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viernes, 1 de abril de 2011

La Tierra, ¿un planeta habitable?





La tierra, ¿un planeta habitable?

Hace ya algún tiempo tuve la oportunidad de leer un libro titulado Planetas habitables, en el cual Stephan Dole, su autor, analizaba la posible habitabilidad humana en otros planetas. Fue mi primer encuentro con muchas cosas interesantes acerca del universo: las estrellas binarias (más frecuentes de que lo que me imaginaba) y las extrañas órbitas que podían adoptar los planetas en esos sistemas; la expansión cósmica; la materia oscura; las supernovas; los quásares y toda una serie de datos curiosos desconocidos hasta entonces para mí.

No obstante y a pesar de las dificultades que el texto me presentaba, el tema me atrapó, y al avanzar en su lectura quedé impactada por la cantidad de características -casi imposibles de reunir- que según el autor debería tener un planeta para ser considerado habitable para los seres humanos.

Dole no se ocupaba en esta obra de la vida extraterrestre. No. Su propuesta era evaluar la probabilidad de encontrar en el espacio planetas que pudieran ser habitados en un futuro hipotético por el ser humano. Para contestar afirmativamente esa pregunta establecía varios parámetros, como por ejemplo: que una estrella tuviera varios planetas; que uno de esos planetas tuviera una órbita propicia para la vida humana; que ese planeta tuviera a su vez una masa y una atmósfera adecuadas, que no fuera proclive a los terremotos, que en su superficie existiera agua líquida y la posibilidad de construcción de cadenas de carbonos; que no fuera blanco frecuente de meteoritos y asteroides, y así, tantos más. Las conclusiones finales de Dole no fueron muy esperanzadoras: según él, los humanos difícilmente podríamos alguna vez llegar a conocer un planeta con tan benévolas características como el que hoy habitamos.

El libro de Stephan Dole fue publicado en 1968, un año antes de que el hombre llegara a la Luna. Hoy, cuarenta y tres años después, el telescopio Kepler -buscador de planetas de la NASA-, arroja cifras astronómicas acerca de millones de posibles planetas avistados, pero de esos millones de cuerpos celestes solo 1.236 son candidatos a planetas y de estos, únicamente 54 se encuentran en la zona posiblemente habitable.

Aunque la investigación sobre potenciales planetas habitables y la posibilidad de vida extra terrestre resulte poco menos que disparatada para aquellos que consideran la exploración del espacio un mero capricho científico, la fragilidad de nuestro planeta azul torna esta utopía en algo casi que prioritario.

El último terremoto de Japón y otras tragedias naturales y tecnológicas ocurridas con preocupante frecuencia en los últimos tiempos han llevado a algunos a releer con mayor detenimiento las apocalípticas predicciones que se han planteado para este periodo de la humanidad, y a otros, entre los que me incluyo, a cuestionarnos si la Tierra, este querido e irreemplazable vividero, está tornándose inhabitable.

Por estremecedora que resulte esa posibilidad no es de ninguna manera improbable que nuestro planeta involucione en su capacidad de contener vida. La Tierra no siempre fue habitable y aun después de serlo ha sufrido a través de su historia devastadores cataclismos que a su tiempo exterminaron prácticamente toda la vida del planeta. Hace cuatro mil millones de años la Tierra era una bola incandescente con la superficie apenas cubierta por una leve costra continuamente herida por la frecuente caída de los meteoritos que en aquella época aún poblaban el sistema solar. Ninguna forma de vida actual hubiera sido capaz de sobrevivir en su superficie, pero en aquel caos continuo provocado por constantes erupciones volcánicas, géiseres y bombardeo de meteoritos y rayos cósmicos, se encontraban presentes todos los elementos necesarios para la vida. A lo largo de la historia de nuestro planeta, la biodiversidad fue evolucionando bajo la influencia de diferentes factores. Pero la vida del planeta siguió estando expuesta a sucesivas y dramáticas extinciones que en diferentes periodos acabaron las múltiples formas de vida que poblaron su suelo.

Brevemente, para no cansarles demasiado, voy a referirme a las seis grandes extinciones masivas que acabaron con el ¡noventa y cinco por ciento de las especies existentes en la Tierra!

La primera de estas extinciones es conocida como “La extinción masiva del Cámbrico-Ordovícico” y tuvo lugar a principios de la era Paleozoica. En aquella época la vida se concentraba enteramente en el mar, por lo cual los seres marinos fueron los únicos afectados. Los científicos creen en la actualidad que la causante del exterminio del noventa y cinco por ciento de las especies se debió a un periodo glacial o a la reducción de la cantidad de oxígeno disponible.

La segunda gran extinción -la más trágica en la historia de la Tierra- ocurrió hace aproximadamente cuatrocientos cuarenta y cuatro millones de años, época en la que dos desapariciones masivas marcaron la transición entre los periodos Ordovícico y Silúrico. El primer evento ocurrió al inicio de una larga edad de hielo, al descender el nivel del mar; el segundo, entre quinientos mil y un millón de años más tarde por el efecto contrario: al producirse el hundimiento de los glaciares e incrementarse el nivel del mar al finalizar la edad de hielo. Los grandes afectados fueron los seres marinos, únicos habitantes del planeta. Desaparecieron el cincuenta por ciento de corales y cerca de cien familias biológicas lo que representaba el ochenta y cinco por ciento de las especies de fauna.

La tercera gran extinción ocurrió entre el Silúrico y el Devónico y tuvo mayor impacto en los mares que en los continentes, y en las latitudes tropicales que en las medias. En conjunto se estima que desaparecieron el setenta y siete por ciento de las especies. Las causas no terminan de esclarecerse, aunque se sospecha del enfriamiento global sin excluir la posibilidad de un impacto extraterrestre.

La cuarta gran extinción ocurrió aproximadamente hace doscientos cincuenta millones de años y define el límite entre la era Primaria y la Secundaria, entre los periodos Pérmico y Triásico. Es conocida como “La Gran Mortandad”, por ser la más dramática de las extinciones ocurridas en la Tierra. Perecieron el noventa por ciento de todas las especies; el noventa y seis por ciento de las especies marinas y el setenta por ciento de las terrestres, además de un gran número de insectos, árboles y microbios. Los conocidos trilobites desaparecieron para siempre con esta extinción en masa. Tras la catástrofe sólo sobrevivió un diez por ciento de las especies presentes a finales del Pérmico. Las causas de esta gran hecatombe son variables. Se baraja entre un vulcanismo extremo, un impacto de un asteroide de gran tamaño, la explosión de una supernova cercana o la liberación de grandes cantidades de gases de invernadero. Los científicos opinan que lo más seguro es que no se debió a una causa única, ya que para ser el evento de extinción y destrucción más devastador que la Tierra haya conocido jamás, esta tuvo que ser atacada desde varias fuentes.

La quinta gran extinción es conocida como la extinción masiva del Triásico-Jurásico; la tercera más catastrófica. Afectó de manera importante la vida en la superficie y en los océanos de la Tierra. Desaparecieron cerca del veinte por ciento de las familias biológicas marinas (aunque la mayoría de estos grupos se recuperaron en el Jurásico), lo que equivale a aproximadamente el setenta y cinco de los invertebrados marinos. Los únicos reptiles marinos que sobrevivieron fueron los ictiosauros y plesiosauros. La liberación de un número tan grande de nichos ecológicos dejó el escenario preparado a los dinosaurios, que empezarían su dominio en la Tierra en el siguiente periodo. Se han propuesto diversas explicaciones para este evento, pero en todas ellas quedan cabos sueltos. Ni los cambios climáticos graduales ni los cambios en el nivel del mar ni el posible impacto de un asteroide ni la posibilidad de erupciones volcánicas masivas explican fehacientemente como ocurrió este suceso.

La sexta gran extinción causó la desaparición en masa de los grandes reptiles. Se desconoce su duración pero se suele cuadrar a finales del período Cretácico. La desaparición en masa de los grandes reptiles dio paso al Cenozoico. Este exterminio causó la extinción de aproximadamente el cincuenta por ciento de los géneros biológicos, entre ellos, los dinosaurios, pterosaurios, reptiles nadadores, plesiosauros y mosasaurios, ammonoideas, rudistas e inocerámidos. Los grandes supervivientes fueron la mayor parte de las plantas, de los animales terrestres (tales como insectos, caracoles, ranas, salamandras, tortugas, lagartos, serpientes, cocodrilos y mamíferos placentarios); de los invertebrados marinos (estrellas de mar, echinoidea, moluscos y artrópodos) y de los peces. Existen diferentes teorías para explicar este evento pero la más aceptada es la posibilidad del impacto de un meteorito de gigantescas dimensiones que levantó grandes cantidades de polvo e impidió con ello que la luz solar llegara hasta las plantas, y al reducirse sustancialmente su cantidad se generó un grave desequilibrio en las cadenas alimentarias.

¿Hay acaso una séptima gran extinción? Sí, amigos. De hecho, algunos científicos afirman que al comenzar el período del Holoceno -la última y actual época geológica del periodo Cuaternario, que comprende 11.784 años desde el fin de la última glaciación-, comenzó la séptima extinción masiva de la llamada megafauna, extinción que se extiende a otras especies hasta nuestros días. La lista de esta megafauna, hoy extinta, es inmensa: el león de las cavernas, el gato cimitarra, el lémur gigante, el mamut, el mastodonte, el tigre dientes de sable, el rinoceronte lanudo…Su extinción se atribuye en parte a los cambios climáticos a escala global aunque la explicación más plausible es la actuación humana.

A las grandes hecatombes y extinciones que ha sufrido nuestro planeta cíclicamente; al deterioro ambiental; a la posible colisión de nuestro planeta con asteroides y meteoritos de singular tamaño; al cambio climático; a los agujeros negros situados a una distancia cada vez más inquietante, debemos agregar ahora la inminente amenaza nuclear, constituida no solo por las bombas nucleares en poder actualmente de diferentes países sino por la fragilidad de las numerosas plantas nucleares construidas alrededor del mundo. Como quedó demostrado en Chernóbil, y ahora también en Japón, la fisión inofensiva del átomo, es solo una utopía.

El título de esta columna: “La Tierra, ¿un planeta habitable?”, no parece entonces tan descabellado, ¿verdad? Y tampoco parece tan descabellada la idea de buscar con urgencia otros mundos quizá más acogedores en un futuro, que este tan querido, pero también tan contaminado y depredado planeta azul.

Los niños del siglo pasado leímos fascinados a Supermán y nos emocionamos con su historia: un bebé de pocos meses de nacido que llegó a la Tierra a bordo de una cápsula espacial procedente de Kriptón, un planeta lejano en extinción. Sus padres, una pareja de científicos, lo habían enviado a este lejano planeta para que sobreviviera a la inminente desaparición del suyo. Traigo a colación esta fantasía porque me parece que en las actuales circunstancias ya no parece tan fantástica.

No digo, claro está, que algo semejante vaya a suceder hoy o mañana, pero quizá en un futuro impredecible esta leyenda pudiera muy bien convertirse en realidad. Después de todo, y según afirman los entendidos, la realidad está alcanzando a pasos agigantados a la ciencia ficción.

El tiempo lo dirá.

Cali, Abril 1 de 2011
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LO IMPOSIBLE, NO LO ES





Si te interesa el futuro de nuestro planeta, te invito a observar este video. Te hará reflexionar:


 http://www.youtube.com/watch?v=b5RpnwVr9m0&feature=player_embedded



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Publicado por Leonor María Fernández Riva en 13:56 2 comentarios:

martes, 15 de marzo de 2011

La más maravillosa aventura


 

La más maravillosa  aventura


Leonor Fernández Riva



 ¿Se han puesto alguna vez, amigos lectores, a pensar en lo  que representó para ustedes aprender a leer y aficionarse luego a la lectura? Es muy  interesante reflexionar sobre la manera  como adquirimos tan  apasionante adicción. Algunos, muy temprano en la vida;  otros, un poco más tarde. Casi estoy segura de que cada uno de nosotros podría contar una historia diferente a ese respecto porque el gusto por la lectura es algo  tan personal que hasta se me figura que tiene un patrón similar al gusto por la comida materna.

 Esta irreprimible adicción adquirida desde mi niñez es,  sin duda,  uno de los factores que más ha enriquecido y brindado complacencia y sentido a mi existencia. En mi caso personal la lectura no fue algo impuesto. No tuve que leer ningún libro. Leer fue siempre  un premio, un placer. Una dulce tiranía que se apoderó de mí  cuando aún era muy pequeña y que me ha acompañado a lo largo de la vida. Quiero compartir hoy con ustedes esa feliz experiencia.

-La semana siguiente empezarás a ir al kínder para estudiar -me dijo mi madre una mañana  al poco tiempo de cumplir los  seis años.  

- ¿Por qué tengo que estudiar, mami?- le pregunté  inquieta

-Para que aprendas a leer  lo que dicen los libros que te leo cada noche, mi amor- me contestó  mi madre con dulzura.
  
Su explicación no me tranquilizó en lo absoluto. No entendía todavía qué significaba leer y mucho menos, ir al colegio. Me gustaba que mi madre me leyera y no veía ninguna necesidad de hacerlo yo. Con inocultable aprensión infantil observé durante varios días los preparativos para ese importante acontecimiento: la confección de mis  uniformes, la compra de zapatos, los cuadernos, la visita  al  imponente edificio del colegio para matricularme. Un inusitado temor empezó a agitarse dentro de  mi pequeña humanidad  ante eso tan nuevo y  sorprendente que pronto me arrancaría  del protector y cálido abrigo materno para llevarme a experimentar quién sabe qué nefastas experiencias. El kínder tenía para mí la figura de una dolorosa vacuna.  Y lo peor de todo era que no había alternativa. Del kínder nadie me iba a  librar.

 Y llegó el temido día y con él, de alguna manera, el término de mi despreocupada y gozosa primera  infancia. Y tuve que acostumbrarme -aunque mis ojos se negaran a abrirse- a levantarme bien temprano en la mañana; a bañarme con un agua que a esas horas semejaba hielo; a ponerme con rapidez el uniforme y los pesados zapatos; a desayunar sin hacer pachorra y salir sin demora luego de cepillarme los dientes a esperar el transporte escolar  acompañada por mi madre, y a tomar luego mi asiento en el bus intimidada  por la mirada escrutadora de  ojos extraños. Y ya en el colegio, a muchas cosas nuevas para mí: formar fila antes de entrar a clase;  aguantar las imperiosas ganas de orinar hasta la hora del recreo; cortar figuras; pintar; cantar; compartir con otras  niñas no siempre agradables;  y, tímidamente, empezar a hacer mis primeras amigas.

 No todas las cosas que tenía que hacer las hacía bien y no todas las ganas pude aguantarlas con éxito hasta la hora del recreo. El kínder no me convencía; seguía añorando mi vida de juegos  y de irresponsables travesuras.

Pero de pronto algo insólito aconteció. Algo que transformó mi asistencia diaria al kínder  en motivo de contento. Poco a poco y casi sin darme cuenta, la unión de las letras que con tanta paciencia la profesora intentaba enseñarme empezó a tener significado. Esas primeras  letras unidas a otras formaron  titubeantes sílabas y luego  palabras que enlazadas se convirtieron en oraciones. Cada día descubría en  mi pequeña cartilla nuevas  palabras y  me complacía en formar  con ellas frases sencillas.  El día que pude leer “mi mamá me mima” representó  para mí todo un acontecimiento.  

Sin embargo, y a  pesar de ese  deslumbrante inicio en el mundo de las letras, mi lectura era  todavía muy elemental y continué disfrutando intensamente  los cuentos orales  en los que mi madre era un verdadero genio. Ella, con su prodigiosa imaginación y su bien timbrada voz,  nos trasladaba cada noche a mis hermanos y a mí  por lugares y circunstancias encantadas donde ocurrían acontecimientos prodigiosos y  donde príncipes y princesas vivían mil aventuras hasta  llegar a sorprendentes y siempre felices finales. Fue la etapa de los cuentos de hadas en la que, al influjo del relato, mi ánimo pasaba sucesivamente  de la aflicción  al regocijo al escuchar las desventuras o alegrías de Cenicienta, Blancanieves, Rapunzel, Hansel y Gretel, Pinocho, El gato con botas, El príncipe feliz…

Sin  duda, fue  mi  madre quien con su inmensa ternura e inteligencia sembró en mi corazón  un profundo amor por la aventura, los sueños, las fantasías…y  la lectura.

Con el paso de los meses logré leer  de corrido,  pero  durante un tiempo  seguí todavía apegada  al gusto por los bellos dibujos que ilustraban los cuentos infantiles. Y de  pronto,  un feliz día,  llegó para mí la era de los comics. ¡Algo realmente maravilloso! Recuerdo que por  aquellos días el periódico de los domingos incluía  un suplemento infantil con las aventuras de Tarzán de los monos, el Fantasma, Buck Rogers, Supermán, Mandrake, Pato Donald, Dick Tracy…Mis hermanos y yo esperábamos ansiosos la llegada del periódico dominical. Y claro,  siempre se suscitaba  una pelea para decidir quién  leía de primero el suplemento infantil.

Pero hubo un libro en especial,  o más bien dicho,  una colección de libros que marcó la historia de mis lecturas. Cuando mi hermano mayor, que me llevaba cuatro años,  cumplió catorce años, mis padres le regalaron El tesoro de la juventud. Recuerdo como si fuera ayer el día que esta colección llegó a mi casa. Mi hermano  fue sacando los ejemplares uno a uno  de la caja con manifiesto embeleso y con uno que otro “¡¡cuidado!!” dirigido a mí cuando veía que empezaba a hojear alguno. El papel y la tinta con la que fueron impresos esos libros tenían un olor tan agradable y cautivador  que ese aroma  quedó para siempre en mi recuerdo asociado a esa obra.   

Cada uno de los tomos de esa colección guardaba  un verdadero  tesoro en su interior. Leerlos  fue un inmenso placer. Empecé con los cuentos y fábulas, seguí con las leyendas,  el libro de los porqués, las biografías de personajes famosos, la poesía… Los poemas  que encontré entre sus páginas son los que más me han cautivado a lo largo del tiempo y los que realmente despertaron mi amor por la poesía. Sin lugar a dudas,  El tesoro de la juventud marcó con su lectura mi infancia y parte de mi adolescencia.

A los  doce años  ya era yo una consumada lectora. Mi imaginación había superado ya las imágenes y ahora me gustaba más leer libros que no las tuvieran.  Leía con  avidez todo lo que caía entre mis manos. Me favorecía que mi padre tuviera un taller gráfico. Crecí entre tinta y papel. Nunca faltaba qué leer.

Pero todavía  seguía aficionada a los comics.  Era un verdadero goce  acudir con mis hermanos al Parque San Nicolás en donde en rústicas carteleras se exhibían provocativamente un gran número de historietas para ser  alquiladas  a la chiquillería de los alrededores. No me cambiaba por nadie cuando, por alguna feliz circunstancia monetaria,  podía leer dos o tres comics de mi preferencia sentada cómodamente en una de las bancas de ese parque. Una sensación única,  difícil de describir.

Mi hermano mayor, consumado lector, había conformado ya una biblioteca bastante numerosa. Pero no era muy dado a prestarnos sus libros. No lo culpo. Probablemente pensaba (y de seguro estaba en lo cierto)  que los maltrataríamos. La biblioteca en la que los guardaba tenía puertas ajustables  a las que él había colocado unas armellas y  candado. Pero para  mis  ansias de leer, ese detalle  no representaba ningún  impedimento. Cuando mi hermano no estaba en casa me ingeniaba modos de abrir un tanto las dichosas puertas y  meter las manos entre las ranuras, para,  raspándome  y magullándome,  sacar  uno de sus libros. En algunas ocasiones mi hermano se enteraba del asalto y se ponía furioso. Pero allí estaba mamá  para calmarlo.

De esta manera  pude leer ávidamente las maravillosas aventuras deTarzán de los Monos, de Edgar Rice Burroughs, ¡veintitrés tomos! -sí,  amigos, ¡veintitrés tomos!-  que me trasladaron al África o más bien dicho, a la gloria, y que me mantuvieron  durante muchos días literalmente  pegada de sus  páginas; Sandokan,  el Tigre de la Malasia, de  Emilio Salgari,  más de veinte volúmenes de aventuras -sí, amigos,veinte- que hicieron mis delicias; los apasionantes  libros futuristas de Julio Verne;  los tiernos relatos de  Mujercitas y  Hombrecitos, de  Louisa May Alcot;  El médico de las locas, La panadera, El coche No.13,  de  Xavier de Montépin, novelas llenas de suspenso; Los tres Mosqueteros, Veinte años después, El Vizconde de Bragelonne, El hombre de la máscara de hierro, de Alejandro Dumas, vibrantes aventuras durante un periodo especialmente interesante de la historia francesa; Scaramouche y el Capitán Blood,  de Rafael Sabatini, indescriptibles aventuras de piratas y espadachines;  Tom Sawyer y Huckleberry Finn, de Mark Twain, las aventuras que todos los niños, sin importar el sexo, queríamos vivir; Guillermo el travieso, de Richmal Crompton, ¡treinta y ocho tomos! –sí, ¡treinta y ocho!- con las  deliciosas ocurrencias  de un divertido muchacho inglés de once años; travesuras que aún leo con inmenso placer; Corazón,de Edmundo de Amicis, un relato conmovedor que en su momento me hizo llorar. Y muchas, muchas historias más que me colmaron de fruición durante esos primeros años.

Luego vendrían otros libros. Muchos otros. Pero esas primeras lecturas fueron únicas, inolvidables. Me permitieron disfrutar  aventuras apasionantes y me introdujeron de forma gradual y deliciosa  a la lectura de temas más difíciles,  profundos y polémicos.

Desde aquellos ya lejanos días siempre tuve la seguridad de que nunca me sentiría sola ni aburrida mientras tuviera un buen libro entre las manos. Como bien lo expresó John Kennedy: “Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas de inefable y deliciosa compañía”.

Cultivemos, amigos lectores, en nuestros niños, el amor por la lectura y regalémosles un placer que les acompañará por el resto de sus vidas. Pero sin presiones, sin imponerles lecturas  tediosas para sus tiernos años. Hagámoslos vivir, en esos, sus  primeros libros,  las apasionantes  e inolvidables  aventuras con las que  todos soñamos cuando somos niños.

 Porque la lectura, antes que cualquier otra cosa, es un inmenso placer. ¡Y la más maravillosa de las aventuras!



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