lunes, 3 de enero de 2011

El incomparable valor de nuestra gente


Leonor Fernández Riva

Un aciago día la lluvia llegó para quedarse. Con sus manitas húmedas golpeó sin compasión y sin tregua los campos y pueblos colombianos; erosionó las montañas; enterró las viviendas, los sembrados, la vida; engrosó el cauce de los ríos, rompió las barreras que los contenían y el agua liberada y salvaje como en una trágica representación de El aprendiz de brujo cubrió sin piedad las existencias y los sueños de todos aquellos a quienes encontró a su paso.


 Al observar las patéticas imágenes de esta catástrofe sufrida por millones de compatriotas en ese desolador panorama que tiene desbordada a Colombia por causa de las inundaciones, el corazón se  estremece, pero al mismo tiempo se emociona  ante la ingenua alegría y vivacidad de miles de niños que parecen ajenos a su incierto destino. Niños que ríen y nadan en medio de esas aguas que han enterrado su futuro y el pasado de sus mayores, hombres y mujeres que con estoicismo y fortaleza afrontan esa tragedia indescriptible que en un solo día les robó su vida, su trabajo de años, su existencia toda.

Es la resiliencia,  una de las cualidades más grandes de nuestro pueblo. Una característica que ha permitido a los colombianos sobreponerse a grandes infortunios, a atroces masacres, a devastadoras catástrofes…

 Cuando escuché por primera vez la palabra resiliencia creí que estaba mal pronunciada. No alcancé a aquilatar en ese momento su verdadera dimensión; pero una vez entendí su significado y trascendencia, la elegí como una de las más esperanzadoras palabras de nuestro idioma.

El término resiliencia se origina en el verbo latino resilio y se emplea en física para caracterizar la capacidad de un cuerpo de resistir un impacto y conservar su estructura a pesar de ese impacto. La psicología ha adoptado este vocablo para significar la capacidad de una persona de superar uno o muchos golpes de la vida y crear a partir de ahí una tenaz resistencia a la adversidad que le permita conservar su estructura humana a pesar de las circunstancias.

En el libro La resiliencia, de la sicóloga Carmenza Mejía,  se habla del profundo valor que podemos observar en Colombia entre nuestra gente:  “…La persona que al ser desalojada de su pueblo lleva consigo como única pertenencia una planta florecida; el anciano que perdió todo en el desastre de Armenia pero que iza la bandera nacional sobre las ruinas de la que fue su morada; la niña que en el fragor de la guerra se devuelve a recoger su muñeca; la marcha de los indígenas paeces que armados únicamente con sus bastones de mando enfrentan a la guerrilla armada, decididos a morir si es preciso para obtener la libertad de su benefactor el ciudadano suizo Florían Bernedick, secuestrado por las FARC”.

En otro aparte de la obra se lee: “…En una encuesta publicada por la revista Semana  y realizada a niños de diferentes clases sociales entre seis y doce años de edad se encontró que nuestros niños aún creen en Dios; para muchos de ellos su padre es su personaje favorito; quieren jugar más; escogen a sus amigos por ser “buena gente”; privilegian el chiste y su proyecto de adultos es ser trabajadores y buenas personas. No hablaron de carencias; hablaron de valores”.

En las imágenes  de esta tragedia que tiene inundada a Colombia y que diariamente nos presenta la televisión podemos observar a los damnificados rescatando en canoas sus más preciadas pertenencias: colchones, estufas, pequeños televisores, menaje de cocina, cosas sencillas como su vida. No reniegan, no protestan. Aceptan con  estoica filosofía su destino y esperan con paciencia, en improvisados cambuches,  que baje el agua para volver a comenzar. Cuando un periodista preguntó a algunos de ellos qué era lo que más necesitaban, expresaron primero su agradecimiento por la ayuda que se les había enviado y pidieron solamente “agua potable”. “Vamos a ver qué pasa, dijo uno con expresión positiva,  y concluyó con una gran carcajada: “¡Mañana será otro día!”.

Es la resiliencia,  una singular característica de nuestro pueblo, un profundo sentido de identidad que nos permite afrontar la fatalidad y, pese a las dificultades, conservar nuestros principios y valores. Una gran fortaleza en medio del caos que nos hace afirmar con total seguridad que pronto vendrán días mejores. A los políticos, a los gobernantes ineptos y sobre todo a los corruptos les cabe una gran responsabilidad en la imprevisión y en las graves consecuencias originadas por este fenómeno de la naturaleza. La historia sabrá juzgarlos.  Pero en nuestra gente, en esa gente sencilla y valerosa se alberga la esperanza cierta de ver resurgir con más fuerza en un futuro cercano las poblaciones hoy anegadas.
En los actuales momentos, ¡qué sabias resultan las palabras de Estanislao Zuleta!: “… La grandeza de un pueblo no radica en no tener dificultades; radica en la forma cómo las afronta, y el pueblo que pueda vivir productivamente en la dificultad, es un pueblo maduro para la paz” . Y añado yo: Y para el progreso.

                                                          
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viernes, 17 de diciembre de 2010

Un mundo enfermo...y amenazado


Leonor Fernández Riva


Gracias al canal de televisión History Chanel, pude observar el fin de semana pasado,  cómodamente sentada frente al televisor,  un maratónico documental de dos días de duración acerca del auge  y caída del imperio romano. Un impresionante viaje  a lo largo de los quinientos años de duración de este poderoso imperio. Cómo no abismarse ante la maestría de la ingeniería romana, sus espectaculares  edificaciones, arcos,  acueductos, puentes, termas, carreteras; de sus leyes y organizaciones políticas.  Pero simultáneamente con esos grandes logros del espíritu  humano  el deseo de todos sus gobernantes  de subyugar a otros pueblos. Una historia plagada  de conflictos, de traiciones,  de  cruentos combates e invasiones, de triunfos y derrotas,  de mandatarios enceguecidos por el poder y la grandeza. Una civilización sorprendente  que llegó a su fin  en el año 476 dC  derrotada por los pueblos que menospreció y que llamó bárbaros. 
Pero la romana  ha sido solo una más de las civilizaciones del mundo que ha generado sangre y sufrimiento. Son  infinitas las guerras que han desolado y cubierto de sangre el planeta desde el inicio mismo de su existencia. Como una maldición ancestral, el  virus nefasto de la guerra, el anhelo de dominar y oprimir a otros hombres, a otros pueblos, subyace en el alma misma del  hombre.
En los últimos cinco mil  años de historia la humanidad solo estuvo novecientos años en paz, y durante estos años de paz los hombres se  prepararon y capacitaron  para el conflicto siguiente. Más de ocho mil  tratados de paz se han firmado en el transcurso de los últimos treinta y cinco  siglos.
Desde el año 1.000 hasta el 2.000 d.C se calcula que las guerras han causado unos ciento cuarenta y ocho  millones de víctimas, casi las dos terceras  partes durante las contiendas habidas en el siglo XX. Se estima que hasta la primera mitad de este siglo nueve de cada diez víctimas eran soldados; en la segunda mitad esta proporción varió,  hasta que, a finales del siglo XX, nueve de cada diez víctimas en los conflictos armados son civiles. 

Guerra, guerra, guerra, esa es la memoria del mundo. Así se han llenado las páginas de los libros de historia. Así se han formado los pueblos. Luego de la caída del muro de Berlín, del colapso de la Unión Soviética  y la terminación   de la guerra fría  muchos creímos ilusamente  que el mundo se encaminaría a una era de paz.  ¡Qué gran equivocación! Surgieron con más fuerza los nacionalismos, los  fundamentalismos religiosos, el terrorismo.

 Hoy,  una sombra oscura se cierne sobre la humanidad. El fantasma de una guerra total y devastadora recorre el mundo: enfrentamientos peligrosos entre  China y Taiwán, una Corea cada vez más amenazante, impredecibles  instalaciones  nucleares en Irán, guerras interminables  y fraticidas en Irak  y  en Afganistán, luchas intestinas  en África, conflicto sin salida entre Israel y los países árabes,  armamento nuclear cada vez en poder de más países. La paz en el mundo pende de un hilo.

Esa es la historia del mundo, pero la de nuestro país  está  también signada por  la violencia. Violentos fueron los pueblos prehispánicos conquistados, violenta la conquista, violentas  las batallas por la  independencia y violentos los conflictos que se sucedieron en la etapa republicana.  Asombrosamente,  no  hemos podido  disfrutar en Colombia desde su formación una  sola década de completa paz.  Cuando el  odio y el fanatismo generado por los partidos políticos quedaron atrás, surgieron  la guerrilla, los paramilitares, el narcotráfico, la delincuencia, el narcoterrorismo.  La vida perdió valor,  campeó la  corrupción, se perdieron los valores;  la moralidad,  la decencia y  el buen nombre  pasaron a ser para muchos,  motivos de mofa. Y para colmo, en la actualidad nuestros vecinos juegan también  con el lenguaje protervo de la guerra.

Y me pregunto, ¿Cómo puede el ser humano jugar así con la guerra?  ¿Cómo pueden algunos hombres dedicar su vida a exterminar a sus compatriotas, a causar dolor y sufrimiento? ¿Cómo podemos todos los hombres del mundo ver impasibles ese camino sin retorno que está siguiendo la humanidad  al armarse a costos altísimos con tecnología nuclear e ignorar criminalmente  el desastre global que produciría un conflicto con semejante armamento? Ningún pueblo del mundo puede ser ajeno a esta realidad. La guerra es una globalización siniestra que nos concierne a todos.  Los pueblos del mundo viajamos juntos en el mismo avión. Los que lo comandan en la cabina solo ven al frente, solo  se preocupan por alcanzar su rumbo y evitar las  amenazas visibles, pero desoyen lo que pasa en la cola y en la mitad de la nave y esta nave se está recalentando, se ha despresurizado y  de continuar imprudentemente  el mismo rumbo, seguramente acabaremos estrellándonos todos.

Pero no solamente la posibilidad cierta de una guerra apocalíptica se abate sobre el mundo. En solo un siglo de era tecnológica el planeta agotó sus recursos, contaminó el aire, el agua y la tierra, terminó con sus bosques, con sus  fuentes de agua, disminuyó peligrosamente la capa de ozono, generó las condiciones para el cambio climático. Una serie de accidentes geográficos nos dice que la Tierra está enferma:  terremotos devastadores, incendios incontenibles alrededor del  mundo, cambio climático, corriente del Niño, de la Niña, desierto que avanza,  polos que se deshielan. Se necesita de la inteligencia, del esfuerzo y de los capitales  de todos  quienes hoy se ocupan en producir armamentos exterminadores para encontrar soluciones a los graves problemas de hambre y miseria del mundo  y a los  quizá irremediables problemas ecológicos que nuestra civilización ha generado.

 No deja de ser irónico que en este momento tan propicio de la humanidad, cuando la ciencia ha logrado tanto bienestar para el género humano, cuando disfrutamos avances tan grandes en la cultura, en la medicina,  en las comunicaciones  y cuando nuevos y fantásticos logros en la tecnología y la ciencia nos prometen nuevas y sorprendentes conquistas y  la posibilidad cierta  de una vida mucho más grata, estemos al borde del precipicio, a las puertas  de perderlo todo.

Creo que hasta para personas optimistas como la que esto escribe, escuchar y ver hoy en día  los noticieros  de radio y televisión es comprobar que el mundo está enfermo y  que   su pronóstico es reservado. No hace falta leer las sombrías profecías de Nostradamus ni analizar la probabilidad de acierto del fatídico calendario Maya. Cualquiera de nosotros puede darse cuenta  de que nos estamos encaminando  a un destino sin retorno.

Siempre me he sentido privilegiada por haber nacido en esta era  del  mundo. Viví gran parte de la mitad del siglo XX y ahora estoy recorriendo sorprendida  este impredecible siglo XXI. He podido observar y disfrutar  el avance prodigioso de la ciencia,  sobre todo en la medicina y en las comunicaciones. Cada día me asombro y doy gracias de todas las ventajas y  adelantos de que puedo disponer para hacer más grata mi vida.  

Pero creo también  que precisamente ese progreso y ese bienestar a que todos nos hemos acostumbrado nos hacen menos capaces para enfrentar las temibles consecuencias que tendrá que vivir el mundo en una época incierta. Como bien dijo Albert Einstein; No sé como será la tercera guerra mundial, pero sé que la cuarta será con piedras y lanzas.

El mundo está gravemente enfermo y no vislumbro  remedio a la vista. Creo que lo prudente es procurar templar nuestro espíritu, nuestra capacidad de  estoicismo y de resiliencia porque todo hace suponer que en el transcurso de este siglo nos tocará vivir a quienes estemos para ese entonces habitando este planeta circunstancias impredecibles y  apocalípticas.


  
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domingo, 12 de diciembre de 2010

De brazos, calaveras y fundaciones





En días pasados, la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño, Programa de Arte y estética  de la Universidad San Buenventura de Santiago de Cali y la Fundación  Ekolectivo Arte Público presentó la interesante propuesta estética “¡Le cortamos el brazo a Sebastián de Benálcazar!”. Una propuesta de amputación virtual al fundador de la ciudad con el fin de  “propiciar un choque emocional y plantear una transformación del espacio donde se encuentra la estatua de Sebastián de Benálcazar a fin de posibilitar otras formas de construcción social”.

 La propuesta en cuestión suscitó diferentes opiniones a favor y en contra tanto de la Academia de Historia del Valle del Cauca como de otras personalidades. Como mi buen amigo el historiador fráncés  Ives Monino trajo  mi nombre a este debate al recordar otro muy esclarecedor y agradable que sostuvimos hace un tiempo acerca de un tema relacionado me sentí motivada a  participar en tan interesante polémica con las reflexiones que expongo en la siguiente columna.

De brazos, calaveras y fundaciones
Leonor Fernández Riva

Si con la amputación -virtual o física- del brazo de Sebastián de Belalcázar o con las ochocientas calaveras y otra serie de actos simbólicos organizados por los entusiastas alumnos de la Universidad San Buenaventura y la Fundación Ekolectivo  pudiésemos reivindicar el sufrimiento de las diferentes etnias indígenas a las que les tocó en suerte recibir el embate de los conquistadores españoles, en buena hora. Comparto, no obstante, el pensamiento siempre lúcido de Carlos Vidales en el sentido de que mutilar o derribar una estatua es casi lo mismo que destruir un libro. Algo así como volver a los tiempos en los que el Index librorum prohibitorum et expurgatorum (creado en 1559 por la Sagrada Congregación de la Inquisición y gracias a Dios descontinuado desde 1966) marcaba el límite de nuestras lecturas y hasta de nuestros pensamientos.

Creo, no obstante, que la historia ya en parte hizo justicia porque tal como afirma Ives y lo ratifica Carlos en contundente frase, con los conquistadores ocurrió algo similar a lo que pasó con la monarquía durante la revolución francesa: “…los conquistadores fueron la principal causa violenta de muerte de los conquistadores”.

Es irónico que a pesar de la rigidez de las ideas religiosas de aquella época, la conquista de América se haya realizado prácticamente sin Dios ni ley. Y es que aquellos eran tiempos violentos y los hombres que vinieron al Nuevo Mundo -con honrosas excepciones- no fueron precisamente humanistas.

Pero lo curioso es que América tampoco era por aquellos días una isla de paz. Los indígenas de América eran a su vez víctimas de la crueldad, la violencia y las ansias de conquista de otros imperios precolombinos. El cacique Petecuy, por ejemplo, no fue de ninguna manera una pera en dulce. Los testimonios que han quedado de su crueldad y ferocidad dan buena cuenta de ello. Y tampoco se distinguieron por su mansedumbre otros gobernantes precolombinos. Huayna Capac -sin duda uno de los más grandes gobernantes del Imperio Inca- se caracterizó también por las sangrientas luchas con sus vecinos y por sus crueles actos de venganza. La lucha fratricida en que se enzarzaron a su muerte sus hijos Huáscar y Atahualpa dejó sembradas imborrables semillas de rencor y venganza en el ánimo de los vencidos. Durante el reinado de Huáscar y más tarde en el de Atahualpa, se inició la decadencia del imperio inca. El relajamiento de la nobleza en una sociedad donde los pobres trabajaban como esclavos ya no solo para el Inca y el Sol sino también para las familias de los nobles, era síntoma de que ya algo andaba mal en un imperio que había crecido desmesuradamente rápido. Un ambiente de descontento, de ansia de venganza y de revancha recorría América a la llegada de los españoles.

No es, pues, del todo descabellado suponer que quizá los pueblos de América no hubieran necesitado el concurso de España para extinguirse. Ellos mismos habían dado ya los pasos necesarios para su propia desaparición. Sucedió con los Mayas en México y con las culturas Chavín, Mochica, Nazca, Tiahuanaco y muchas otras, en el Perú.

Por otra parte, la conquista de América por un puñado de españoles no podría haberse dado si no hubieran existido acá por esos días gobiernos indígenas en franca decadencia y un descontento muy grande entre los pueblos gobernados, circunstancia esta última que propiciaría la aparición de informantes y traidores entre los mismos conquistados.

Un testimonio de la época lo expresa así: "… si la tierra no huviera estado dividida, si Guaynacaba no huviera muerto, no la pudiéramos entrar ni ganar". Pero para desgracia de los conquistados esta tierra estaba dividida y ya no existía un gobernante de la talla de Huayna Capac. La desunión de los aborígenes americanos favoreció su exterminio.

Y sin embargo, a pesar del sufrimiento, el avasallamiento y la sangre derramada en América, a la Conquista siguió la Colonia y a la par de ella tuvo lugar ese fecundo periodo de mestizaje que, a manera de mágica alquimia, cinceló en los descendientes de aquella gesta un cúmulo de características propias tanto de los conquistadores como de los antepasados indígenas. Es del todo inútil querer ahora renegar de cualquiera de nuestras dos razas e intentar sacar de nuestros células lo que hemos heredado a través de una historia compartida porque al hacerlo corremos el riesgo de perder el propio corazón.

Sé, desde luego, que un historiador tiene que tener sus ojos puestos en el pasado. Respeto y admiro ese profundo y dedicado estudio que nos permite conocer a cabalidad nuestra historia y saber sin eufemismos de dónde venimos. Pero en lo personal no suelo ver el pasado -por doloroso o injusto que haya sido- con sentimientos de rencor o de retaliación. No creo que sea sano utilizar un pasado afrentoso para justificar un presente inútil y frustrante. No se trata de ignorar nuestra historia - desde luego que no- pero pienso que solo mirando hacia adelante podremos dejar atrás un ignominioso pasado e imprimir una huella positiva en la arena del tiempo.

Pero volviendo al tema de la estatua, del brazo y las calaveras (¿calaveradas?) de Sebastián de Benalcázar, pienso que quizá podría llegarse a un justo medio y conciliar a la Academia de Historia del Valle del Cauca con los estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la Universidad San Buenaventura que han presentado tan original propuesta de reflexión histórica al permitir al Fundador de Ciudades conservar su brazo extendido pero con la salvedad de señalar quizá a una placa en la que constaría la historia de la Fundación de Santiago de Cali. Un relato verdadero y fidedigno con todos los crímenes, atropellos, abusos … y prolíficas consecuencias de lo que en esta villa in illo tempore acaeció.

Y claro, considerar también la posibilidad de levantar en un futuro cercano una estatua al inefable cacique Petecuy en alguno de los bien cuidados parques de nuestra pintoresca capital.
Y, ¿por qué no?, pensar también en la posibilidad de incursionar con similares propuestas virtuales en otras estatuas como, por ejemplo, en unita que han levantado en nuestra fraterna Venezuela a un eximio prócer de las FARC. 

Son realmente admirables las posibilidades que esta singular propuesta depara a nuestra imaginación y espíritu cívico.
 ¿No lo creen así, amables lectores?
                              




                                               
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jueves, 25 de noviembre de 2010

De concursos, respuestas y reinados

Leonor Fernández Riva

Debo empezar pidiendo disculpas a mis lectores por tocar un tema tan banal en momentos de tanta desgracia nacional, pero sucede que nuestro país tiene muchas facetas pintorescas como la que reseño que persisten en medio de las más grandes tragedias. Como solía repetir, admirado, un amigo gringo que alguna vez  me visitó: “¡That's the life in the tropic!”.

Pues bien, como todos sabemos, en Colombia somos muy dados a los concursos de belleza. Los hay de todo tipo e importancia y desde las más pequeñas veredas hasta las grandes capitales son escenario de estos galantes eventos.

Cada año, en la conmemoración de la declaración de independencia de Cartagena, ocurrida el 11 de noviembre de 1811 –cuatro años antes del trágico sitio-, se realiza en la Ciudad Heroica la elección de señorita Colombia.

Como es ya tradicional, varias semanas antes del certamen llueven los comentarios acerca de las características y defectos de las diferentes candidatas: que si aquella debe trabajar más su cuerpo, que si esa otra tiene demasiada celulitis, que si la de más allá no sabe caminar, que si estita no fotografía bien, que si esotra tiene demasiada cadera o muy pocas curvas y en definitiva, que quién animaría a unas cuantas a participar en el concurso.

Para quienes no estamos acostumbrados a este tipo de críticas, las crudas observaciones de los periodistas de farándula encargados de reseñar el evento pueden resultar  ofensivas y rayanas en la crueldad. Parece  por demás injusto exponer  a  chicas tan jóvenes a semejante censura,   pero  hay que admitir  que al acceder a  participar en este tipo de lides ellas  saben de antemano  a lo que se exponen y aceptan de buen grado -al menos así aparentan-  este tipo de cuestionamientos. El concurso es una vitrina y  el elogio y la reprobación,  parte del juego.  

Y es que con  las participantes en un concurso de belleza  ocurre algo similar a lo que sucede con un escritor  cuando publica un  libro. Al   poner  su obra  en   manos de sus lectores  debe acogerse con ánimo prudente a los reconocimientos y elogios (si los hubiera), y con gran estoicismo,  a la crítica feroz y descarnada de  los  comentaristas literarios.  O lo que es peor: a su indiferencia.  Un  verdadero  salto al vacío.
En la elección de Señorita Colombia se evidenció esta vez  una general frustración.  La elegida no concordó para nada con las cábalas no solo de los entendidos sino también del pueblo raso que se guiaba mayoritariamente  en sus preferencias por las apariciones de las  candidatas en la pantalla de sus televisores.
Cabe acotar aquí  que  por regla general las decisiones de los  jurados de todos los órdenes suelen ser impredecibles (si lo sabré yo que de cuando en cuando envío “magníficos” cuentos a diversos concursos literarios y obtengo como  única respuesta un oprobioso silencio).  Pero los jurados  realmente impredecibles no son, como algunos creerían, los miembros de la Corte Suprema de Justicia,  por ejemplo, sino  los  de nuestros  concursos de belleza.  El desenlace de esta  elección de Señorita Colombia  es prueba evidente.
En esta ocasión -y luego de ser coronada-  la nueva y sorprendida soberana atribuyó su inaudito  triunfo a  la decidida participación de la Virgen  Santísima y  de  Nuestro Señor  quienes,  según sus propias palabras,  “estuvieron siempre a mi lado”. Tal parece que en las esferas celestiales el concurso de Cartagena alcanzó esta vez un rating indiscutible. Las inundaciones,  derrumbes y catástrofes  ocurridos a lo largo y ancho del territorio  colombiano debieron de  pasar  a segundo  plano  dada la trascendencia  del encumbrado evento.
Debo aclarar aquí que no tengo nada en contra de los reinados de belleza. Todo lo contrario. Colombia, como todos los países  del globo, aspira con todo derecho a tener entre su población femenina a las mujeres más bellas del mundo. Algo así como lo que sucedió con nuestro himno nacional, que en algún concurso que desconozco sacó el segundo lugar en aceptación musical después de la Marsellesa.
Es más, no solo no tengo nada en contra de los reinados, sino que  no me parece  justo exponer a las candidatas a preguntas como “¿qué borraría usted de su pasado?”,  formulada  en un reciente concurso a una jovencita de diecinueve  años que,  como es de suponer,  y recién empezando  a escribir su historia, no tenía  todavía nada que borrar. Y a  propósito de estas preguntas y respuestas,  en un reciente concurso mundial  la bella candidata de Panamá  definió así en  televisión para el mundo entero  quién fue Confucio: “Un sabio japonés chino muy antiguo que inventó la confusión”.
Un desaguisado sí, pero me pregunto: ¿Tienen estas sorprendentes y graciosas respuestas  alguna importancia? Pienso que no. Las participantes en los concursos de belleza  están allí por su frescura, por su juventud, por su hermosura,  no por sus conocimientos ni por su inteligencia  y mucho menos por su cultura. Son especímenes  bellos y  llenos de gracia. Chicas muy jóvenes a las que no se les puede exigir más que belleza y juventud  porque  no tienen todavía experiencia ni en lo profesional, ni en lo  literario ni en lo cultural. Los que verdaderamente demuestran  ignorancia y poco sentido de la realidad son quienes en vez de preguntarles acerca de sus preferencias musicales, su comida preferida, el cantante de moda o sus habilidades con el reggaetón, les formulan semejantes interrogantes.
 Pero si, como creen algunos,  de lo que se trata es de  elegir mujeres con una cultura sobresaliente y opiniones certeras y sesudas,  los organizadores del concurso  deberían   reclutar  a  las  candidatas en ámbitos como el político o el literario,  aunque,  como es apenas lógico suponer, al realizar esta variante  el concurso  perdería no poco  de frescura,  belleza y juventud.   
¡Ah, los pintorescos reinados  de belleza suramericanos! Frutos todos  de nuestra idiosincrasia caribeña y  de una pertinaz  tendencia a fungir de vasallos y revivir   pasadas monarquías y señoríos.

Y sin embargo, y contrario a lo que algunos pudieran suponer, en este embeleco de los concursos no estamos solos pues  en la actualidad se realizan este tipo  de certámenes  hasta en la enigmática  China.

 Existe, no obstante, un concurso que me sorprendió y que creo  supera en expectativas y en singularidad  a todos  los demás.  El pasado 14 de noviembre se realizó en Hungría, en medio de un espectáculo exclusivo y extraordinario, el certamen de belleza “Mis Mafia 2010”, en el cual las participantes debían sine qua non demostrar fehacientemente  que eran  delincuentes, que habían  estado alguna vez encarceladas y que tenían conexiones con el mundo criminal.

Para tener una idea  de las joyitas que participaron en dicho concurso, esta fue  la respuesta que con gran desparpajo dio una de ellas a la pregunta  ¿qué haría usted si ganara la  corona?: “Si gano el concurso tengo claro que nunca voy a luchar por la paz en el mundo ni por ayudar a los niños” (¡¡!!). La  triunfadora del controvertido concurso  acudirá luego al Mis Mafia Universo que organiza la Yakuza japonesa en Tokio.
 Dadas nuestra experiencia en este tipo de eventos galantes,  la elevada población femenina  de nuestras cárceles,  el carácter angelical de nuestras reclusas  y los pésimos resultados obtenidos en los recientes certámenes mundiales de belleza  pienso que en un futuro cercano podríamos brindar un aporte interesante al Mis Mafia Universo, concurso en el que muy  probablemente sí obtendríamos excelentes  resultados.

¿No lo creen ustedes así,  amables lectores?




                                                 

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