajar su ingestión de colesterol, pero no todos los facultativos recomiendan esta fórmula para gente sana. Esto no indica,  por supuesto, que se puede descartar toda precaución y hartarse de colesterol. Tal vez una dieta sana no nos hará vivir más tiempo, pero de seguro nos hará vivir mejor.
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En cierta ocasión la gran escritora Dorothy Parker repuso a alguien que aducía que sus cuentos cortos eran demasiado tristes: “Hay miles de millones de personas en nuestro mundo y la historia de ninguna tendrá un happy ending”. Somos todos víctimas de un chiste real. Cuando llegas a los setenta o a los ochenta, algo se apodera de ti.

 Es inevitable. Algo te espera y te hará morir. El reloj simplemente se para. Los científicos, no obstante, continúan intentando doblegar a la temida mensajera y postergar sustancialmente su visita. Aunque muchas de las veces los experimentos humanos resultan atemorizantes e impredecibles es probable que algunos de nosotros seamos testigos de insólitos descubrimientos genéticos.  En los últimos dos siglos y medio la esperanza de vida al nacer ha pasado en los países desarrollados de menos de treinta a ochenta  años. Después de todo, quizá no resulte tan utópico imaginar que en un futuro impredecible nuestros nietos, o nuestros biznietos podrían no morir jamás.

Deduzco, sin embargo, que para la mayoría de nosotros las fórmulas mágicas para lograr la longevidad extrema y vencer a la Parca no llegarán a tiempo, y por lo tanto pienso que todos aquellos que deseen alcanzar (o superar) los actuales índices de longevidad  deben procurar seguir fielmente la larga lista de recomendaciones e ingerir con acuciosidad las pócimas milagrosas ya enunciadas. Y las que sigan apareciendo.

En lo personal y como he descubierto que prácticamente todos mis gustos, pero especialmente los gastronómicos están catalogados como peligrosos  para la buena salud y como no me atrae para nada la posibilidad de llegar a los ciento veinte años o peor aún, competir con la inmortalidad de la medusa Turritopsis nutricula, me contento con poner en práctica la receta del controvertido ministro francés Fouchet a quien cuando le preguntaron cuál creía era el secreto para alargar la vida, respondió rotundo: “No acortarla”.


       Leonor Fernández Riva





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