martes, 27 de abril de 2010

Por qué no puedo ser como Herta Muller



Por qué no puedo ser como Herta Muller 


Reina en el ambiente una refrescante placidez dominical. Un silencio interrumpido solo por el ruido fugaz de la moto del repartidor de periódicos y por el concierto de mis comensales plumíferos reclamando su desayuno. “Tendrán que esperar, amigos. Hoy es domingo y creo que puedo darme el lujo de holgazanear un poco”, les digo telepáticamente desde el mullido cobijo de mi cama. 

A través de las junturas de la cortina de bambú observo al vecino del tercer piso que se encamina juicioso a su paseo matinal. “¡Qué pereza! ¡Allá él! Por mí, hoy el cuerpo tiene derecho a un merecido descanso”.

De pronto, me sobresalto ante una inesperada llamada de teléfono. Alzo el auricular con un tanto de prevención.

-–Leonor, ¿Cómo está? ¡No me diga que todavía estaba durmiendo!

Es María Isabel, mi querida amiga y vecina. Su llamada me sustrae de una placentera modorra dominical que todavía me tenía arrebujada entre las sábanas. Quién sabe por qué motivo ayer me abandonó el sueño desde las doce de la noche y ya no pude volver a pegar los ojos sino hacia las cinco de la madrugada. Me sorprendo al ver el reloj y comprobar que ya casi son las nueve de la mañana. Un verdadero record para mí que suelo despertarme con la aurora.

-–¡Ah! ¡Hola María Isabel! Nooo… bueno, sí – le contestó y añado tratando de justificar un tanto mi molicie - Lo que pasa es que ayer en la madrugada me agarró el insomnio.

-–¿Siiii? ¿ Y eso por qué? - refuta María Isabel y sin darme tiempo a contestar añade - Dígame, ¿qué pensaba hacer hoy? ¿Tiene algún programa?

–Pues, programa, programa, lo que se dice programa, no – le contestó todavía un poco aperezada- Pero pensaba dedicarme a terminar unos cuentos que he dejado inconclusos y organizar también unos papeles. Además – añado con una sonrisa que mi amiga no puede ver- ya sabes que en una casa siempre hay cositas que hacer.

(Por algún extraño motivo yo tuteo a mi amiga, pero ella casi siempre me trata de “usted”).

–¡Ah, bueno! Pero todo eso puede esperar. Mire, pensamos ir con Gabriel, Jairo y Vilma hasta El Queremal. Allá están en festividades de la población y hay un bonito programa de folclor. Nuestra amiga Gloria es la presentadora ¡Anímese, Leonor!

–Está bien – respondo luego de unos segundos y añado sinceramente entusiasmada

-–Es algo muy tentador; no puedo negarme. ¿A qué hora salimos?

–Diez y media. Son las nueve, tiene tiempo de bañarse y arreglarse con calma.

–Hecho.

Me doy un rápido duchazo en agua fría (Desde un día que me cortaron temporalmente el gas por falta de mantenimiento me acostumbré a prescindir del calentador y ahora, el agua a su temperatura normal la siento tibia y hasta más agradable). ¿Qué me pondré? El mismo problema de siempre: qué ponerme que no haya sido visto ya infinidad de veces, que no me apriete y que resulte apropiado para este paseo informal. Me decido por lo que me parece más apropiado: pantalón, blusa ligera y zapatos cómodos. Debo llevar también una chalina. Por esos lados suele hacer frío, aunque ahora con esto del calentamiento global resulta que en todas partes hace calor. De todas formas es mejor estar segura.

Mis amigos me recogen a la hora convenida. Iniciamos el trayecto. En otro automóvil viajan Jairo y Vilma, nuestros amigos comunes. Para salir de la ciudad debemos atravesar la serie de conventillos apretujados y diversos que se han establecido en ese punto estratégico que lleva a la carretera al mar: gasolineras, restaurantes de poca monta, ferreterías, droguerías, tiendas, negocios varios. Avanzamos muy lento debido al embotellamiento de tránsito que siempre se forma en este punto. Poco a poco ascendemos por la carretera. El bullicio del sector va quedando atrás. En sus giros, la carretera nos va llevando hacia la cordillera. Franqueamos algunos barrios extramuros. Paulatinamente el paisaje se ensancha e impregna de verde. El aire que llega a nosotros por las ventanas del automóvil se siente más puro. Es un día espléndido. Caigo en cuenta que no traje las gafas de sol. “¡Y yo que tengo la vista tan delicada!”. Mando al diablo el neurolenguaje y la imprecación contra mí misma brota espontánea: “¡Qué idiota soy!”.

Ante nuestro ojos desfilan vertiginosas las montañas cubiertas de vegetación. En sus faldas y a lado y lado de la vía coquetas casitas de campo parecen sonreírnos. Mi amiga es una excelente conductora. Con ella una no experimenta esa sensación de inquietud que le asalta junto a otros conductores que manejan a gran velocidad, frenan, discuten, rebasan en curva, realizan peligrosos giros. Disfruto el paseo sin ningún sobresalto. Solamente me ocupo en observar el paisaje que fugazmente pasa ante mis ojos.

En el recorrido se suceden varias poblaciones veredales. Pueblitos improvisados a orillas de la carretera que fueron formándose y creciendo con la escala obligada de buses de pasajeros y de vehículos en general para cargar combustible, comer o adquirir algunos de los productos típicos de la zona. Poblados alegres, variopintos, llenos de energía. Aquí y allá hombres a caballo, ventas de toda clase, mujeres preparando melcocha, piezas enteras de cerdo colgadas de las perchas de las carnicerías, campesinos con su machete al costado y su carriel al hombro y bellas campesinas de piel clara y finas facciones que ostentan coquetas los modernos atuendos de la ciudad.

Pero no es este nuestro destino y luego de superar el embotellamiento de tránsito continuamos nuestro viaje. Mi corazón se ensancha al observar ambos lados de la vía y como colgadas de las lomas, encantadoras fincas campesinas. ¡Cuánto aman los colombianos a su tierra! Eso se refleja en los nombres con los cuales bautizan a sus terruños; en la coquetería con la que decoran los portones de sus fincas; en sus cercos y macetas llenos de flores.

El aire se torna cada vez más frío. Envuelvo la chalina en mi cuello. El paseo en carro completa ya hora y media. De improviso, al bordear una curva del camino llegamos a nuestro destino.

El Queremal se presenta al viajero como tantos otros poblados del Valle; unas cuantas casas modestas a la vera del camino de acceso y a lado y lado extensos sembrados y pastizales. Por la calle principal llegamos hasta la plaza. El lugar se encuentra repleto de turistas nacionales que han llegado como nosotros en busca de la alegría sana y auténtica de estas fiestas campesinas. El tránsito es lento; decenas de automóviles parqueados a lado y lado de la estrecha vía dificultan la marcha. Pero no tenemos prisa. Esto también hace parte del paseo.

La plaza semeja un panal multicolor. Es día de mercado. Los campesinos exponen sus productos, frutas, verduras, artesanías. Se siente la alegría y el bullicio. Huele a comida típica, fritanga, tamal, sancocho…Kioscos ubicados alrededor de la plaza exponen todas esas delicias. Se nos hace agua la boca pero ¡paciencia! todavía es un tanto temprano. Entre interesados y curiosos damos un recorrido rápido por la bullente plazuela y luego nos encaminamos a presenciar el programa de bailes típicos frente a una sencilla tarima situada a un lado del parque. Nos acomodamos en un graderío de cemento. Se percibe la calidez, alegría y hospitalidad de quienes nos rodean. A través de altavoces los aires típicos del altiplano inundan el ambiente. Al escucharlos mi espíritu se conmueve como sintiendo el llamado ancestral de la tierra. Mis ojos, mi mente y mis pies danzan alegres por el influjo de esa música nuestra que remueve mis adormecidos genes prehispánicos.

Saludamos con la mano a nuestra amiga Gloria que ya se encuentra en el proscenio animando el programa. Se emociona al vernos. Nos saluda a su vez calurosamente desde el micrófono con gentiles expresiones de admiración y cariño. Todas las miradas se vuelcan sobre nosotros. Siento un poco de rubor ante la fugaz notoriedad. Pero bueno, ya empieza el programa. Con música de alegres pasillos llega el desfile de los participantes. Desde niños de kinder hasta unos más grandecitos de quinto y sexto grado apropiadamente ataviados con sus trajes típicos. Las niñas, muy lindas, maquilladas, con arreglos de flores en el cabello, faldas largas y blusas de vuelos y encajes. Los varoncitos con pantalones y blusas blancas, sombrero y pañuelo rojo al cuello. Todos con alpargatas.

Danzan por turnos los aires de la tierra, bambucos, pasillos, cumbias. No son todavía muy duchos en el arte de la danza; falta coordinación y esa espontaneidad que paradójicamente solo se logra a través de una repetición continúa, pero en cambio poseen la autenticidad de algo que no es excepcional en su vida sino por el contrario, su vida misma. Me invade un sentimiento de pertenencia, de amor por mi tierra al observar esos niños campesinos que desde tan tierna edad aman y practican la música, las costumbres de sus ancestros. Es aquí, en estas poblaciones sencillas, entre estas gentes humildes que tan poco piden a la vida, donde sobrevive el alma de nuestro pueblo; donde se conserva todavía auténtica la fuerza de nuestras tradiciones. Nuestra amiga resalta también desde el micrófono esos valores. No puedo evitar emocionarme; siento húmedos mis ojos.

Los olores que despiden los guisos que se ofrecen en el lugar tienen toreadas hace rato mis papilas gustativas. Con alivio compruebo que llegó ya la hora de almorzar. Por mí me quedaría en uno de esos toldos pueblerinos saboreando feliz los platos típicos preparados a la mejor manera del lugar. Pero mis amigos deciden acudir a un restaurante más confiable. No hay que olvidar que por ahí ronda la muy promocionada gripe H1N1. No debemos correr riesgos. Nos encaminamos pues a un restaurante muy agradable situado a la entrada de la población.

Elegimos el plato típico de la localidad: un sancocho de padre y señor mío con formidable pechuga de pollo, ají, ensalada, tostada de plátano, arroz, guiso, ají y jugo. Damos gustosos buena cuenta de todo. A la llegada de los tintos disfrutamos una amenísima charla de sobremesa.

–¿Por qué crees que amas a Dios sobre todas las cosas?- me pregunta mi amigo Jairo en determinado momento de la conversación.

La pregunta me toma desprevenida. Creo sin embargo, que siempre lo he tenido claro.

-–Es difícil demostrar eso- contesto, y añado- Pero pienso que ese amor solo puede verse reflejado en el amor que yo misma dé a los demás. Siento sobre todo mucho agradecimiento por la cantidad de cosas buenas que he recibido en mi vida. A veces me parece que Dios me ha tenido predilección, que le caigo bien.

Sé que esto que expreso es cuando menos, irreverente. No se puede juzgar en forma tan elemental y familiar a Dios. Pero ese es un pensamiento que siempre me ha asaltado. ¿Quiere Él más a unas personas que a otras? ¿Más a mi? Preguntas cuya respuesta tendrá por fuerza que esperar.

Después de la agradable y filosófica sobremesa tomamos el camino de regreso. Cae una fina garúa. El clima se ha puesto bastante frío. Después de los tremendos calores que hemos soportado últimamente en Cali, esta temperatura debería agradarme pero no hay nada que hacer. No me gusta el frío, y peor aún , andar tan arropada.

El zigzagueo de las curvas del camino y la temperatura tibia dentro del vehículo me inducen a dejarme llevar por la modorra y por el sueño. Cierro los ojos por unos instantes. Pero me resisto a la tentación. Me gusta observar el panorama. Estos paisajes no los veo todos los días. Una vez más admiro la capacidad de conducción de mi amiga. Ha sido un viaje sereno, a una velocidad constante y sin ningún sobresalto. Al llegar al kilómetro 18 nos detenemos en un restaurante muy agradable a orilla de la carretera. Como fin de fiesta nos tomamos un chocolate caliente con mucho queso ¡Una delicia en medio del ambiente frío y brumoso de la cordillera!

Verdaderamente un paseo encantador. Y todo gracias a mis amigos que me tuvieron en cuenta y me rescataron durante unas horas de mi cartujo retiro.

Un gusanillo de remordimiento ante mis proyectos pospuestos, ante la irresponsabilidad del trabajo postergado una y otra vez, se abre paso poco a poco en mi mente. No escribí nada, las hojas en blanco siguen ahí esperando que las colonice; el desenlace de los cuentos empezados tendrá que esperar, todo lo planeado para este domingo quedó en veremos. "¡Pero valió la pena, qué Diablos!" – digo para mis adentros con rebeldía, y a manera de consuelo añado: "Total, estas cosas no pasan todos los días. Mañana es puente feriado y podré recobrar el tiempo perdido".

Entro a mi apartamento y ni bien acabo de cerrar la puerta, oigo el teléfono.

–Hola, Leonor ¿Cómo te fue hoy? ¿Qué hiciste?- pregunta mi hermana a modo de saludo.

La pongo al corriente.

-–¡Qué bien! Pero mirá, te llamaba porque quiero que vengas mañana al almuerzo.¿Te acordás de Ruby y Doris, mis cuñadas? Pues fíjate que en días pasados cumplieron años y les quiero hacer mañana una pequeña celebración. Va a estar bonito. En la tarde Guillermo, su hermano les va a traer una serenata ¿Venís?


¿ Y ahora sí entienden por qué no puedo ser como Herta Muller?






Había una vez, hace muchos, muchos años




Sí... hace doscientos cinco años, el 2 de abril de 1805 nació en Odense una pequeña ciudad de Dinamarca, un niño que tendría la sublime misión de despertar la fantasía y los sueños de los niños de todo el mundo. Este niño era: Hans Christian Andersen.

Andersen creció en una familia muy humilde –su madre era lavandera y su padre zapatero remendón-, pero esto no fue obstáculo para que amara apasionadamente la lectura y para que, al hacerse hombre, se convirtiera en el gran escritor que supo recrear con imaginación y sensibilidad un sinnúmero de historias encantadas en las que los niños fueron casi siempre, los principales protagonistas.

Mi infancia estuvo marcada por esos cuentos deliciosos que me depararon siempre una gran ensoñación y a la vez, y casi sin darme cuenta, muchos momentos de reflexión. Cómo olvidar, a pesar de los años, el bello mensaje del patito feo, que para sorpresa de todos y de él mismo se convirtió al crecer en un precioso cisne; o la soledad infinita de la linda fosforera en cuyo hambre y frío nadie reparó en medio del bullicio y la prisa consumista de la Navidad; o aquel otro, del niño que con su inocencia puso al descubierto en, El traje nuevo del emperador, lo que los mayores con sus miedos y prejuicios no se atrevían a reconocer.

Irónicamente, hoy, en el bicentenario de su nacimiento, llegan desde Dinamarca para los niños humildes de Colombia, no los cuentos encantados escritos con tanto amor por Hans Christian Andersen sino un mensaje de odio y de terror representado por las donaciones hechas a las FARC por la organización danesa Foreingen Oproer, “Rebelión” con el fin de que ese grupo armado adquiera armamento para destruir sus hogares, sus poblados, sus puentes, sus torres de energía; para sembrar las minas quiebrapatas que los dejarán mutilados o muertos; para acabar con sus sueños y con su futuro; para crear en nuestro país, más atraso, más desempleo, más miseria, más angustia, más lágrimas...

El romántico autor del inolvidable Soldadito de plomo, no pudo presentir siquiera que mucho tiempo después de su muerte, ocurrida en Copenhague en 1875, compatriotas suyos auspiciarían a quienes multiplican brutalmente los soldaditos asesinados y mutilados de nuestra patria; a quienes asesinan sin piedad a los valerosos y jóvenes soldados colombianos -campesinos en su mayor parte-, cuyo único pecado es tratar de imponer el orden en una nación acosada salvajemente por una guerrilla que hace mucho tiempo dejó de tener ideales para convertirse en una banda de narcotraficantes y en el más cruel verdugo de las gentes humildes que algún día dijo querer defender. ¿Cómo es posible entonces, que estos forajidos tengan acogida en algunas organizaciones europeas y reciban de ellas apoyo económico y militar?

La ONG danesa Foreingen Oproer, “Rebelión”, se ocupa de patrocinar criminalmente el horror y el caos no solo en Colombia sino también en algunas otras partes del mundo, lejanas claro está, de su nativa Dinamarca, donde los niños y sus familias sí pueden disfrutar de envidiable tranquilidad. ¿Con qué derecho, los ignorantes desocupados que forman esta despreciable ONG pueden hablar de que los violentos de nuestro país se oponen a una “democracia ilegítima”? ¿Cómo pueden tener la audacia de tildar de ilegítimo a un gobierno democrático elegido mayoritariamente por nuestro pueblo, quienes paradójicamente viven dentro de una monarquía que se basa en el arcaico sistema de sucesión y cuyos miembros gozan además de todas las prebendas que su cargo real les confiere?

¿Acaso Patrick Mac Manus y Cristine Lundgaard, portavoces de esta siniestra organización, no saben que la violencia en Colombia ha dejado cientos de niños mutilados, sin hogar y sin familia? ¿Qué por efecto del accionar de estos grupos violentos 1.200.000 niños han sido desarraigados de sus tierras? ¿Que miles de ellos han sido obligados a tomar las armas y prostituirse, y decenas más han corrido el trágico destino del secuestro? ¿Que somos el país del mundo con mayor número de familias desplazadas por culpa del conflicto armado? ¿Que jamás, en medio de las peores tragedias y embates de la naturaleza se ha visto un gesto generoso de los violentos para con las gentes de menores recursos? ¿Qué sus sanguinarios dirigentes, convertidos hoy en capos del narcotráfico, ordenan sin piedad, entre copa y copa de güisqui faja azul, y desde sus confortables guaridas, los secuestros y las muertes de cientos de vidas inocentes ?

No, señor Mac Manus, no señora Lundgaard: Colombia no necesita que desde Europa se aliente más el odio fraticida y se patrocine la compra criminal de armas para matarnos entre hermanos; lo que necesitamos urgentemente en nuestro país son escuelas, hospitales y sobre todo, paz y tranquilidad para poder labrar fecundamente nuestros campos y para construir un país en donde nuestros niños puedan por fin soñar felices y tranquilos con su futuro.

En el bicentenario del nacimiento de un soñador como Hans Christian Andersen, y en este mes dedicado mundialmente a honrar a la infancia, sería muy conveniente que los felices niños de Dinamarca pudieran leer los cuentos de terror y de muerte que la guerrilla y organizaciones como la danesa “Rebelión” les están haciendo escribir con sangre y sufrimiento inenarrable a los niños de Colombia.




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Un precioso regalo del pasado






El ambiente está cargado de magia. La música acompaña los giros imposibles de la trapecista; su silueta delgada, casi etérea, cubierta por brillantes lentejuelas, no gira, vuela alrededor de la pista. Los ojos maravillados de los espectadores la seguimos fascinados. Después de un giro prodigioso, asciende con agilidad de libélula hasta un balancín situado en lo más encumbrado de la carpa. Desde allí continúa sus osadas y rítmicas cabriolas y entonces, en un acto que nos deja a todos paralizados, mientras el tambor aumenta el suspenso, desciende vertiginosa y grácil hasta el suelo. La emoción comprimida estalla en estruendosos aplausos. Ella, feliz y agradecida, curva su bella figura en una graciosa reverencia.

Es la magia del circo. Ese fragmento encantado del pasado que anclado en la historia se resiste a ser arrastrado por el viento inclemente del progreso. Ese gran ensueño multicolor y variopinto que continúa brindándonos, a través del tiempo, su viejo pero siempre nuevo y deslumbrante espectáculo. Con cuánta alegría asistí en días pasados a la carpa colorida y gigante del Circo Ruso sobre hielo. Allí, sobre una gran pista congelada, los campeones mundiales de patinaje recrearon con sus increíbles giros emocionantes escenas de cuentos encantados; pero también hicieron presencia los malabaristas, los prestidigitadores, los trapecistas y, claro, los payasos.

¡Qué maravilla que la tecnología moderna no haya logrado todavía relegar los circos al olvido y que en pleno siglo XXI podamos continuar ingresando a su carpa por los senderos de aserrín, para aplaudir emocionados desde el graderío –desde donde la función es más rica y más emocionante – a los artistas circenses! Esa especie de gitanos errantes, sobrevivientes del medioevo, que peregrinando incansables por el mundo con su carpa y sus aperos a cuestas llegan de tiempo en tiempo a nuestras ciudades para iluminar nuestras vidas con el refrescante y mágico espectáculo del circo.

Creo firmemente que todos los niños del mundo tienen derecho a vivir un encuentro personal e inolvidable con el circo. A sentir el olor, la magia y la fuerza de ese espectáculo ingenuo y romántico sin el cual le quedaría faltando algo a su infancia. Porque cuando se encienden las luces y desfilan las bastoneras y el elenco del circo hace su aparición, el corazón -no importa la edad que tengamos- vuelve a latir desprevenida y jubilosamente. Y entonces, ese mundo virtual que nos ha ido atrapando a través de la tecnología moderna desaparece vencido por la energía y el encanto de un espectáculo milenario que nunca envejece.

¡Cuán cercana parece la distante niñez cuando vuelvo a vivir esa experiencia, tantas veces repetida, pero siempre fresca y excitante! Aún recuerdo la ilusión con la que llegaba a casa cuando niña después de la función y pretendía imitar con naranjas o limones el acto del malabarista, y cómo aprendí entonces, tras sucesivas frustraciones, que la cosa no era tan fácil como parecía. Que solo con gran perseverancia y disciplina había logrado realizar el artista su increíble acto. Una lección de tenacidad que he debido tener presente una y otra vez a lo largo de la vida.

Creo que la mejor definición de lo que representa el espectáculo del circo para el alma infantil la escuché en cierta ocasión en la que le preguntaron a un payaso circense por qué repetía siempre los mismos chistes, los mismos golpes de bolillo, las mismas tortas en la cara, las mismas caídas., a lo que él con gran sencillez y espontaneidad respondió: "Porque siempre hay nuevos niños, y para ellos nuestro acto es siempre nuevo y gracioso." Y seguirá siendo nuevo, gracioso y fascinante no solo para todos los niños que puedan disfrutarlo sino también para aquellos de nosotros que sepamos valorar este precioso regalo del pasado y asistamos al circo con el alma dispuesta, permitiendo así vivir al niño que continúa existiendo en nuestro interior.

Antes de cerrar esta nota un amigo me comentó que en días pasados intentó asistir con su esposa y su pequeña hija de apenas dos años de edad a una de las últimas funciones del circo. Como nos suele suceder a tantas personas por estos difíciles días, mi amigo disponía en ese momento solamente del efectivo necesario para comprar la boleta suya y la de su esposa. Creía de buena fe que los encargados de recoger la boletería no exigirían tiquete a su pequeña hijita. No fue así. Debió pues, retornar a su casa con la consiguiente frustración. Estoy segura de que tan inflexible comportamiento se debió solamente a la estupidez del encargado de la boletería que no tuvo la inteligencia de entender que es en los niños precisamente en quienes se cimienta el futuro del circo. Que mantener en las mentes de las nuevas generaciones la ilusión y la magia del circo es precisamente lo que lo mantiene vivo en el tiempo.


Los organismos municipales deberían legislar a fin de que cuando nos visiten este tipo de espectáculos se comprometan a realizar varias presentaciones gratuitas para nuestros niños de escasos recursos que no solamente necesitan alimentarse, crecer sanos y estudiar, sino también asombrarse, reír y muy especialmente, atreverse a soñar.

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almaleonor@gmail.com



jueves, 25 de febrero de 2010

Margarita, la dama de los perros

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Es tan acelerado el ritmo de vida que llevamos actualmente, estamos tan inmersos en nuestros problemas y en la búsqueda de nuestro bienestar personal, que ni por un momento prestamos atención a los dramas humanos que acontecen cerca de nuestros ojos.

Poco a poco nos hemos ido acostumbrando a observar con indiferencia el desamparo y la pobreza extrema. Hasta hemos acuñado un vocablo despectivo para designar a esos seres que a manera de escoria de la sociedad van surgiendo en los barrios como de la nada y poblando nuestros parques, nuestros puentes, la oscuridad y abandono de nuestros lugares públicos.


Margarita es uno de esos seres marginados irremediablemente de la sociedad. Una sociedad que no le ofrece ninguna solución. “La vieja de los perros” la llaman quienes la ven recorrer las calles con sus fieles amigos, pero yo he preferido llamarla “La dama de los perros”.

La tildan de huraña y malas pulgas. No le faltarían razones para serlo, pero después de conversar cordialmente con ella en el Parque Versalles no pude menos que conmoverme por su valentía y estoicismo ante la infinita miseria de su situación, agravada por el peso inmisericorde de los años.

¿Cómo la conocí? Pues bien, aconteció que una mañana y como era mi costumbre fui al parque del barrio Versalles a realizar mi caminata diaria. Terminé mi marcha abrazada por unos minutos a una corpulenta ceiba. Existe la creencia de que al abrazar un árbol éste nos transmite su energía, y tengo buenas razones para pensar que esta afirmación responde a la verdad.

Al terminar mi ecológico abrazo observé que una anciana menesterosa sentada en el filo del parterre de flores me miraba fijamente. Seguro debí de parecerle otra loca más. El cuadro de esta pobre anciana con sus tres perros y unos cuantos bultos repletos de miseria me conmovió. Me acerqué a ella con una sonrisa cómplice.

-¡Hola! –le dije a modo de saludo- ¡Pensará que estoy loca!- y me apresure a agregar -¡Nooooo, no se imagine eso! ¿Sabe que es bueno abrazar a los árboles? Nos transmiten su energía.

La anciana escuchó mi explicación con gesto vagamente indiferente pero no rechazó la conversación. Mi encuentro con la naturaleza empezó a dar resultados. Uno de sus perros se acercó a olisquearme moviendo amigablemente su cola.

-¡Hola! ¿Cómo te llamas, campeón? –le dije sin atreverme a tocarlo.

-Parche- dijo la anciana escuetamente.

-¡Claro! ¿Cómo no lo adivine? – repuse a modo de asentimiento -¿Quieres ser mi Parche? – agregué rascándole superficialmente la cabeza al gracioso perro -¿Y ustedes, mis parches, cómo se llaman? – les pregunté también a los otros dos canes que ya estaban a mi lado reconociéndome olfativamente.

La anciana perdió un tanto su inicial indiferencia y aprensión. Hablar de sus perros pareció gustarle. Siempre me han parecido más vivaces y simpáticos los perros de la calle que los de pedigrí, y los de la anciana, a pesar de su evidente falta de raza, poseían una gracia especial. Conmovida, observé durante unos minutos cómo Parche, Bruno y Lucas saltaban y correteaban alrededor de la anciana obedeciendo la señal de su mano.

Reparé en ese momento en la chica que cada mañana asaba sus deliciosas arepas en una esquina del parque. Me dirigí hacia allá seguida por Parche que ya se había hecho mis amigo. Compré unas cuantas arepas y dos vasos de café. Aunque recelosa al principio, la anciana aceptó mi invitación a compartir las viandas al observar la expresión ansiosa de sus perros. En un silencio deleitoso, ella, sus perros y yo disfrutamos por unos instantes el grato sabor de las arepas acabaditas de asar y nosotras dos, del tinto calientito.

Vencida ya su resistencia, me contó que su nombre era Margarita. No se acordaba o no quiso acordarse de su apellido.

-Aunque no me crea, mi familia tenía buena posición –me dijo, con un imperceptible timbre de orgullo en su voz -. Mi madre me cuidaba… Yo fui una chica “bien”, y hasta bonita –y enfatizó - : Una dama como usted.

Ese último comentario me aguó los ojos. Me animé a preguntarle su edad, pero, como si todavía conservara un último atisbo de coquetería femenina, se negó a decírmela. “Quizá 70 ó 75”, pensé. O quizá muchos menos. Imposible saberlo.

Me contó que fue casada, que su marido la abandonó y que tiempo después su familia tampoco quiso saber más de ella. Poco a poco, de desgracia en desgracia y casi sin darse cuenta, pasaron los años y llegó a esa cruel realidad.

Solía decir mi madre que “la vejez es una caricatura de la vida”, y pienso que en este caso al dicho le sobraría razón porque cuando la vejez tiene el rostro de una mujer indigente es doblemente patética. Si alguna vez -tal como Margarita me confió- hubo algo ordenado, pulcro, seguro y previsible en su vida, eso quedó ya para siempre en el pasado. Quién sabe cuándo fue la última vez que pudo darse un baño decente, cambiarse de ropa, comer algo caliente y limpio. Y no obstante, a pesar de todas sus derrotas y claudicaciones, esta mujer conservaba todavía una chispa retadora en sus pequeños ojos negros y una gran fortaleza en su espíritu.

Con sus manos ásperas y llenas de pecas Margarita no dejaba de acariciar con ternura a sus tres perros.

-Mírelos - me dijo en determinado momento - están bien cuidados; la gente cree que el pescado es malo para los perros, pero yo alimento a los míos con huesos de pescado que me regalan y mire su piel, brillante y sedosa.

Tuve que admitir que era verdad.Repentinamente expresó-:

-Se me ha hecho tarde.


-¿Para qué? -le pregunté- No me respondió. Algo en algún lugar la reclamaba. O quizá se le acabó la paciencia.

Puse en su morral el poco efectivo que cargaba en ese momento y le aclaré:

-Para el desayuno de Parche mañana.

Me miró brevemente sin decir nada y se marchó despacio, sin despedirse, con sus dos pesados sacos de trapos y un tarro de plástico lleno de agua. Amarrados a una soga la seguían sus tres fieles escuderos; de seguro, más importantes para ella que cualquier ser humano. La vi alejarse y perderse entre los transeúntes que ya a esas horas de la mañana empezaban a poblar las calles y que al tropezarse con su miseria la esquivaban con una mezcla de repugnancia y temor.

En un resquicio interior, allá en los profundos y a veces inextricables recovecos del alma, envidié en ese momento la vida andariega y libre de Margarita y me cuestioné si no era también una sutil forma de alienación dejarse dominar mansamente por las opresivas ataduras de los convencionalismos y modas sociales.

Así como Margarita, hay muchos otros desdichados que conviven a nuestro alrededor en las calles y en los parques de nuestras ciudades sin que apenas reparemos en ellos. ¿Por qué llega un ser humano a ese estado de abandono, de claudicación con el medio y con la civilidad? Cada uno de estos hermanos nuestros, tiene seguramente su propia explicación, que no siempre es la más evidente.

Solemos pensar por lo general que tal vez un día cayeron en la trampa de la droga de la que ya más nunca pudieron retornar. En muchos casos es así, claro está. Ese estigma tremendo que en mala hora llegó a nuestro país hace ya tantos años ha destrozado vidas y familias, corrompido ciudadanos aparentemente honestos y convertido en criminales o guiñapos a miles de jóvenes y hombres inteligentes que muy bien pudieron haberse destacado como excelentes ejecutivos, empresarios o padres ejemplares, pero sobre todo como hombres de bien. Una gran parte de las familias de nuestro país soporta actualmente el drama de ver a uno de sus miembros sumergido en ese fango viscoso de la drogadicción, de donde solo unos pocos logran salir a flote.

En algún momento se creyó que cultivar y procesar la droga era algo inocuo, y que hacerlo perjudicaba únicamente a los ciudadanos del gran país del Norte adonde iba dirigida su producción. Ingenuamente, sí es que puede haber algo de ingenuo en este criminal negocio, se pensó que a los colombianos no nos iba a afectar. Y nos volvimos permisivos. Craso error. Nuestra juventud, fue cayendo poco a poco, contaminada también por su dulce veneno y hoy el problema de la drogadicción está unido indisolublemente al narcotráfico, a la miseria, al VIH, al fracaso y a esos cientos de parias, vergüenza de nuestra sociedad, que convertidos en “desechables” -el término cruel con el que se les ha calificado- deambulan sin rumbo y sin juicio por el camino tortuoso que les ha tocado recorrer.
Así como una fábrica se juzga en la actualidad por la contaminación que produce, así también una sociedad que genera esta gran masa de seres marginados debe ser analizada y cuestionada en sus más íntimas bases.

Como tantos otros menesterosos al margen de la civilidad y de la vida organizada, probablemente Margarita, la dama de los perros, continuará mientras tenga fuerzas recorriendo las calles y barrios de la ciudad en esa especie de periplo sin destino que la lleva a trasladarse de un lugar a otro en medio de una población indiferente que ve en ella únicamente un personaje pintoresco y tal vez peligroso con el que es mejor guardar distancia.

Para mí Margarita será siempre la valiente andariega cuyo valor, fortaleza y profundo desamparo me hicieron valorar infinitamente más los beneficios de los que tal vez injustamente disfruto y desechar muchos conceptos preestablecidos acerca de estos desventurados seres de la calle.

Su rompimiento absoluto con todas las normas sociales, el estoicismo para sobrellevar la dureza de su vida y compartirla generosamente con otros seres de la calle y su absoluto quemeimportismo acerca de su desamparo y de su futuro me hicieron recordar un pasaje de la guerra librada entre China y Japón durante los años 1937 y 1945. A pesar de la indudable superioridad militar de los nipones y de sus contundentes victorias, el pueblo chino no capitulaba y continuaba desde diferentes reductos dando la batalla. Su actitud les hizo exclamar a los japoneses desconcertados y furiosos: “¡Estos chinos no se acaban de rendir. Siguen peleando solo porque todavía no se han dado cuenta de que ya están vencidos!”. Margarita, afortunadamente, tampoco se ha dado cuenta de que ya está vencida. Y espero que eso nunca suceda.

Por un breve instante nuestros caminos se cruzaron, y aunque comprendo que somos solo dos desconocidas con realidades abismalmente diferentes y que quizá nuestros senderos nunca vuelvan a cruzarse, este fugaz encuentro con Margarita tuvo la virtud de hacerme comprender un poco más ese mundo paralelo, desconocido y desgarrador que antes apenas si vislumbraba y que convive dramáticamente con el nuestro, seguro y cálido, en las grandes ciudades de nuestra patria.



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jueves, 18 de febrero de 2010

¿Y por qué no diez mil?


Según una noticia aparecida en los medios periodísticos el 29 del mes de enero del presente año, el Gobierno de Álvaro Uribe Vélez ha expresado su voluntad de convertirse en el primer país latinoamericano que contribuya a la ISAC (Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad de Afganistán).

La idea es que Colombia participe con una compañía de unos cien militares para reforzar el destacamento español desplegado en Qal-i-Naw, capital de la provincia de Badhis, al noroeste del país. Para España, la llegada de las tropas colombianas, prevista para la próxima primavera, supondrá una ayuda invalorable pues le permitirá completar un batallón de acción rápida, con el cual podrá hacer frente a los incidentes cada vez más frecuentes en un territorio con cuatrocientos mil habitantes y una extensión similar a la de Galicia, cuya seguridad depende hasta ahora de solo doscientos soldados españoles.

Al leer esta información no pude menos que pensar en lo coyuntural que sería en este momento para nuestro país colaborar, con el envío de tropas especiales, en la pacificación de otras regiones del mundo. Hace algunos años, en el 2004 para ser más exacta, vislumbré ya la serie de dificultades que acarrearía el complicado proceso de reinserción de los paramilitares a la vida civil. Hoy, nadie me quita de la cabeza que la proliferación de la delincuencia que acosa a varias de nuestras capitales puede estar generada precisamente en la reinserción (a medias) de muchos paramilitares y ex guerrilleros.

El proceso de reinserción de combatientes a la vida civil nunca ha sido sencillo. España debió también afrontar esa compleja circunstancia al terminar su larga lucha de más de seiscientos años contra los moros. Cuando en 1492 estos fueron por fin vencidos, se terminó también con la forma de vida de cientos de soldados y mercenarios que difícilmente podían adaptarse a la bucólica y provinciana existencia de las ciudades castellanas.

El retorno a la vida civil de estas huestes, enseñadas solo a guerrear, se tornó en un problema casi tan grave como la misma ocupación de los moros. Pero providencialmente apareció América, y entonces estas hordas guerreras, sedientas de aventura tuvieron una razón de ser: la conquista de las tierras americanas.


Desde hace unos años nos hemos enfrentado en Colombia a un drama parecido. Los desmovilizados no encuentran acomodo en la vida civil. Lo suyo es la guerra. Muchos vuelven a delinquir individualmente y otros organizan eficientes bandas delincuenciales que azotan a las ciudades. Un verdadero dolor de cabeza para las autoridades. Pero claro, al contrario de lo que ocurrió en España, aquí no tenemos tierras para conquistar.

Siempre me pareció, no obstante, que con un poco de inteligencia y sentido común podíamos (al menos en parte) resolver el problema. Y entonces me pregunté: ¿Por qué no ponemos a hacer a los paramilitares y ex guerrilleros lo que realmente saben hacer? ¿Por qué no incorporamos estos guerreros expertos en la guerra de guerrillas al Ejército Nacional? ¿ Por qué desperdiciar en ellos sueldos y subsidios si pueden ganárselos legítima y patrióticamente luchando en la selva al lado de los militares colombianos por la paz de Colombia?

Como es de todos conocido, esta idea no fue considerada. Las consecuencias están a la vista.

Hoy, sin embargo, surge esta nueva y coyuntural posibilidad de colaborar con la OTAN y con otros cuerpos de paz del planeta. Colaboración que, no me cabe la menor duda, sería muy bien recibida por estas organizaciones mundiales. Qué oportuno, pues, que Colombia tomara la decisión de enviar ejércitos de reinsertados a refrescar las agotadas tropas de otros conflictos en el mundo. La innegable experiencia de combate acuñada por estos combatientes en zonas inhóspitas a lo largo de tantos años los torna en guerreros audaces y diestros para enfrentar con pericia y arrojo conflictos complejos como los de Afganistán, Irak, Somalia, Sudán…

Con dos mil quinientos muertos en lo que va del año, la guerra de Afganistán sobrepasa ya a la de Irak en el ranking de preocupaciones del Pentágono. El presidente Barack Obama ha anunciado su propósito de incrementar allí las tropas norteamericanas y de pedir a los aliados europeos que hagan otro tanto. No les vendría nada mal recibir de nuestro país un refuerzo significativo de tropas experimentadas.

No digo yo cien, ¡cinco mil, diez mil o más tropas! debería enviar el Gobierno Nacional para reforzar los ejércitos de la OTAN y de la ONU. Nos convertiríamos así en una especie de Legión Extranjera que lucharía junto a los cascos azules por preservar, defender y rescatar la paz en el mundo.

Vale la pena reflexionar también que en una eventual capitulación de la guerrilla o en un hipotético tratado de paz con este grupo armado y la consiguiente reinserción de sus huestes a la vida civil, la delincuencia que hoy impera en nuestras ciudades se incrementaría sustancialmente.

No es éste, por tanto, un problema fácil de resolver. Su solución exige ideas originales y una mente abierta No faltará quién invoque los derechos humanos y arguya una serie de silogismos y diatribas en contra de la propuesta sugerida en esta columna.

Pero, ¿ por qué asustarnos? Nuestras fuerzas para la paz podrían hacerle un gran favor al mundo y competir muy bien con el gusto de los países desarrollados por nuestro nefasto pero muy bien cotizado y consumido producto de exportación ilegal: la droga. Después de todo, creo que nuestra historia es un testimonio fehaciente de que lo que mejor sabemos hacer en nuestro sufrido país es guerrear.

Leonor Fernández Riva
almaleonor@gmail.com

domingo, 24 de enero de 2010

Un mundo enfermo





Gracias al canal de televisión History Chanel, pude observar  cómodamente sentada frente al televisor, un maratónico documental de dos días de duración acerca del auge y caída del imperio romano. Un impresionante viaje a lo largo de los quinientos años de duración de este poderoso imperio. Cómo no abismarse ante sus leyes y organizaciones políticas, ante la maestría de la ingeniería romana, sus espectaculares edificaciones, arcos, acueductos, puentes, termas, carreteras. Pero simultáneamente con esos grandes logros del espíritu humano el deseo de todos sus gobernantes de subyugar a otros pueblos. Una historia plagada de conflictos, de traiciones, de cruentos combates e invasiones, de triunfos y derrotas, de mandatarios enceguecidos por el poder y la grandeza. Una civilización sorprendente que llegó a su fin en el año 476 dC derrotada por los pueblos que menospreció y que llamó bárbaros.

Pero la romana ha sido solo una más de las civilizaciones del mundo que ha generado sangre y sufrimiento. Son infinitas las guerras que han desolado y cubierto de sangre el planeta desde el inicio mismo de su existencia. Como una maldición ancestral, el virus nefasto de la guerra, el anhelo de dominar y oprimir a otros hombres, a otros pueblos, subyace en el alma misma del hombre.

Según el investigador argentino Mariano Acciardi la humanidad solo ha tenido novecientos años de paz en los últimos cinco mil años de historia y esos años de paz los hombres los emplearon en prepararse y capacitarse para el conflicto siguiente. Más de ocho mil tratados de paz se han firmado en el transcurso de los últimos treinta y cinco siglos.

Desde el año 1.000 hasta el 2.000 d.C se calcula que las guerras han causado unos ciento cuarenta y ocho millones de víctimas, casi las dos terceras partes durante las contiendas habidas en el siglo XX. Se estima que hasta la primera mitad de este siglo nueve de cada diez víctimas eran soldados; en la segunda mitad esta proporción varió, hasta que, a finales del siglo XX, nueve de cada diez víctimas en los conflictos armados son civiles.

Guerra, guerra, guerra, esa es la memoria del mundo. Así se han llenado las páginas de los libros de historia. Así se han formado los pueblos. Luego de la caída del muro de Berlín, del colapso de la Unión Soviética y la terminación de la guerra fría muchos creímos ilusamente que el mundo se encaminaría a una era de paz. ¡Qué gran equivocación! Surgieron con más fuerza los nacionalismos, los fundamentalismos religiosos, el terrorismo.

Hoy, una sombra oscura se cierne sobre la humanidad. El fantasma de una guerra total y devastadora recorre el mundo: enfrentamientos peligrosos entre China y Taiwán, una Corea cada vez más amenazante, impredecibles instalaciones nucleares en Irán, guerras interminables y fraticidas en Irak y en Afganistán, luchas intestinas en África, conflicto sin salida entre Israel y los países árabes, armamento nuclear cada vez en poder de más países. La paz en el mundo pende de un hilo.

Esa es la historia del mundo, pero la de nuestro país está también signada por la violencia. Violentos fueron los pueblos prehispánicos conquistados, violenta la conquista, violentas las batallas por la independencia y violentos los conflictos que se sucedieron en la etapa republicana. Asombrosamente, no hemos podido disfrutar en Colombia desde su formación una sola década de completa paz.

Cuando el odio y el fanatismo generado por los partidos políticos quedaron atrás, surgieron la guerrilla, los paramilitares, el narcotráfico, la delincuencia, el narcoterrorismo. La vida perdió valor, campeó la corrupción, se perdieron los valores; la moralidad, la decencia y el buen nombre pasaron a ser para muchos, motivos de mofa. Y para colmo, en la actualidad nuestros vecinos juegan también con el lenguaje protervo de la guerra.

Y me pregunto, ¿Cómo puede el ser humano jugar así con la guerra? ¿Cómo pueden algunos hombres dedicar su vida a exterminar a sus compatriotas, a causar dolor y sufrimiento? ¿Cómo podemos todos los hombres del mundo ver impasibles ese camino sin retorno que está siguiendo la humanidad al armarse a costos altísimos con tecnología nuclear e ignorar criminalmente el desastre global que produciría un conflicto con semejante armamento? Ningún pueblo del mundo puede ser ajeno a esta realidad. La guerra es una globalización siniestra que nos concierne a todos. Los pueblos del mundo viajamos juntos en el mismo avión. Los que lo comandan en la cabina solo ven al frente, solo se preocupan por alcanzar su rumbo y evitar las amenazas visibles, pero desoyen lo que pasa en la cola y en la mitad de la nave y esta nave se está recalentando, se ha despresurizado y de continuar inconscientemente el mismo rumbo, seguramente acabaremos estrellándonos todos.

Pero no solamente la posibilidad cierta de una guerra apocalíptica se abate sobre el mundo. En solo un siglo de era tecnológica el planeta agotó sus recursos, contaminó el aire, el agua y la tierra, terminó con sus bosques, con sus fuentes de agua, disminuyó peligrosamente la capa de ozono, generó las condiciones para el cambio climático. Una serie de accidentes geográficos nos dice que la Tierra está enferma: terremotos devastadores, incendios incontenibles alrededor del mundo, cambio climático, corriente del Niño, de la Niña, desierto que avanza, polos que se deshielan. Se necesita de la inteligencia, del esfuerzo y de los capitales de todos quienes hoy se ocupan en producir armamentos exterminadores para encontrar soluciones a los graves problemas de hambre y miseria del mundo y a los quizá irremediables problemas ecológicos que nuestra civilización ha generado. Pero esa voluntad no se ve por ninguna parte.

No deja de ser irónico que en este momento tan propicio de la humanidad, cuando la ciencia ha logrado tanto bienestar para el género humano, cuando disfrutamos avances tan grandes en la cultura, en la medicina, en las comunicaciones y cuando nuevos y fantásticos logros en la tecnología y la ciencia nos prometen nuevas y sorprendentes conquistas y la posibilidad cierta de una vida mucho más grata, estemos al borde del precipicio, a las puertas de perderlo todo.

Creo que hasta para personas optimistas como la que esto escribe, escuchar y ver hoy en día los noticieros de radio y televisión es comprobar que el mundo está enfermo y que su pronóstico es reservado. No hace falta leer las sombrías profecías de Nostradamus ni analizar la probabilidad de acierto del fatídico calendario Maya. Cualquiera de nosotros puede darse cuenta de que nos estamos encaminando a un destino sin retorno.

Siempre me he sentido privilegiada por haber nacido en esta era del mundo. Viví gran parte de la mitad del siglo XX y ahora estoy recorriendo sorprendida este impredecible siglo XXI. He podido observar y disfrutar el avance prodigioso de la ciencia, sobre todo en la medicina y en las comunicaciones. Cada día me maravillo y doy gracias a la ciencia y a la tecnología de todas las ventajas y adelantos de que puedo disponer para hacer más grata mi vida.

Pero creo también que precisamente ese progreso y ese bienestar a que todos nos hemos acostumbrado nos hacen menos capaces para enfrentar las temibles consecuencias que tendrá que vivir el mundo en una época incierta. Como bien dijo Albert Einstein: “No sé como será la tercera guerra mundial, pero sé que la cuarta será con piedras y lanzas”. Y tal parece que hacia ese ominoso futuro nos dirigimos inexorablemente.

El mundo está gravemente enfermo y no vislumbro remedio a la vista. Creo que lo prudente es procurar templar nuestro espíritu, nuestra capacidad de estoicismo y de resiliencia porque todo hace suponer que en el decurso de este siglo nos tocará vivir a quienes estemos para ese entonces habitando este planeta circunstancias impredecibles y apocalípticas.




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domingo, 12 de julio de 2009

EL RENCOR HISTÓRICO



















BLASÓN
José Santos Chocano

Soy el cantor de América autóctono y salvaje:
mi lira tiene un alma, mi canto un ideal.
Mi verso no se mece colgado de un ramaje
con un vaivén pausado de hamaca tropical...
Cuando me siento inca, le rindo vasallaje
al Sol, que me da el cetro de su poder real;
cuando me siento hispano y evoco el coloniaje
parecen mis estrofas trompetas de cristal.
Mi fantasía viene de un abolengo moro:
los Andes son de plata, pero el león, de oro,
y las dos castas fundo con épico fragor.
La sangre es española e incaico es el latido;
y de no ser Poeta, quizá yo hubiera
sido un blanco aventurero o un indio emperador.

No se puede cambiar el curso de la historia a base de cambiar retratos colgados en la pared.
Jwaharlal Nehru


Probablemente la sangre que corrió en América antes y después de su descubrimiento y conquista, ha sido ya superada con creces por la tinta empleada para relatar, documentar… y denunciar tan formidable gesta. Ese rencor histórico que domina la memoria de algunos historiadores ha puesto de moda en la actualidad un nuevo y lenitivo ingrediente: derrocar estatuas. Como si derribando estatuas pudiese ser borrada o cambiada la historia.

Qué terquedad tan paralizante la de querer aferrarse a los errores del pasado para justificar un estéril presente. No se trata, claro está, de olvidar el pasado, pero hay que comprenderlo y analizarlo a la luz de la evolución histórica. De ninguna manera se pueden juzgar los acontecimientos del siglo XV bajo el baremo humanista y moderno del siglo XXI.

Hay hechos en la historia que son inevitables. El descubrimiento y la conquista de América en el siglo XV fueron dos de ellos. Navegantes de varios países de Europa pujaban en ese instante de la historia por encontrar el atajo que les permitiera llegar exitosamente hasta la India y su fructífero comercio de condimentos y sabores. Era solo cuestión de tiempo que alguno lograra su objetivo. El genovés Cristóbal Colón, con audacia, cálculo, inteligencia, valor… y una buena dosis de buena suerte, les ganó de mano a todos los demás. Y si bien no encontró la ruta hacia la India descubrió para el mundo un nuevo y prodigioso continente.

Para juzgar esta hazaña hay que colocarse en el instante histórico en que sucedieron los acontecimientos. ¡Hace más de 500 años! Las guerras, las invasiones, las conquistas siempre han sido crueles, pero en aquella época eran salvajes, sin piedad, sin cuartel. Se arrasaba a los pueblos conquistados y los vencidos -hombres, mujeres, ancianos y niños- eran pasados por las armas o sometidos a la más abyecta sumisión. En el siglo XV ese era el espíritu de los ejércitos de todas las naciones. Y ese fue también el espíritu de los aventureros que conquistaron América. Con un agravante nefasto: en su mayoría se trataba de mercenarios acostumbrados solo a guerrear y que al concluir España su larga lucha contra los moros debieron escoger entre retornar a una vida labriega y monacal en sus pequeñas aldeas o vivir nuevas y emocionantes aventuras en las Indias con la promesa añadida de incrementar sustancialmente su ducado y sus ducados.

Ciertamente, los conquistadores españoles no fueron ni mucho menos seres llenos de bondad, almas de Dios. Nada de eso. Pero nadie puede negar que fueron valientes y sobre todo, seres de su tiempo. A pesar de todos sus crímenes, muchos historiadores concuerdan en que el exterminio y atropello de los aborígenes suramericanos hubiera sido mucho más sangriento y radical si los hombres llegados allende los mares hubieran tenido otra nacionalidad.

Y entretanto, ¿qué pasaba en América antes de la llegada de los españoles? No nos llamemos a engaño. La vida de los pueblos indígenas de América, antes de la llegada de los conquistadores no era ni mucho menos medianamente idílica. Los Incas, por ejemplo, no eran lo que se puede decir peras en dulce. Eran conquistadores y ¡ay de quien se les opusiera! Como una pequeña muestra de su violento proceder transcribo al final de estas reflexiones el relato de la sangrienta venganza llevada a cabo por el inca Huayna-Cápac en la laguna de Yaguarcocha en Ecuador, donde según la leyenda murieron más de veinte mil caranquis pasados a cuchillo.

Este hecho ocurrido en el año 1487- más de cincuenta años antes de la llegada de los españoles a estas latitudes- y otros similares, les granjearon a los conquistadores incas innúmeros enemigos entre los pueblos indígenas sometidos, a tal punto que muchos de ellos prefirieron colaborar con los conquistares peninsulares. Hay algo muy sospechoso en los indígenas que sobrevivieron a la conquista, porque está demostrado que la dominación española no hubiera podido darse sin la colaboración de muchos nativos. Solo Dios sabe si sobre muchos de sus ancestros pesa la ignominia sin nombre de la traición a su raza.

Es difícil comprenderlo y mucho más aceptarlo, pero está demostrado que la rueda de la historia se mueve con sangre. La guerra, la conquista, la dominación se albergan en el espíritu mismo del hombre. Así ha sido y así lamentablemente seguirá aconteciendo. Conocidos los perfiles guerreros de los actores del conflicto en América es difícil imaginar entre ellos un encuentro y una convivencia pacíficas. La fatalidad había dispuesto que a partir del siglo XV Europa y América tuviesen ese encuentro con su destino. Y no había alternativa: o eras español o eras indio.

Pero lo que no podemos olvidar cegados por el rencor histórico es que de ese choque de culturas y de pueblos nació una nueva raza. Porque al final, como sucede en todas las guerras, fueron más los nacimientos que las muertes. No somos ni indios ni españoles; somos americanos. Las dos sangres circulan vívida y atropelladamente por nuestras venas. Nuestros ancestros españoles e indígenas están presentes en la esencia misma de nuestro ser. La audacia, el valor, la alegría, la pasión, el afán de conquista y de guerra del español corren por nuestras venas, pero también el estoicismo, el valor para enfrentar el destino, esa paciencia infinita de la raza indígena para aguardar mejores días. Y ¿por qué no? También su fiereza y su odio ancestrales. Colombia se distingue como tal vez ningún otro pueblo americano por esa confluencia de características anímicas que han contribuido a su desarrollo, a su progreso, a su crecimiento imparable, pero también al choque constante entre hermanos y al odio salvaje que ha alimentado las luchas intestinas que nos han dividido y desangrado desde el principio mismo de nuestra historia.

¿Vamos a cambiar el pasado destruyendo una estatua? ¿Una estatua que ya es el referente de una ciudad? ¿Y cuál pondríamos para reemplazarla? ¿Otro personaje pintoresco? ¿Sembraríamos un árbol? ¿ Nativo?

Aprendamos de España, que sufrió en carne propia durante más de ocho siglos la dominación de los moros y que al expulsarlos no destruyó la Giralda, ni la Alhambra, ni muchas otras mezquitas construidas durante su dominación porque entendió que esos preciosos monumentos eran el testimonio mudo de su historia. Porque ese episodio forjó a su pueblo y le dio características únicas. Porque como la epopeya del mundo, la suya fue también una gesta de lucha, de conquista, de dolor, de dominación… y de victoria.

Miremos el pasado como un referente de la gran gesta que nos precedió; del sufrimiento inmenso del que somos originarios; de lo que somos capaces de resistir y sobre todo, de lo que somos capaces de hacer para descubrir y conquistar mejores días para nuestro pueblo. Porque al final después de tanto dolor, de tanta injusticia, no fue la fuerza de la espada la que forjó nuestra historia sino la fuerza del amor, la unión de dos razas. Por nuestras venas circulan unidas la fiereza, la sabiduría, la audacia, el valor… y la alegría de quienes nos antecedieron. Esa mezcla nos hace diferentes, soberbios, únicos.

Indios y mestizos tenemos hoy el deber y la oportunidad única de crecer y luchar unidos para hacer grande a nuestro país, para contribuir al bienestar de toda la comunidad. Parquearnos en el rencor histórico de acontecimientos pasados mantiene abierta la herida de acontecimientos que no pueden dar marcha atrás, que nos impiden ver con claridad las posibilidades del presente. Pero por sobre todo, añadimos otro motivo de odio y de resentimiento entre hermanos y un pretexto más para multiplicar los conflictos que desangran a nuestra martirizada patria.



Laguna de Yaguarcocha

“Por 1487, esta región -habitada entonces por los Caranquis- fue dominada por el Inca Huayna-Cápac. Para evitar enfrentamientos, los Caranquis fingieron someterse, pero una noche, mientras el Inca y sus orejones descansaban plácidamente entregados al ocio y al festín, fueron asaltados impetuosamente por los Caranquis quienes ocasionaron una terrible mortandad, poniendo en peligro inclusive la vida del mismo Inca.

“La reacción de Huayna-Cápac fue terrible, iniciándose entonces terrible y sangrienta batalla que culminó con el triunfo de inca conquistador.
“Una vez declarada la victoria en su favor, Huayna-Cápac no puso término a su venganza, e hizo pasar a cuchillo a todos los varones capaces de tomar las armas... El lago apareció entonces a la vista de los indios como un mar de sangre, y aterrados le apellidaron Yaguar-Cocha, nombre con el cual se conoce hasta ahora» (F. González Suárez.- Historia General de la República del Ecuador, tomo I, p. 76).
Yaguarcocha, el nombre indígena de esta laguna, que se ha conservado hasta la actualidad significa «Lago de Sangre»- se deriva de las raíces quichuas Yaguar=sangre y Cocha=lago.

Y aquí otro pequeño apunte en referencia a las “idílicas” tribus de indígenas que poblaron el Valle del Cauca:
“…La tribu o tribus más numerosas de la parte occidental de la llanura eran las que tenían de jefe principal a pete o petecuy, que habitaba en terreno elevado y tenía en su vivienda más de cuatrocientos cueros de indios colgados, llenos de ceniza, cuya carne había sido manjar en la corte del cacique. En otras casas ostentaban tales trofeos en menor número ; eran de los enemigos vecinos y tenía mayor mérito el indio que más gente hubiera matado. Las mujeres participaban de esas luchas y de esos festines, y si eran de los vencidos, su carne servía de manjar…” .
Gómez A. Historia de Cali- Ediciones Andinas