jueves, 18 de febrero de 2010

¿Y por qué no diez mil?


Según una noticia aparecida en los medios periodísticos el 29 del mes de enero del presente año, el Gobierno de Álvaro Uribe Vélez ha expresado su voluntad de convertirse en el primer país latinoamericano que contribuya a la ISAC (Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad de Afganistán).

La idea es que Colombia participe con una compañía de unos cien militares para reforzar el destacamento español desplegado en Qal-i-Naw, capital de la provincia de Badhis, al noroeste del país. Para España, la llegada de las tropas colombianas, prevista para la próxima primavera, supondrá una ayuda invalorable pues le permitirá completar un batallón de acción rápida, con el cual podrá hacer frente a los incidentes cada vez más frecuentes en un territorio con cuatrocientos mil habitantes y una extensión similar a la de Galicia, cuya seguridad depende hasta ahora de solo doscientos soldados españoles.

Al leer esta información no pude menos que pensar en lo coyuntural que sería en este momento para nuestro país colaborar, con el envío de tropas especiales, en la pacificación de otras regiones del mundo. Hace algunos años, en el 2004 para ser más exacta, vislumbré ya la serie de dificultades que acarrearía el complicado proceso de reinserción de los paramilitares a la vida civil. Hoy, nadie me quita de la cabeza que la proliferación de la delincuencia que acosa a varias de nuestras capitales puede estar generada precisamente en la reinserción (a medias) de muchos paramilitares y ex guerrilleros.

El proceso de reinserción de combatientes a la vida civil nunca ha sido sencillo. España debió también afrontar esa compleja circunstancia al terminar su larga lucha de más de seiscientos años contra los moros. Cuando en 1492 estos fueron por fin vencidos, se terminó también con la forma de vida de cientos de soldados y mercenarios que difícilmente podían adaptarse a la bucólica y provinciana existencia de las ciudades castellanas.

El retorno a la vida civil de estas huestes, enseñadas solo a guerrear, se tornó en un problema casi tan grave como la misma ocupación de los moros. Pero providencialmente apareció América, y entonces estas hordas guerreras, sedientas de aventura tuvieron una razón de ser: la conquista de las tierras americanas.


Desde hace unos años nos hemos enfrentado en Colombia a un drama parecido. Los desmovilizados no encuentran acomodo en la vida civil. Lo suyo es la guerra. Muchos vuelven a delinquir individualmente y otros organizan eficientes bandas delincuenciales que azotan a las ciudades. Un verdadero dolor de cabeza para las autoridades. Pero claro, al contrario de lo que ocurrió en España, aquí no tenemos tierras para conquistar.

Siempre me pareció, no obstante, que con un poco de inteligencia y sentido común podíamos (al menos en parte) resolver el problema. Y entonces me pregunté: ¿Por qué no ponemos a hacer a los paramilitares y ex guerrilleros lo que realmente saben hacer? ¿Por qué no incorporamos estos guerreros expertos en la guerra de guerrillas al Ejército Nacional? ¿ Por qué desperdiciar en ellos sueldos y subsidios si pueden ganárselos legítima y patrióticamente luchando en la selva al lado de los militares colombianos por la paz de Colombia?

Como es de todos conocido, esta idea no fue considerada. Las consecuencias están a la vista.

Hoy, sin embargo, surge esta nueva y coyuntural posibilidad de colaborar con la OTAN y con otros cuerpos de paz del planeta. Colaboración que, no me cabe la menor duda, sería muy bien recibida por estas organizaciones mundiales. Qué oportuno, pues, que Colombia tomara la decisión de enviar ejércitos de reinsertados a refrescar las agotadas tropas de otros conflictos en el mundo. La innegable experiencia de combate acuñada por estos combatientes en zonas inhóspitas a lo largo de tantos años los torna en guerreros audaces y diestros para enfrentar con pericia y arrojo conflictos complejos como los de Afganistán, Irak, Somalia, Sudán…

Con dos mil quinientos muertos en lo que va del año, la guerra de Afganistán sobrepasa ya a la de Irak en el ranking de preocupaciones del Pentágono. El presidente Barack Obama ha anunciado su propósito de incrementar allí las tropas norteamericanas y de pedir a los aliados europeos que hagan otro tanto. No les vendría nada mal recibir de nuestro país un refuerzo significativo de tropas experimentadas.

No digo yo cien, ¡cinco mil, diez mil o más tropas! debería enviar el Gobierno Nacional para reforzar los ejércitos de la OTAN y de la ONU. Nos convertiríamos así en una especie de Legión Extranjera que lucharía junto a los cascos azules por preservar, defender y rescatar la paz en el mundo.

Vale la pena reflexionar también que en una eventual capitulación de la guerrilla o en un hipotético tratado de paz con este grupo armado y la consiguiente reinserción de sus huestes a la vida civil, la delincuencia que hoy impera en nuestras ciudades se incrementaría sustancialmente.

No es éste, por tanto, un problema fácil de resolver. Su solución exige ideas originales y una mente abierta No faltará quién invoque los derechos humanos y arguya una serie de silogismos y diatribas en contra de la propuesta sugerida en esta columna.

Pero, ¿ por qué asustarnos? Nuestras fuerzas para la paz podrían hacerle un gran favor al mundo y competir muy bien con el gusto de los países desarrollados por nuestro nefasto pero muy bien cotizado y consumido producto de exportación ilegal: la droga. Después de todo, creo que nuestra historia es un testimonio fehaciente de que lo que mejor sabemos hacer en nuestro sufrido país es guerrear.

Leonor Fernández Riva
almaleonor@gmail.com

domingo, 24 de enero de 2010

Un mundo enfermo





Gracias al canal de televisión History Chanel, pude observar  cómodamente sentada frente al televisor, un maratónico documental de dos días de duración acerca del auge y caída del imperio romano. Un impresionante viaje a lo largo de los quinientos años de duración de este poderoso imperio. Cómo no abismarse ante sus leyes y organizaciones políticas, ante la maestría de la ingeniería romana, sus espectaculares edificaciones, arcos, acueductos, puentes, termas, carreteras. Pero simultáneamente con esos grandes logros del espíritu humano el deseo de todos sus gobernantes de subyugar a otros pueblos. Una historia plagada de conflictos, de traiciones, de cruentos combates e invasiones, de triunfos y derrotas, de mandatarios enceguecidos por el poder y la grandeza. Una civilización sorprendente que llegó a su fin en el año 476 dC derrotada por los pueblos que menospreció y que llamó bárbaros.

Pero la romana ha sido solo una más de las civilizaciones del mundo que ha generado sangre y sufrimiento. Son infinitas las guerras que han desolado y cubierto de sangre el planeta desde el inicio mismo de su existencia. Como una maldición ancestral, el virus nefasto de la guerra, el anhelo de dominar y oprimir a otros hombres, a otros pueblos, subyace en el alma misma del hombre.

Según el investigador argentino Mariano Acciardi la humanidad solo ha tenido novecientos años de paz en los últimos cinco mil años de historia y esos años de paz los hombres los emplearon en prepararse y capacitarse para el conflicto siguiente. Más de ocho mil tratados de paz se han firmado en el transcurso de los últimos treinta y cinco siglos.

Desde el año 1.000 hasta el 2.000 d.C se calcula que las guerras han causado unos ciento cuarenta y ocho millones de víctimas, casi las dos terceras partes durante las contiendas habidas en el siglo XX. Se estima que hasta la primera mitad de este siglo nueve de cada diez víctimas eran soldados; en la segunda mitad esta proporción varió, hasta que, a finales del siglo XX, nueve de cada diez víctimas en los conflictos armados son civiles.

Guerra, guerra, guerra, esa es la memoria del mundo. Así se han llenado las páginas de los libros de historia. Así se han formado los pueblos. Luego de la caída del muro de Berlín, del colapso de la Unión Soviética y la terminación de la guerra fría muchos creímos ilusamente que el mundo se encaminaría a una era de paz. ¡Qué gran equivocación! Surgieron con más fuerza los nacionalismos, los fundamentalismos religiosos, el terrorismo.

Hoy, una sombra oscura se cierne sobre la humanidad. El fantasma de una guerra total y devastadora recorre el mundo: enfrentamientos peligrosos entre China y Taiwán, una Corea cada vez más amenazante, impredecibles instalaciones nucleares en Irán, guerras interminables y fraticidas en Irak y en Afganistán, luchas intestinas en África, conflicto sin salida entre Israel y los países árabes, armamento nuclear cada vez en poder de más países. La paz en el mundo pende de un hilo.

Esa es la historia del mundo, pero la de nuestro país está también signada por la violencia. Violentos fueron los pueblos prehispánicos conquistados, violenta la conquista, violentas las batallas por la independencia y violentos los conflictos que se sucedieron en la etapa republicana. Asombrosamente, no hemos podido disfrutar en Colombia desde su formación una sola década de completa paz.

Cuando el odio y el fanatismo generado por los partidos políticos quedaron atrás, surgieron la guerrilla, los paramilitares, el narcotráfico, la delincuencia, el narcoterrorismo. La vida perdió valor, campeó la corrupción, se perdieron los valores; la moralidad, la decencia y el buen nombre pasaron a ser para muchos, motivos de mofa. Y para colmo, en la actualidad nuestros vecinos juegan también con el lenguaje protervo de la guerra.

Y me pregunto, ¿Cómo puede el ser humano jugar así con la guerra? ¿Cómo pueden algunos hombres dedicar su vida a exterminar a sus compatriotas, a causar dolor y sufrimiento? ¿Cómo podemos todos los hombres del mundo ver impasibles ese camino sin retorno que está siguiendo la humanidad al armarse a costos altísimos con tecnología nuclear e ignorar criminalmente el desastre global que produciría un conflicto con semejante armamento? Ningún pueblo del mundo puede ser ajeno a esta realidad. La guerra es una globalización siniestra que nos concierne a todos. Los pueblos del mundo viajamos juntos en el mismo avión. Los que lo comandan en la cabina solo ven al frente, solo se preocupan por alcanzar su rumbo y evitar las amenazas visibles, pero desoyen lo que pasa en la cola y en la mitad de la nave y esta nave se está recalentando, se ha despresurizado y de continuar inconscientemente el mismo rumbo, seguramente acabaremos estrellándonos todos.

Pero no solamente la posibilidad cierta de una guerra apocalíptica se abate sobre el mundo. En solo un siglo de era tecnológica el planeta agotó sus recursos, contaminó el aire, el agua y la tierra, terminó con sus bosques, con sus fuentes de agua, disminuyó peligrosamente la capa de ozono, generó las condiciones para el cambio climático. Una serie de accidentes geográficos nos dice que la Tierra está enferma: terremotos devastadores, incendios incontenibles alrededor del mundo, cambio climático, corriente del Niño, de la Niña, desierto que avanza, polos que se deshielan. Se necesita de la inteligencia, del esfuerzo y de los capitales de todos quienes hoy se ocupan en producir armamentos exterminadores para encontrar soluciones a los graves problemas de hambre y miseria del mundo y a los quizá irremediables problemas ecológicos que nuestra civilización ha generado. Pero esa voluntad no se ve por ninguna parte.

No deja de ser irónico que en este momento tan propicio de la humanidad, cuando la ciencia ha logrado tanto bienestar para el género humano, cuando disfrutamos avances tan grandes en la cultura, en la medicina, en las comunicaciones y cuando nuevos y fantásticos logros en la tecnología y la ciencia nos prometen nuevas y sorprendentes conquistas y la posibilidad cierta de una vida mucho más grata, estemos al borde del precipicio, a las puertas de perderlo todo.

Creo que hasta para personas optimistas como la que esto escribe, escuchar y ver hoy en día los noticieros de radio y televisión es comprobar que el mundo está enfermo y que su pronóstico es reservado. No hace falta leer las sombrías profecías de Nostradamus ni analizar la probabilidad de acierto del fatídico calendario Maya. Cualquiera de nosotros puede darse cuenta de que nos estamos encaminando a un destino sin retorno.

Siempre me he sentido privilegiada por haber nacido en esta era del mundo. Viví gran parte de la mitad del siglo XX y ahora estoy recorriendo sorprendida este impredecible siglo XXI. He podido observar y disfrutar el avance prodigioso de la ciencia, sobre todo en la medicina y en las comunicaciones. Cada día me maravillo y doy gracias a la ciencia y a la tecnología de todas las ventajas y adelantos de que puedo disponer para hacer más grata mi vida.

Pero creo también que precisamente ese progreso y ese bienestar a que todos nos hemos acostumbrado nos hacen menos capaces para enfrentar las temibles consecuencias que tendrá que vivir el mundo en una época incierta. Como bien dijo Albert Einstein: “No sé como será la tercera guerra mundial, pero sé que la cuarta será con piedras y lanzas”. Y tal parece que hacia ese ominoso futuro nos dirigimos inexorablemente.

El mundo está gravemente enfermo y no vislumbro remedio a la vista. Creo que lo prudente es procurar templar nuestro espíritu, nuestra capacidad de estoicismo y de resiliencia porque todo hace suponer que en el decurso de este siglo nos tocará vivir a quienes estemos para ese entonces habitando este planeta circunstancias impredecibles y apocalípticas.




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domingo, 12 de julio de 2009

EL RENCOR HISTÓRICO



















BLASÓN
José Santos Chocano

Soy el cantor de América autóctono y salvaje:
mi lira tiene un alma, mi canto un ideal.
Mi verso no se mece colgado de un ramaje
con un vaivén pausado de hamaca tropical...
Cuando me siento inca, le rindo vasallaje
al Sol, que me da el cetro de su poder real;
cuando me siento hispano y evoco el coloniaje
parecen mis estrofas trompetas de cristal.
Mi fantasía viene de un abolengo moro:
los Andes son de plata, pero el león, de oro,
y las dos castas fundo con épico fragor.
La sangre es española e incaico es el latido;
y de no ser Poeta, quizá yo hubiera
sido un blanco aventurero o un indio emperador.

No se puede cambiar el curso de la historia a base de cambiar retratos colgados en la pared.
Jwaharlal Nehru


Probablemente la sangre que corrió en América antes y después de su descubrimiento y conquista, ha sido ya superada con creces por la tinta empleada para relatar, documentar… y denunciar tan formidable gesta. Ese rencor histórico que domina la memoria de algunos historiadores ha puesto de moda en la actualidad un nuevo y lenitivo ingrediente: derrocar estatuas. Como si derribando estatuas pudiese ser borrada o cambiada la historia.

Qué terquedad tan paralizante la de querer aferrarse a los errores del pasado para justificar un estéril presente. No se trata, claro está, de olvidar el pasado, pero hay que comprenderlo y analizarlo a la luz de la evolución histórica. De ninguna manera se pueden juzgar los acontecimientos del siglo XV bajo el baremo humanista y moderno del siglo XXI.

Hay hechos en la historia que son inevitables. El descubrimiento y la conquista de América en el siglo XV fueron dos de ellos. Navegantes de varios países de Europa pujaban en ese instante de la historia por encontrar el atajo que les permitiera llegar exitosamente hasta la India y su fructífero comercio de condimentos y sabores. Era solo cuestión de tiempo que alguno lograra su objetivo. El genovés Cristóbal Colón, con audacia, cálculo, inteligencia, valor… y una buena dosis de buena suerte, les ganó de mano a todos los demás. Y si bien no encontró la ruta hacia la India descubrió para el mundo un nuevo y prodigioso continente.

Para juzgar esta hazaña hay que colocarse en el instante histórico en que sucedieron los acontecimientos. ¡Hace más de 500 años! Las guerras, las invasiones, las conquistas siempre han sido crueles, pero en aquella época eran salvajes, sin piedad, sin cuartel. Se arrasaba a los pueblos conquistados y los vencidos -hombres, mujeres, ancianos y niños- eran pasados por las armas o sometidos a la más abyecta sumisión. En el siglo XV ese era el espíritu de los ejércitos de todas las naciones. Y ese fue también el espíritu de los aventureros que conquistaron América. Con un agravante nefasto: en su mayoría se trataba de mercenarios acostumbrados solo a guerrear y que al concluir España su larga lucha contra los moros debieron escoger entre retornar a una vida labriega y monacal en sus pequeñas aldeas o vivir nuevas y emocionantes aventuras en las Indias con la promesa añadida de incrementar sustancialmente su ducado y sus ducados.

Ciertamente, los conquistadores españoles no fueron ni mucho menos seres llenos de bondad, almas de Dios. Nada de eso. Pero nadie puede negar que fueron valientes y sobre todo, seres de su tiempo. A pesar de todos sus crímenes, muchos historiadores concuerdan en que el exterminio y atropello de los aborígenes suramericanos hubiera sido mucho más sangriento y radical si los hombres llegados allende los mares hubieran tenido otra nacionalidad.

Y entretanto, ¿qué pasaba en América antes de la llegada de los españoles? No nos llamemos a engaño. La vida de los pueblos indígenas de América, antes de la llegada de los conquistadores no era ni mucho menos medianamente idílica. Los Incas, por ejemplo, no eran lo que se puede decir peras en dulce. Eran conquistadores y ¡ay de quien se les opusiera! Como una pequeña muestra de su violento proceder transcribo al final de estas reflexiones el relato de la sangrienta venganza llevada a cabo por el inca Huayna-Cápac en la laguna de Yaguarcocha en Ecuador, donde según la leyenda murieron más de veinte mil caranquis pasados a cuchillo.

Este hecho ocurrido en el año 1487- más de cincuenta años antes de la llegada de los españoles a estas latitudes- y otros similares, les granjearon a los conquistadores incas innúmeros enemigos entre los pueblos indígenas sometidos, a tal punto que muchos de ellos prefirieron colaborar con los conquistares peninsulares. Hay algo muy sospechoso en los indígenas que sobrevivieron a la conquista, porque está demostrado que la dominación española no hubiera podido darse sin la colaboración de muchos nativos. Solo Dios sabe si sobre muchos de sus ancestros pesa la ignominia sin nombre de la traición a su raza.

Es difícil comprenderlo y mucho más aceptarlo, pero está demostrado que la rueda de la historia se mueve con sangre. La guerra, la conquista, la dominación se albergan en el espíritu mismo del hombre. Así ha sido y así lamentablemente seguirá aconteciendo. Conocidos los perfiles guerreros de los actores del conflicto en América es difícil imaginar entre ellos un encuentro y una convivencia pacíficas. La fatalidad había dispuesto que a partir del siglo XV Europa y América tuviesen ese encuentro con su destino. Y no había alternativa: o eras español o eras indio.

Pero lo que no podemos olvidar cegados por el rencor histórico es que de ese choque de culturas y de pueblos nació una nueva raza. Porque al final, como sucede en todas las guerras, fueron más los nacimientos que las muertes. No somos ni indios ni españoles; somos americanos. Las dos sangres circulan vívida y atropelladamente por nuestras venas. Nuestros ancestros españoles e indígenas están presentes en la esencia misma de nuestro ser. La audacia, el valor, la alegría, la pasión, el afán de conquista y de guerra del español corren por nuestras venas, pero también el estoicismo, el valor para enfrentar el destino, esa paciencia infinita de la raza indígena para aguardar mejores días. Y ¿por qué no? También su fiereza y su odio ancestrales. Colombia se distingue como tal vez ningún otro pueblo americano por esa confluencia de características anímicas que han contribuido a su desarrollo, a su progreso, a su crecimiento imparable, pero también al choque constante entre hermanos y al odio salvaje que ha alimentado las luchas intestinas que nos han dividido y desangrado desde el principio mismo de nuestra historia.

¿Vamos a cambiar el pasado destruyendo una estatua? ¿Una estatua que ya es el referente de una ciudad? ¿Y cuál pondríamos para reemplazarla? ¿Otro personaje pintoresco? ¿Sembraríamos un árbol? ¿ Nativo?

Aprendamos de España, que sufrió en carne propia durante más de ocho siglos la dominación de los moros y que al expulsarlos no destruyó la Giralda, ni la Alhambra, ni muchas otras mezquitas construidas durante su dominación porque entendió que esos preciosos monumentos eran el testimonio mudo de su historia. Porque ese episodio forjó a su pueblo y le dio características únicas. Porque como la epopeya del mundo, la suya fue también una gesta de lucha, de conquista, de dolor, de dominación… y de victoria.

Miremos el pasado como un referente de la gran gesta que nos precedió; del sufrimiento inmenso del que somos originarios; de lo que somos capaces de resistir y sobre todo, de lo que somos capaces de hacer para descubrir y conquistar mejores días para nuestro pueblo. Porque al final después de tanto dolor, de tanta injusticia, no fue la fuerza de la espada la que forjó nuestra historia sino la fuerza del amor, la unión de dos razas. Por nuestras venas circulan unidas la fiereza, la sabiduría, la audacia, el valor… y la alegría de quienes nos antecedieron. Esa mezcla nos hace diferentes, soberbios, únicos.

Indios y mestizos tenemos hoy el deber y la oportunidad única de crecer y luchar unidos para hacer grande a nuestro país, para contribuir al bienestar de toda la comunidad. Parquearnos en el rencor histórico de acontecimientos pasados mantiene abierta la herida de acontecimientos que no pueden dar marcha atrás, que nos impiden ver con claridad las posibilidades del presente. Pero por sobre todo, añadimos otro motivo de odio y de resentimiento entre hermanos y un pretexto más para multiplicar los conflictos que desangran a nuestra martirizada patria.



Laguna de Yaguarcocha

“Por 1487, esta región -habitada entonces por los Caranquis- fue dominada por el Inca Huayna-Cápac. Para evitar enfrentamientos, los Caranquis fingieron someterse, pero una noche, mientras el Inca y sus orejones descansaban plácidamente entregados al ocio y al festín, fueron asaltados impetuosamente por los Caranquis quienes ocasionaron una terrible mortandad, poniendo en peligro inclusive la vida del mismo Inca.

“La reacción de Huayna-Cápac fue terrible, iniciándose entonces terrible y sangrienta batalla que culminó con el triunfo de inca conquistador.
“Una vez declarada la victoria en su favor, Huayna-Cápac no puso término a su venganza, e hizo pasar a cuchillo a todos los varones capaces de tomar las armas... El lago apareció entonces a la vista de los indios como un mar de sangre, y aterrados le apellidaron Yaguar-Cocha, nombre con el cual se conoce hasta ahora» (F. González Suárez.- Historia General de la República del Ecuador, tomo I, p. 76).
Yaguarcocha, el nombre indígena de esta laguna, que se ha conservado hasta la actualidad significa «Lago de Sangre»- se deriva de las raíces quichuas Yaguar=sangre y Cocha=lago.

Y aquí otro pequeño apunte en referencia a las “idílicas” tribus de indígenas que poblaron el Valle del Cauca:
“…La tribu o tribus más numerosas de la parte occidental de la llanura eran las que tenían de jefe principal a pete o petecuy, que habitaba en terreno elevado y tenía en su vivienda más de cuatrocientos cueros de indios colgados, llenos de ceniza, cuya carne había sido manjar en la corte del cacique. En otras casas ostentaban tales trofeos en menor número ; eran de los enemigos vecinos y tenía mayor mérito el indio que más gente hubiera matado. Las mujeres participaban de esas luchas y de esos festines, y si eran de los vencidos, su carne servía de manjar…” .
Gómez A. Historia de Cali- Ediciones Andinas




sábado, 23 de mayo de 2009

¡Qué pena, padre Alberto! Reflexiones ante una claudicación


Amigos:

En este espacio de Opinión reproduzco las columnas, artículos, ensayos... que publicó en la sección Opinión Cibernauta del Diario Occidente la ciudad de Santiago de Cali, y algunos de otros autores que me parecen interesantes para los lectores. Espero me hagan llegar sus comentarios.Les invito cordialmente a visitar mis otros blogs:



¡Qué pena, padre Alberto!
Al momento de terminar esta columna circula la noticia de que el padre Alberto ha renunciado a la fe católica para ingresar como sacerdote a la iglesia episcopal de la ciudad de Miami. Esta circunstancia me trae a la mente una anécdota que contaba mi padre acerca de un sacerdote bastante libertino que conoció en Lima. En cierta ocasión cuando mi padre le reconvino su conducta diciéndole que por qué continuaba de sacerdote si quería comportarse en esa forma, el cura en cuestión le contestó:

“Mira, lo que sucede es que ingresé muy joven a esta actividad y a esta edad ya no sé hacer otra cosa . Esto, lamentablemente, es lo único que sé hacer”.
Me temo que algo similar ha ocurrido con el famoso padre Alberto.
¿Sorpresa? Leve, muy leve. Hoy en día no solamente claudican los sacerdotes, claudica el esposo, la esposa, el hombre público, el político, el profesional, el empresario, el burócrata…


Es el pan de cada día en esta cultura de resultados inmediatistas en donde todos, de una u otra manera, desistimos progresivamente de nuestros principios, de nuestros ideales, de nuestros compromisos, ante la búsqueda insaciable de placer y felicidad, ante la presión de un materialismo salvaje que nos impulsa a alcanzar a toda costa el dinero y el éxito.


La pregunta es obvia: ¿Es imposible para un sacerdote perseverar en el celibato? Todo depende de su fe, de la fuerza de su ideal. La verdad es que todo sacerdote pasa antes de consagrarse por un proceso largo de preparación para descubrir su vocación y analizar si es capaz de vivir en celibato por el resto de su vida. A ningún seminarista se le pone una pistola en la cabeza para que tome esa decisión. Los reglamentos de la Iglesia están bien documentados y explicados. Es una decisión personal comprometerse a seguirlos. Los monjes budistas, los monjes tibetanos, tienen una vida mucho más restringida en todos los órdenes, renuncian no solamente a la realización en el aspecto sexual, sino prácticamente a todo bienestar. Y perseveran en ello hasta su muerte.


Personalmente creo en la conveniencia del celibato en los hombres y mujeres consagrados a Dios. Una misión tan importante como la de un ministro de la Iglesia que tiene bajo su responsabilidad la conducción espiritual de cientos de feligreses no puede estar restringida o presionada por lazos familiares; el sacerdote debe disponer de una gran libertad sentimental y económica. Y es que prácticamente no hay ninguna circunstancia que torne más egoísta a un ser humano que un hijo. A partir del momento de su paternidad no hay nada más importante para un hombre que su o sus descendientes. Tenerlos, aunque se alegue lo contrario, es un freno en la entrega sin límites de un sacerdote a Dios y a su ministerio.


A pesar del escollo, aparentemente insalvable, del aspecto sexual, resulta mucho más conveniente para un religioso vivir su misión sacerdotal sin la responsabilidad de un hogar propio, de una esposa y de unos hijos que requieren educación, tiempo y satisfacción continua a las ingentes necesidades y aspiraciones que nos impone esta sociedad de consumo.


El escándalo de los curas pedófilos que tanto daño ha causado a la fe de muchas personas ingenuas tiene otras características. Probablemente estos criminales ingresaron al sacerdocio precisamente porque no les atraía para nada el matrimonio. Quizá sus propias tendencias torcidas en el plano sexual les hicieron ver el campo sacerdotal como un medio propicio para satisfacer sus instintos. El caso de Fernando Lugo en Paraguay es otra cosa. Por su comportamiento para con las mujeres queda claro que es un hombre carente de moral no solo para ser sacerdote sino incluso para la vida seglar en donde de seguro habría sido también un mal amigo, un mal empleado, un pésimo esposo… Y, desde luego, está todavía por verse lo que hará en su gestión como presidente. En ambos casos, es evidente, no obstante, una falla de la iglesia católica en la selección de sus sacerdotes.

Como en todos los órdenes de la vida, el sacerdocio católico impone también unas normas y una conducta. ¡Qué pena, padre Alberto! Pero si no fue capaz de perseverar en su compromiso y hasta llegó con absoluta ligereza a presumir públicamente de su falta, lo correcto , lo correcto era que colgara los hábitos. Al menos, los de la iglesia católica porque ella exige a sus ministros –al menos hasta hoy- el celibato y si un hombre consagrado no puede o no quiere cumplir con esta norma, debe irse.

¿Imposible para un sacerdote conservarse íntegro a través de su vida sacerdotal? ¡No! Lo único que hace falta es sentir plenamente el ideal, el compromiso, creer firmemente en Dios y en su llamado. Un llamado tan fuerte que no importe dejar no solo las pequeñas satisfacciones de la vida, sino la vida misma en la consecución de esa misión.


Hay unos versos de Amado Nervo que se refieren precisamente a ese poderoso llamado ante el que no es posible resistir; con ellos quiero terminar este comentario:

Si tu me dices ven

Si tú me dices «¡ven!», lo dejo todo...
No volveré siquiera la mirada
para mirar a la mujer amada...
Pero dímelo fuerte, de tal modo

que tu voz, como toque de llamada,
vibre hasta el más íntimo recodo
del ser, levante el alma de su lodo
y hiera el corazón como una espada.

Si tú me dices «¡ven!», todo lo dejo.
Llegaré a tu santuario casi viejo,
y al fulgor de la luz crepuscular;


mas he de compensarte mi retardo,
difundiéndome ¡Oh Cristo! ¡como un nardo
de perfume sutil, ante tu altar!

Amado Nervo

lunes, 30 de marzo de 2009

El reality de Camila Parker



Con una amena crónica escrita por Angélica Lagos Camargo de EL ESPECTADOR he querido dar inicio a la columna que escribí hace ya un tiempo, por aquellos días en que el príncipe Carlos de Inglaterra, en contra de la opinión general, decidió casarse con el amor de toda su vida: Camila Parker Bowles. Al verlos hace poco felices, serenos y muy unidos durante su viaje a las islas Galápagos en Ecuador reflexioné nuevamente en la relatividad de las parejas perfectas y en todas esas circunstancias que inspiraron esta columna que hoy pongo nuevamente a su consideración y que fue escrita hace unos años en vísperas del controvertido matrimonio del príncipe Carlos y la plebeya y poco agraciada Camila Parker Bowles.  Dice la periodista:

"La relación entre el Principe Carlos de Inglaterra y su actual esposa, Camila Parker, no ha sido para nada un cuento de Hadas. En 1992 la propia Camilia entendió en carne propia lo que la mayoría de británicos sentía por ella. Una lluvia de panes, lanzados con furia por admiradores de la princesa Diana, la sorprendió en un exclusivo supermercado de Londres, en donde hacía sus compras. Después le llovieron huevos, tomates y durante años, miles de insultos. Diana la llamaba “el Rottweiler” —porque, según decía, era muy fea—; la Reina Isabel aseguraba en los pasillos palaciegos que Camilla tenía cara de caballo y la prensa inglesa la bautizó como “la otra” y “la tercera en discordia”.

"Luego se conocieron detalles íntimos del tórrido romance, que comenzó 20 años atrás durante un partido de polo. Aquella tarde de 1970, Camilla, de 23 años, y Carlos, de 22, sintieron una atracción “casi animal”, según relataron amigos de la pareja. ¿Cuestión genética? Tal vez, si se tiene en cuenta que la bisabuela de Camilla Parker, Alice Keppel, fue la amante del rey Eduardo VII, tatarabuelo del príncipe.

"Fue así como comenzaron sus intensos encuentros. Camilla, quien se casó en 1973 con Andrew Parker Bowles, se convirtió en la amante de Carlos, hasta su matrimonio con Diana, en 1981, cuando la plebeya decidió dar un paso al lado para que la unión del heredero de la corona británica funcionara. Las buenas intenciones duraron poco porque el príncipe no dejó de buscarla.
Carlos le confesaba amargamante a sus amigos que no podía vivir sin Camilla, que era ella su razón de vivir y que no podía soportar más a Diana, una mujer “fría, inexperta y bulímica”. “Me he pasado todos estos años oliendo sus vómitos”, confesó el príncipe.

"Entonces se reanudaron las citas furtivas. En el Palacio de Buckingham ya era un secreto a voces que el poco agraciado príncipe, quien no gozaba del favor popular, tenía una cortesana y estaba enamorado de ella. Diana era sólo un estorbo. Había que esconder el terrible secreto de alcoba. Y así lo exigieron los reyes a los empleados de Palacio.

"Pero la transcripción de una conversación telefónica entre Camilla y Carlos no dejó lugar a dudas del affaire. Un periódico australiano había puesto en evidencia la atracción que sentían. Carlos incluso reconoció que deseaba “ser un tampax” para estar dentro de ella".


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Y ahora sí, mi columna:
El reality de Camila Parker
Leonor Fernández Riva

En una reciente reunión familiar se presentó una gran polémica entre todos los asistentes al tocar alguien el tema del anunciado matrimonio del príncipe Carlos de Inglaterra con Camila Parker Bowles. Los argumentos en contra de los protagonistas fueron vibrantes y hasta crueles: que Camila es una mujer horrible; que está muy vieja; que es inmoral; que no tiene punto de comparación con la desaparecida Lady Di; que Carlos es un pelele ridículo; que cómo puede ser que ahora sea feliz después de haber hecho sufrir tanto a la inolvidable princesa de Gales; que debería haber renunciado a la sucesión porque no merece ser rey, y otras apreciaciones por el estilo en contra de su próximo matrimonio al que desde ya vaticinan un rotundo fracaso.

Es realmente sorprendente observar cómo en pleno siglo XXI algunas personas piensan que los reyes son seres especiales, inmunes a las tentaciones del mundo y de la carne, cuando precisamente las monarquías se caracterizaron siempre por el desenfreno y permisividad de sus costumbres y sólo después de la Revolución Francesa y la posterior caída de los zares aplacaron un tanto sus excentricidades, pero sin lograr aquietarse del todo,  tal como podemos percibir de vez en cuando por los titulares de los periódicos. Sorprende también, y mucho, que el matrimonio de uno de los miembros de esta clase jurásica en peligro de extinción despierte tanta controversia y apasionamiento cuando lo que "realmente" debería ser cuestionado es que existan todavía monarquías, aunque éstas sean constitucionales como en el caso de la que nos ocupa.

Con todo, como veo que el tema apasiona tanto, he abierto un pequeño paréntesis a temas más serios para discurrir un poco sobre este "reality" que según parece ha sido ganado ampliamente por Camila.

Carlos, su principal protagonista, no resultó particularmente favorecido en el reparto de carisma y simpatía. Ni es tampoco, por su apostura y gallardía, el príncipe azul que imaginamos las mujeres en nuestros sueños. Esta carencia de atractivos físicos no deja de tener su importancia en un momento en que se profesa tanta idolatría por la belleza masculina y femenina. Por otra parte, le ha tocado a Carlos, como heredero al trono, desempeñar un papel ambiguo, incómodo y de largo aliento, capacitándose durante toda su vida para ocupar un cargo que la fortaleza y longevidad de su madre tornan cada vez más lejano e improbable. ¿No será que Carlos se cansó de esperar lo inesperado y quiere ahora convertirse en rey aunque solo sea del hogar que piensa formar con Camila Parker?

Me preguntó cuántas veces, en medio de la soledad e inutilidad que han sido sus compañeras más constantes, habrá meditado Carlos lo absurda y limitada que resulta la existencia de un rey en la era moderna. Un poco de molicie y buena vida, es cierto, pero opacadas casi completamente por los indiscretos e incansables paparazzis, que no permiten echarse una canita al aire en completa privacidad. ¡Qué diferencia con algunos de sus brillantes antepasados! Un Enrique VIII, por ejemplo, para quien fue tan fácil prescindir de sus esposas y amantes inoportunas o incómodas y quien tampoco tuvo reparos en mandar al diablo al Jefe de la Iglesia romana cuando desaprobó sus viscerales procedimientos.Y Camila, ¿será en verdad la retorcida y calculadora mujer que nos han hecho creer? ¿O más bien una mujer admirable, dotada mezquinamente por la naturaleza -eso está a la vista-, pero quizá atractiva, cálida y divertida en la intimidad?

En un documentado artículo publicado en la revista Semana el 12 de febrero del presente, se afirma que Camila "es una mujer inteligente y discreta, carente de toda vanidad personal. Una persona sin pretensiones que se ganó su lugar por ser una buena compañera y a quien, para tranquilidad de Carlos, sus hijos William y Harry aceptan. Que las apariencias engañan y que Diana era una mujer consentida, caprichosa, bulímica, poco inteligente y ante todo insegura, quien compensaba estas deficiencias con el sentimiento de ser una estrella: la mujer más famosa del mundo y que trabajó en ello más que en su matrimonio. Tanto es así que, con tal de destruir a su marido, salió a contar las mutuas infidelidades a los cuatro vientos sin importarle el daño que hacía a sus hijos".  Y, agrego yo, que parece disfrutó también, opacando aun más la deslucida figura de su esposo. 

Camila es una mujer de cuidado, precisamente porque no ha basado su encanto en el atractivo físico sino en esos detalles imperceptibles que no pueden ser reproducidos en las fotos ni en los videos, pero que son los que unen o separan a las personas. Una lección para nuestra sociedad "ligth" que basa el éxito conyugal y profesional de una persona en su apariencia física y que ha ido, paulatinamente, inculcando a las mujeres rígidos patrones de belleza que deben ser alcanzados a cualquier costo.

Este "reality" ha sido ganado por Camila en justa lid. Todos conocemos el dicho "en la guerra y en el amor todo está permitido". El amor de Carlos y Camila ha sido una carrera de resistencia que ha durado 35 años. La pareja debió superar muchos obstáculos y desaciertos para llegar a este día, pero tal parece que ahora están decididos - hablando en términos "reales"- a "coronar" su relación con todo éxito.

Hay quienes afirman que antes de haber dado este paso Carlos debería haber renunciado a su posible investidura. Discrepo rotundamente, porque no creo que tenga que hacer algo que nadie le ha exigido. De todos modos, si se llegara a presentar esta alternativa, sabríamos cuánto "realmente" vale para el eterno sucesor al trono del Reino Unido su relación con Camila Parker. Pienso que sería maravilloso que nuevamente un rey o cuasi rey renunciara al trono que ha esperado toda su vida, para ser feliz públicamente junto a la mujer que ama.

El tiempo lo dirá. Pero, romántica empedernida, creo que esta vez sí triunfará el amor.
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Otros artículos de la autora:

Nicola Tesla, el hombre que iluminó nuestras vidas...

Los Mayas, un pueblo enigmático



sábado, 21 de marzo de 2009

Multiplicarnos o envejecer, he ahí el dilema



viejos


Comparto con ustedes, amables lectores, este artículo que escribí hace ya un tiempo, pero que sigue teniendo vigencia:

Uno de los pocos mandatos del Creador que el hombre acató con gran diligencia fue su perentorio: "Creced y multiplicaos". Ciertamente, los descendientes de Adán y Eva nos empeñamos con gran acuciosidad en cumplir tan agradable precepto sin presentir siquiera los problemas que siglos después nos depararía aquel fatídico "multipli-caos" .

Hoy, cuando nos desplazamos en medio del caótico tránsito de nuestras ciudades repletas de hombres y  mujeres  que caminan con prisa por aceras estrechas apropiadas casi totalmente por vendedores informales, por indigentes, por mendigos, por descuideros, en ese bullicio variopinto y desordenado que origina la lucha por la vida de los más necesitados y sobre todo, cuando observamos en medio de este panorama a tantos y tantos niños menesterosos, no podemos menos que preguntarnos: ¿Hasta cuándo podremos seguir creciendo? ¿Quién podrá brindar empleo, servicios, salud, seguridad a esa marejada humana que brota como por arte de magia de nuestras famélicas comunidades?

La sobre población es, por sus catastróficas implicaciones sobre el medio ambiente y sobre los recursos naturales, uno de los problemas más graves que deben afrontar no solo nuestros pueblos tercermundistas sino la humanidad entera; el otro, igualmente preocupante, es el envejecimiento de la población.

En el año 1800 el economista inglés Robert Thomas Malthus dio ya una voz de alerta, explicando, ante un auditorio escéptico, los peligros que entrañaba para la humanidad la progresión aritmética de las subsistencias comparada con la progresión geométrica de la población. Calculaba Malthus que en el año 1898 Inglaterra llegaría a una población de 112 millones de habitantes de los cuales 77 millones morirían de inanición pues los alimentos no alcanzarían sino para 35 millones de personas. Si bien sus cálculos no correspondieron exactamente a la realidad pues Inglaterra llegó en 1898 solo a 58 millones de habitantes con un saludable índice calórico per cápita de 32 puntos, las apocalípticas predicciones maltusianas han ido tomado paulatinamente un giro igualmente inquietante.

La población mundial continúa creciendo, pero solo en un reducido número de países. En muchos otros hay una notable disminución de gente joven. Las previsiones del último informe de la División de Población de la ONU no ponen ya el acento en el aumento de la población, sino en su envejecimiento. Según este informe el número de niños que nacen en el mundo desarrollado no es suficiente para mantener su población en el nivel actual. La caída en el número de niños llevará a un envejecimiento de la población mundial. Este envejecimiento se hará sentir con un alto costo especialmente en los países más ricos. La población activa -aquellos capaces de pagar las pensiones y los cuidados sanitarios de los más ancianos- se reducirá dramáticamente en los años venideros. En algunos países la tasa de natalidad descenderá dramáticamente: en Japón y Alemania en un 14%; en Italia y Hungría en un 25%. España será el país más envejecido del mundo, con una edad media de 55 años. Casi el 90% de los habitantes del planeta vivirán en países pobres. Occidente necesitará 100 millones de inmigrantes anuales para mantener su población activa. La población mundial se estabilizará hacia mediados de este siglo en unos 9.300 millones.

Estas previsiones acerca del envejecimiento de la población son el principal argumento económico a favor de que la población mundial continúe creciendo y se basan en que todo país necesita una tasa de reposición mínima de entre 2.2% y 2.3% con el fin de evitar que la población anciana sea superior a la población joven. Esta eventual circunstancia tiene, desde luego, mucha más trascendencia para una sociedad como la europea que basa su eficiente sistema de seguridad pensional y de salud en una pirámide sustentada, cada vez más precariamente, por una disminuida juventud.

Pero los países tercermundistas, abarrotados por poblaciones emergentes, requerimos en cambio, urgentemente, un periodo de respiro, un ciclo de baja natalidad que nos permita alcanzar el desarrollo.

El quid de la cuestión es que resulta mucho más sencillo plantear soluciones que llevarlas a cabo porque la senda que conduce al control de la población está plagada de arenas movedizas. Controlar la población no es una labor fácil ni absolutamente predecible. Los programas llevados a cabo en otras partes del mundo así lo demuestran.

Hace 30 años China, la nación superlativa por excelencia que este año llegó a 1.300 millones de habitantes (
China e India: Los colosos de la población mundial « Watching ...) debió aplicar la "Política del Hijo Único" para intentar frenar el dramático crecimiento de su población. Esta decisión, aparentemente inobjetable, ha tenido no obstante varios efectos negativos. La ilegalidad del segundo hijo ha provocado que en las áreas rurales se oculten los nacimientos para evitar multas ( lo que hace presumir que el número de habitantes es mucho mayor) y que se produzca el aborto selectivo de niñas despreciadas por la tradición, prefiriendo mayoritariamente al hijo varón que según se cree mantendrá con un mejor salario a sus mayores cuando crezca. La desproporción de género en los nacimientos: 119 varones por cada 100 mujeres tendrá como consecuencia que en el 2020, cuarenta millones de varones solteros en la China no puedan encontrar pareja. Por otra parte, el envejecimiento progresivo de una gran parte de la población en una nación en la que a pesar del régimen comunista, el sistema de seguridad social es casi inexistente, ha puesto sobre el tapete la conveniencia de que nuevamente sean las familias las que se ocupen de la manutención y cuidado de esta población anciana, antes amparada por una tradición milenaria; tradición que hace tan solo unos pocos años, el mismo sistema intentó estigmatizar.

A pesar de que las medidas que se adopten para frenar la explosión demográfica, probablemente acarrearán nuevas y controvertidas realidades, hay que reconocer con humildad, que la Tierra no puede sostener durante mucho tiempo a 5.500 millones de habitantes y mucho menos a los 9.300 millones previstos para mediados de este siglo. Esta consideración se torna fundamental cuando se trata de sopesar las soluciones que se plantean.

Para nuestros pueblos es vital enfrentar esta realidad. Una nueva conciencia debe surgir en nuestra sociedad acosada por la violencia y la pobreza. No se pueden seguir trayendo al mundo niños no deseados a los que no se les ofrece ninguna esperanza de vivir con dignidad. Este es un problema que requiere atención inmediata si se medita en la enorme diferencia de tiempo que transcurre entre el inicio de un programa adecuado de control y el comienzo de descenso de la población. El Gobierno y los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad con el futuro de nuestra patria. Las campañas de concientización deben ser inteligentes y eficaces. Lo que no puede hacerse, de ninguna manera, es dejar su solución al azar o a las hormonas (que es prácticamente lo mismo).

Debido a los largos años de estudio y especialización que deben realizar actualmente los jóvenes para capacitarse, cada día es más grande la brecha que separa la edad apta para la reproducción, de la edad en que se convierten en profesionales capaces de sostener una familia. Como todos sabemos, las hormonas y las neuronas no suelen recorrer los mismos senderos. Inútil es pues, pedirle continencia a una juventud bombardeada con mensajes de sexo y promiscuidad. Pero lo que tal vez sí es posible, es lograr concienciar a la juventud de una paternidad responsable, incentivando su deseo de una vida mejor y despertando también en ella un prudente egoísmo que le ayudará a actuar con previsión ante algo tan delicado e irreversible como es traer al mundo una nueva vida. Hay que ponerle inteligencia y responsabilidad al encuentro amoroso porque de lo contrario, la frase: "el amor es la trampa de la naturaleza para mantener la especie", podría convertirse pronto en: "el amor es la trampa de la naturaleza para exterminar la especie".

De todos modos, la explosión demográfica terminará algún día. Lo que no es posible saber es si su fin se producirá de forma benévola, por medio de un descenso en las tasas de natalidad, o trágicamente, a través de un aumento en las tasas de mortalidad.


Leonor Fernández Riva

imagenes de niños pobres (6)

martes, 17 de marzo de 2009

La obsecuente recadera de las FARC











Decir astuto es lo mismo que decir mediocre. Donde solo hay astucia, necesariamente hay pequeñez.

Víctor Hugo




Que en Colombia suceden las cosas más sorprendentes del mundo está ya demostrado hasta la saciedad. No obstante, siempre tendremos nuevos e inauditos motivos para sorprendernos. Eso, por ejemplo, es lo que ha sucedido con Piedad Córdoba, la mujer del turbante que ha ido escalando posiciones en estos últimos años con innegable inteligencia y con una bien lograda plataforma política y demagógica. Su oposición sistemática y su odio visceral, racial y de clase contra Álvaro Uribe, el presidente legítimamente elegido por la mayoría de los colombianos la llevaron, meses atrás a decir en un encuentro de partidos de izquierda realizado en México: “Cualquier gobierno progresista tiene que cortar relaciones diplomáticas con Colombia”. Actitud sin nombre por la que fue juzgada en el Congreso Nacional como traidora a la patria.

No contenta con tan incalificable proceder forjó una alianza repugnante y destructiva con el enemigo número uno de Colombia, el chafarote que funge de presidente en Venezuela, quien ya se cree con autoridad para intervenir en la política interna de nuestro país y quien en un alarde de fuerza, demencia y prepotencia digno de su condición de engreído dictadorzuelo envió sus tanques de guerra y su ejército a la frontera colombiana.

Mientras, por una parte, lucra del Estado colombiano, por otra, confabula arteramente con quienes intentan destruir la democracia. Viaja alrededor del mundo con sorprendente holgura económica; aprovecha la situación innegable de pobreza y necesidad de muchos sectores -originada sobre todo por la violencia terrorista que los grupos de izquierda solapan con siniestra mala fe- para encontrar entre ellos adeptos a su mensaje fácil y demagógico; acude a todos los foros internacionales en donde no ceja en su actitud irracional de ensuciar la imagen de Colombia; visita las universidades, pero no para propiciar en esa juventud inconforme y ávida de ideales la motivación hacia el esfuerzo y el estudio, únicas formas de superarse y convertirse en buenos colombianos, sino para inducirla en forma por demás descarada y cínica a la insurgencia, la anarquía…y el fracaso.

Nadie, excepto la guerrilla, ha sacado más provecho de los secuestrados que Piedad Córdoba. Con su cuento de Acuerdo Humanitario tiene sometidas por el dolor y la desesperanza a decenas de familias que padecen la tragedia de este crimen sin nombre de la guerrilla y que se aferran a ese frágil hilo de ilusión que ella sabe manejar con tanta destreza porque perciben que tiene excelentes relaciones con la guerrilla. Pero desconocen –o se niegan a reconocer- que la liberación de los secuestrados es la plataforma que utiliza la Córdoba para hacer politiquería barata y para quemar prensa y destacarse. De esta manera y con absoluta frialdad y astucia la hábil senadora manipula el dolor y desesperanza de tantas familias en su propio beneficio.

Con bombo y platillo ha promocionado las pírricas liberaciones en las que se ha visto involucrada, liberaciones que si se siguieran dando como hasta ahora en número de doce por año necesitaríamos más de siglo y medio para liberar a todos los secuestrados.

Impulsa el Acuerdo Humanitario pero lo que calla ante la opinión nacional y mundial es que el secuestro es un crimen de lesa humanidad; que la liberación de los secuestrados no es un favor ni un acto heroico, y mucho menos una muestra de altruismo de las FARC y que su liberación es una obligación.

No dice tampoco Piedad Córdoba que los guerrilleros prisioneros en las cárceles colombianas gozan de todos sus derechos, que pueden ser visitados por sus familiares, que disponen de un ambiente aceptable en sus celdas, en sus condiciones de vida, de salud y de alimentación y sobre todo, que disfrutan de absoluta libertad para denunciar cualquier clase de abuso, contrariamente a lo que sucede con los secuestrados de quienes la guerrilla ni siquiera se preocupa por dar pruebas de supervivencia.

Para nadie es ya un misterio que la senadora está íntimamente vinculada con las FARC cuyo accionar no tiene ninguna razón de ser porque en Colombia gozamos una de las democracias más representativas del continente al frente de la cual hay un Presidente ejemplo de patriotismo, trabajo, inteligencia y valentía. Un mandatario que no es, como se ha querido propalar, un Presidente solo para la guerra pues con admirable energía se ocupa también del desarrollo y de los problemas sociales del país; cuyos admirables consejos comunitarios han tratado de imitar sin éxito otros mandatarios de la región; que tiene una favorabilidad del 75 % de los colombianos y que ha reivindicado las palabras trabajo y eficiencia para el ejercicio de la Presidencia y de todas las áreas de gobierno.

Claro, hay que reconocer que no solo Piedad Córdoba sino también muchos políticos e intelectuales en el país se hacen de la vista gorda ante los crímenes sin nombre de la guerrilla y que no la condenan o denuncian como sería lo lógico en una democracia que tiene cauces legales para promocionar cualquier grupo político y toda clase de ideas políticas.
Ignorando el dicho popular “quien calla otorga” guardan cómplice silencio ante las innumerables atrocidades de la guerrilla mientras maquiavélicamente aumentan con lupa cualquier falla del Gobierno. Y así, los campos colombianos se siguen poblando de minas quiebrapatas, los niños y campesinos continúan siendo cruelmente mutilados; las matanzas de civiles, campesinos e indígenas se siguen realizando con aterradora regularidad; los atentados contra la población civil y contra la estructura del país se siguen produciendo a vista y paciencia de quienes no se dignan elevar sus voces para decirle al mundo la verdad sobre este flagelo que atormenta a los colombianos.

Y el siniestro turbante continúa su periplo desestabilizador de la democracia colombiana. Ya le dio su espaldarazo a Chaves para su reelección indefinida en tanto que incongruentemente ataca la posible reelección del presidente Uribe. “Allá sí, pero acá no”, declara con la convicción de quien sabe bien que los partidos de izquierda solo utilizan los caminos de la democracia para destruirla, hacerse al poder y conculcar todas las libertades.

Y ahora, para colmo de peras en el olmo, Piedad Córdoba anuncia cínicamente su plan de visitar en Estados Unidos a Simón Trinidad y a Sonia para tratar el posible Acuerdo Humanitario en el que según parece ellos tienen mucho que opinar.

¿Qué tal? Después de los testimonios encontrados en el computador de Raúl Reyes esta obsecuente recadera de la guerrilla ha optado por un desfachatado destape ante la vista regocijada de sus seguidores y de muchos idiotas útiles que con su silencio van haciéndole el camino a quien ya demostró su deslealtad para con la patria y continúa oronda su funesto accionar en contra del gobierno legítimamente estatuido, de la democracia y de Colombia toda.





NOTA: Como verán por la fecha de la publicación, amigos lectores, esta columna,  fue publicada  hace ya un tiempo. Es por ese motivo que algunas situaciones y personajes han variado aunque en el fondo, todo sigue igual.