domingo, 2 de mayo de 2010

La opinión de Leonor

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La noche que Thomas Eliot escribió:


Miércoles de Ceniza

Leonor Fernández Riva

La ventana, en la noche, con su luz interior, semeja una hornacina empotrada en el muro exterior de la vivienda. A lo largo de la calle en sombras, es la única iluminada. Una lámpara de pantalla baja, amortigua el resplandor excesivo. Al pie, con un libro entreabierto entre las manos, medita un hombre.
Sobre la mesa de trabajo, una máquina de escribir y una ringlera de estilográficas estratégicamente colocadas al alcance de la diestra, aguardan órdenes. El hombre fuma, la cabeza inclinada sobre el pecho. Un imperturbable reloj divide la hora en cuatro porciones iguales. En los nichos de la habitación se alinean docenas de volúmenes cuya unidad rompen a trechos, una Venus de terracota, un velero, una estilizada figurilla de la India.
El hombre interrumpe su meditación y toma varias cuartillas en blanco. Con la pluma traza los primeros renglones. Los caracteres son precisos y finos. Obedecen a un poderoso ritmo interior, pero una profunda incertidumbre lo domina. Por algún secreto motivo las ideas no afloran esa noche con claridad; las palabras se escurren con rapidez, por la maraña de sus pensamientos como pequeñas víboras emboscadas a medias.
Acechadas por el fantasma del escepticismo las ideas y palabras van y vienen cual mariposas fugitivas:



Porque no abrigo esperanzas de volver otra vez
Porque no abrigo esperanzas
Porque no abrigo esperanzas de volver
Ansiando el donde este hombre de este otro sus andanzas
no lucho por llegar hacia esas cosas
(Por qué no ha de abrir el halcón sus alas ya andrajosas?)
Por qué he de lamentar el perdido poder del reino usual?
Porque no abrigo esperanzas de conocer otra vez
la cierta hora de tan incierta gloria
y porque no pienso así
y porque sé que no conoceré
la única veraz potencia transitoria
puesto que he de beber, ahí
donde florecen los árboles y las vertientes fluyen,
porque otra vez no hay nada.


Detrás de los vitrales, abiertos, se vislumbran las innumerables burbujas luminosas de la gran ciudad. Entre sus manos nerviosas, el escritor ha estrujado sucesivas cuartillas, arrojándolas en el cesto de alambre que recoge las ideas desechadas. Cada cuartilla, escrita con lenta selección del vocablo, elegido entre una treintena de palabras que se agolpan a la portezuela de su memoria, como un rebaño de ovejas en la trampa del aprisco, ha sido producto de una experiencia vivida o ayudada a vivir, por las lecturas, las reminiscencias, los paisajes, las creencias, las dudas y hasta los íntimos fracasos:
Porque yo sé que el tiempo es siempre tiempo
y que el lugar es siempre y solamente un lugar
y que lo que es actual lo es solo en cierto tiempo
y para un solo lugar
me alegro que sean así las cosas
y renuncio a la vez
a la sagrada faz y también a la voz
Entonces, como no me es posible pensar que he de volver
me regocijo al tener que construir algo que me proporcione regocijo


Empero, las ideas no logran su sedimentación habitual. El escritor atribuye su volatilización, al exceso de café y de tabaco. Se acerca a la ventana, entreabre sus hojas y se apoya en los hierros del balcón para aspirar el frescor de la noche. La brisa nocturna llega por el callejón y le enfría las sienes. Piensa y medita, largamente, revisando su vida como un álbum de estampas, alegres unas, fúnebres otras, sorpresivas todas. En su meditación se desdoblan imágenes, personas, emociones, ensueños. Cruzan fugazmente por su memoria, puestas de sol y amaneceres, rincones boscosos y callejuelas retorcidas, arcos de puentes, ojivas de catedrales. Evoca rostros alguna vez queridos, barridos por el olvido y por el tiempo. Los rostros y las nubes pasan amasados en una misma fatiga.
Una medrosa sospecha lo asalta. Acaso no sea cierto lo que cree. Acaso ya no tenga nada que dar de todo cuanto ha visto. Acaso… Canta un gallo lejano. Un niño llora en una casa vecina. El poeta, aspira largamente el humo de su cigarro; cierra los cristales y cabizbajo y taciturno y concluye el poema:


Y ruego a Dios nos tenga misericordia
Ruego que nos haga olvidar
estos asuntos que originan en mi tanta discordia
ya que los he discutido y me los he explicado demasiado
Porque no abrigo esperanzas de volver otra vez
que estas palabras respondan
por lo que ya se ha hecho que no se hará otra vez
y que se nos juzgue con misericordia
porque con estas alas no es posible volar
son simples abanicos y para abanicar
un aire seco ya y muy reducido
más seco, más reducido que la voluntad
enséñanos a sentir y a prescindir,
danos tranquilidad.
Ora por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte.
Ora por nosotros por ahora y en la hora de nuestra muerte.


Cali, Febrero 2010

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                                                                                         Leonor Fernández Riva
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                                                      Javier Fernández Riva, mi hermano

                                                                                                                                                                          ***
http://poodwaddle.com/worldclockes.htm



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                  Miedo ambiente:
                                          Apocalipsis ahora

                                      Artículo publicado en el Diario Occidente el 13 de abril de 2008

El hombre, al igual que Dios, tiene la potestad de crear cielos o infiernos, pero a diferencia de Dios, al hombre le toca vivir en los infiernos que crea.
Nietzsche



Los pasados cuatro y cinco de abril tuvo lugar en Cali el dieciocho encuentro de Confraternidad Médica organizado inteligente y generosamente por el doctor Adolfo Vera, director de la Fundación Humanismo y Medicina, quien se propuso en esta ocasión y bajo el enunciado “Miedo Ambiente”, concienciar a los asistentes sobre el delicado presente y futuro de nuestro planeta. Un evento al que tuve el privilegio de asistir y que dejó en mí, al término del mismo, muchas más preguntas que respuestas. Esta circunstancia personal, que para algunos puede parecer una velada crítica, es precisamente una de las características más apreciadas e importantes para mí en este tipo de programaciones.

A través de dos maratónicos y fecundos días los asistentes fuimos enterándonos gradualmente de los graves problemas de salud que afronta la Madre Tierra y por supuesto, de la difícil supervivencia de la Humanidad toda en un futuro inminente.Iniciando con la “Incómoda verdad”, de Al Gore y los cuadros llenos de color de Thereza Negreiros, quien expuso una dramática Amazonia en llamas, los conferencistas invitados fueron progresivamente compartiéndonos vivencias y realidades desconocidas para muchos de nosotros y llenando nuestro espíritu de un cúmulo de inquietudes… y sanos propósitos.

La tentación peligrosa, por ejemplo, de volver, pese a nuestros años y seguramente con una osteoporosis incipiente, a dirigirnos a nuestras actividades diarias pedaleando una bicicleta; el naciente pero auténtico temor a descubrir un nuevo lunar en nuestra epidermis, o exponernos, así sea en los recorridos habituales del día a día, a ese enemigo de la piel tersa y de la juventud en que se ha convertido el antes adorado y pacífico sol; la aprensión a tomar un inocente vaso de agua; el remordimiento de enturbiar este precioso líquido -cada día más escaso- que, según todos los panelistas, será muy probablemente causa de la tercera guerra mundial; los escrúpulos difícilmente superables de volver a comer un bistec, un embutido o un pollo después de observar el martirio sin cuento a que son expuestos los protagonistas de estas otrora deliciosas pitanzas; la preocupación impotente por la sobrevivencia de las ballenas, esos magníficos mamíferos marinos, algunos de los cuales llegan a medir treinta y cinco metros de largo y pesar hasta doscientas veinte toneladas; mucho más grandes que cualquiera de los míticos dinosaurios y cuyo cautivante canto, como se ha demostrado científicamente -según nos explicó el doctor Jorge Reynols-, logra ser escuchado de un polo a otro de la Tierra. Animales maravillosos a los que la voracidad del hombre tiene al borde de la extinción.

Y así, sucesivamente, temas variados, interesantes… apocalípticos: deshielo y catástrofe; plagas y enfermedades del nuevo milenio; crueldad para con los seres vivientes; contaminación de los mares; aire que envenena; destrucción de la Amazonia; calentamiento global… No pude menos que reflexionar, como Schopenhauer, en que “el depredador se ha ido tornado demasiado eficiente y está terminando con su fuente de subsistencia”.

Pero en este magnífico y enriquecedor encuentro de Confraternidad Médica y preservación del medio ambiente, no todo fue admonitorio. En tan estupenda organización se había previsto también y muy especialmente, refrescar nuestro compungido espíritu con excelentes y relajantes intervenciones artísticas. Música, teatro, poesía… el papel del pensamiento y la escritura frente a la hecatombe del “miedo ambiente”. Un regalo para el espíritu que los presentes disfrutamos con inmensa fruición. Creo poder asegurar que todos quienes asistimos a este evento nos tornamos al término del mismo mucho más ecológicos y responsables en cuanto a nuestro entorno y en cuanto a nuestra actitud frente a todos los seres vivos.

Y ahora, ya de nuevo en nuestra cotidianidad, pero enterados del ominoso destino que se cierne sobre la Humanidad, no nos queda más que intentar contribuir en la medida de nuestra capacidad a retrasar lo más posible su casi inevitable destino. Porque, ¿hay acaso escape? ¿Se pueden volver atrás las manecillas de la destrucción, la contaminación y el calentamiento, o habremos llegado ya al punto del no retorno?

Como bien lo planteó Andrés Hurtado en su amenísima intervención: lo conducente sería detener el progreso, dejar las cosas como están, no seguir depredando la naturaleza y enrareciendo el medio ambiente. Pero, ¿es acaso esto posible? Para que lo fuera, sería necesario un mundo unido con un pensamiento y un ideal común, y bien sabemos que hoy más que nunca el mundo se encuentra enredado en mil pequeñas diferencias, de etnias, de credos, de razas, de pueblos, de filosofías, de nacionalismos y sobre todo, de materialismo y egoísmo.

Imposible volver atrás, imposible detenernos. El progreso y la ciencia son similares a un camión que transita sin frenos hacia un precipicio. No puede detenerse. Como bien lo expresaba el gran maestro Vivekananda “lo que el hombre llama progreso es solo la multiplicidad de los deseos”. Y la sociedad actual es víctima voluntaria de miles de deseos. Estamos viviendo una época esencialmente materialista y derrochadora y nadie está dispuesto a sacrificar la consecución de sus apetencias, ni su comodidad o bienestar por el bien común. El panorama es pues, sombrío.

Y sin embargo, quiero tener fe en la capacidad de supervivencia de la especie humana, en su reacción oportuna y salvadora antes del colapso final. Es a nosotros, entre los millones de seres que han poblado la Tierra a quienes nos tocó enfrentar este momento y debemos hacerlo con valentía y sinceridad. Voy a terminar estas reflexiones con unos palabras de Nietzsche:

“Aun cuando el futuro no nos permitiera esperar nada, nuestra extraordinaria existencia en este “ahora” concreto, esto es, el hecho inexplicable de que sea precisamente hoy cuando vivimos a pesar de que existió un tiempo infinito para nacer, de que no poseemos nada más que un interesante y largo “hoy” , debe llevarnos a buscar la razón y el fin de que hayamos nacido justamente en este momento”



                                                                                   .*****











Zancadillas a la paz

En todo proceso de paz, tiene que existir perdón y olvido, y cierto grado de impunidad, de lo contrario, la paz se torna inalcanzable. Desmond Tutu


El tema de moda en la política colombiana (¡quién lo duda!) es el juicio de los jefes paramilitares. Y en medio de este hecho que conmociona el país, ha sucedido algo insólito y no se trata como pudiera pensarse de los escándalos de la “parapolítica” sino más bien de la forma en que se está tratando de hacer zancadilla a uno de los actos más valientes y corajudos en la historia de la democracia colombiana.

Como en los días sangrientos de la revolución francesa, todos los días ruedan cabezas; hay sed de venganza y de protagonismo. Ante la avalancha de circunstancias que ha desencadenado un proceso tan inédito en el país como es el de la entrega y juicio público de los jefes paramilitares nadie parece caer en cuenta de lo admirable que resulta ver sentados en el banquillo de los acusados a Mancuso, a don Berna y otros jefes paramilitares ¡y desmontada casi completamente la maquinaria paramilitar! Algo verdaderamente increíble hace solo unos pocos años.

Y no obstante, gracias a las estratagemas de la oposición, esta asombrosa circunstancia pasa casi completamente desapercibida; no se le ha dado su cabal trascendencia, y menos aún se otorga al Presidente Uribe y a su gobierno el crédito que tanto se merecen por haber tenido la valentía de enfrentar una realidad complicada y ciertamente difícil de resolver con cabal justicia, pero absolutamente necesaria de enfrentar en nuestro país.

En esta especie de “cacería de brujas” en la que funcionan más la revancha y el deseo de protagonismo que el sentido de patria, se quiere llevar al banquillo inquisitorial hasta al más pequeño de los ganaderos; a esas grandes víctimas de la violencia, que cercadas entre el fuego cruzado de la guerrilla y los “paras” debieron escoger el mal menor y apoyar a quienes les parecieron en su momento, menos criminales. Mañosamente se quiere hacer olvidar que el campo colombiano fue hasta hace muy poco (y en algunas partes continúa siéndolo) una víctima acosada por la guerrilla en una época en la que el Estado no podía ofrecerle ninguna garantía de seguridad.

Es saludable recordar la historia, y un ejemplo viene muy bien al caso: durante la Segunda Guerra Mundial prácticamente toda Alemania apoyó a Hitler, pero en el momento de la rendición, los Aliados debieron perdonar forzosamente a todo el ejército y hasta a algunos generales, y desde luego, a la población entera por involucrada que ésta estuviera en el conflicto. No tenía caso tratar de enjuiciar y encarcelar a todos los simpatizantes de Hitler.

Tal como van las cosas, este proceso más que de Justicia y Paz, parece de retaliación y venganza. Y tomarlo en esa forma, es una gran equivocación. Ya lo dijo Desmond Tutu en su visita a Colombia: “En todo proceso de paz, tiene que existir perdón, olvido y cierto grado de impunidad, de lo contrario la paz se torna inalcanzable”. Desde luego, una impunidad total es inaceptable y los violentos tendrán que afrontar como es apenas natural la consecuencia de sus actos.

Pero lo verdaderamente lamentable de esta situación que se está viviendo actualmente con el juicio de los jefes paramilitares es que ahora sí se puede afirmar casi con absoluta seguridad que la paz con las FARC solo será posible por la vía de las armas porque es de todo tipo de vista hipotético que “Tiro Fijo” (si es que todavía existe), el Mono Jojoy, el Negro Acacio y compañía se entreguen voluntariamente para ser procesados y condenados en un juicio completamente rígido, visceral y vengativo.

Pero si algún día, ocurre ese milagro, y les tenemos a todos sentados esperando el juicio de la historia, sería bueno observar si aquellos congresistas que se muestran hoy tan beligerantes y rígidos para juzgar a los paramilitares llegan hasta el fondo de los miles de crímenes de la guerrilla y se preocupan también por perseguir, enjuiciar y condenar hasta al más pequeño de los agricultores y ganaderos que se hayan visto obligados a pagar boleteo y contribución “voluntaria” a la guerrilla; sin descartar tampoco a las decenas de secuestrados que al pagar incruentos rescates, colaboran también aunque sea involuntariamente, con el accionar criminal de las FARC.

Aunque nos cueste reconocerlo, la única forma de alcanzar la paz y la reinserción de los violentos será brindándoles una nueva oportunidad y eso lo saben muy bien Gustavo Petro y Navarro Wolf que disfrutaron del armisticio que se hizo con el M19 y están hoy, no solamente reinsertados a la vida pública sino también convertidos en reconocidos congresistas y posibles candidatos a Presidentes de la República. El cáncer de la guerrilla y la metástasis de delincuencia, paramilitarismo, sicariato, narcotráfico y corrupción a todo nivel que su accionar violento y criminal de tantos años ha causado en nuestro país no será posible de erradicar sino asumiendo una actitud generosa e inteligente. Una posición verdaderamente patriota en este momento es respaldar al Presidente en su valerosa y admirable gestión y ayudarle a encontrar el camino de la reconciliación y de la paz. Ojala prime el buen juicio y Colombia logre llevar a cabo con éxito un primer paso tan importante para la paz como es el difícil proceso de reinserción paramilitar.




La obsecuente recadera de las Farc




Decir astuto es lo mismo que decir mediocre. Donde solo hay astucia, necesariamente hay pequeñez.
Víctor Hugo


Que en Colombia suceden las cosas más sorprendentes del mundo está ya demostrado hasta la saciedad. No obstante, siempre tendremos nuevos e inauditos motivos para sorprendernos. Eso, por ejemplo, es lo que ha sucedido con Piedad Córdoba, la mujer del turbante que ha ido escalando posiciones en estos últimos años con innegable inteligencia y con una bien lograda plataforma política y demagógica. Su oposición sistemática y su odio visceral, racial y de clase contra Álvaro Uribe, el presidente legítimamente elegido por la mayoría de los colombianos la llevaron, meses atrás a decir en un encuentro de partidos de izquierda realizado en México: “Cualquier gobierno progresista tiene que cortar relaciones diplomáticas con Colombia”. Actitud sin nombre por la que fue juzgada en el Congreso Nacional como traidora a la patria.No contenta con tan incalificable proceder forjó una alianza repugnante y destructiva con el enemigo número uno de Colombia, el chafarote que funge de presidente en Venezuela, quien ya se cree con autoridad para intervenir en la política interna de nuestro país y quien en un alarde de fuerza, demencia y prepotencia digno de su condición de engreído dictadorzuelo envió sus tanques de guerra y su ejército a la frontera colombiana.Mientras, por una parte, lucra del Estado colombiano, por otra, confabula arteramente con quienes intentan destruir la democracia.


Viaja alrededor del mundo con sorprendente holgura económica; aprovecha la situación innegable de pobreza y necesidad de muchos sectores -originada sobre todo por la violencia terrorista que los grupos de izquierda solapan con siniestra mala fe- para encontrar entre ellos adeptos a su mensaje fácil y demagógico; acude a todos los foros internacionales en donde no ceja en su actitud irracional de ensuciar la imagen de Colombia; visita las universidades, pero no para propiciar en esa juventud inconforme y ávida de ideales la motivación hacia el esfuerzo y el estudio, únicas formas de superarse y convertirse en buenos colombianos, sino para inducirla en forma por demás descarada y cínica a la insurgencia, la anarquía…y el fracaso.Nadie, excepto la guerrilla, ha sacado más provecho de los secuestrados que Piedad Córdoba. Con su cuento de Acuerdo Humanitario tiene sometidas por el dolor y la desesperanza a decenas de familias que padecen la tragedia de este crimen sin nombre de la guerrilla y que se aferran a ese frágil hilo de ilusión que ella sabe manejar con tanta destreza porque perciben que tiene excelentes relaciones con la guerrilla. Pero desconocen –o se niegan a reconocer- que la liberación de los secuestrados es la plataforma que utiliza la Córdoba para hacer politiquería barata y para quemar prensa y destacarse.

De esta manera y con absoluta frialdad y astucia la hábil senadora manipula el dolor y desesperanza de tantas familias en su propio beneficio.Con bombo y platillo ha promocionado las pírricas liberaciones en las que se ha visto involucrada, liberaciones que si se siguieran dando como hasta ahora en número de doce por año necesitaríamos más de siglo y medio para liberar a todos los secuestrados.Impulsa el Acuerdo Humanitario pero lo que calla ante la opinión nacional y mundial es que el secuestro es un crimen de lesa humanidad; que la liberación de los secuestrados no es un favor ni un acto heroico, y mucho menos una muestra de altruismo de las FARC y que su liberación es una obligación. No dice tampoco Piedad Córdoba que los guerrilleros prisioneros en las cárceles colombianas gozan de todos sus derechos, que pueden ser visitados por sus familiares, que disponen de un ambiente aceptable en sus celdas, en sus condiciones de vida, de salud y de alimentación y sobre todo, que disfrutan de absoluta libertad para denunciar cualquier clase de abuso, contrariamente a lo que sucede con los secuestrados de quienes la guerrilla ni siquiera se preocupa por dar pruebas de supervivencia.Para nadie es ya un misterio que la senadora está íntimamente vinculada con las FARC cuyo accionar no tiene ninguna razón de ser porque en Colombia gozamos una de las democracias más representativas del continente al frente de la cual hay un Presidente ejemplo de patriotismo, trabajo, inteligencia y valentía. Un mandatario que no es, como se ha querido propalar, un Presidente solo para la guerra pues con admirable energía se ocupa también del desarrollo y de los problemas sociales del país; cuyos admirables consejos comunitarios han tratado de imitar sin éxito otros mandatarios de la región; que tiene una favorabilidad del 75 % de los colombianos y que ha reivindicado las palabras trabajo y eficiencia para el ejercicio de la Presidencia y de todas las áreas de gobierno.Claro, hay que reconocer que no solo Piedad Córdoba sino también muchos políticos e intelectuales en el país se hacen de la vista gorda ante los crímenes sin nombre de la guerrilla y que no la condenan o denuncian como sería lo lógico en una democracia que tiene cauces legales para promocionar cualquier grupo político y toda clase de ideas políticas.


Ignorando el dicho popular “quien calla otorga” guardan cómplice silencio ante las innumerables atrocidades de la guerrilla mientras maquiavélicamente aumentan con lupa cualquier falla del Gobierno. Y así, los campos colombianos se siguen poblando de minas quiebrapatas, los niños y campesinos continúan siendo cruelmente mutilados; las matanzas de civiles, campesinos e indígenas se siguen realizando con aterradora regularidad; los atentados contra la población civil y contra la estructura del país se siguen produciendo a vista y paciencia de quienes no se dignan elevar sus voces para decirle al mundo la verdad sobre este flagelo que atormenta a los colombianos.Y el siniestro turbante continúa su periplo desestabilizador de la democracia colombiana. Ya le dio su espaldarazo a Chávez para su reelección indefinida en tanto que incongruentemente ataca la posible reelección del presidente Uribe. “Allá sí, pero acá no”, declara con la convicción de quien sabe bien que los partidos de izquierda solo utilizan los caminos de la democracia para destruirla, hacerse al poder y conculcar todas las libertades.
Y ahora, para colmo de peras en el olmo, Piedad Córdoba anuncia cínicamente su plan de visitar en Estados Unidos a Simón Trinidad y a Sonia para tratar el posible Acuerdo Humanitario en el que según parece ellos tienen mucho que opinar.¿Qué tal? Después de los testimonios encontrados en el computador de Raúl Reyes esta obsecuente recadera de la guerrilla ha optado por un desfachatado destape ante la vista regocijada de sus seguidores y de muchos idiotas útiles que con su silencio van haciéndole el camino a quien ya demostró su deslealtad para con la patria y continúa oronda su funesto accionar en contra del gobierno legítimamente estatuido, de la democracia y de Colombia toda.




martes, 27 de abril de 2010

El sabor de mi Valle



Confieso que cuando me propusieron escribir un artículo acerca de la cocina del Valle del Cauca, me asaltaron serias dudas. Siempre había pensado que era en el hogar materno, en ese rito siempre renovado de cada encuentro familiar frente a las viandas humeantes, donde se adquiría el gusto por esos sabores y esos aromas que se llevarían por siempre en el corazón, en el recuerdo y en nuestras más ansiadas apetencias gastronómicas.

Pareciera por tanto, que no era yo la persona más idónea para hablar de la cocina criolla del Valle del Cauca pues mi madre, de origen peruano, deleitó siempre nuestro paladar con las deliciosas preparaciones de su cocina nativa. En nuestra mesa desfilaron desde nuestra infancia en medio de una expectativa siempre renovada y anhelante los exquisitos platos de esa cocina que hoy ha alcanzado renombre mundial.

No obstante, reflexioné que era importante que alguien que había tenido la oportunidad de degustar otros sabores, otras preparaciones, manifestara también su testimonio de lo que representa para quienes, cualesquiera sean sus circunstancias, aman apasionadamente esta tierra y degustan con intenso deleite su cocina, ese sabor criollo gustoso y cálido de la deliciosa comida valluna. Esa reflexión fue la que al fin me motivo a escribir esta breve nota.

La historia de la gastronomía del Valle del Cauca tiene su origen en el principio mismo de sus ciudades y poblados. Diría más: se remonta incluso a las civilizaciones que ocupaban estos territorios antes de la llegada de los españoles porque en su preparación están sabiamente fusionados los más característicos alimentos indígenas con los ingredientes allende los mares de los peninsulares. Y es que, a la vez que iba conformándose nuestra raza mestiza surgía también en los hogares vallunos esta nueva gastronomía, tan nuestra, tan variada, tan deleitosa. Guisos preparados sin prisa, en cocinas de leña, al calor del hogar y bajo la amorosa supervisión de las admirables matronas vallunas para quienes fue siempre un mandamiento sagrado deparar con sus viandas, felicidad y nutrición a sus numerosas familias.

Lo maravilloso es que muchas de esas deliciosas preparaciones vallunas se filtraron también dulcemente a nuestra mesa a través del profundo amor que nuestra madre llegó a cobrar por las costumbres de la cálida y acogedora tierra que tan generosamente la acogió en sus brazos.

Se volvió pues costumbre en nuestros almuerzos saborear también con deleite los deliciosos platos de la cocina valluna. Cómo expresar lo que significaba llegar del colegio al mediodía con hambre de estudiante y aspirar desde la puerta de entrada el delicioso aroma de la sobrebarriga, o de la lengua a la criolla, o del hígado encebollado, o del churrasco o el muchacho relleno… ¡Y ese arrocito blanco, graneado y brillante, acabadito de preparar! O los apetitosos sancochos en los que mi madre se hizo una verdadera maestra. Y todas esas otras gustosas sopas de la cocina de nuestro Valle, la de tortillas, la de cuchuco, la de arroz… ¡Qué delicia el plato de mis amadas lentejas con chuleta de cerdo y tajaditas de maduro! Cómo rehuir la tentación de los incomparables aborrajados o de los pastelitos de yuca. Imposible no saborear con deleite nuestra deliciosa torta de maduro, las marranitas, las crocantes tostadas de plátano ¡ o las humeantes empanadas, ¡ y aderezarlas con esa increíble salsa de aguacate, ajì, cilantro. y cebollita blanca. Ni para qué hablar del sabor gratísimo de nuestra deliciosa mazamorra con leche, con trocitos de panela de nuestros cañaduzales; del masato o del refrescante chanpús, en cuya preparación mi madre se convirtió en una verdadera experta. Cuánto disfrutaba también esa sazón tan especial de los platos del Pacífico llevados a nuestra mesa por la destreza de las expresivas morochas que ayudaban a mi madre en la cocina. Esas preparaciones únicas de la culinaria bonaverence en las que se unen alquimísticamente los sabores del mar con la leche de coco, el plátano y las hierbas.

Desde el colegio aprendí a amar y ansiar las delicias de nuestro incomparable mecato, las modestas y apetitosas cucas, las deleitosas gelatinas de Andalucía, los panderitos, las cocadas del Pacífico, las empanaditas de cambray, nuestro pandebono, ¡ nuestras exquisitas almojábanas!

¡Y qué bien sabían mis Navidades! El rey era desde luego, el infaltable manjar blanco preparado por mamá en paila, y en fogón de leña, y revuelto pacientemente durante todo el día hasta que alcanzaba su punto exacto. Pero también estaban el desamargado, y el dulce brevas, y los buñuelos y ¡la natilla! Cómo no van a ser dulces para mi esas navidades si uno de los más caros recuerdos de aquellos lejanos días es el de la figura querida de mi madre intercambiando con sus vecinas bandejas colmadas de los dulces manjares de nuestro Valle.

¡Cuánto extrañé todas estas cosas cuando a mi vez debí radicarme en el exterior durante muchos años! ¡ Cómo anhelaba por ejemplo, volver a saborear nuestros deliciosos tamales vallunos! Y aquí, tengo que hacerles una confidencia. En las navidades mamá solía preparar unos tamales de choclo típicos del Perú. Pero ¿saben qué? Yo siempre prefería los vallunos. Para mi eran incomparables, con esa macita jugosa y ese sabor tan especial que tiene algo de gloria y que para mi equivaldrá siempre a ambrosía.

La comida de tu tierra, llega finalmente a convertirse en carne de tu carne. Pocas cosas identifican más a una región, a una comunidad que su gastronomía. Aquí, en este valle cálido y amable que bajo un cielo siempre azul y en medio de una naturaleza siempre verde cobija nuestros sueños y nuestros más preciados anhelos tenemos el privilegio de estar unidos también por el gusto de una cocina cuyo principal ingrediente es el amor. Platos variados y deliciosos con los que siempre seremos felices y con los que sin ninguna duda podemos agasajar como reyes no solo a nuestra familia y amigos sino también a quienes nos visitan desde el exterior en la seguridad de que estaremos brindándoles las más deliciosas sensaciones gustativas.













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¿Quién es más romántico, el hombre o la Mujer?





¿Somos menos románticas las mujeres que los hombres? ¡Indiscutiblemente! Nosotras -aun estando enamoradas- somos el pie a tierra en la relación de pareja. Nos gusta, ¡cómo no nos va a gustar! el galanteo, el flirteo, el enamoramiento masculino. Nos halaga, ¡cómo no nos va a halagar! verlos rendidos a nuestro encanto, saber que entre ese profuso espectro de otras posibles parejas, él nos escogió a nosotras.


Pero, ¿somos acaso las mujeres menos apasionadas que los hombres? No, desde luego que no. Nuestras hormonas, claro está, también se desordenan ante el acoso amoroso. También hacemos versos, también cantamos (generalmente las canciones que ellos nos dedican) y también anhelamos su presencia, su contacto varonil. El mandato de la naturaleza debe cumplirse. Y su consigna es que la mujer se sienta atraída por el sexo opuesto, que elija entre sus pretendientes, el candidato más apropiado para concebir y mejorar la especie. El deseo, tanto en el hombre como en la mujer es la poderosa trampa que despliega la naturaleza para mantener la especie. Pero en la mujer, siempre ( o casi siempre) este deseo está circunscrito por su sentido común. Antes que el romance y el deseo, prima en ella su anhelo de compañía, el propósito de formar un nido donde sus futuros hijos encuentren apoyo y seguridad. En otras palabras, más que querer, nos dejamos querer… y proteger.

Obligado a jugar el papel de seductor, el sexo masculino ha tenido necesariamente que desarrollar a través de la historia, una especial habilidad para la palabra bonita, para el verso de amor, para la conquista y el enamoramiento. Lo suyo es el romance. Debe con sus mejores armas, conquistar la plaza. Y a la mujer se la conquista por el oído. Como dato curioso, ayer, consultando el número de poetas y poetisas de un portal de poesía caí en la cuenta de que habían 79 poetas hombres y solo 11 poetas mujeres. Y algo similar ocurre con los compositores de música romántica, con las novelas de amor.


¿Está acaso reñido el romanticismo masculino con su innegable tendencia a la liviandad, a la infidelidad? Por supuesto, que no. La naturaleza le ha dado al macho de la especie humana un mandato claro: Procrear. Debe pues sembrar su cimiente en el mayor número de parejas posibles para permitir la supervivencia de la especie. Una misión que, no se puede negar, ha llevado a cabo con bastante éxito.

A la mujer la naturaleza le ha designado una misión muy distinta aunque claro, sustentada en la anterior: concebir, dar a luz un hijo, criarlo y protegerlo hasta una edad en que pueda valerse por sí mismo. Y para cumplir con esta misión la mujer no requiere ser promiscua, es más, esa circunstancia sería un obstáculo. Solo necesita una pareja fértil. Y claro, conseguir con base en sus encantos, que su pareja no abandone el nido ni a sus crías.

En ninguna otra especie animal el mandato maternal es tan claro como en la especie humana. Es el ser humano quien nace más indefenso y quien continúa siéndolo por un periodo más prolongado de su crecimiento y formación. De ahí porque la mujer tiene menos desarrollado el sentido del romance y mucho más el de la maternidad, el de la responsabilidad y el de la sutil inteligencia para conformar un hogar estable con un buen proveedor que pueda brindarle seguridad y protección a sus críos. Lo ideal es que consiga que el macho se torne monógamo y ayude a criar a sus hijos, pero aun en el caso de que el editor responsable abandone el nido, la mujer lleva en sí un intenso sentido maternal que no desaparece cuando desaparece el amor de pareja y que la hará luchar y hasta dar la vida para proteger el fruto de sus entrañas.

En el galanteo humano es el macho quien debe mostrarse entusiasta, conquistador, romántico. La mujer joven, como una bella flor en edad de merecer ( léase: edad de concebir) , solo tiene que desplegar con la ayuda de la naturaleza y de su juventud, sus más cautivantes feromonas, dejarse querer y escoger con sabiduría a cuál de sus pretendientes brindará sus favores.

Pasado este trámite la mujer procurará con su innata sabiduría domesticar a ese ser cerrero -que aun estando ya unido a una pareja no pierde el deseo y atracción por otras féminas- para que desista de sus loables propósitos, olvide el mandato de la naturaleza y se ocupe responsablemente de sus hijos y de su hogar. Debe pues la mujer desplegar toda su inteligencia para lograr vencer la innata tendencia del hombre a ser un picaflor y a olvidarse de sus obligaciones.

Los celos en la relación de pareja responden a distintos factores: en el hombre se producen por un instinto primario que rechaza criar hijos ajenos; exige por tanto fidelidad. Este es un factor muy importante para los hombres. Y las mujeres lo sabemos. Antes de que la moral, los principios, los mandamientos religiosos y la ley dictaran sus normas, las mujeres ya sabíamos que la fidelidad era una muy especial regla en las relaciones de pareja. Una regla muy peligrosa de transgredir.

Por obvias razones, las mujeres no corremos el riesgo de ser engañadas y criar hijos ajenos. Nuestros hijos, siempre son nuestros hijos. Nuestros celos responden más bien, al temor de perder el editor responsable, a perder la pareja ganada a otras, en franca lid. Una pareja que no es fácil reponer y que aun en el caso de hacerlo no podrá suplantar el papel de padre ante nuestros hijos.

La era moderna ha producido, un arquetipo de mujer que no se encuadra en los patrones que rigieron durante tanto tiempo el comportamiento femenino. La mujer parece haber perdido, al menos en gran parte, el imperioso impulso hacia la maternidad. Hoy muchas jóvenes escogen conscientemente no tener hijos. La mujer, liberada por la ciencia de la posibilidad de quedar embarazada luego de la relación sexual, tiene ahora la oportunidad cierta de experimentar en su vida varias parejas sin necesidad de una relación estable y sin el peligro de concebir. Hoy, las mujeres reclamamos el derecho a alcanzar el placer. Algo que la madre naturaleza, ¿quién sabe por qué artilugios? nos concedió en forma mucho más complicada que al hombre. Empeñadas en esa búsqueda de placer, hacemos del lance amoroso una especie de juego aeróbico que para nada toma en cuenta los embriagadores vericuetos del alma y nos tornamos aun más pragmáticas.

Todo va cambiando sutilmente y el romanticismo, esa característica que el varón ha debido perfeccionar a lo largo del tiempo para la feliz consecución de sus pretensiones amorosas, ha venido un tanto a menos ante la facilidad que encuentra en la actualidad para abordar y conquistar al sexo opuesto. Las cosas ahora se dan sin mayor empeño y así, en el ambiente relajado y promiscuo que le ofrece la sociedad moderna, el hombre encuentra más que en ninguna otra época la oportunidad de cumplir sin mayor esfuerzo de su parte con el poderoso llamado de la naturaleza.

La mujer moderna ha invocado su derecho a la libertad en todo sentido y esto ha producido un tipo de relación más efectiva en el plano amoroso, pero desde luego, ha suprimido casi completamente de la relación de pareja la etapa del enamoramiento y del galanteo en la que los hombres desplegaban todo su romanticismo. Ahora solo se piensa en la consumación amorosa. Y desde luego, una vez tomada la plaza, cuando el hombre se casa o se une a una pareja, su romanticismo, que ya no tiene biológicamente razón de ser, sufre un bajón sustancial o se anula definitivamente.

Todo ese juego amoroso, eso que llamamos amor, lo vivimos intensamente los seres humanos creyendo que somos completamente autónomos en nuestras decisiones, que hemos descubierto caminos no recorridos.¡Qué equivocados estamos! Somos solo entes sumisos y maleables en el intrincado y repetitivo engranaje de la naturaleza y de sus normas.

En días pasados en una reunión observaba regocijada a un amigo. Ya peina canas, tiene una barriguita cervecera y  caminar pausado y sin embargo, sus hormonas todavía se desordenan ante la posibilidad de un nuevo romance, de una nueva aventura. Todo su ser entra en alerta, se prepara y se afina ante una posible conquista. El cazador divisa a su presa y la fuerza de la naturaleza lo incita a tener contacto con en ese animal joven que está allí cerca y con el cual hay (al menos en teoría) la posibilidad cierta de procreación. Y allí entra en juego su lenguaje, su comportamiento galante. Al jugar ese agradable juego el hombre cree firmemente que es completamente autónomo, que tiene la sartén por el mango. Pero está equivocado, es solamente un peón de la naturaleza...


Y un romántico incorregible.




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Por qué no puedo ser como Herta Muller



Por qué no puedo ser como Herta Muller 


Reina en el ambiente una refrescante placidez dominical. Un silencio interrumpido solo por el ruido fugaz de la moto del repartidor de periódicos y por el concierto de mis comensales plumíferos reclamando su desayuno. “Tendrán que esperar, amigos. Hoy es domingo y creo que puedo darme el lujo de holgazanear un poco”, les digo telepáticamente desde el mullido cobijo de mi cama. 

A través de las junturas de la cortina de bambú observo al vecino del tercer piso que se encamina juicioso a su paseo matinal. “¡Qué pereza! ¡Allá él! Por mí, hoy el cuerpo tiene derecho a un merecido descanso”.

De pronto, me sobresalto ante una inesperada llamada de teléfono. Alzo el auricular con un tanto de prevención.

-–Leonor, ¿Cómo está? ¡No me diga que todavía estaba durmiendo!

Es María Isabel, mi querida amiga y vecina. Su llamada me sustrae de una placentera modorra dominical que todavía me tenía arrebujada entre las sábanas. Quién sabe por qué motivo ayer me abandonó el sueño desde las doce de la noche y ya no pude volver a pegar los ojos sino hacia las cinco de la madrugada. Me sorprendo al ver el reloj y comprobar que ya casi son las nueve de la mañana. Un verdadero record para mí que suelo despertarme con la aurora.

-–¡Ah! ¡Hola María Isabel! Nooo… bueno, sí – le contestó y añado tratando de justificar un tanto mi molicie - Lo que pasa es que ayer en la madrugada me agarró el insomnio.

-–¿Siiii? ¿ Y eso por qué? - refuta María Isabel y sin darme tiempo a contestar añade - Dígame, ¿qué pensaba hacer hoy? ¿Tiene algún programa?

–Pues, programa, programa, lo que se dice programa, no – le contestó todavía un poco aperezada- Pero pensaba dedicarme a terminar unos cuentos que he dejado inconclusos y organizar también unos papeles. Además – añado con una sonrisa que mi amiga no puede ver- ya sabes que en una casa siempre hay cositas que hacer.

(Por algún extraño motivo yo tuteo a mi amiga, pero ella casi siempre me trata de “usted”).

–¡Ah, bueno! Pero todo eso puede esperar. Mire, pensamos ir con Gabriel, Jairo y Vilma hasta El Queremal. Allá están en festividades de la población y hay un bonito programa de folclor. Nuestra amiga Gloria es la presentadora ¡Anímese, Leonor!

–Está bien – respondo luego de unos segundos y añado sinceramente entusiasmada

-–Es algo muy tentador; no puedo negarme. ¿A qué hora salimos?

–Diez y media. Son las nueve, tiene tiempo de bañarse y arreglarse con calma.

–Hecho.

Me doy un rápido duchazo en agua fría (Desde un día que me cortaron temporalmente el gas por falta de mantenimiento me acostumbré a prescindir del calentador y ahora, el agua a su temperatura normal la siento tibia y hasta más agradable). ¿Qué me pondré? El mismo problema de siempre: qué ponerme que no haya sido visto ya infinidad de veces, que no me apriete y que resulte apropiado para este paseo informal. Me decido por lo que me parece más apropiado: pantalón, blusa ligera y zapatos cómodos. Debo llevar también una chalina. Por esos lados suele hacer frío, aunque ahora con esto del calentamiento global resulta que en todas partes hace calor. De todas formas es mejor estar segura.

Mis amigos me recogen a la hora convenida. Iniciamos el trayecto. En otro automóvil viajan Jairo y Vilma, nuestros amigos comunes. Para salir de la ciudad debemos atravesar la serie de conventillos apretujados y diversos que se han establecido en ese punto estratégico que lleva a la carretera al mar: gasolineras, restaurantes de poca monta, ferreterías, droguerías, tiendas, negocios varios. Avanzamos muy lento debido al embotellamiento de tránsito que siempre se forma en este punto. Poco a poco ascendemos por la carretera. El bullicio del sector va quedando atrás. En sus giros, la carretera nos va llevando hacia la cordillera. Franqueamos algunos barrios extramuros. Paulatinamente el paisaje se ensancha e impregna de verde. El aire que llega a nosotros por las ventanas del automóvil se siente más puro. Es un día espléndido. Caigo en cuenta que no traje las gafas de sol. “¡Y yo que tengo la vista tan delicada!”. Mando al diablo el neurolenguaje y la imprecación contra mí misma brota espontánea: “¡Qué idiota soy!”.

Ante nuestro ojos desfilan vertiginosas las montañas cubiertas de vegetación. En sus faldas y a lado y lado de la vía coquetas casitas de campo parecen sonreírnos. Mi amiga es una excelente conductora. Con ella una no experimenta esa sensación de inquietud que le asalta junto a otros conductores que manejan a gran velocidad, frenan, discuten, rebasan en curva, realizan peligrosos giros. Disfruto el paseo sin ningún sobresalto. Solamente me ocupo en observar el paisaje que fugazmente pasa ante mis ojos.

En el recorrido se suceden varias poblaciones veredales. Pueblitos improvisados a orillas de la carretera que fueron formándose y creciendo con la escala obligada de buses de pasajeros y de vehículos en general para cargar combustible, comer o adquirir algunos de los productos típicos de la zona. Poblados alegres, variopintos, llenos de energía. Aquí y allá hombres a caballo, ventas de toda clase, mujeres preparando melcocha, piezas enteras de cerdo colgadas de las perchas de las carnicerías, campesinos con su machete al costado y su carriel al hombro y bellas campesinas de piel clara y finas facciones que ostentan coquetas los modernos atuendos de la ciudad.

Pero no es este nuestro destino y luego de superar el embotellamiento de tránsito continuamos nuestro viaje. Mi corazón se ensancha al observar ambos lados de la vía y como colgadas de las lomas, encantadoras fincas campesinas. ¡Cuánto aman los colombianos a su tierra! Eso se refleja en los nombres con los cuales bautizan a sus terruños; en la coquetería con la que decoran los portones de sus fincas; en sus cercos y macetas llenos de flores.

El aire se torna cada vez más frío. Envuelvo la chalina en mi cuello. El paseo en carro completa ya hora y media. De improviso, al bordear una curva del camino llegamos a nuestro destino.

El Queremal se presenta al viajero como tantos otros poblados del Valle; unas cuantas casas modestas a la vera del camino de acceso y a lado y lado extensos sembrados y pastizales. Por la calle principal llegamos hasta la plaza. El lugar se encuentra repleto de turistas nacionales que han llegado como nosotros en busca de la alegría sana y auténtica de estas fiestas campesinas. El tránsito es lento; decenas de automóviles parqueados a lado y lado de la estrecha vía dificultan la marcha. Pero no tenemos prisa. Esto también hace parte del paseo.

La plaza semeja un panal multicolor. Es día de mercado. Los campesinos exponen sus productos, frutas, verduras, artesanías. Se siente la alegría y el bullicio. Huele a comida típica, fritanga, tamal, sancocho…Kioscos ubicados alrededor de la plaza exponen todas esas delicias. Se nos hace agua la boca pero ¡paciencia! todavía es un tanto temprano. Entre interesados y curiosos damos un recorrido rápido por la bullente plazuela y luego nos encaminamos a presenciar el programa de bailes típicos frente a una sencilla tarima situada a un lado del parque. Nos acomodamos en un graderío de cemento. Se percibe la calidez, alegría y hospitalidad de quienes nos rodean. A través de altavoces los aires típicos del altiplano inundan el ambiente. Al escucharlos mi espíritu se conmueve como sintiendo el llamado ancestral de la tierra. Mis ojos, mi mente y mis pies danzan alegres por el influjo de esa música nuestra que remueve mis adormecidos genes prehispánicos.

Saludamos con la mano a nuestra amiga Gloria que ya se encuentra en el proscenio animando el programa. Se emociona al vernos. Nos saluda a su vez calurosamente desde el micrófono con gentiles expresiones de admiración y cariño. Todas las miradas se vuelcan sobre nosotros. Siento un poco de rubor ante la fugaz notoriedad. Pero bueno, ya empieza el programa. Con música de alegres pasillos llega el desfile de los participantes. Desde niños de kinder hasta unos más grandecitos de quinto y sexto grado apropiadamente ataviados con sus trajes típicos. Las niñas, muy lindas, maquilladas, con arreglos de flores en el cabello, faldas largas y blusas de vuelos y encajes. Los varoncitos con pantalones y blusas blancas, sombrero y pañuelo rojo al cuello. Todos con alpargatas.

Danzan por turnos los aires de la tierra, bambucos, pasillos, cumbias. No son todavía muy duchos en el arte de la danza; falta coordinación y esa espontaneidad que paradójicamente solo se logra a través de una repetición continúa, pero en cambio poseen la autenticidad de algo que no es excepcional en su vida sino por el contrario, su vida misma. Me invade un sentimiento de pertenencia, de amor por mi tierra al observar esos niños campesinos que desde tan tierna edad aman y practican la música, las costumbres de sus ancestros. Es aquí, en estas poblaciones sencillas, entre estas gentes humildes que tan poco piden a la vida, donde sobrevive el alma de nuestro pueblo; donde se conserva todavía auténtica la fuerza de nuestras tradiciones. Nuestra amiga resalta también desde el micrófono esos valores. No puedo evitar emocionarme; siento húmedos mis ojos.

Los olores que despiden los guisos que se ofrecen en el lugar tienen toreadas hace rato mis papilas gustativas. Con alivio compruebo que llegó ya la hora de almorzar. Por mí me quedaría en uno de esos toldos pueblerinos saboreando feliz los platos típicos preparados a la mejor manera del lugar. Pero mis amigos deciden acudir a un restaurante más confiable. No hay que olvidar que por ahí ronda la muy promocionada gripe H1N1. No debemos correr riesgos. Nos encaminamos pues a un restaurante muy agradable situado a la entrada de la población.

Elegimos el plato típico de la localidad: un sancocho de padre y señor mío con formidable pechuga de pollo, ají, ensalada, tostada de plátano, arroz, guiso, ají y jugo. Damos gustosos buena cuenta de todo. A la llegada de los tintos disfrutamos una amenísima charla de sobremesa.

–¿Por qué crees que amas a Dios sobre todas las cosas?- me pregunta mi amigo Jairo en determinado momento de la conversación.

La pregunta me toma desprevenida. Creo sin embargo, que siempre lo he tenido claro.

-–Es difícil demostrar eso- contesto, y añado- Pero pienso que ese amor solo puede verse reflejado en el amor que yo misma dé a los demás. Siento sobre todo mucho agradecimiento por la cantidad de cosas buenas que he recibido en mi vida. A veces me parece que Dios me ha tenido predilección, que le caigo bien.

Sé que esto que expreso es cuando menos, irreverente. No se puede juzgar en forma tan elemental y familiar a Dios. Pero ese es un pensamiento que siempre me ha asaltado. ¿Quiere Él más a unas personas que a otras? ¿Más a mi? Preguntas cuya respuesta tendrá por fuerza que esperar.

Después de la agradable y filosófica sobremesa tomamos el camino de regreso. Cae una fina garúa. El clima se ha puesto bastante frío. Después de los tremendos calores que hemos soportado últimamente en Cali, esta temperatura debería agradarme pero no hay nada que hacer. No me gusta el frío, y peor aún , andar tan arropada.

El zigzagueo de las curvas del camino y la temperatura tibia dentro del vehículo me inducen a dejarme llevar por la modorra y por el sueño. Cierro los ojos por unos instantes. Pero me resisto a la tentación. Me gusta observar el panorama. Estos paisajes no los veo todos los días. Una vez más admiro la capacidad de conducción de mi amiga. Ha sido un viaje sereno, a una velocidad constante y sin ningún sobresalto. Al llegar al kilómetro 18 nos detenemos en un restaurante muy agradable a orilla de la carretera. Como fin de fiesta nos tomamos un chocolate caliente con mucho queso ¡Una delicia en medio del ambiente frío y brumoso de la cordillera!

Verdaderamente un paseo encantador. Y todo gracias a mis amigos que me tuvieron en cuenta y me rescataron durante unas horas de mi cartujo retiro.

Un gusanillo de remordimiento ante mis proyectos pospuestos, ante la irresponsabilidad del trabajo postergado una y otra vez, se abre paso poco a poco en mi mente. No escribí nada, las hojas en blanco siguen ahí esperando que las colonice; el desenlace de los cuentos empezados tendrá que esperar, todo lo planeado para este domingo quedó en veremos. "¡Pero valió la pena, qué Diablos!" – digo para mis adentros con rebeldía, y a manera de consuelo añado: "Total, estas cosas no pasan todos los días. Mañana es puente feriado y podré recobrar el tiempo perdido".

Entro a mi apartamento y ni bien acabo de cerrar la puerta, oigo el teléfono.

–Hola, Leonor ¿Cómo te fue hoy? ¿Qué hiciste?- pregunta mi hermana a modo de saludo.

La pongo al corriente.

-–¡Qué bien! Pero mirá, te llamaba porque quiero que vengas mañana al almuerzo.¿Te acordás de Ruby y Doris, mis cuñadas? Pues fíjate que en días pasados cumplieron años y les quiero hacer mañana una pequeña celebración. Va a estar bonito. En la tarde Guillermo, su hermano les va a traer una serenata ¿Venís?


¿ Y ahora sí entienden por qué no puedo ser como Herta Muller?






Había una vez, hace muchos, muchos años




Sí... hace doscientos cinco años, el 2 de abril de 1805 nació en Odense una pequeña ciudad de Dinamarca, un niño que tendría la sublime misión de despertar la fantasía y los sueños de los niños de todo el mundo. Este niño era: Hans Christian Andersen.

Andersen creció en una familia muy humilde –su madre era lavandera y su padre zapatero remendón-, pero esto no fue obstáculo para que amara apasionadamente la lectura y para que, al hacerse hombre, se convirtiera en el gran escritor que supo recrear con imaginación y sensibilidad un sinnúmero de historias encantadas en las que los niños fueron casi siempre, los principales protagonistas.

Mi infancia estuvo marcada por esos cuentos deliciosos que me depararon siempre una gran ensoñación y a la vez, y casi sin darme cuenta, muchos momentos de reflexión. Cómo olvidar, a pesar de los años, el bello mensaje del patito feo, que para sorpresa de todos y de él mismo se convirtió al crecer en un precioso cisne; o la soledad infinita de la linda fosforera en cuyo hambre y frío nadie reparó en medio del bullicio y la prisa consumista de la Navidad; o aquel otro, del niño que con su inocencia puso al descubierto en, El traje nuevo del emperador, lo que los mayores con sus miedos y prejuicios no se atrevían a reconocer.

Irónicamente, hoy, en el bicentenario de su nacimiento, llegan desde Dinamarca para los niños humildes de Colombia, no los cuentos encantados escritos con tanto amor por Hans Christian Andersen sino un mensaje de odio y de terror representado por las donaciones hechas a las FARC por la organización danesa Foreingen Oproer, “Rebelión” con el fin de que ese grupo armado adquiera armamento para destruir sus hogares, sus poblados, sus puentes, sus torres de energía; para sembrar las minas quiebrapatas que los dejarán mutilados o muertos; para acabar con sus sueños y con su futuro; para crear en nuestro país, más atraso, más desempleo, más miseria, más angustia, más lágrimas...

El romántico autor del inolvidable Soldadito de plomo, no pudo presentir siquiera que mucho tiempo después de su muerte, ocurrida en Copenhague en 1875, compatriotas suyos auspiciarían a quienes multiplican brutalmente los soldaditos asesinados y mutilados de nuestra patria; a quienes asesinan sin piedad a los valerosos y jóvenes soldados colombianos -campesinos en su mayor parte-, cuyo único pecado es tratar de imponer el orden en una nación acosada salvajemente por una guerrilla que hace mucho tiempo dejó de tener ideales para convertirse en una banda de narcotraficantes y en el más cruel verdugo de las gentes humildes que algún día dijo querer defender. ¿Cómo es posible entonces, que estos forajidos tengan acogida en algunas organizaciones europeas y reciban de ellas apoyo económico y militar?

La ONG danesa Foreingen Oproer, “Rebelión”, se ocupa de patrocinar criminalmente el horror y el caos no solo en Colombia sino también en algunas otras partes del mundo, lejanas claro está, de su nativa Dinamarca, donde los niños y sus familias sí pueden disfrutar de envidiable tranquilidad. ¿Con qué derecho, los ignorantes desocupados que forman esta despreciable ONG pueden hablar de que los violentos de nuestro país se oponen a una “democracia ilegítima”? ¿Cómo pueden tener la audacia de tildar de ilegítimo a un gobierno democrático elegido mayoritariamente por nuestro pueblo, quienes paradójicamente viven dentro de una monarquía que se basa en el arcaico sistema de sucesión y cuyos miembros gozan además de todas las prebendas que su cargo real les confiere?

¿Acaso Patrick Mac Manus y Cristine Lundgaard, portavoces de esta siniestra organización, no saben que la violencia en Colombia ha dejado cientos de niños mutilados, sin hogar y sin familia? ¿Qué por efecto del accionar de estos grupos violentos 1.200.000 niños han sido desarraigados de sus tierras? ¿Que miles de ellos han sido obligados a tomar las armas y prostituirse, y decenas más han corrido el trágico destino del secuestro? ¿Que somos el país del mundo con mayor número de familias desplazadas por culpa del conflicto armado? ¿Que jamás, en medio de las peores tragedias y embates de la naturaleza se ha visto un gesto generoso de los violentos para con las gentes de menores recursos? ¿Qué sus sanguinarios dirigentes, convertidos hoy en capos del narcotráfico, ordenan sin piedad, entre copa y copa de güisqui faja azul, y desde sus confortables guaridas, los secuestros y las muertes de cientos de vidas inocentes ?

No, señor Mac Manus, no señora Lundgaard: Colombia no necesita que desde Europa se aliente más el odio fraticida y se patrocine la compra criminal de armas para matarnos entre hermanos; lo que necesitamos urgentemente en nuestro país son escuelas, hospitales y sobre todo, paz y tranquilidad para poder labrar fecundamente nuestros campos y para construir un país en donde nuestros niños puedan por fin soñar felices y tranquilos con su futuro.

En el bicentenario del nacimiento de un soñador como Hans Christian Andersen, y en este mes dedicado mundialmente a honrar a la infancia, sería muy conveniente que los felices niños de Dinamarca pudieran leer los cuentos de terror y de muerte que la guerrilla y organizaciones como la danesa “Rebelión” les están haciendo escribir con sangre y sufrimiento inenarrable a los niños de Colombia.




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Un precioso regalo del pasado






El ambiente está cargado de magia. La música acompaña los giros imposibles de la trapecista; su silueta delgada, casi etérea, cubierta por brillantes lentejuelas, no gira, vuela alrededor de la pista. Los ojos maravillados de los espectadores la seguimos fascinados. Después de un giro prodigioso, asciende con agilidad de libélula hasta un balancín situado en lo más encumbrado de la carpa. Desde allí continúa sus osadas y rítmicas cabriolas y entonces, en un acto que nos deja a todos paralizados, mientras el tambor aumenta el suspenso, desciende vertiginosa y grácil hasta el suelo. La emoción comprimida estalla en estruendosos aplausos. Ella, feliz y agradecida, curva su bella figura en una graciosa reverencia.

Es la magia del circo. Ese fragmento encantado del pasado que anclado en la historia se resiste a ser arrastrado por el viento inclemente del progreso. Ese gran ensueño multicolor y variopinto que continúa brindándonos, a través del tiempo, su viejo pero siempre nuevo y deslumbrante espectáculo. Con cuánta alegría asistí en días pasados a la carpa colorida y gigante del Circo Ruso sobre hielo. Allí, sobre una gran pista congelada, los campeones mundiales de patinaje recrearon con sus increíbles giros emocionantes escenas de cuentos encantados; pero también hicieron presencia los malabaristas, los prestidigitadores, los trapecistas y, claro, los payasos.

¡Qué maravilla que la tecnología moderna no haya logrado todavía relegar los circos al olvido y que en pleno siglo XXI podamos continuar ingresando a su carpa por los senderos de aserrín, para aplaudir emocionados desde el graderío –desde donde la función es más rica y más emocionante – a los artistas circenses! Esa especie de gitanos errantes, sobrevivientes del medioevo, que peregrinando incansables por el mundo con su carpa y sus aperos a cuestas llegan de tiempo en tiempo a nuestras ciudades para iluminar nuestras vidas con el refrescante y mágico espectáculo del circo.

Creo firmemente que todos los niños del mundo tienen derecho a vivir un encuentro personal e inolvidable con el circo. A sentir el olor, la magia y la fuerza de ese espectáculo ingenuo y romántico sin el cual le quedaría faltando algo a su infancia. Porque cuando se encienden las luces y desfilan las bastoneras y el elenco del circo hace su aparición, el corazón -no importa la edad que tengamos- vuelve a latir desprevenida y jubilosamente. Y entonces, ese mundo virtual que nos ha ido atrapando a través de la tecnología moderna desaparece vencido por la energía y el encanto de un espectáculo milenario que nunca envejece.

¡Cuán cercana parece la distante niñez cuando vuelvo a vivir esa experiencia, tantas veces repetida, pero siempre fresca y excitante! Aún recuerdo la ilusión con la que llegaba a casa cuando niña después de la función y pretendía imitar con naranjas o limones el acto del malabarista, y cómo aprendí entonces, tras sucesivas frustraciones, que la cosa no era tan fácil como parecía. Que solo con gran perseverancia y disciplina había logrado realizar el artista su increíble acto. Una lección de tenacidad que he debido tener presente una y otra vez a lo largo de la vida.

Creo que la mejor definición de lo que representa el espectáculo del circo para el alma infantil la escuché en cierta ocasión en la que le preguntaron a un payaso circense por qué repetía siempre los mismos chistes, los mismos golpes de bolillo, las mismas tortas en la cara, las mismas caídas., a lo que él con gran sencillez y espontaneidad respondió: "Porque siempre hay nuevos niños, y para ellos nuestro acto es siempre nuevo y gracioso." Y seguirá siendo nuevo, gracioso y fascinante no solo para todos los niños que puedan disfrutarlo sino también para aquellos de nosotros que sepamos valorar este precioso regalo del pasado y asistamos al circo con el alma dispuesta, permitiendo así vivir al niño que continúa existiendo en nuestro interior.

Antes de cerrar esta nota un amigo me comentó que en días pasados intentó asistir con su esposa y su pequeña hija de apenas dos años de edad a una de las últimas funciones del circo. Como nos suele suceder a tantas personas por estos difíciles días, mi amigo disponía en ese momento solamente del efectivo necesario para comprar la boleta suya y la de su esposa. Creía de buena fe que los encargados de recoger la boletería no exigirían tiquete a su pequeña hijita. No fue así. Debió pues, retornar a su casa con la consiguiente frustración. Estoy segura de que tan inflexible comportamiento se debió solamente a la estupidez del encargado de la boletería que no tuvo la inteligencia de entender que es en los niños precisamente en quienes se cimienta el futuro del circo. Que mantener en las mentes de las nuevas generaciones la ilusión y la magia del circo es precisamente lo que lo mantiene vivo en el tiempo.


Los organismos municipales deberían legislar a fin de que cuando nos visiten este tipo de espectáculos se comprometan a realizar varias presentaciones gratuitas para nuestros niños de escasos recursos que no solamente necesitan alimentarse, crecer sanos y estudiar, sino también asombrarse, reír y muy especialmente, atreverse a soñar.

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almaleonor@gmail.com